Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios

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Basilica San Pedro , Vaticano

Amigos que Dios trae a este rincon de la red.

viernes, 25 de marzo de 2011

¿Cómo llegar al silencio interior?


A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginario o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.

La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).

Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración.

Comprendí en la soledad y el silencio,

Comprendí en la soledad  y el silencio,  que la ausencia hace  presencia del nosotros en aquellos que estamos en comunión de exigencias.

 Los  otros ya no son ellos sino nosotros.

 El silencio es fuente comunicante de amor hacia los que amamos y fluye como  Agua Viva en EL Cuerpo MISTICO DE CRISTO.

EL Silencio es Amor y plenitud del ser en el gozo del espíritu.

retiro Monasterio trapense 

lunes, 14 de marzo de 2011

Este blog tiene su espacio en la radio. Escucha y participa los sabados en el Corazon morada de Dios. Oracion y Silencio interior

Los espero a todos con amor. Ojala podamos comunicarnos y asi conocernos mas y profundizar en el Amor a Dios, y todo lo que quieran compartir. Los espero con sus mensajes y propuestas a traves del facebook, msn, y si alguien quiere salir al aire en la radio debe bajar el programa spyke y agregarme psicologaadrianataccone.



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un abrazo

martes, 8 de marzo de 2011

Consejos generales para vivir la castidad

La castidad es uno de los votos que profesan los religiosos y los consagrados dentro de la Iglesia, además de los votos de pobreza y obediencia. Con estos votos, los religiosos y consagrados (sacerdotes, hermanos, monjas, laicos consagrados) expresan públicamente que quieren ser totalmente de Dios y que están dispuestos –por el Reino de los Cielos– a renunciar a las tres dimensiones fundamentales de la existencia humana como son el deseo de perpetuarse en una familia, actuar autónoma e independientemente y poseer bienes propios.
Sin embargo, estos votos sólo se entienden a la luz de Cristo y de la novedad de vida que Cristo nos vino a traer. Jesucristo es el religioso por excelencia: Él está totalmente dedicado –consagrado– a las cosas del Padre y su único deseo es que Dios sea conocido, amado y alabado por los hombres, sin otra posesión, sin otro deseo que no sea el Reino de Dios.
Ahora bien, la castidad no es sólo un voto, es decir, una promesa solemne. La castidad es una realidad que atañe a todos los hombres y mujeres, porque es la virtud que regula el uso adecuado y responsable de la sexualidad y de la afectividad. Y esto nos toca a todos. Un religioso vivirá esta virtud en un modo concreto y según unas exigencias diversas del soltero o de las personas unidas en matrimonio. Pero todos estamos llamados a ejercitarnos en la virtud de la castidad. Existe una castidad del religioso, una castidad del soltero y una castidad del casado. Los consejos que se ofrecen a continuación valen en mayor o menor medida para todos. Toca a cada cual hacer la adaptación para la propia vida.



Los consejos generales para vivir la castidad son cinco: orden, conciencia, aprecio, fomento y cuidado. Expresaré los consejos del modo más esquemático posible.



Primer consejo: el orden



Para vivir la castidad –tanto en el celibato como en el matrimonio– es necesario el orden en la propia vida. Ahora bien, hay diversos tipos de orden:



1. Orden “teológico”: primero Dios, después las creaturas. El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas está dirigido a todos los hombres y no sólo a los religiosos. El amor a Dios ha de ser la principal preocupación de la vida. Esto significa no anteponer nada al amor de Dios: la Voluntad de Dios está antes que mi propia voluntad; el Plan de Dios sobre mi vida antes que mis planes personales; primero las cosas de Dios que mis cosas. Primero Dios y después los amigos; primero el domingo y después los demás días de la semana. Vivir constantemente en su presencia, buscando pequeños pero significativos actos de amor a Dios. En el fondo, la vida de todo hombre es una búsqueda de Dios.



2. Orden “vertical”: primero el cielo y después la tierra. Por lo tanto, hemos de aspirar al cielo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Por culpa del marxismo, del consumismo y de otras ideologías terrenas, nos hemos olvidado de pensar en el cielo como una realidad cierta que nos espera. Estamos demasiado preocupados por nuestro éxito temporal, demasiado copados por compromisos mundanos, demasiado comprometidos con quehaceres meramente circunstanciales, queremos a toda costa disfrutar de esta tierra… y nos olvidamos de que esta vida es sólo un preludio de la vida verdadera. La vida es un punto en medio de la eternidad. Esto no significa despreciar las cosas buenas que ofrece la vida, sino “ordenar” todo al cielo, que es nuestro único destino. Hemos sido creados para el cielo. La castidad sólo se entiende a la luz de la eternidad. Hay una expresión latina que reza: “quid hoc ad aeternitatem”, ¿qué es todo esto a la luz de la eternidad? ¿Qué son los placeres indignos y momentáneos a la luz de la eternidad? En conclusión: “Sólo Dios es Dios. Lo demás es ‘lo de menos’”.



3. Orden “temporal”: es necesario tener un orden en el uso de nuestro tiempo. Tener muchas cosas interesantes que hacer: oración, trabajo, comidas, merecido descanso, intereses personales… La ociosidad es la madre de todos los vicios, y nuestra sociedad actual es especialista en ofrecer toda clase de salidas frívolas y raquíticas a la ociosidad. En concreto: si es necesario entrar en Internet, que sea sólo para lo que hay que hacer y no andar “navegando” a ver “qué veo”, perdiendo miserablemente el tiempo y poniendo en riesgo la castidad. Por lo demás, esta vida es para construir algo que nos podamos llevar al más allá, al cielo. Empeñemos pues nuestra vida, no en vanidades y caprichos efímeros, cuanto menos en pecado y desenfreno, sino en grandes proyectos al servicio de los demás.



4. Orden “interior”: la persona humana es un “espíritu encarnado”, es una especie muy extraña en la creación. No es un ángel, pero tampoco una bestia. Es un ser “multidimensional”: tiene razón y voluntad, libertad, sentimientos, potencias y pasiones, etc. En esta diversidad humana hay una jerarquía, un orden en las dimensiones. En primer lugar, como dimensión rectora, está la razón iluminada e instruida por la fe. La razón debe regir a todas las demás pasiones y potencias. La virtud de la castidad es una disposición de la voluntad que nos lleva a actuar según los dictámenes de la razón en cuanto al uso ordenado de las potencias sexuales y afectivas. La castidad no significa en primer lugar represión, sino “promoción ordenada” y “moderación razonable” y es la razón, abierta a la Voluntad de Dios, la que indica cuándo se tiene que promover y cuándo se tiene que moderar.



5. Orden “afectivo”: si el primer mandamiento dice amar a Dios, éste se debe unir al “amar al prójimo como a sí mismo”. Ahora bien, también hay un orden en el “amor al prójimo”. Hay un orden en cuanto a las personas y un orden en cuanto a las manifestaciones del amor. En primer lugar debo amar a aquellos que están más próximos a mí: mi familia, mi mujer y mis hijos (si estoy casado), mis padres, mis amigos, etc. En segundo lugar, mi afecto se debe regir por este orden: las manifestaciones del amor entre esposos son específicas y difieren en cuanto al modo en las manifestaciones de amor entre hermanos y entre amigos. Este orden se debe establecer también en relación con el estado de vida que se ha escogido: si soy sacerdote, mi trato con las personas estará marcado por la consagración que he hecho de mi vida y de mi cuerpo al único amor de Cristo, lo mismo ocurre con una religiosa. Quien está casado tiene que comportarse con las personas de otro sexo, no como quien está buscando pareja, o como quien quiere “romper corazones”, sino como quien está comprometido a un amor exclusivo que ha de durar toda la vida. El joven debe comportarse con su novia de un modo diverso que el marido con su mujer, precisamente porque es novio y no esposo.



Segundo consejo: Conciencia



Tenemos que saber qué es bueno y qué es malo, “llamar al pan, pan y al vino, vino”, y estar convencidos de que seguir la conciencia rectamente formada es lo mejor para nosotros. La conciencia es un faro que ilumina la vida. Puede ser que no siempre tenga la fuerza para seguirla, pero el faro estará siempre allí avisándome de lo que debo hacer, y exigiéndome fidelidad. En el cultivo de la virtud de la castidad esto es esencial.



A causa de las modas imperantes y del desenfreno moral, que se eleva a ideal de vida, sentimos en nuestro corazón la dificultad de vivir la castidad. Esta dificultad real puede llevarnos a considerar que no vale la pena luchar, que es mejor vivir “feliz” según los criterios del mundo que seguir a un Dios desconocido que nos “impone” reprimir nuestros impulsos espontáneos. Es decir, la pasión nos puede llevar a justificar los actos desordenados. Es aquí donde la conciencia tiene que ser faro y decir lo que es bueno y lo que no es bueno. Mientras no se corrompa la conciencia, siempre es posible corregir y superarse.



Aquí tenemos que ser muy honestos: ¿conozco la ley moral? ¿Conozco qué es lo que Dios me pide en cuanto soltero? ¿Quiero seguir mi conciencia o prefiero amordazarla, engañándome a mí mismo con sofismas? Es preciso recordar aquí el adagio: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”; es decir, si traicionamos la voz de la conciencia –que no es otra que la voz de Dios que habla desde el interior– acabaremos por justificar lo injustificable, haciendo pasar hasta “un camello por el ojo de una aguja” (cf. Mt. 19,24).



Para formar la conciencia hay que acudir a los maestros que realmente nos puedan instruir en la verdad. Los medios de comunicación –grandes formadores (o deformadores) de la opinión pública– no son, la mayoría de los casos, buenos consejeros. Ellos son muchas veces los principales promotores de la cultura imperante. Acudamos más bien a personas instruidas y sensatas que puedan ayudarnos, corregirnos, decirnos las cosas claras, sin “dorar la píldora”. Acudamos sobre todo a la Palabra de Dios. Repitamos muchas veces el salmo 119: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.



Tercer consejo: Aprecio



1. Aprecio por la virtud en general. Vivimos en una sociedad de mínimos: ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para divertirme sin pecar? ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para hacer lo que me pega la gana sin traicionar la conciencia? No. El cristianismo no puede vivir de mínimos. Muchas veces en la sociedad civil nos podemos regir por la moral de lo mínimo: ¿cuánto es lo mínimo que tengo que pagar con los impuestos? Nunca iré a hacer la declaración de hacienda, diciendo: “oiga, le doy más de lo que me pide porque veo que es necesario para tapar los agujeros de la carretera”. Más bien actúo así: si tengo que trabajar seis horas al día, trabajo seis horas y basta. Esto es lo mínimo que tengo que hacer.



Esto puede valer para la sociedad civil. Pero no vale para quien se declara discípulo de Jesucristo. Veamos su ejemplo: Cristo no hizo lo mínimo para salvarnos, hubiera sido un redentor bastante raquítico. No. Por el contrario, Él entregó toda su sangre por cada uno de nosotros. En el evangelio de san Juan está escrito: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn. 13,1), y ese extremo fue la pasión, la cruz, la muerte y la resurrección. El modelo del cristiano – y su vía de auténtica felicidad – es Cristo y no el “fresco” dandy que se la pasa disfrutando haciendo slalom con las normas, sacándoles la vuelta.



2. Aprecio por la virtud de la castidad. La castidad es una virtud austera, que exige renuncia y en cuanto tal, es difícil de practicar. A muchos parece imposible de vivir e incluso nociva. Pero tenemos que fijarnos en la dimensión positiva de la castidad: es decir, la entrega del corazón a Jesucristo y el orden en el ejercicio de la sexualidad. En cuanto cristiano – soltero, casado y, cuanto más religioso o sacerdote – mi corazón pertenece a Cristo. En cuanto hombre cabal, debo someter mi pasión sexual al imperio de la razón, pues es más hombre quien controla sus pasiones que el que se deja dominar por ellas.



Apreciar la virtud de la castidad es verla como un ideal por el cual vale la pena luchar: sea que tenga intención de casarme, el ideal de poder llegar al matrimonio con un corazón limpio, que ha sabido ser fiel al amor de su vida y que sabrá en el matrimonio subordinar el sexo al amor espiritual. Sea que opte por la castidad “por el Reino de los Cielos” (Mt. 19,12). Sea incluso en el caso de que uno no logre casarse y se vea obligado a vivir en castidad en razón de las circunstancias.



En este caso es necesario “hacer de la necesidad virtud”; es decir, el no poder casarse no es el peor mal de la vida, que habría de conducir al célibe fatalmente a la pérdida del sentido de la vida, al fracaso y a la frustración existencial. Esto no es así. Si Cristo y María, su Madre castísima, vivieron el ideal de la virginidad, sería un absurdo creer que la castidad es una desgracia en la vida. Tantos santos, tantos hombres de bien han optado libremente o a causa de las circunstancias a vivir la castidad, y su vida ha sido un camino de realización plena.



3. Aprecio por la belleza del amor humano: quienes viven la castidad por el Reino de los Cielos, no lo hacen por deporte o porque tengan una visión negativa del amor humano. El religioso o la consagrada no han dejado algo malo (el matrimonio y lo que ello conlleva) por algo bueno (la castidad en sí misma, considerada como fin y no como medio). No. Vivir la castidad consagrada es renunciar a algo bueno y santo, por algo mejor: el amor y la donación total a Jesucristo. El uso de la sexualidad dentro del matrimonio no es un pecado, sino que ha sido creado por Dios para que dos personas puedan manifestarse el amor en la donación íntima del propio cuerpo, y abiertos a la llegada de los hijos. La virtud de la castidad lleva a los esposos a hacer del acto conyugal un auténtico acto de caridad sobrenatural. Si una persona viviera la castidad como rechazo y desprecio de la dimensión sexual del amor, no sería una persona virtuosa, sino todo lo contrario.



Cuarto consejo: Fomento



Si realmente tengo aprecio sincero por algo, busco incrementarlo. Si tengo un negocio que me está dando ganancias, invierto para que me dé todavía más ganancias. No lo abandono, no me despreocupo de él. Es la ley del éxito de una empresa. Pasa exactamente lo mismo con la castidad. He dicho que la castidad es una virtud no sólo para los religiosos o monjas (que se comprometen bajo voto público), sino para todo cristiano – para todo ser humano digno – sea célibe o casado. Fomentar la castidad es promover todo lo que sea la consideración de la belleza del amor. ¿Qué significa esto?



1. Llenar el corazón de nobles ideales. Desear ser como Cristo que – como dice san Pedro – pasó haciendo el bien (cf. Hch. 10,38). ¿Qué más puedo hacer? Esta ha de ser nuestra pregunta cotidiana.



2. Lecturas que nos ayuden a vivir la virtud. No se trata de leer libros sobre la castidad, sino leer mucho sobre la vida cristiana. Sobre todo la lectura de la vida de santos es un estímulo. Leyendo las vidas de santos sentimos cómo nuestro corazón se llena de deseos de imitación, pues ellos son hombres como nosotros y tuvieron que luchar como nosotros para alcanzar las virtudes.



3. Vida de Sacramentos:



a. La confesión como un encuentro íntimo con la misericordia de Dios. Si supiéramos qué misterio subyace al sacramento de la penitencia, seríamos asiduos clientes del sacerdote. Confesarnos cuando hemos caído es importante, pues en la confesión recibimos la gracia perdida y volvemos a ser hijos amados de Dios. ¡Cuánto gozo habrá sentido el joven rico cuando su Padre lo estrechó entre sus brazos! (cf. Lc. 15). Si no hemos pecado gravemente y sólo tenemos pecados veniales, la confesión nos da un incremento de gracia y la fuerza para ser fiel a nuestros ideales cristianos. Además, la confesión es un gimnasio de humildad: sin Dios no podemos ser fieles, no podemos ser castos, ni en el matrimonio ni en la vida consagrada…



b. Eucaristía: el Pan Purísimo bajado del cielo. Recibir frecuentemente a Cristo Eucaristía será un estímulo para mantener el corazón limpio de impurezas y pecados.



c. Cultivo de las virtudes teologales, en especial de la virtud de la esperanza. ¿Qué significa la esperanza? Es la certeza, que me viene de la fe, de que Dios va a ser fiel a sus promesas y me dará el cielo. Lo dice san Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18). Si yo me esfuerzo por vivir castamente, aunque sea difícil, aunque signifique renunciar a mi “modus vivendi”, aunque signifique cruz y abnegación, estoy dispuesto a luchar porque sé – tengo absoluta certeza – de que Jesús, que subió al cielo para prepararme una morada, está reservándome un tesoro en el cielo.



Quinto consejo: Cuidado



Esto es de sentido común. Huir de las ocasiones de caída. De acuerdo con san Francisco de Sales (citado en el libro de J. Tissot, “El arte de aprovechar nuestras faltas”) hay dos tentaciones que se vencen huyendo: las tentaciones contra la fe y las tentaciones contra la castidad. Si yo sé que ciertas compañías, que ciertos ambientes, que ciertas personas pueden hacerme naufragar, ¿para qué hacerme el “inocente” y creer que no pasa nada? Esto, sin embargo, sólo se entiende a la luz de los primeros principios vistos arriba: si yo aprecio el don de un corazón puro, si yo sé que todo es relativo de cara a la eternidad, entonces voy a actuar en consecuencia. No me voy a exponer a perder la gracia de Dios, que es lo más grande que poseo. En concreto:



1. Cuidar los ambientes: siempre será mejor no frecuentar aquellos lugares en donde sabemos que pueden naufragar los propósitos de fidelidad. Hay algunos lugares que en sí mismos son pecaminosos. No se debe acudir a espectáculos o casas en donde se fomente el vicio. Esto es obvio. Hay otros lugares que serán peligrosos, no en sí mismos, sino de acuerdo con la propia sensibilidad o con la situación existencial en la que se vive. El criterio fundamental para discernir es la honestidad: “yo sé que acudir a esta fiesta me causa problemas... pues no acudo, hago otra cosa”. En la medida de lo posible habría que evitar esos ambientes, aunque no siempre sea posible.



2. Cuidado de la vista: todo lo que entra por los ojos penetra en el corazón. A veces nos angustiamos por las tentaciones que nos azotan y nos preguntamos por qué no podemos ser fieles y puros como ángeles, por qué tenemos que luchar contra las mismas caídas, los mismos pecados, etc. Preguntémonos más bien: ¿qué miro? ¿A dónde se me van los ojos? ¿Dónde se fija mi mirada cuando miro a una mujer o a un hombre? ¿En qué “región” de la “geografía humana” se detienen mis ojos? Es necesario, por tanto, disciplinar nuestra mirada para fijarla sólo en aquello que vale la pena. En concreto:



a. Evitar siempre la pornografía. El cuerpo humano en sí mismo considerado es bello, sea femenino o masculino, porque ha sido creado por Dios. Cuando Dios creó a Adán y Eva, el escritor sagrado escribe: “Y Dios vio que era muy bueno”. Un ojo puro no pone maldad donde no la hay. Por el contrario, la pornografía busca siempre la excitación de las pasiones, las más de las veces por motivos económicos, utilizando a las personas como objeto de deleite sexual. El cuerpo del “otro” es siempre y sólo sujeto, nunca objeto.



b. Hoy en día el acceso a la pornografía es sumamente fácil: basta abrir Internet para encontrar todo tipo de imágenes eróticas. Aun cuando se proteja el acceso a través de un filtro – que siempre es recomendable –, es fácil que se cuelen las imágenes, a veces en páginas que nada tienen que ver con el erotismo. En muchos portales, entre el amplio espectro de accesos, no puede faltar nunca el link para “mayores de edad”.



c. Cuidado con la vista en la contemplación de personas de otro sexo. Hay sujetos que cuando ven pasar a una mujer hacen todo un análisis de geografía humana. Esta falta de control lleva después a llenar el corazón de “toxinas espirituales”, a crear una mentalidad que se detiene sólo en el cuerpo del otro, sin atender al corazón.



3. Cuidado del tacto:



a. Atención a las manifestaciones de afecto demasiado íntimas que podrían llevar a faltar a la castidad. Vale aquí la expresión del P. Jorge Loring sobre el baile: ciertamente importa la intención del sujeto, también la intención de la sujeta, pero sobre todo importa “cómo el sujeto sujete a la sujeta”. En el matrimonio hay una donación de alma y de cuerpo, por lo que el cuerpo ya no pertenece a sí sino a otra persona. Es una donación mutua y es una posesión determinada sólo por el amor y jamás por el dominio, precisamente porque no se trata sólo de un cuerpo, sino de un cuerpo espiritualizado. Por ello, “tocar” el cuerpo de la otra persona, sobre todo sus partes íntimas, es hacer un abuso, pues esta posibilidad compete sólo a su “dueño”, es decir, al esposo o a la esposa.



b. El cuidado del tacto se refiere también al propio cuerpo. Desde el punto de vista de la fe, mi cuerpo es templo del Espíritu y, por la gracia, la Santísima Trinidad habita en mi cuerpo como en un templo. El cristiano no desprecia el cuerpo y la sexualidad, sino todo lo contrario. Es tal la dignidad de mi cuerpo – templo de la Santísima Trinidad – que tengo que esmerarme por mantenerlo digno y “ordenado”. Esto significa que el propio cuerpo se debe tocar con respeto y no desordenadamente. Tocarse sólo por motivos higiénicos, para asearlo y poco más.



c. Cuidado de las personas: no hemos de ser ingenuos en el tema de la castidad. No todos piensan que la continencia sexual es un bien deseable. Se podría decir que sólo una mínima parte de los hombres y mujeres de hoy ven con buenos ojos la castidad. Quien quiere ser célibe tiene que luchar constantemente contra las trampas y asechanzas que otros pondrán a la vivencia de la virtud. Habrá personas que rechazarán nuestro deseo de castidad porque este testimonio les hiere profundamente. Por lo tanto:



· Atento a los amigos que ridiculizarán nuestros propósitos y nos invitarán a transgredir la norma moral, a echar “una cana al aire”. Es necesario ser firmes en las propias convicciones y perseverar. Cuando vean que somos inflexibles, nos dejarán en paz.

· Atención a aquella persona que se me cruzará en el camino. Si yo ya soy casado, la castidad me llevará a evitar el trato demasiado íntimo con quien no me has comprometido de por vida. Ya lo dice el refrán: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla”. Simplemente no te acerques al fuego. Si soy consagrado, vale lo mismo. El orden sacerdotal o los votos religiosos no quitan las tendencias, no convierten al hombre en ángel: hay que vigilar y no exponerse a la tentación manteniendo un trato afectivo poco conveniente con personas de otro sexo. El sacerdote no debería estar abrazando o besando a mujeres, por muy “santo” que éste sea y por muy piadosa que sea la “feligresa”, y lo mismo dígase de la religiosa o monja. Porque de una relación puramente espiritual se puede llegar a situaciones lamentables por falta de cuidado. La recomendación de origen agustiniano vale para todos: “el amor espiritual conduce al afectuoso, el amor afectuoso conduce al obsequioso, el obsequioso al familiar y el familiar conduce al amor carnal.



4. Cuidado con los pensamientos



Finalmente, para proteger la castidad, tengo que velar sobre mis pensamientos. La imaginación es la “loca de la casa” como decía santa Teresa. La divagación mental, el desorden interior, lleva muchas veces indefectiblemente a los pensamientos impuros. Ahora bien, dado que vivimos en una sociedad en la que casi todo nos habla de sexo, podemos sufrir los embates de la cultura imperante y ser golpeados por imágenes, recuerdos, imaginaciones, deseos bajos, etc.



A veces estos pensamientos pueden ser muy insistentes. Aquí la solución es la sugerida un poco más arriba: estas tentaciones se vencen huyendo. Más que reprimir esos pensamientos, tenemos que distraerlos e ignorarlos. Ocurre como cuando nos asaltan las moscas un día de calor. Rondan las moscas, por la cara, las manos, de nuevo la cara, la nariz, la cabeza y de nuevo la cara... Uno normalmente no entra en crisis existencial porque le fastidia una mosca. Si lo que hago copa mi atención, espantaré a las moscas sin darle mayor importancia.



Así también cuanto nos asalten las imaginaciones impuras: distraernos con algo que nos guste. Muchas veces no será algo espiritual. Puede ser el fútbol, el deporte, repasar los estudios, hacer ecuaciones matemáticas, etc. Lo que sea, con tal de que sea honesto y nos distraiga de los pensamientos impuros.



La castidad no es una virtud de ángeles, sino de hombres. No desnaturaliza a la persona, sino que encauza las tendencias para que el ejercicio de las mismas conduzca al verdadero bien del hombre. La castidad no es una virtud sólo de los consagrados, sino un modo de vivir de todo cristiano y de todo hombre cabal. No es más feliz quien rechaza la castidad, sino quien la vive de acuerdo con su estado de vida. Llevada –a veces sufrida– con sentido sobrenatural es fuente de amor y de entrega generosa. El hombre casto, la mujer casta, cuando viven la castidad “en cristiano”, alcanzan la plenitud del amor, porque la castidad no es otra cosa que el amor, vivido con totalidad. Vale la pena, pues, ser castos, ya sea en el matrimonio, ya sea en la vida consagrada, ya sea en el noviazgo... La castidad es la virtud que integra la sexualidad en el grande horizonte del amor verdadero que tiende a Dios como Objeto y fin último, y que permite amar al prójimo ordenadamente, como a uno mismo, e incluso mejor: como Cristo nos amó.
Autor:

Marcelo Bravo Pereira
Fuente:

GAMA - Virtudes y Valores

lunes, 7 de febrero de 2011

domingo, 6 de febrero de 2011

DE LOS CAMBIOS REPENTINOS QUE EXPERIMENTA EL ALMA

11. En cierta ocasión le preguntamos a este bienaventurado Daniel: ¿A qué es debido que a veces, hallándonos en nuestras celdas, sintamos nuestro corazón henchido de inmensa alegría, y, en medio de un gozo inefable, nos sintamos como invadidos por una oleada de sentimientos y luces espirituales? Es un fenómeno de tal naturaleza que no puede traducirse con palabras. Incluso la mente se siente incapaz de concebirlo. En estas circunstancias, nuestra oración es pura y sumamente fácil. El alma, colmada de frutos espirituales, conoce como por instinto que su plegaria, prolongada aun durante el sueño, se eleva con gran facilidad y eficacia hasta la presencia de Dios.

Pero acontece también que, de pronto, y sin mediar causa alguna-de la que seamos al menos conscientes---, nos sentimos presa de la más profunda congoja. Es una tristeza que nos abruma y cuyo motivo en vano intentamos indagar. La fuente de las experiencias místicas queda súbitamente como restañada. Inclusive la celda se nos hace poco menos que insoportable. La lectura nos causa disgusto, y la oración anda errante, desquiciada, como si fuéramos víctimas de la embriaguez. Ahí vienen los lamentos. Ensayamos dar marcha atrás e imprimir a nuestro espíritu la primera dirección, pero inútilmente. Cuanto más nos esforzamos en conducirle de nuevo a la contemplación, tanto más parece que se nos escapa de las manos y corre a deslizarse por la senda de la veleidad y la inconstancia. La mente queda desprovista de todo fruto espiritual, y tal es su esterilidad, que ni el deseo del cielo ni el temor del infierno bastan para despertarla de este sueño mortal y sacudirla de su letargo.



III. A nuestras palabras respondió el abad en esta forma

Nuestros mayores nos enseñaran que eran tres las causas que podían dar lugar a esa esterilidad espiritual de que habláis.

Unas veces podrá ser consecuencia inevitable de nuestra negligencia; otras, una tentación del demonio; y en fin, podrá constituir también una prueba a que tendrá a bien someternos el Señor. Será una secuela de nuestra negligencia cuando, a sabiendas, damos paso libre a la tibieza en nuestra alma. Obrando a la ventura y sin circunspección, procedemos en todo a la ligera. A ello se añaden la ignavia y la desidia, a cuyo ampzro se engendran los malos pensamientos que nutren nuestra mente. A partir de este momento nuestro corazón es como una tierra desnuda en la que no germinan más que abrojos y espinas. Y cuando empieza a brotar esta maleza, claro es que nos volvemos estériles. Inútil entonces querer cosechar nuevos frutos espirituales, ni mucho menos aspirar a la contemplación.

Pero cabe también en lo posible que el motivo de esa aridez del alma responda a una tentación, en cuyo caso el enemigo se desliza con destreza en nuestro espíritu sin que podamos advertirlo. No importa que estemos ocupados en buenos deseos o en santos quehaceres: solicita nuestra atención y nos aleja insensiblemente, sin complicidad alguna de nuestro querer, de los más excelentes pensamientos e intenciones.

IV. Finalmente, esta sequedad del alma puede proceder de Dios, y entonces puede ser doble el motivo.

En primer lugar, conviene que nos sintamos abandonados por El por algún tiempo para tener ocasión de experimentar nuestra natural flaqueza. Entonces, concibiendo sentimientos de humildad no, nos sentimos engreídos por la pureza de corazón con que anteriormente habíamos sido agraciados por la visita del Señor. En este estado de aislamiento en quo: Dios nos deja, comprobamos que ni los gemidos ni nuestra habilidad pueden hacernos recobrar aquella primera situación de optimismo y pureza. Comprendemos, al propio tiempo, que nuestro fervor no era fruto de nuestro esfuerzo, sino don gratuito de la dignación divina. Por lo mismo, nos es necesario implorar todavía, al presente, su gracia v su luz.

En segundo lugar, hay que buscar la razón de este desamparo de Dios en el hecho de que El desea probar por este medio nuestra perseverancia Debemos darle una prueba del afán y entereza de nuestra alma. Intenta asimismo con ello manifestarnos con qué anhelo y con qué tenacidad debemos pedirle en la oración la visita del Espíritu Santo, cuando nos ha abandonado a nuestra miseria. Quiere, en fin, que reconozcamos por experiencia cuán difícil es reconquistar, una vez se ha perdido, el gozo espiritual y la alegría que lleva consigo la pureza del corazón. De ahí la solicitud con que debemos conservarla, cuando la hayamos encontrado de nuevo. Porque de ordinario somos muy negligentes en custodiar lo que creemos se puede recobrar fácilmente.

V. Todo esto nos ofrece una prueba palmaria de que son la gracia y la misericordia divinas !as que operan en nosotros todo bien, y que sin ellas es inútil nuestra diligencia. Si no contamos con su ayuda, todo esfuerzo de nuestra parte para instalarnos de nuevo en aquel estado es inane. La palabra de la Escritura se cumple en nosotros incesantemente: «No es obra del que quiere, ni del que corre, sino de la misericordia de Dios» 1.

No obstante, a veces es en un todo distinto lo que ocurre. Y es que Dios no se desdeña de visitarnos con su gracia, aun a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón. Y lo hace mediante esa inspiración santa de que hablabais. Como tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza.

Finalmente, no es cosa excepcional que en sus visitas nos sintamos inundados súbitamente de ciertos perfumes, cuya suavidad sobrepuja todo lo que el arte y composición humanos pueden concebir y realizar. Entonces el alma, sumergida en este océano de felicidad, queda como arrobada y fuera de sí, hasta perder la noción de la existencia y olvidar que habita en la carne.

lunes, 31 de enero de 2011

miércoles, 26 de enero de 2011

Diez criterios para discernir cómo está tu nivel de silencio interior

PRIMERO: Observa si queda algo por perdonar en ti, o en tu vida. En tu pasado más remoto o más cercano. Mira si hay algún recuerdo que perturba tu alma. No puedes olvidar que la búsqueda del lugar del propio corazón, tu unificación interior, y el hecho de tener que ser "anuncio evangelizador" en tu vida, exigen una plena paz de alma. Y te animan a buscar el lugar del corazón, para establecer en él un ámbito de comunión y de encuentro.

Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.

Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.

SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.

Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.

TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...

Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.

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viernes, 21 de enero de 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

La práctica de la humildad


Evita como un mal gravísimo el juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo semejante, según las circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija que pongas remedio.

Abre los ojos de tu alma, y considera que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo sólo tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y, en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en tí, solamente a Dios, de quien los has recibido como principio de tu ser, pertenece la gloria.

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miércoles, 12 de enero de 2011

LAS TRES RENUNCIAS



VI. Hablemos ahora de las tres renuncias. La tradición unánime de los Padres se junta a la autoridad de las Escrituras para mostrar que son tres, en efecto. Debemos trabajar con ahínco en ponerlas por obra.
La primera consiste en despreciar todas las ri­quezas y bienes de este mundo. Por la' segunda, renunciamos a nuestra vida pasada, a nuestros vicios y a nuestras afecciones del espíritu y de la carne. La tercera tiene por objeto apartar nuestra mente de las cosas presentes y visibles,
para contemplar únicamente las cosas futuras y no desear más que las invisibles. Que es menes­ter cumplir con las tres, es el mandamiento que el Señor hizo ya a Abraham, cuando le dijo: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre»[1] "­
«Sal de tu patria», es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas de esta tierra. «Abandona a tu parentela», esto es, la vida y las costumbres dé antaño, tan estrechamente uni­das a nosotros desde nuestro nacimiento, que hemos contraído con ellas como una especie de afinidad y parentesco natural, cual si fuera nues­tra propia sangre. «Aléjate de la casa de tu pa­dre», o sea, aparta tus ojos del recuerdo del mundo presente.
Tenemos, efectivamente, dos padres: uno que es necesario abandonar; otro, que es preciso se­guir. David los señala a ambos en un mismo pasaje de los salmos, cuando pone en labios de Dios aquellas palabras: «Oye, hija, considera y presta atento oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre» 13. Al decir Dios al alma: «Escucha, hija mía», supone que su Majestad es su padre. Y, por otra parte, afirma que es también su padre aquel cuya casa y pueblo debe echarse en olvido.
Este olvido tiene lugar cuando, muertos con Cristo a los elementos de este mundo, no con­templamos ya, según la palabra del Apóstol, «las cosas visibles, sino las invisibles; pues las visi­bles son temporales, las invisibles, eternas» [2]14. Se realiza asimismo cuando, renunciando de co­razón a esta morada temporal y visible, diri­gimos la mirada del alma hacia aquélla, donde habitaremos eternamente.
Este estado será el nuestro desde el momento en que, a pesar de vivir en la carne, no obrare­mos ya según la carne, pues empezaremos a mi­litar en las filas del Señor. Entonces podremos con toda verdad realizar aquella palabra de San Pablo: «Somos ya ciudadanos del cielo», 15.

***

A estas tres renuncias corresponden exacta­mente los tres libros de Salomón. A la primera convienen los Proverbios, que nos enseñan a des­echar los bienes terrenos y los vicios de la carne. A la segunda, el Eclesiastés, donde se afirma que todo cuanto se hace en el haz de la tierra es vanidad. A la tercera, el Cántico de los Cánti­cos, en el cual el alma, trascendiendo las cosas visibles, se une ya, por la contemplación de las celestiales, al Verbo de Dios.
VII.                 Mal podríamos hacer la primera renuncia, aunque fuera con una fe a toda prueba, si no pusiéramos por obra la segunda con igual ardor e intensidad. El cumplimiento de ésta nos dará la posibilidad de llevar a cabo la tercera.
Esta tercera consiste, como he dicho, en aban­donar la morada de nuestro primer padre-nues­tro padre lo fue, como sabemos, según el hom­bre viejo, desde nuestro nacimiento, cuando «éramos por naturaleza hijos de ira, como el resto de los hombres» [3]16°. Entonces, despojados de este afecto, nuestra mirada se concentrará únicamente en el cielo.
De este padre habla Dios a Jerusalén, que ha­bía despreciado a su verdadero Padre celestial: «Tu padre es un amorreo y tu madre una je­tea» 17. Y también en el Evangelio: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» 1g.
Dejando, pues, a ese primer padre, y salvan­do la distancia de las realidades visibles a las invisibles, podremos decir con el Apóstol: «Sa­bemos que si la tienda de nuestra mansión te­rrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos» 19. Y lo que poco ha hemos citado: «Somos ciudadanos del cielo, de donde espera­mos al Salvador y Señor Jesucristo, que refor­mará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso»[4] 2°. Y todavía estas palabras de David: «Soy peregrino en la tierra, un advene­dizo, como todos mis padres» 21. Para que sea­mos semejantes a aquellos de quienes el Señor, en el Evangelio, dice a su Padre: «Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» 22. Y otra vez a sus mismos apóstoles: «Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» 2 3.
Cuando no quede ya en nuestra alma vestigio alguno de esa especie de crasitud propia de la vida animal con que se sentía agravada, merece­remos llegar realmente a la perfección de esta tercera renuncia. Es señal entonces de que una mano hábil ha desbastado y limado en ella todas las disposiciones y afectos terrenos.
Por los demás, la meditación constante de las cosas de Dios y el ejercicio de la contemplación la fijan de tal manera en la esfera de lo invisible, que, atenta sólo a las realidades celestiales e in­corpóreas, olvida el efímero ropaje de su carne frágil y no tiene ya conciencia del lugar que ocu­pa su cuerpo en el espacio. Siguen ahora arroba­mientos y transportes inefables. El oído perma­nece insensible a la voz de lo que ocurre en  torno. Ni la imagen fugaz de los que pasan y discurren ante ella solicitan siquiera su aten­ción. ¿Qué digo? Junto a ella, frente a ella, se levantan los mismos objetos y aun masas im­ponentes, sin que pueda percatarse de ello con los ojos de la carne.
La verdad y grandeza de estas sublimidades sólo podrá captarlas quien tenga experiencia de ello. A este tal el Señor le ha apartado los ojos del corazón de todas las cosas de la tierra. Tan­to es así que las juzga no sólo perecederas, sino como carentes de existencia, desvanecidas en la nada como vana humareda. Íntimamente unido a Dios, al igual que Enoc, vive abstraído de la vida y ajeno a cuanto le rodea. Sólo media una diferencia: que en el personaje bíblico la elevación fue también física, como nos lo enseña el pasaje del Génesis: «Y anduvo Enoc en la presencia de Dios, y había desaparecido; no se le encontraba, porque se lo llevó Dios»[5] 2'. Y el Apóstol dice a su vez: «Por la fe fue trasladado Enoc, sin pasar por la muerte» 25. Esta muerte de la cual el Señor dice en el Evangelio: «Quien vive y cree en mí, no morirá eternamente» 2°.
Apresurémonos, pues, si queremos alcanzar la verdadera perfección, a abandonar de veras -como lo hemos hecho físicamente-a los padres, la patria, las riquezas y los deleites de este mundo. Y no se nos ocurra desandar después el ca­mino, ambicionando de nuevo lo que hemos de­jado, como hicieron otrora los hebreos. Moisés les había sacado de Egipto. Y ellos retrocedieron, no materialmente, es cierto, pero sí con el cora­zón. Dios les había librado de la esclavitud prodigando para ello sus signos y prodigios, y en retorno le abandonaron para adorar otra vez los ídolos egipcios que habían despreciado. Así se expresa la Escritura: «Y con sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: haznos dioses que vayan delante de nosotros»[6] 2r. Tam­bién nosotros nos haríamos reos de la misma con­denación que Dios fulminó contra ellos cuando, después de haber gustado el maná, deploraron la falta de aquellos viles manjares, cayendo en los repugnantes vicios a que allí se habían aban­donado. Y nos haríamos asimismo solidarios de su murmuración: «Mejor ciertamente nos iba cuando estábamos en Egipto, cuando nos sentába­mos junto a las ollas de carne, y comíamos ce­bollas, ajos, cohombros y melones» 28.
Aunque todo esto sucedió en figura en aquel pueblo, no obstante, vemos que la realidad se cumple a diario en nuestra vida y profesión. Cualquiera que, habiendo renunciado al mundo, vuelve a sus gustos y tendencias pasadas, yendo otra vez en pos de sus deseos y apetitos, repite tácitamente con sus obras y sus pensamientos lo que dijeron entonces los israelitas: «Mucha mejor me iba a mí en Egipto». Me temo que los monjes de tal laya no sean menos en número que aquella multitud que prevaricó en tiempo de Moisés. Porque de los seiscientos tres mil hom­bres que se contaron, dispuestos a tomar las ar­mas, al salir de Egipto [7]29, sólo dos entraron en la tierra prometida I'. Razón por la cual debe­mos apresurarnos a seguir los ejemplos de virtud del pequeño número, de esa minoría escogida que sobresale entre los leales. El mismo Evan­gelio sintoniza también con esa figura de que hablábamos del pueblo judío, al decir que «mu­chos son los llamados y pocos los escogidos» 31.
De nada, pues, nos servirá una renuncia cor­poral y local. Significaría tanto como salir de Egipto tan sólo exteriormente. Es preciso aso­ciar la renuncia del corazón, que es la más ele­vada de las dos, y ciertamente la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol: «Si repartiere toda mi hacienda para sustento de los pobres y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprove­cha» 32. El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que mu­chos, después de haber distribuido a los pobres  todos sus bienes, serían impotentes para esca­lar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón, sin afán de purificarse, los vicios y costumbres inmortificadas contraídos en su vida primera. Estas cosas constituyen un grave obs­táculo que les impide arribar, a aquella caridad que permanece para siempre. Ahora bien, si so­mos incapaces de llevar a cabo la segunda renun­cia, más difícil nos será practicar la tercera, que es muy superior a aquélla.
Considerad asimismo el hecho de que el Após­tol no ha dicho simplemente: «Si repartiere mi hacienda». Podría creerse en este caso que ha­bla de aquellos que, no cumpliendo el precepto evangélico, se reservan una parte de su fortuna, como hacen algunos tibios. Pero dice: «Si repar­tiere todos mis bienes para sustento de los po­bres», es decir, aunque renunciara perfectamente a los bienes de la tierra. A esta renuncia total añade otra de más quilates, al decir: «Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas, no teniendo caridad, nada me aprovecha.» Como si dijera: «Aunque distribuyera todos mis bienes para sus­tentar a los pobres»-según el precepto del Evan­gelio que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, ven­de cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos»[8] "-hasta no reservarme
nada de ellos, todo eso es inútil sin la caridad. Y si a esta liberalidad añadiera yo el martirio de fuego, dando mi vida por Cristo; pero sigo siendo impaciente, irascible, envidioso o sober­bio; o si la injuria me indigna y hace montar en cólera; si busco mi interés, si soy mal intencio­nado o peor sufrido; la renuncia y el martirio del hombre exterior no me reportarán ventaja alguna, porque el hombre interior quedará aún cautivo en los vicios pasados. En vano habré des­preciado-movido por los primeros fervores de mi conversación-los bienes inocentes de este mundo que de suyo ni son buenos ni malos, sino indiferentes, si no he despreciado al mismo tiempo las riquezas de un corazón vicioso, que de por sí son malas. Por eso no llegaré nunca a aquella divina caridad, que es paciente y benigna, que no es envidiosa ni arrogante, que no se irrita, ni es descortés ni interesada, que no piensa mal; antes bien, todo lo sufre, todo lo tolera [9]34, que, en fin, no permite que los que la buscan fiel­mente sean suplantados por la astucia del pe­cado.

 

DE TRES GÉNEROS DE VOCACIÓN



III. Entonces dijo el santo abad Pafnucio: Hay tres géneros de vocación y hay asimismo tres modos de renuncia. Las tres son necesarias al monje, sea cual fuere el rango de su vocación.
En primer lugar, digo, hay tres géneros de llamamiento. Uno, cuando nos llama Dios di­rectamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres, y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad. Examinemos esto con de­tención.
Si reconocemos que fuimos llamados directa­mente por El a su culto, tendremos que ordenar toda nuestra vida de modo que esté en conso­nancia con la alteza de esa vocación. Porque de nada servirían los bellos comienzos si el fin no respondiera a los principios.
Supongamos, en cambio, que Dios nos ha segregado del mundo por una vocación de ran­go más humilde, llamados par los hombres o por la necesidad. En tal caso, cuanto menos glorio­sos sean los comienzos con que inauguramos la vida monástica, tanto más deberemos avivar nues­tro fervor para consolidarnos en ella y tener un buen fin en nuestra carrera.
Por lo que atañe a las tres renuncias, conviene que las conozcamos también a fondo. La per­fección nos sería en un todo inaccesible, si igno­rásemos la índole de esas renuncias, o si, cono­ciéndolas, no intentáramos en realidad ponerlas por obra.
IV. Para poner en claro estos tres modos de vocación y sus notas distintivas, repitamos que el primero es de Dios, el segundo se produce por intermediaria humano y el tercero es hijo de la necesidad.
La vocación viene directamente de Dios, siem­pre que envía a nuestro corazón alguna inspi­ración. Esta nos sorprende a veces sumidos como en un profundo sueño. Nos sacude, despierta en nosotros el desea de la vida y de la salvación eternas, y nos empuja, merced a la compunción saludable que origina en el alma, a seguirla, manteniéndonos adheridos a sus preceptos. Así leemos en las Sagradas Escrituras que Abraham fue llamado por la voz divina lejos de su patria natal, de sus deudos y de la casa de su padre: «Sal de tu tierra, le dice el Señor, y de tu pa­rentela, y de la casa de tu padre» [1]
Sabemos que tal fue la vocación del bienaven­turado Antonio. Sólo a Dios era deudor de su conversión. Pues habiendo entrado un día en el templo, oyó estas palabras del Señor en el Evan­gelio: «Aquel que no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a su mujer, sus campos y su propia vida, éste tal no puede ser mi discí­pulo»[2] `. Y: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» s. Le pareció como si este consejo fuera dirigido per­sonalmente a él. Penetrado de este sentimiento, abrazó el consejo con gran compunción de cora­zón, e inmediatamente renunció a todo y se fue en pos de Cristo. Como se ve, ningún consejo, ninguna enseñanza humana tuvo el menor influjo en su decisión, sino sólo la palabra divina oída en el Evangelio.
La segunda clase de vocación es aquella en que, según hemos dicho, media la intervención de los hombres. En tal caso nos sentimos mo­vidos por las exhortaciones y ejemplos de los santos, y se enciende en nosotros el deseo de sal­vación. De esta manera me acuerdo haber sido yo llamado, por gracia del Señor. Movido por los consejos del santo abad Antonio y vivamente impresionado por sus virtudes, me incliné a se­guir este estilo de vida consagrándome a la profesión monástica. De este modo, como nos dice la Escritura, libró Dios a los hijos de Israel de la cautividad de Egipto, por ministerio de Moisés[3] 6.
El tercer género de vocación nace de la ne­cesidad. Sucede cuando, cautivos en las riquezas y en los placeres de este mundo, sobreviene de pronto la tentación y se cierne sobre nosotros. Unas veces será cuando nos amenaza el peligro de muerte, otras cuando la pérdida de los bienes o la proscripción asesta un duro golpe a nuestra existencia, y otras cuando nos atenaza el dolor de ver morir a los que amamos. Entonces la desgracia nos obliga, tal vez a pesar nuestro, a echarnos en los brazos de Aquel a quien no qui­simos seguir en la prosperidad.
De esta vocación que motiva la necesidad, en­contramos también frecuentes ejemplos en la Escritura. Así, cuando el Señor entregaba en manos de sus enemigos en castigo de sus pecados a los hijos de Israel, bajo la cautividad y cruel tiranía que los oprimía, se volvían clamando ha­cia Dios. «Y el Señor-se nos dice- les suscitó un libertador, llamado Aod, hijo de Guera, hijo de la tribu de Benjamín, el cual era zurdo»[4]7. Y de nuevo-afirma-«clamaron al Señor, quien les suscitó un salvador que los libertó; a saber, Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb» 8. He aquí las palabras de los salmos que hacen alusión a casos semejantes: «Cuando los hería de muerte, le buscaban, se convertían y se volvían a Dios. Y se acordaban que era Dios su amparo, y el Dios altísimo, su Reden­tor»9. Y también: «Y clamaron al Señor en sus peligros, y los libró de sus angustias» lo.

V. De estas tres vocaciones, las dos primeras parecen fundarse en un principio y origen más noble. No obstante, hemos visto a algunos que, partiendo de ese tercer llamamiento-que es en apariencia de menos estima y propio de los ti­bios--, se mostraron perfectos y excitaron nues­tra admiración por su fervor y gran espíritu. Incluso llegaron a equipararse a aquellos que, ha­biendo tenido mejores principios en su vocación, perseveraron en este fervor lo restante de su vida. Muchos, al contrario, después de haber sido fa­vorecidos por más alto llamamiento, se enfria­ron poco a poco bajo la desidia y la tibieza y tuvieron un fin desgraciado. Así como a los pri­meros, convertidos por la necesidad más que por propia iniciativa, no perdieron nada, pues vemos que el Señor, en su bondad, les dió igualmente ocasión de arrepentirse, así también de nada les sirvió a los segundos el haber tenido tan hermosos comienzos, por no haber conformado con ellos. el resto de su vida.
Nada faltó al abad Moisés, que vivió en este desierto, en la zona llamada Cálamo, para ser un gran santo. Bien es verdad que por el temor de la pena de muerte, a que había sido condenado por homicidio, se refugió en el monasterio. Pero supo sacar provecho de esta conversión forzosa, convirtiéndola con su entusiasmo en una do­nación voluntaria, que le llevó a las más altas cumbres de la perfección. ¡Cuántos, al contrario, cuyo nombre no puedo aducir aquí, no han apro­vechado en la santidad, a pesar de haber tenido comienzos más honrosos en el servicio de Dios! Una vida anquilosada en la tibieza fue suplan­tando las buenas disposiciones, y les vimos caer en una indiferencia fatal hasta precipitarse en el abismo de la muerte.
Cosa pareja vemos que aconteció en la vo­cación de los apóstoles. ¿De qué le sirvió a Judas el haber abrazado voluntariamente aquella subli­me dignidad, al igual que Pedro y los demás discípulos? Porque, dando a tan esclarecidos principios un fin abominable, se entregó a la pasión de la avaricia [5]11 y llegó hasta la traición de su Maestro, perpetrando el más cruel de los parricidios.
Y he aquí a San Pablo. Cegado súbitamente por el Señor, es como arrastrado a su pesar al camino de salvación. ¿Dónde está aquí la des­ventaja? Sigue desde luego al Señor con un amor y una fe insobornables. Y trocando la coacción primera por un sacrificio libre y espontáneo de sí mismo, corona con un fin incomparable una vida gloriosa, cuajada de ejemplos de virtud.
Todo estriba, pues, en el fin. Es posible que después de haber uno comenzado su conversión de la manera más laudable, descienda por su negligencia al más bajo nivel de vida. Y no es menos posible que, arrastrado a la vida monástica acuciado por la necesidad, vaya elevándose, mer­ced al temor de Dios y a un celo santo, hasta la perfección.

La discreción


La discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las  mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes
Abad Antonio

Pureza de corazon sea nuestro objetivo

Abracémonos, pues, con todas nuestras ener­gías a lo que puede encaminamos a lograr el objetivo de la pureza del corazón; evitemos, por el contraria, como funesto y malsano, lo que nos apartaría de él. Esta pureza es cabalmente la razón de ser de todas nuestras acciones y de todos nuestros sacrificios. Por ella, y para poder con­servarla siempre intacta, hemos dejado a los pa­dres, la patria, los honores, las riquezas. Todas las delicias y placeres del mundo nos parecen cosa deleznable.
Si nos proponemos esta meta, nuestros actos y nuestros pensamientos irán constantemente de­rechos a alcanzarla. Pero si no es ésta nuestra constante intención, nuestros esfuerzos, vanos e inciertos, se malograrán lamentablemente sin po­der cosechar fruto alguno. Además, veremos sur­gir en nosotros un mundo de pensamientos que luchan entre sí. Porque es inevitable que el alma, que no tiene un lugar a donde ir y fijarse en él con preferencia, cambie a todas horas, a mer­ced de las circunstancias, y viva al albur de los pensamientos que cruzan par ella. Así, convertida en juguete de las influencias del ambiente, cede a la primera impresión, variando de continuo según el sesgo que toman los acontecimientos.
Aba Moises . Colaciones de Casiano

Hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio

«Cheremón nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud» 3`. Y más clara­mente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que es la renuncia por la cual nos alejamos del mal, y otro, positivo, que es la ora­ción y la contemplación, por la cual practicamos el bien y nos unimos a Dios.

sábado, 8 de enero de 2011

EL CORAZÓN DE CRISTO


El corazón de Cristo es el centro del mundo, lo mismo que el corazón del hombre es el centro de su cuerpo y de su ser. San Clemente de Alejandría escribe: «De Dios, Corazón del universo, parten extensiones infinitas que se dirigen, una hacia arriba, otra hacia abajo, esta a la derecha, aquella a la izquierda, una hacia delante y otra hacia atrás. Dirigiendo la mirada hacia estas seis extensiones, como hacia un número siempre igual, Dios consuma el mundo. Él es el principio y el fin, el Alfa y el Omega; en Él se consuman las seis fases el tiempo, y de Él reciben su extensión indefinida: ese es el secreto del número Siete». Ya citamos y comentamos en otro lugar más extensamente este texto en el que Clemente, siguiendo un simbolismo matemático ciertamente heredado de la tradición hebraica, evoca el desarrollo de la creación a partir del punto primigenio que se proyecta y multiplica en el espacio y las seis fases del tiempo, o sea los seis períodos cíclicos representados simbólicamente por los seis milenios o «días» del Génesis y que se resuelven en el séptimo o Sábado, regreso al Principio. El Punto primigenio es llamado en la Cábala el «Santo Palacio» o «Palacio interior»; no es otra cosa que el Corazón del Verbo, que vemos con ellos que está en el centro del mundo, del espacio y del tiempo, y que, para emplear una expresión del poeta Baudelaire, impone todos los tiempos y todos los universos.
Por eso puede decirse que el Corazón del mundo está así maravillosamente simbolizado por el sol, al que igualmente se ha considerado corazón del mundo; lo hace por ejemplo el neoplatónico Proclo: «Dispensador de luz –exclama dirigiéndose al astro–, oh señor que tienes la llave de la fuente que mantiene la vida... que ocupas por encima del Éter el trono de en medio y que tienes por imagen un círculo deslumbrante que es el Corazón del mundo, tú lo llenas todo de una providencia capaz de hacer despertar la inteligencia» (4). Esta asimilación está basada en la analogía entre la posición central del astro y su función en el mundo y las del corazón en el cuerpo humano: «El sol –dice Plutarco– con la fuerza de un corazón dispersa y difunde fuera de sí mismo el calor y la luz, como si fuese la sangre y el aliento» (5). Y lo mismo Macrobio: «El nombre de Inteligencia del mundo que se da al sol responde al de Corazón del cielo; el sol, fuente de la luz etérea, es para este fluido lo que el corazón para el ser dotado de vida» (6). Y el citado Al-Jîlî consideraba igualmente que el corazón es a las demás facultades lo que el sol es a los planetas: del sol reciben su luz y su impulso:
El Corazón de Cristo es llamado en las Letanías «Hoguera ardiente de caridad», y así se apareció en 1674 a Santa Margarita María Alacoque en su segunda revelación: «Este corazón divino –escribe– se me apareció como en un trono de fuego y llamas más radiante que un sol y transparente como el cristal». Ya Santa Matilde había visto el Corazón de Cristo resplandeciente de luz (7). Toda esta simbología del centro y del sol está maravillosamente inscrita en el famoso mármol de la cartuja de Orques (Sarthe) (ver ilustración de cabecera). Es una prueba extraordinaria de la profundidad intelectual, en el verdadero sentido de la palabra, a la que habían llegado los monjes de San Bruno en la comprensión del misterio del Corazón. Este mármol representa el Corazón irradiante en medio de dos círculos, concéntricos con respecto a él, el círculo de los planetas, que es el más interior, y el círculo del zodíaco, que es el más exterior. Señalemos de paso que en la India, donde el sol también es llamado «corazón del mundo» u «ojo del mundo», a veces lo representan en el centro de la rueda zodiacal, como en Orques. Se expresa así, todo al mismo tiempo, la idea de que el Corazón de Cristo está en el centro del mundo y la de que ilumina y da vida como el sol.

PERLAS DE SABIDURÍA

*
Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.



El alma debe sustraerse a la dispersión del mundo; es la cualidad de interioridad. Después la voluntad debe vencer a la pasividad de la vida; es la cualidad de actualidad. Por último, el espíritu debe trascender la inconsciencia del ego; es la cualidad de simplicidad. Percibir intelectualmente la Substancia, más allá del estrépito de los accidentes, es realizar la simplicidad. Ser uno es ser simple; pues la simplicidad es al Uno lo que la interioridad es al centro y lo que la actualidad es al presente. 


En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.

El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad, después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan el Verdad y el Bien.

La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.

*


FRITHJOF SCHUON

viernes, 31 de diciembre de 2010

QUÉ ES LA ACEDIA


                De la acedia no se suele hablar actualmente. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de algunos manuales y diccionarios de moral. Ni siquiera de todos.

 Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez oyeron nombrar la acedia y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

                Sin embargo la acedia existe y abunda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: tentación, pecado actual, hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización  de la acedia por lo cual parece conveniente ocuparse de ella..
Definición y ejemplos bíblicos
Para dar una idea de lo que es la acedia expondremos primero sus definiciones y después daremos una serie de ejemplos bíblicos.
La acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia O sea que es una especie de tristeza
                Santo Tomás de Aquino, la define como: "tristeza por el bien divino del que goza la caridad". O sea, envidia a Dios; tristeza envidiosa por los bienes espirituales, por las personas, funciones, signos, símbolos sagrados, sacramentos, efectos de gracia, dones y carismas....
Es, propiamente, el afecto demoníaco, del que nace el pecado demoníaco.
                El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la define así: "La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino" (CIC 2094).
                El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) ubica la acedia entre los pecados contra la Caridad: 1º) indiferencia, 2º) ingratitud, 3º) tibieza, 4º) acedia y 5º) odio a Dios. La acedia se manifiesta en forma de indiferencia, ingratitud y tibieza. Su culminación es el odio a Dios.
                La acedia es, pues, tristeza por un bien  y por lo tanto es una especie de envidia. )Qué la distingue de la envidia en general? Que mientras la envidia es tristeza por cualquier bien terreno y genérico de la creatura, la acedia es tristeza por el bien divino, ya sea en Dios mismo ya en sus creaturas. Es, en una palabra una envidia opuesta al objeto de las virtudes teologales y a los bienes propios de la virtud de religión, entre los cuales son los principales las Personas divinas y las personas humanas que están en comunión con ellas.
                La acedia es igualmente enfriamiento o entibiamiento del fervor de la caridad. Como se dice en el Apocalipsis: "tengo contra ti que has perdido tu amor de antes" (Apoc. 2,4); "puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc. 3,16).

Acedia en las Sagradas Escrituras

                Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas estas formas, que van desde la indiferencia, pasando por la tibieza, la ingratitud y la burla, hasta llegar al odio.
Nos dan también pistas para comprender la naturaleza de la acedia. Nos ayudan para reconocerla en sus formas históricas y actuales. Nos permiten comprender mejor su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se ve cuáles son las causas y los síntomas de la acedia.
1) La acedia de Judas se pone de manifiesto cuando critica a María como exagerada por haber derramado toda la libra de perfume de nardo puro sobre Jesús. Es propio de la acedia en esta forma, oponer razones aparentemente sensatas a las obras del amor, desprestigiándolas como excesivas o exageradas. “¡Qué desperdicio!” se oye decir cuando un joven o una joven quieren seguir la vocación sacerdotal o religiosa y derramar su vida como un gesto de amor. Ni está lejos del sentir de Judas el escándalo por las “riquezas del Vaticano”.
Las razones de Judas implican un menos-precio del amor a Jesús, y de las conductas de los que lo aman, y en el fondo de Jesús mismo, que se irá manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.
2)  La Acedia de Mikal, Esposa de David: se manifiesta como irritación y menosprecio viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslación. La danza de David era una manifestación del gozo de la caridad. La irritación de Mikal por la devoción de David es acedia. (2 Samuel 6, 14-23). Los que menosprecian a los romeros, peregrinos, promesantes y a cuantos expresan físicamente su alegría religiosa están tentados con esta forma de acedia.
3) La Acedia de los Hijos de Jeconías: El Arca de la Alianza fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada. He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: "ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia". (Ver 1 Samuel 6,13-21). Los hijos de Jeconías consideran que la irrupción de Dios en plena tarea de la cosecha, era, por lo menos inoportuna. La solicitud excesiva por las cosas de esta vida, es otra forma y raíz de la acedia, que impide alegrarse en la fiesta y el culto. Los que dicen no tener tiempo para el culto debido a las urgencias de la vida, adolecen de este tipo de acedia.
4) El Menosprecio de un Profeta: Los niños que se mofan del profeta Eliseo, gritándole "(Sube, calvo! (Sube, calvo!", burlándose de su tonsura religiosa, y que a consecuencia de una maldición del profeta, son destrozados por los osos, reflejan una ignorancia religiosa y un menosprecio recibido de sus mayores. (2 Reyes 2,23-24).
El relato quiere inculcar el respeto a los profetas, a un pueblo que, por acedia, se inclinaba a rechazarlos y aún a matarlos. En efecto, la persecución a los profetas, y en general a los justos, empieza con burlas pero tiende a terminar en sangre. Eliseo ve, en ese menosprecio, más que una inocentada infantil, la manifestación de un pecado social, nacional. La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay en Israel piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo de la caridad o acedia.
Nuestros catequistas chocan continuamente, aún en nuestros colegios católicos, con la indiferencia, el desinterés y hasta la burla y el menosprecio de sus alumnos por la doctrina de la fe. El fenómeno es semejante. Porque muy a menudo la indiferencia de los niños es un puro reflejo de la tibieza de sus mayores.
5) Esaú menosprecia la Primogenitura Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de guiso. Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio - y consiguiente postergación y pérdida - de los bienes espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito de la carne. La civilización de la acedia abunda en ejemplos de estas actitudes de acedia, como desprecio de la vida eterna debido a las urgencias de esta vida. (Génesis 25,29-34).
6) "Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado." (Lucas 7, 31-35). La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, o sea un no a las alegrías de Dios y a su oferta de comunicarla y participarla, la ilustran las parábolas de Reino como un Banquete al que se niegan a acudir los invitados. (Mateo 22,1-14; ver también 8,11-12; Lucas 14,16-24). No es otra cosa lo que hace la civilización de la acedia rechazando la alegría del culto divino.
7) San Clemente romano explica el mal de acedia que padecen los corintios como un caso particular de la acedia que él considera como el drama propio de toda la historia de la salvación: "Ya veis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio [Abel a manos de Caín]. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su misma tribu: ')Quién te ha constituido árbitro y juez entre nosotros? )Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste ayer al egipcio?'. Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés. Por celos no sólo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Saúl, rey de Israel" (San Clemente romano, A los Corintios 4,7-13).
Uno se pregunta si la enumeración de San Clemente no refleja la enseñanza de Jesús a los de Emaús, cuando les explicaba las Escrituras por el camino. Por acedia mataron a Jesús los príncipes del pueblo elegido, que era la aristocracia religiosa del mundo antiguo.
Las Sagradas Escrituras no sólo nos ofrecen ejemplos de acedia; nos enseñan que la acedia es el drama mismo que las recorre. Y el libro de la Sabiduría podrá afirmar que la acedia es el pecado fontal de todos los pecados de todos los tiempos: "Por acedia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24).
Al recuento de San Clemente romano agregaré solamente dos episodios de acedia que lo completan:
8) El menosprecio de la Tierra Prometida: "Despreciaron una Tierra envidiable" (Sal 105(106),24; Números Caps. 13-14 y Deuteronomio 1,19-46). El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. Prefirió creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos.
A esta forma de acedia, corresponde, en la dispensación del Nuevo Testamento, el menosprecio de la vida eterna de la que Jesús es el explorador y testigo: “En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al decires cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre”. (Juan 3,11-13)
            9) La Acedia de Pedro ante la Cruz: Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la cruz. Por eso se hace acreedor del nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de escándalo (Mateo 16,18), no sólo para los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo (Mateo 16,23).
Ya se ve la importancia que tiene el pecado de acedia en toda la Sagrada Escritura. Si se ignora lo que es la acedia no se puede entender la Escritura ni el drama de Jesús. La acedia es ceguera para el bien de Dios y confusión espiritual del mal por bien y del bien por mal. Es lo que muestran los dos ayes proféticos que siguen.
Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia: nos enseñan que la acedia es apercepción y dispercepción del bien divino:
 1) Acedia como ceguera o a-percepción: "(Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su corazón! Es como el tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga" (Jeremías 17, 5-6).En cambio: "los rectos lo ven y se alegran" (Salmo 106,42) "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Ábreme Señor los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios" (Salmo 49,23)..
2) Acedia como dis-percepción: "(Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!" (Isaías 5,20-21). Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien, dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas.

 P. Horacio Bojorge


"No debáis nada a nadie, sólo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .

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