Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios

Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios
Basilica San Pedro , Vaticano

Amigos que Dios trae a este rincon de la red.

miércoles, 26 de enero de 2011

Diez criterios para discernir cómo está tu nivel de silencio interior

PRIMERO: Observa si queda algo por perdonar en ti, o en tu vida. En tu pasado más remoto o más cercano. Mira si hay algún recuerdo que perturba tu alma. No puedes olvidar que la búsqueda del lugar del propio corazón, tu unificación interior, y el hecho de tener que ser "anuncio evangelizador" en tu vida, exigen una plena paz de alma. Y te animan a buscar el lugar del corazón, para establecer en él un ámbito de comunión y de encuentro.

Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.

Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.

SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.

Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.

TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...

Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.

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viernes, 21 de enero de 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

La práctica de la humildad


Evita como un mal gravísimo el juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo semejante, según las circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija que pongas remedio.

Abre los ojos de tu alma, y considera que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo sólo tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y, en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en tí, solamente a Dios, de quien los has recibido como principio de tu ser, pertenece la gloria.

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miércoles, 12 de enero de 2011

LAS TRES RENUNCIAS



VI. Hablemos ahora de las tres renuncias. La tradición unánime de los Padres se junta a la autoridad de las Escrituras para mostrar que son tres, en efecto. Debemos trabajar con ahínco en ponerlas por obra.
La primera consiste en despreciar todas las ri­quezas y bienes de este mundo. Por la' segunda, renunciamos a nuestra vida pasada, a nuestros vicios y a nuestras afecciones del espíritu y de la carne. La tercera tiene por objeto apartar nuestra mente de las cosas presentes y visibles,
para contemplar únicamente las cosas futuras y no desear más que las invisibles. Que es menes­ter cumplir con las tres, es el mandamiento que el Señor hizo ya a Abraham, cuando le dijo: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre»[1]
«Sal de tu patria», es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas de esta tierra. «Abandona a tu parentela», esto es, la vida y las costumbres dé antaño, tan estrechamente uni­das a nosotros desde nuestro nacimiento, que hemos contraído con ellas como una especie de afinidad y parentesco natural, cual si fuera nues­tra propia sangre. «Aléjate de la casa de tu pa­dre», o sea, aparta tus ojos del recuerdo del mundo presente.
Tenemos, efectivamente, dos padres: uno que es necesario abandonar; otro, que es preciso se­guir. David los señala a ambos en un mismo pasaje de los salmos, cuando pone en labios de Dios aquellas palabras: «Oye, hija, considera y presta atento oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre» 13. Al decir Dios al alma: «Escucha, hija mía», supone que su Majestad es su padre. Y, por otra parte, afirma que es también su padre aquel cuya casa y pueblo debe echarse en olvido.
Este olvido tiene lugar cuando, muertos con Cristo a los elementos de este mundo, no con­templamos ya, según la palabra del Apóstol, «las cosas visibles, sino las invisibles; pues las visi­bles son temporales, las invisibles, eternas» [2]14. Se realiza asimismo cuando, renunciando de co­razón a esta morada temporal y visible, diri­gimos la mirada del alma hacia aquélla, donde habitaremos eternamente.
Este estado será el nuestro desde el momento en que, a pesar de vivir en la carne, no obrare­mos ya según la carne, pues empezaremos a mi­litar en las filas del Señor. Entonces podremos con toda verdad realizar aquella palabra de San Pablo: «Somos ya ciudadanos del cielo», 15.

***

A estas tres renuncias corresponden exacta­mente los tres libros de Salomón. A la primera convienen los Proverbios, que nos enseñan a des­echar los bienes terrenos y los vicios de la carne. A la segunda, el Eclesiastés, donde se afirma que todo cuanto se hace en el haz de la tierra es vanidad. A la tercera, el Cántico de los Cánti­cos, en el cual el alma, trascendiendo las cosas visibles, se une ya, por la contemplación de las celestiales, al Verbo de Dios.
VII.                 Mal podríamos hacer la primera renuncia, aunque fuera con una fe a toda prueba, si no pusiéramos por obra la segunda con igual ardor e intensidad. El cumplimiento de ésta nos dará la posibilidad de llevar a cabo la tercera.
Esta tercera consiste, como he dicho, en aban­donar la morada de nuestro primer padre-nues­tro padre lo fue, como sabemos, según el hom­bre viejo, desde nuestro nacimiento, cuando «éramos por naturaleza hijos de ira, como el resto de los hombres» [3]16°. Entonces, despojados de este afecto, nuestra mirada se concentrará únicamente en el cielo.
De este padre habla Dios a Jerusalén, que ha­bía despreciado a su verdadero Padre celestial: «Tu padre es un amorreo y tu madre una je­tea» 17. Y también en el Evangelio: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» 1g.
Dejando, pues, a ese primer padre, y salvan­do la distancia de las realidades visibles a las invisibles, podremos decir con el Apóstol: «Sa­bemos que si la tienda de nuestra mansión te­rrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos» 19. Y lo que poco ha hemos citado: «Somos ciudadanos del cielo, de donde espera­mos al Salvador y Señor Jesucristo, que refor­mará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso»[4] 2°. Y todavía estas palabras de David: «Soy peregrino en la tierra, un advene­dizo, como todos mis padres» 21. Para que sea­mos semejantes a aquellos de quienes el Señor, en el Evangelio, dice a su Padre: «Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» 22. Y otra vez a sus mismos apóstoles: «Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» 2 3.
Cuando no quede ya en nuestra alma vestigio alguno de esa especie de crasitud propia de la vida animal con que se sentía agravada, merece­remos llegar realmente a la perfección de esta tercera renuncia. Es señal entonces de que una mano hábil ha desbastado y limado en ella todas las disposiciones y afectos terrenos.
Por los demás, la meditación constante de las cosas de Dios y el ejercicio de la contemplación la fijan de tal manera en la esfera de lo invisible, que, atenta sólo a las realidades celestiales e in­corpóreas, olvida el efímero ropaje de su carne frágil y no tiene ya conciencia del lugar que ocu­pa su cuerpo en el espacio. Siguen ahora arroba­mientos y transportes inefables. El oído perma­nece insensible a la voz de lo que ocurre en  torno. Ni la imagen fugaz de los que pasan y discurren ante ella solicitan siquiera su aten­ción. ¿Qué digo? Junto a ella, frente a ella, se levantan los mismos objetos y aun masas im­ponentes, sin que pueda percatarse de ello con los ojos de la carne.
La verdad y grandeza de estas sublimidades sólo podrá captarlas quien tenga experiencia de ello. A este tal el Señor le ha apartado los ojos del corazón de todas las cosas de la tierra. Tan­to es así que las juzga no sólo perecederas, sino como carentes de existencia, desvanecidas en la nada como vana humareda. Íntimamente unido a Dios, al igual que Enoc, vive abstraído de la vida y ajeno a cuanto le rodea. Sólo media una diferencia: que en el personaje bíblico la elevación fue también física, como nos lo enseña el pasaje del Génesis: «Y anduvo Enoc en la presencia de Dios, y había desaparecido; no se le encontraba, porque se lo llevó Dios»[5] 2'. Y el Apóstol dice a su vez: «Por la fe fue trasladado Enoc, sin pasar por la muerte» 25. Esta muerte de la cual el Señor dice en el Evangelio: «Quien vive y cree en mí, no morirá eternamente» 2°.
Apresurémonos, pues, si queremos alcanzar la verdadera perfección, a abandonar de veras -como lo hemos hecho físicamente-a los padres, la patria, las riquezas y los deleites de este mundo. Y no se nos ocurra desandar después el ca­mino, ambicionando de nuevo lo que hemos de­jado, como hicieron otrora los hebreos. Moisés les había sacado de Egipto. Y ellos retrocedieron, no materialmente, es cierto, pero sí con el cora­zón. Dios les había librado de la esclavitud prodigando para ello sus signos y prodigios, y en retorno le abandonaron para adorar otra vez los ídolos egipcios que habían despreciado. Así se expresa la Escritura: «Y con sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: haznos dioses que vayan delante de nosotros»[6] 2r. Tam­bién nosotros nos haríamos reos de la misma con­denación que Dios fulminó contra ellos cuando, después de haber gustado el maná, deploraron la falta de aquellos viles manjares, cayendo en los repugnantes vicios a que allí se habían aban­donado. Y nos haríamos asimismo solidarios de su murmuración: «Mejor ciertamente nos iba cuando estábamos en Egipto, cuando nos sentába­mos junto a las ollas de carne, y comíamos ce­bollas, ajos, cohombros y melones» 28.
Aunque todo esto sucedió en figura en aquel pueblo, no obstante, vemos que la realidad se cumple a diario en nuestra vida y profesión. Cualquiera que, habiendo renunciado al mundo, vuelve a sus gustos y tendencias pasadas, yendo otra vez en pos de sus deseos y apetitos, repite tácitamente con sus obras y sus pensamientos lo que dijeron entonces los israelitas: «Mucha mejor me iba a mí en Egipto». Me temo que los monjes de tal laya no sean menos en número que aquella multitud que prevaricó en tiempo de Moisés. Porque de los seiscientos tres mil hom­bres que se contaron, dispuestos a tomar las ar­mas, al salir de Egipto [7]29, sólo dos entraron en la tierra prometida I'. Razón por la cual debe­mos apresurarnos a seguir los ejemplos de virtud del pequeño número, de esa minoría escogida que sobresale entre los leales. El mismo Evan­gelio sintoniza también con esa figura de que hablábamos del pueblo judío, al decir que «mu­chos son los llamados y pocos los escogidos» 31.
De nada, pues, nos servirá una renuncia cor­poral y local. Significaría tanto como salir de Egipto tan sólo exteriormente. Es preciso aso­ciar la renuncia del corazón, que es la más ele­vada de las dos, y ciertamente la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol: «Si repartiere toda mi hacienda para sustento de los pobres y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprove­cha» 32. El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que mu­chos, después de haber distribuido a los pobres  todos sus bienes, serían impotentes para esca­lar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón, sin afán de purificarse, los vicios y costumbres inmortificadas contraídos en su vida primera. Estas cosas constituyen un grave obs­táculo que les impide arribar, a aquella caridad que permanece para siempre. Ahora bien, si so­mos incapaces de llevar a cabo la segunda renun­cia, más difícil nos será practicar la tercera, que es muy superior a aquélla.
Considerad asimismo el hecho de que el Após­tol no ha dicho simplemente: «Si repartiere mi hacienda». Podría creerse en este caso que ha­bla de aquellos que, no cumpliendo el precepto evangélico, se reservan una parte de su fortuna, como hacen algunos tibios. Pero dice: «Si repar­tiere todos mis bienes para sustento de los po­bres», es decir, aunque renunciara perfectamente a los bienes de la tierra. A esta renuncia total añade otra de más quilates, al decir: «Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas, no teniendo caridad, nada me aprovecha.» Como si dijera: «Aunque distribuyera todos mis bienes para sus­tentar a los pobres»-según el precepto del Evan­gelio que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, ven­de cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos»[8] "-hasta no reservarme
nada de ellos, todo eso es inútil sin la caridad. Y si a esta liberalidad añadiera yo el martirio de fuego, dando mi vida por Cristo; pero sigo siendo impaciente, irascible, envidioso o sober­bio; o si la injuria me indigna y hace montar en cólera; si busco mi interés, si soy mal intencio­nado o peor sufrido; la renuncia y el martirio del hombre exterior no me reportarán ventaja alguna, porque el hombre interior quedará aún cautivo en los vicios pasados. En vano habré des­preciado-movido por los primeros fervores de mi conversación-los bienes inocentes de este mundo que de suyo ni son buenos ni malos, sino indiferentes, si no he despreciado al mismo tiempo las riquezas de un corazón vicioso, que de por sí son malas. Por eso no llegaré nunca a aquella divina caridad, que es paciente y benigna, que no es envidiosa ni arrogante, que no se irrita, ni es descortés ni interesada, que no piensa mal; antes bien, todo lo sufre, todo lo tolera [9]34, que, en fin, no permite que los que la buscan fiel­mente sean suplantados por la astucia del pe­cado.

 

DE TRES GÉNEROS DE VOCACIÓN



III. Entonces dijo el santo abad Pafnucio: Hay tres géneros de vocación y hay asimismo tres modos de renuncia. Las tres son necesarias al monje, sea cual fuere el rango de su vocación.
En primer lugar, digo, hay tres géneros de llamamiento. Uno, cuando nos llama Dios di­rectamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres, y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad. Examinemos esto con de­tención.
Si reconocemos que fuimos llamados directa­mente por El a su culto, tendremos que ordenar toda nuestra vida de modo que esté en conso­nancia con la alteza de esa vocación. Porque de nada servirían los bellos comienzos si el fin no respondiera a los principios.
Supongamos, en cambio, que Dios nos ha segregado del mundo por una vocación de ran­go más humilde, llamados par los hombres o por la necesidad. En tal caso, cuanto menos glorio­sos sean los comienzos con que inauguramos la vida monástica, tanto más deberemos avivar nues­tro fervor para consolidarnos en ella y tener un buen fin en nuestra carrera.
Por lo que atañe a las tres renuncias, conviene que las conozcamos también a fondo. La per­fección nos sería en un todo inaccesible, si igno­rásemos la índole de esas renuncias, o si, cono­ciéndolas, no intentáramos en realidad ponerlas por obra.
IV. Para poner en claro estos tres modos de vocación y sus notas distintivas, repitamos que el primero es de Dios, el segundo se produce por intermediaria humano y el tercero es hijo de la necesidad.
La vocación viene directamente de Dios, siem­pre que envía a nuestro corazón alguna inspi­ración. Esta nos sorprende a veces sumidos como en un profundo sueño. Nos sacude, despierta en nosotros el desea de la vida y de la salvación eternas, y nos empuja, merced a la compunción saludable que origina en el alma, a seguirla, manteniéndonos adheridos a sus preceptos. Así leemos en las Sagradas Escrituras que Abraham fue llamado por la voz divina lejos de su patria natal, de sus deudos y de la casa de su padre: «Sal de tu tierra, le dice el Señor, y de tu pa­rentela, y de la casa de tu padre» [1]
Sabemos que tal fue la vocación del bienaven­turado Antonio. Sólo a Dios era deudor de su conversión. Pues habiendo entrado un día en el templo, oyó estas palabras del Señor en el Evan­gelio: «Aquel que no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a su mujer, sus campos y su propia vida, éste tal no puede ser mi discí­pulo»[2] `. Y: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» s. Le pareció como si este consejo fuera dirigido per­sonalmente a él. Penetrado de este sentimiento, abrazó el consejo con gran compunción de cora­zón, e inmediatamente renunció a todo y se fue en pos de Cristo. Como se ve, ningún consejo, ninguna enseñanza humana tuvo el menor influjo en su decisión, sino sólo la palabra divina oída en el Evangelio.
La segunda clase de vocación es aquella en que, según hemos dicho, media la intervención de los hombres. En tal caso nos sentimos mo­vidos por las exhortaciones y ejemplos de los santos, y se enciende en nosotros el deseo de sal­vación. De esta manera me acuerdo haber sido yo llamado, por gracia del Señor. Movido por los consejos del santo abad Antonio y vivamente impresionado por sus virtudes, me incliné a se­guir este estilo de vida consagrándome a la profesión monástica. De este modo, como nos dice la Escritura, libró Dios a los hijos de Israel de la cautividad de Egipto, por ministerio de Moisés[3] 6.
El tercer género de vocación nace de la ne­cesidad. Sucede cuando, cautivos en las riquezas y en los placeres de este mundo, sobreviene de pronto la tentación y se cierne sobre nosotros. Unas veces será cuando nos amenaza el peligro de muerte, otras cuando la pérdida de los bienes o la proscripción asesta un duro golpe a nuestra existencia, y otras cuando nos atenaza el dolor de ver morir a los que amamos. Entonces la desgracia nos obliga, tal vez a pesar nuestro, a echarnos en los brazos de Aquel a quien no qui­simos seguir en la prosperidad.
De esta vocación que motiva la necesidad, en­contramos también frecuentes ejemplos en la Escritura. Así, cuando el Señor entregaba en manos de sus enemigos en castigo de sus pecados a los hijos de Israel, bajo la cautividad y cruel tiranía que los oprimía, se volvían clamando ha­cia Dios. «Y el Señor-se nos dice- les suscitó un libertador, llamado Aod, hijo de Guera, hijo de la tribu de Benjamín, el cual era zurdo»[4]7. Y de nuevo-afirma-«clamaron al Señor, quien les suscitó un salvador que los libertó; a saber, Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb» 8. He aquí las palabras de los salmos que hacen alusión a casos semejantes: «Cuando los hería de muerte, le buscaban, se convertían y se volvían a Dios. Y se acordaban que era Dios su amparo, y el Dios altísimo, su Reden­tor»9. Y también: «Y clamaron al Señor en sus peligros, y los libró de sus angustias» lo.

V. De estas tres vocaciones, las dos primeras parecen fundarse en un principio y origen más noble. No obstante, hemos visto a algunos que, partiendo de ese tercer llamamiento-que es en apariencia de menos estima y propio de los ti­bios--, se mostraron perfectos y excitaron nues­tra admiración por su fervor y gran espíritu. Incluso llegaron a equipararse a aquellos que, ha­biendo tenido mejores principios en su vocación, perseveraron en este fervor lo restante de su vida. Muchos, al contrario, después de haber sido fa­vorecidos por más alto llamamiento, se enfria­ron poco a poco bajo la desidia y la tibieza y tuvieron un fin desgraciado. Así como a los pri­meros, convertidos por la necesidad más que por propia iniciativa, no perdieron nada, pues vemos que el Señor, en su bondad, les dió igualmente ocasión de arrepentirse, así también de nada les sirvió a los segundos el haber tenido tan hermosos comienzos, por no haber conformado con ellos. el resto de su vida.
Nada faltó al abad Moisés, que vivió en este desierto, en la zona llamada Cálamo, para ser un gran santo. Bien es verdad que por el temor de la pena de muerte, a que había sido condenado por homicidio, se refugió en el monasterio. Pero supo sacar provecho de esta conversión forzosa, convirtiéndola con su entusiasmo en una do­nación voluntaria, que le llevó a las más altas cumbres de la perfección. ¡Cuántos, al contrario, cuyo nombre no puedo aducir aquí, no han apro­vechado en la santidad, a pesar de haber tenido comienzos más honrosos en el servicio de Dios! Una vida anquilosada en la tibieza fue suplan­tando las buenas disposiciones, y les vimos caer en una indiferencia fatal hasta precipitarse en el abismo de la muerte.
Cosa pareja vemos que aconteció en la vo­cación de los apóstoles. ¿De qué le sirvió a Judas el haber abrazado voluntariamente aquella subli­me dignidad, al igual que Pedro y los demás discípulos? Porque, dando a tan esclarecidos principios un fin abominable, se entregó a la pasión de la avaricia [5]11 y llegó hasta la traición de su Maestro, perpetrando el más cruel de los parricidios.
Y he aquí a San Pablo. Cegado súbitamente por el Señor, es como arrastrado a su pesar al camino de salvación. ¿Dónde está aquí la des­ventaja? Sigue desde luego al Señor con un amor y una fe insobornables. Y trocando la coacción primera por un sacrificio libre y espontáneo de sí mismo, corona con un fin incomparable una vida gloriosa, cuajada de ejemplos de virtud.
Todo estriba, pues, en el fin. Es posible que después de haber uno comenzado su conversión de la manera más laudable, descienda por su negligencia al más bajo nivel de vida. Y no es menos posible que, arrastrado a la vida monástica acuciado por la necesidad, vaya elevándose, mer­ced al temor de Dios y a un celo santo, hasta la perfección.

La discreción


La discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las  mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes
Abad Antonio

Pureza de corazon sea nuestro objetivo

Abracémonos, pues, con todas nuestras ener­gías a lo que puede encaminamos a lograr el objetivo de la pureza del corazón; evitemos, por el contraria, como funesto y malsano, lo que nos apartaría de él. Esta pureza es cabalmente la razón de ser de todas nuestras acciones y de todos nuestros sacrificios. Por ella, y para poder con­servarla siempre intacta, hemos dejado a los pa­dres, la patria, los honores, las riquezas. Todas las delicias y placeres del mundo nos parecen cosa deleznable.
Si nos proponemos esta meta, nuestros actos y nuestros pensamientos irán constantemente de­rechos a alcanzarla. Pero si no es ésta nuestra constante intención, nuestros esfuerzos, vanos e inciertos, se malograrán lamentablemente sin po­der cosechar fruto alguno. Además, veremos sur­gir en nosotros un mundo de pensamientos que luchan entre sí. Porque es inevitable que el alma, que no tiene un lugar a donde ir y fijarse en él con preferencia, cambie a todas horas, a mer­ced de las circunstancias, y viva al albur de los pensamientos que cruzan par ella. Así, convertida en juguete de las influencias del ambiente, cede a la primera impresión, variando de continuo según el sesgo que toman los acontecimientos.
Aba Moises . Colaciones de Casiano

Hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio

«Cheremón nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud» 3`. Y más clara­mente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que es la renuncia por la cual nos alejamos del mal, y otro, positivo, que es la ora­ción y la contemplación, por la cual practicamos el bien y nos unimos a Dios.

sábado, 8 de enero de 2011

EL CORAZÓN DE CRISTO


El corazón de Cristo es el centro del mundo, lo mismo que el corazón del hombre es el centro de su cuerpo y de su ser. San Clemente de Alejandría escribe: «De Dios, Corazón del universo, parten extensiones infinitas que se dirigen, una hacia arriba, otra hacia abajo, esta a la derecha, aquella a la izquierda, una hacia delante y otra hacia atrás. Dirigiendo la mirada hacia estas seis extensiones, como hacia un número siempre igual, Dios consuma el mundo. Él es el principio y el fin, el Alfa y el Omega; en Él se consuman las seis fases el tiempo, y de Él reciben su extensión indefinida: ese es el secreto del número Siete». Ya citamos y comentamos en otro lugar más extensamente este texto en el que Clemente, siguiendo un simbolismo matemático ciertamente heredado de la tradición hebraica, evoca el desarrollo de la creación a partir del punto primigenio que se proyecta y multiplica en el espacio y las seis fases del tiempo, o sea los seis períodos cíclicos representados simbólicamente por los seis milenios o «días» del Génesis y que se resuelven en el séptimo o Sábado, regreso al Principio. El Punto primigenio es llamado en la Cábala el «Santo Palacio» o «Palacio interior»; no es otra cosa que el Corazón del Verbo, que vemos con ellos que está en el centro del mundo, del espacio y del tiempo, y que, para emplear una expresión del poeta Baudelaire, impone todos los tiempos y todos los universos.
Por eso puede decirse que el Corazón del mundo está así maravillosamente simbolizado por el sol, al que igualmente se ha considerado corazón del mundo; lo hace por ejemplo el neoplatónico Proclo: «Dispensador de luz –exclama dirigiéndose al astro–, oh señor que tienes la llave de la fuente que mantiene la vida... que ocupas por encima del Éter el trono de en medio y que tienes por imagen un círculo deslumbrante que es el Corazón del mundo, tú lo llenas todo de una providencia capaz de hacer despertar la inteligencia» (4). Esta asimilación está basada en la analogía entre la posición central del astro y su función en el mundo y las del corazón en el cuerpo humano: «El sol –dice Plutarco– con la fuerza de un corazón dispersa y difunde fuera de sí mismo el calor y la luz, como si fuese la sangre y el aliento» (5). Y lo mismo Macrobio: «El nombre de Inteligencia del mundo que se da al sol responde al de Corazón del cielo; el sol, fuente de la luz etérea, es para este fluido lo que el corazón para el ser dotado de vida» (6). Y el citado Al-Jîlî consideraba igualmente que el corazón es a las demás facultades lo que el sol es a los planetas: del sol reciben su luz y su impulso:
El Corazón de Cristo es llamado en las Letanías «Hoguera ardiente de caridad», y así se apareció en 1674 a Santa Margarita María Alacoque en su segunda revelación: «Este corazón divino –escribe– se me apareció como en un trono de fuego y llamas más radiante que un sol y transparente como el cristal». Ya Santa Matilde había visto el Corazón de Cristo resplandeciente de luz (7). Toda esta simbología del centro y del sol está maravillosamente inscrita en el famoso mármol de la cartuja de Orques (Sarthe) (ver ilustración de cabecera). Es una prueba extraordinaria de la profundidad intelectual, en el verdadero sentido de la palabra, a la que habían llegado los monjes de San Bruno en la comprensión del misterio del Corazón. Este mármol representa el Corazón irradiante en medio de dos círculos, concéntricos con respecto a él, el círculo de los planetas, que es el más interior, y el círculo del zodíaco, que es el más exterior. Señalemos de paso que en la India, donde el sol también es llamado «corazón del mundo» u «ojo del mundo», a veces lo representan en el centro de la rueda zodiacal, como en Orques. Se expresa así, todo al mismo tiempo, la idea de que el Corazón de Cristo está en el centro del mundo y la de que ilumina y da vida como el sol.

PERLAS DE SABIDURÍA

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Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.



El alma debe sustraerse a la dispersión del mundo; es la cualidad de interioridad. Después la voluntad debe vencer a la pasividad de la vida; es la cualidad de actualidad. Por último, el espíritu debe trascender la inconsciencia del ego; es la cualidad de simplicidad. Percibir intelectualmente la Substancia, más allá del estrépito de los accidentes, es realizar la simplicidad. Ser uno es ser simple; pues la simplicidad es al Uno lo que la interioridad es al centro y lo que la actualidad es al presente. 


En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.

El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad, después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan el Verdad y el Bien.

La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.

*


FRITHJOF SCHUON

"No debáis nada a nadie, sólo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .
Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.