
Consiste, entre otras cosas, en tener conciencia que cualquier acto malo, por pequeño que sea, es motivo de gran pena por el daño que podemos causarle a alguien y por lo que podemos herir a Dios. Estos actos negativos, antes de emprender el camino de la oración, eran nimiedades, pues los considerábamos normales. No se trata de escrúpulos sino de finura, de ofrecer lo mejor nuestro al Señor y al prójimo. También apunta a hacer nuestros deberes, por sencillos y cotidianos que sean, con cariño, con profesionalismo y perfección, para contentar al Señor, para contentar a quienes nos rodean y para mejorar nuestro entorno.
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