Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios

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Basilica San Pedro , Vaticano

Amigos que Dios trae a este rincon de la red.

martes, 6 de septiembre de 2011

La Adoración Nocturna

Las vigilias de la antigüedad, primer precedente de la AN

Las vigilias mensuales de la Adoración Nocturna (=AN) continúan la tradición de aquellas vigilias nocturnas de los primeros cristianos, si bien éstos, como sabemos, no prestaban todavía una especial atención devocional a la Eucaristía reservada.

En efecto, los primeros cristianos, movidos por la enseñanza y el ejemplo de Cristo -«vigilad y orad»-, no sólamente procuraban rezar varias veces al día, en costumbre que dio lugar a la Liturgia de las Horas, sino que -también por imitar a Jesús, que solía orar por la noche (+Lc 6,12; Mt 26,38-41)-, se reunían a celebrar vigilias nocturnas de oración.

Estas vigilias tenían lugar en el aniversario de los mártires, en la víspera de grandes fiestas litúrgicas, y sobre todo en las noches precedentes a los domingos. La más importante y solemne de todas ellas era, por supuesto, la Vigilia Pascual, llamada por San Agustín «madre de todas las santas vigilias» (ML 38,1088).

En las vigilias los cristianos se mantenían vigiles, esto es, despiertos, alternando oraciones, salmos, cantos y lecturas de la Sagrada Escritura. Así es como esperaban en la noche la hora de la Resurrección, y llegada ésta al amanecer, terminaban la vigilia con la celebración de la Eucaristía. Tenemos de esto un ejemplo muy antiguo en la vigilia celebrada por San Pablo con los fieles de Tróade (Hch 20, 7-12).

Con el nacimiento del monacato en el siglo IV, se van organizando en las comunidades monásticas vigilias diarias, a las que a veces, como en Jerusalén, se unen también algunos grupos de fieles laicos. Así lo refiere en el Diario de viaje la peregrina española Egeria, del siglo V. En todo caso, entre los laicos, las vigilias más acostumbradas eran las que semanalmente precedían al domingo.

La costumbre de las vigilias nocturnas se hizo pronto bastante común. San Basilio (+379), por ejemplo, respondiendo a ciertas reticencias de algunos clérigos de Neocesarea, habla con gran satisfacción de tantos «hombres y mujeres que perseveran día y noche en las oraciones asistiendo al Señor», ya que en este punto «las costumbres actualmente vigentes en todas las Iglesias de Dios son acordes y unánimes»:

«El pueblo [para celebrar las vigilias] se levanta durante la noche y va a la casa de oración, y en el dolor y aflicción, con lágrimas, confiesan a Dios [sus pecados], y finalmente, terminadas las oraciones, se levantan y pasan a la salmodia. Entonces, divididos en dos coros, se alternan en el canto de los salmos, al tiempo que se dan con más fuerza a la meditación de las Escrituras y centran así la atención del corazón. Después, se encomienda a uno comenzar el canto y los otros le responden. Y así pasan la noche en la variedad de la salmodia mientras oran. Y al amanecer, todos juntos, como con una sola voz y un solo corazón, elevan hacia el Señor el salmo de la confesión [Sal 50], y cada uno hace suyas las palabras del arrepentimiento.

«Pues bien, si por esto os apartáis de nosotros [con vuestras críticas], os apartaréis de los egipcios, os apartaréis de las dos Libias, de los tebanos, los palestinos, los árabes, los fenicios, los sirios y los que habitan junto al Éufrates y, en una palabra, de todos aquellos que estiman grandemente las vigilias, las oraciones y las salmodias en común» (MG 32,764).

Las vigilias mensuales de la AN -también con oraciones e himnos, salmos y lecturas de la Escritura- prolongan, pues, una antiquísima tradición piadosa del pueblo cristiano, que nunca se perdió del todo, y que hoy sigue siendo recomendada por la Iglesia. Así en la Ordenación general de la Liturgia de las Horas, de 1971:

«A semejanza de la Vigilia Pascual, en muchas Iglesias hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia: sobresalen entre ellas la de Navidad y la de Pentecostés. Tal costumbre debe conservarse y fomentarse de acuerdo con el uso de cada una de las Iglesias (71).

«Los Padres y autores espirituales, con muchísima frecuencia, exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se expresa y se aviva la espera del Señor que ha de volver: "A medianoche se oyó una voz: `¡que llega el esposo, salid a recibirlo´ (Mt 25,6)!; "Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos" (Mc 13,35-36). Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (72).

En este mismo documento se dan las normas para el modo de proceder de «quienes deseen, de acuerdo con la tradición, una celebraciòn más extensa de la vigilia del domingo, de las solemnidades y de las fiestas» (73).

Otros precedentes

Las vigilias de los antiguos cristianos, como sabemos, no tenían, sin embargo, una referencia devocional hacia la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este aspecto, los antecedentes de la devoción eucarística de la AN han de buscarse más bien en las Cofradías del Santísimo Sacramento, de las que ya hemos hablado, nacidas con el Corpus Christi (1264), y acogidas después normalmente a la Bula de 1539.

Son también antecedente de la AN las Cuarenta horas. Éstas tienen su origen en Roma, en el siglo XIII; reciben en el XVI un gran impulso en Milán, y Clemente VIII, con la Bula de 1592, las extiende a toda la Iglesia. Como las Cuarenta Horas de adoración en un templo eran continuadas sucesiva e ininterrumpidamente en otros, viene a producirse así una adoración perpetua.

Pero si buscamos antecedentes más próximos de la Adoración actual, los hallamos en la Adoración Nocturna nacida en Roma en 1810, con ocasión del cautiverio de Pío VII, por iniciativa del sacerdote Santiago Sinibaldi. Y en la Adoración Nocturna desde casa, fundada por Mons. de la Bouillerie en 1844, en París.

Pues bien, en su forma actual, la AN es iniciada, según vimos, en Francia por Hermann Cohen y dieciocho hombres el 6 de diciembre de 1848, con el fin de adorar en una iglesia, con turnos sucesivos, al Santísimo Sacramento en una vigilia nocturna.

La Adoración Nocturna en España

España conoce también en su historia cristiana muchas Cofradías del Santísimo Sacramento, agregadas normalmente a Santa Maria sopra Minerva, iglesia de los dominicos en Roma, y que durante el XIX se integran en el Centro Eucarístico. Pero la AN, como tal, se inicia en Madrid, el 3 de noviembre de 1877, en la iglesia de los Capuchinos.

Allí se reúnen siete fieles: Luis Trelles y Noguerol -está en curso su proceso de beatificación-, Pedro Izquierdo, Juan de Montalvo, Manuel Silva, Miguel Bosch, Manuel Maneiro y Rafael González. Queda la Adoración integrada al principio en el Centro Eucarístico.

En cuanto Adoración Nocturna Española (ANE) se constituye de forma autónoma en 1893. A los comienzos reúne en sus grupos sólamente a hombres, pero más tarde, sobre todo en los turnos surgidos en parroquias, forma grupos de hombres y mujeres. En 1977 celebra en Madrid, con participación internacional, su primer centenario.

En 1925 nace en Valencia la Adoración Nocturna Femenina (ANFE), que desde 1953, cuando se unifican experiencias de varias diócesis, es de ámbito nacional.

ANE -ver apéndice (pág. 56)- y ANFE están hoy presentes en casi todas las Diócesis españolas.

La Adoración Nocturna en el mundo

La AN, iniciada en París en 1848 y en Madrid en 1877, llega a implantarse en un gran número de países, especialmente en aquellos que, cultural y religiosamente, están más vinculados con Francia y con España.

Alemania, Argentina, Bélgica, Benin, Brasil, Camerún, Canadá, Colombia, Costa de Marfil, Cuba, Congo, Chile, Ecuador, Egipto, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guinea Ecuatorial, Honduras, India, Inglaterra, Irlanda, Italia, Isla Mauricio, Luxemburgo, México, Panamá, Polonia, Portugal, Santo Domingo, Senegal, Suiza, Vaticano y Zaire.

Todas estas asociaciones de adoración nocturna, desde 1962, están unidas en la Federación Mundial de las Obras de la Adoración Nocturna de Jesús Sacramentado.

martes, 30 de agosto de 2011

domingo, 28 de agosto de 2011

En la Casa de mi Padre se reza o no se habla

OH Jesús Amo postrarme en tus santos altares, a los pies de tu Tabernáculo, donde perpetuamente presente, tu Santísimo Cuerpo ,Sangre, Alma y Divinidad están allí y junto a Ti, tu madre la dulce Virgen Maria , sus Ángeles y santos.

OH Jesús Mío te amo. Cuanto Amo besar el suelo de tus Iglesias , de tus altares donde día a día desciendes al Gólgota en Sacrificio, para entregarte a todos los hombres , como Pan Angélico.

OH Jesús, cuanto sufro en tus templos profanados por las faltas de amor y de respeto ante tu Divinidad, el desorden, la falta de piedad.
Cuanto sufro en tus templos, convertidos en espacios sociales de recreación donde los fieles solo se buscan a si mismos, olvidándose de Ti

OH Cuanto sufro Jesús, y me siento impotente ya que aun cuando pido silencio no hacen caso.
Que dolor Dios Mío, el celo por lo Sagrado, por el respeto de la Casa de mi Padre me quema por dentro como un fuego que me abraza y consume y gritaría a los cuatro vientos si pudiera ....
En la Casa de mi Padre se reza o no se habla

Contemplar la belleza nos acerca a DIOS



En la Basilica de San Pietro, Ciudad del Vaticano, contemplando este fresco de Camuccini quede absorvida en la belleza.
julio 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

Purificar el alma

Si purificares tu alma de extrañas posesiones y apetitos, entenderás en espíritu las cosas; y si negares el apetito en ellas, gozarás de la verdad de ellas entendiendo en ellas lo cierto.San Juan de la cruz

“AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS”

viernes, 15 de julio de 2011

Subiendo la escalera de la humildad, San Francisco llego a Dios.

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Camine por estas escaleras y lleve a todos ustedes en mi corazón junto a Jesús.
Caminemos por la escalera de la humildad. Cuanto mas nos abajamos mas Dios nos levantara.

un abrazo a todos

martes, 14 de junio de 2011

Para que el alma llegue a la suprema paz interior,es necesario que Dios la purgue a su modo,

Luego que te resolvieres con firmeza a mortificar tus sentidos exteriores para caminar al alto monte de la perfección y unión con Dios, Su Divina Majestad pondrá su mano para purgar tus malas inclinaciones, apetitos desordenados, complacencia vana y estima propia, y otros vicios ocultos que tú no conoces y que reinan en lo íntimo de tu alma, e impiden la unión divina.

No llegarás jamás a este estado dichoso, por más que te fatigues con los ejercicios exteriores de mortificación y resignación, hasta que interiormente el Señor te purgue y te ejercite a su modo, porque él sabe cómo se han de purgar los defectos secretos. Si tú perseveras con constancia, no sólo te purgará de los afectos y apegos de los bienes naturales y temporales, pero a su tiempo te purificará también de los sobrenaturales y sublimes, como son las comunicaciones internas, los raptos y éxtasis interiores y otras gracias infusas, donde se apoya y entretiene el alma.

Todo esto hará Dios en tu alma por medio de la cruz y la sequedad, si tú libremente le das el consentimiento por la resignación, caminando por estos caminos desiertos y tenebrosos. Lo que tú debes hacer es no hacer nada por tu sola elección. Lo que tú debes hacer es sujetar tu libertad y únicamente callar y sufrir, resignándote con quietud en todo lo que el Señor interior y exteriormente te quiere mortificar, porque éste es el único medio para que tu alma llegue a ser capaz de recibir las influencias divinas, mientras sufres la tribulación interior y exterior con humildad, quietud y paciencia, no las penitencias, ejercicios y mortificaciones que por tu mano puedes tomar.

El labrador más estima las hierbas que planta en la tierra que aquellas que por sí solas nacieron, porque éstas no llegan jamás a sazonarse. Del mismo modo Dios estima con más agrado la virtud que Él siembra e infunde en el alma (mientras se halle sumergida en su nada, quieta, tranquila, retirada en su centro y sin ninguna elección) que todas las demás virtudes que el alma pretende conquistar por su elección y esfuerzo.

Lo que importa es preparar tu corazón como un papel en blanco, donde la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto. Oh qué grande obra será para tu alma estar en la oración las horas enteras, muda, resignada y humillada, sin hacer, sin saber ni querer entender nada.

GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)

Tipos de silencio negativos

Hay silencio pero no encuentro. Recordemos algunos silencios negativos que forman parte de nuestra vida cotidiana:



Silencio de angustia: La palabra angustia viene de angosto, estrecho, ahogo... Cuando la angustia aparece en la persona y se presenta en la vida, deja sin palabras. No se puede hablar. La garganta queda atenazada. El corazón también. Es un silencio pero desde el miedo. No hay cercanía. Hay incomunicación. Todo lo contrario que el auténtico silencio.



Silencio de culpabilidad: No hablo porque «van a pensar que ». No hablo porque «me van a echar a mí la culpa».



Silencio de debilidad: «¡Qué voy a decir!». Decido callarme. Es un silencio negativo porque es el silencio de la impotencia.



Silencio de la indiferencia: Pasamos de todo. Es un silencio del bostezo, de la apatía... Guardo silencio porque me alejo de todo. No me importa, no me interesa en absoluto.



Silencio del mal humor: A veces, un disgusto nos pone serios y guardamos silencio. Estoy enfadado y con mi silencio te estoy reprochando. Estoy irritado y me callo. Mantengo la distancia y no deseo el diálogo.



Silencio del miedo: El miedo endurece cuando se presenta en la vida. «En boca cerrada no entran moscas»; «mejor no hablar, que luego hay represalias». Nos alejamos también del conflicto, de la denuncia.



Silencio de la envidia: Cuando nos toca la envidia nos deja sin palabras y no sabemos reconocer nada del otro. No se alaba ni se habla bien de nadie. No hay alabanzas. No hay apoyo. No hay comentarios positivos que refuercen. Es un silencio enfermizo muy peligroso. Si nos creyéramos únicos no nos compararíamos con nadie. No habría envidia. A cada uno Dios le pide lo suyo. Al tulipán no le pide que sea margarita. Jamás a un árbol le gustaría ser una flor.



Silencio de orgullo: Este silencio, a veces, se refleja en el cuerpo. El orgullo, cuando se tiene, siempre separa. No hablamos con el mismo nivel. Aristóteles localizaba el orgullo en la cabeza. «Se le han subido los humos a la cabeza». Es un dicho muy general que explica bien al orgulloso.



Silencio del rencor: El mal humor puede ir cristalizando en la persona que lo padece y es entonces cuando hace su aparición este silencio del rencor. Se incrusta, se calcifica. Es un quiste difícil de extirpar. Es silencio peligroso hasta para la salud y muy negativo. Es necesario mucho tiempo para que se diluya.



Silencio del odio: Este es mortal. San Juan dice que el que no ama a su hermano es un homicida. Cuando no se habla con alguien hay un trasfondo de muerte. Estoy negando a la persona. Hablar tiene que ser para que el otro se dé cuenta. Es un acto de amor, de respeto, de consideración.



Todos estos silencios nos van enfermando y conduciendo a la incomunicación. Es necesario ir detectando cuál de ellos nos afecta en nuestra historia. Es necesario conocer muy bien nuestros silencios negativos para trascenderlos y superarlos e ir poco a poco serenándolos. Estos silencios son ruidos tremendos que no nos permiten el encuentro con Dios en la oración. A veces nos acosan en cada silencio y tenemos que descubrirlos como secuelas que viven y vienen con nosotros. Está bien que los reconozcamos, porque sólo viéndolos podemos superarlos.

jueves, 2 de junio de 2011

Presencia del Espíritu Santo



–¿Cómo entonces, pregunté al Padre Serafín, podría reconocer en mí la presencia de la gracia del Espíritu Santo?
–Es muy simple, respondió él. Dios dijo: “Todo es simple para quien adquiere la Sabiduría” (Pr. 14,6). Nuestra desgracia es no buscar aquella Sabiduría que, por no ser de este mundo, no es presuntuosa. Plena de amor por Dios y por el prójimo, ella forma al hombre para su salvación. Hablando de esta Sabiduría el Señor dijo: “Dios quiere que todos se salven y alcancen la Sabiduría de la verdad” (1 Tim. 2,41). El dijo a sus Apóstoles, que carecían de esa sabiduría: “¡Cuanta sabiduría os falta! ¿No habéis leído las Escrituras?” (Lc. 24,25-27). Y el Evangelio dijo que El “les abrió la inteligencia, a fin de que pudieran comprender las Escrituras.” Habiendo adquirido esta Sabiduría, los Apóstoles sabían siempre si el Espíritu de Dios estaba en ellos o no, y colmados de este Espíritu, afirmaban que su obra era santa y agradable a Dios. Es por eso, que en sus Epístolas, ellos podían escribir: ” El agradó al Espíritu Santo y a nosotros …” (Ac. 15,28) y estaban persuadidos de que era Su presencia sensible, que enviaba sus mensajes. ¿Entonces, amigo de Dios, veis como es simple?
Yo respondí:
–Sin embargo, no comprendo cómo puedo estar absolutamente seguro de encontrarme en el Espíritu santo ¿Cómo puedo descubrir en mí mismo Su manifestación?
El Padre Serafín respondió:
–Ya os dije que era muy simple y os expliqué en detalle cómo se encontraban los hombres en el Espíritu Santo y cómo era necesario comprender Su manifestación en nosotros. ¿Qué os falta aún?

La Luz no creada
Entonces el Padre Serafín me tomó por los hombros y apretándolos muy fuerte dijo:
- Los dos estamos, tú y yo, en la plenitud del Espíritu Santo. ¿Por qué no me miras?
- No puedo, Padre, miraros. Rayos brotan de vuestros ojos. Vuestro rostro se tornó más luminoso que el sol. Tengo mal los ojos.
El Padre Serafín dijo: No tengáis temor, amigo de Dios. También vos os habéis tornado luminoso como yo. También estáis presente en la plenitud del Espíritu Santo, de otro tundo no habríais podido verme.
Inclinando su cabeza hacia mi, él me dijo al oído: Agradezcamos al Señor el habernos acordado esta gracia indecible, por la cual, como habéis visto, ni siquiera hice la señal de la cruz, sino, apenas oré, con mi pensamiento en el corazón: “Señor, hacedme digno de ver claramente, con los ojos de la carne, el descenso del Espíritu Santo, como Tus servidores selectos, cuando Te dignas aparecer ante ellos en la magnificencia de Tu gloria.” E inmediatamente Dios acogió la humilde plegaria del miserable Serafín. ¿Cómo no agradecerle por este extraordinario don que nos acuerda a los dos? No siempre Dios manifiesta de este modo Su gracia a los grandes eremitas. Como una madre amante, esta gracia consuela vuestro corazón afligido, ante la plegaria de la misma Madre de Dios. ¿Pero por qué no me miráis a los ojos? Osad mirarme sin temor, Dios está con nosotros.
Después de esas palabras, alcé mis ojos hacia él y, nuevamente, un gran temor se apoderó de mi. Imaginaos el rostro de un hombre que os habla envuelto por los rayos del sol del mediodía. Veis el movimiento de sus labios, la expresión cambiante de sus ojos, escucháis el sonido de su voz, sentís la presión de sus manos sobre vuestros hombros, pero al mismo tiempo no percibís sus manos, ni su cuerpo ni el vuestro, nada más que una brillante luz que se propaga alrededor, a una distancia de muchos metros, aclarando la nieve que recubre la pradera y cae sobre el gran staretz y sobre mí mismo.
- ¿Qué sentís ahora? preguntó el Padre Serafín.
- Me siento extraordinariamente bien.
- ¿Cómo “bien”? ¿Qué queréis decir por “bien”?
- Mi alma está llena de silencio y paz inexpresables.
- Esta es, amigo de Dios, la paz de la que el Señor hablaba cuando decía a sus discípulos “Os doy mi paz, que no es la de este mundo… Si fuerais de este mundo, este mundo os amaría. Pero os he elegido y el mundo os odia. Sin embargo estad sin temor ya que yo vencí al mundo (Jn. 14,27; 15,19 y33). A estos hombres, elegidos por Dios pero odiados por el mundo, El les dio la paz que sentís en el presente,“esta paz, dijo el Apóstol, que supera todo entendimiento” (F. 4,7). El Apóstol la llama así porque ninguna palabra puede expresar el bienestar espiritual que siente aquel corazón donde el Señor implantó Su paz (Jn. 14,27). Fruto de la generosidad de Cristo y no de este mundo, ningún bienestar terrenal puede darla. Enviada desde lo alto por Dios mismo, ella es la Paz de Dios… Y ahora, ¿qué sentís?
- Una dulzura extraordinaria.
- Es la dulzura de la que hablan las Escrituras. “Ellos beberán el brebaje de Tu casa y Tú los saciarás con los torrentes de Tu dulzura” (Sal. 36/35,9). Ella desborda nuestro corazón, se derrama en nuestras venas, procura una sensación de delicia inexpresable… ¿Qué sentís, ahora?
- Un goce extraordinario en todo mi corazón.
- Cuando el Espíritu Santo desciende sobre el hombre con la plenitud de Sus dones, el alma humana se llena de un goce indescriptible, el Espíritu Santo recrea en el goce todo lo que toca. De este goce habló el Señor en el Evangelio cuando dijo: “Una mujer que pare está en dolor, habiendo llegado su hora. Pero poniendo un niño en el mundo, ella no se acuerda más del dolor, tan grande es su goce. También vos habréis de sufrir en este mundo, pero cuando os visite, vuestros corazones estarán en el goce, nadie os lo podrá arrebatar” (Jn. 16,21-22).
Por más grande y consolador que sea, el goce que sentís en este momento, no tiene comparación con aquel del cual el Señor dijo, por intermedio de Su Apóstol: “El goce que Dios reserva a los que lo aman, está más allá de todo lo que puede verse, escucharse y sentirse a través del corazón del hombre en este mundo” (1 Cor. 2,9). Lo que se nos acordó en el presente no es más que una cantidad a cuenta de este goce supremo. Y sí, desde ahora, sentimos dulzura, júbilo y bienestar, ¿qué decir de ese otro goce que nos está reservado en el cielo, después de haber llorado aquí abajo? Ahora, amigo de Dios, nos toca obrar con todas nuestras fuerzas para subir de gloria en gloria y “constituir ese Hombre perfecto, en la fuerza de la edad, que realiza la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). “A los que esperan en el Señor, les nacen alas como a las águilas, caminan sin cansancio y corren sin fatiga; ellos renuevan sus fuerzas. (Lc. 40, 31). “Ellos marcharán de altura en altura y Dios se les aparecerá en Sión” (Sal. 84/83, 8). Entonces nuestro goce actual, pequeño y breve, se manifestará en toda su plenitud y nadie podrá arrebatárnoslo, llenos como estaremos de indecibles voluptuosidades celestiales… ¿Aún sentís algo, amigo de Dios?

- Un calor extraordinario.
- ¿Cómo, un calor? ¿No estamos en el bosque, en pleno invierno? La nieve está bajo nuestros pies, estamos casi cubiertos por ella y continúa cayendo… ¿De qué calor se trata?
- De un calor comparable al de un baño de vapor.
- ¿Y el olor es como el del baño?
- ¡Oh no! Nada sobre la tierra puede compararse a este perfume. Recuerdo que, cuando mi madre vivía, yo amaba danzar; y siempre que iba a los bailes, ella me rociaba con perfumes que compraba en los mejores negocios de Kazán. Pero su aroma no era comparable al que ahora percibo.
- El Padre Serafín sonrió.
- Lo sé, mi amigo, tan bien como vos, y es por eso que os lo pregunto. Es verdad –ningún perfume terrenal puede compararse al lindo olor que respiramos en este momento– el buen olor del Espíritu Santo. ¿Qué puede ser semejante a él sobre la tierra? Dijisteis hace un instante que hacía calor, como en el baño. Pero mirad, la nieve que nos cubre, a vos y a mi, no se derrite, así como la que está bajo nuestros pies. Entonces, el calor no está en el aire sino en nuestro interior. Este calor es el que pedimos al Espíritu Santo en la plegaria: “¡Que tu Espíritu Santo nos caliente!” Este calor permitía a los eremitas, hombres y mujeres, no temer al invierno, envueltos como estaban, en un tapado de piel, en una vestimenta tejida por el Espíritu Santo.
Así debería ser en realidad la gracia divina habitando en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro corazón. El Señor dijo: “El Reino de los Cielos está en vuestro interior” (Lc 17,21). Por Reino de los Cielos, El entiende la gracia del Espíritu Santo. Este Reino de Dios ahora está en nosotros. El Espíritu Santo nos ilumina y nos abriga. El impregna el ambiente de variados perfumes, regocija nuestros sentidos y baña nuestros corazones de un gozo indecible. Nuestro estado actual es semejante a aquel del que dijo el Apóstol Pablo: “El Reino de Dios , no es el comer y el beber, sino la justicia, la paz y el goce, por el Espíritu Santo”(Rom. 14,17). Nuestra fe no se basa sobre palabras de sabiduría terrenal, sino sobre la manifestación del poder del Espíritu. Este es el estado en el que vivimos actualmente y que el Señor tenía en vista cuando decía: “Os lo digo en verdad, algunos de los que están aquí presentes no morirán hasta que no hayan visto el Reino de Dios llegar con poder” (Mc. 9,1).
He aquí, amigo de Dios, el goce incomparable que el Señor se dignó en recordarnos: estar “en la plenitud del Espíritu Santo.” Esto es lo que entendió San Macario el Egipcio cuando escribió: “Yo mismo estuve en la plenitud del Espíritu Santo.” Humildes como somos, el Señor también nos llenó de la plenitud de Su Espíritu. Me parece que a partir de ahora no tendréis que interrogarme más sobre la manera en que se manifiesta en el hombre la presencia de la gracia del Espíritu Santo.
¿Permanecerá esta manifestación grabada para siempre en vuestra memoria?
- No sé, Padre, si Dios me hará digno de recordarla siempre, con tanta nitidez como ahora.

Silencio, lugar de oración


La oración es un lugar de encuentro,una relación...
Para que este encuentro se dé, es necesario el silencio.

domingo, 22 de mayo de 2011

SOBRE EL SOPORTAR EL PROJIMO

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Unos hermanos rodearon al abad Juan KOLOBOS para hacerle unas preguntas. Al verlo, un anciano le dijo por celos: abad Juan, tu vaso está lleno de polvo. Es verdad, respondió él, tú dices eso y no ves el interior, pero si vieras mi interior, ¿qué dirías?
JUAN de Tebas sirvió 12 años a su Abad para aligerarlo de sus enfermedades. Y el anciano siempre lo trató con menosprecio, sin decirle una palabra de coraje. Pero cuando estuvo en las puertas de la muerte, en presencia de los ancianos de la región dijo el anciano: he aquí un ángel y no un hombre.
Si alguien tenía un hermano débil, o insolente, el abad Isidoro decía: enviádmelo a mí. Y él curaba su alma a fuerza de paciencia.
Abad PASTOR: Sean cuáles sean tus penas, la victoria sobre ellas consiste en callar.
Los filósofos dijeron a un anciano: ¿qué hacéis de más vosotros, de lo que hacemos nosotros? ¿Vosotros ayunáis? nosotros también. ¿Maltratáis al cuerpo? nosotros también. ¿Qué hacéis pues vosotros en el desierto? El anciano les respondió: nosotros ponemos nuestra confianza en la GRACIA de Dios, y practicamos la pureza (guarda del corazón). Nosotros no triunfamos en eso, dijeron los filósofos.

Un hermano defectuoso, deseaba todo lo que tenía su anciano y a escondidas le robaba. El anciano que se dio cuenta de ello, no lo reprendió, sino que se redobló su trabajo a causa del hermano. Cuándo llegó a las puertas de la muerte, besó las manos del hermano ladrón y le dijo: Hermano yo doy gracias a estas tus manos porque a causa de ellas yo voy al Reino del cielo. Entonces el hermano se llenó de compunción, hizo penitencia y se convirtió en un buen monje, según el ejemplo de aquel gran anciano.

SOBRE LA HUMILDAD

El abad ANTONIO: Vio las trampas del enemigo extendidas por toda la tierra y gimiendo dijo: ¿quien, pues se escapará? Y oyo una voz que decía: LA HUMILDAD

El abad ARSENIO atacado por los demonios, rogaba: ¡Senyor no me abandones en absoluto! Yo no he hecho nada de bueno a tus ojos, pero dame, al menos ahora, de empezar a vivir bien.
El abad MOISÉS dijo al hermano ZACARÍAS: dime qué tengo que hacer. Al oír estas palabras Zacarías se tiro a sus pies diciendo: ¿Padre eres tú quien me interrogas? Y el anciano respondió: créeme hijo mío Zacarías, yo he visto el Espíritu Santo sobre ti. Entonces Zacarías cogió la capucha, la tiró al suelo y la pisó diciendo: Si uno no es pisado así, no puede ser monje.
El arzobispo Teòfilo dijo al abad de Nítria: Padre ¿qué has encontrado de ventajoso en este camino? Le respondió el anciano: el acusarme a mí mismo. Es verdad, no hay otro camino a seguir, dijo el arzobispo.
El abad TEODORO comía con los monjes. Ellos se pasaban las copas mutuamente sin decir nada, ni el "perdonadme" habitual. El abad Teodor dijo entonces: los monjes han perdido su título de nobleza, o sea la palabra: "perdonadme".

Abad TEODORO: La humildad y el temor de Dios están por encima de todas las otras virtudes reunidas.

El demonio dijo a MACARIO: Yo hago todo lo que tú haces, ayuno, velo...etc. Pero hay una sola cosa por la que tú me tienes dominado y que me priva de vencerte: tu humildad.

El abad PASTOR interrogado sobre el comportamiento de un monje, dijo: sé reservado como si fueras forastero, no busques imponer tu punto de vista, así vivirás en paz.

Abad PASTOR: Prosternarse delante de Dios, no darse importancia, y dejar la propia voluntad, he aquí las herramientas con las cuales el monje puede trabajar.

Abad PASTOR: La humildad es la tierra que el Señor ha pedido para hacer su sacrificio. Si el hombre se pone en su lugar, no quedará confundido.

Abad SISOES: El que practica en silencio la ruptura, y consiente a no ser nada, cumple todas las Escrituras.

El abad SISOES interrogado sobre qué es vivir como monje, respondió: callar, y allí donde vayas, decirte: no me impondré en nada. Eso es vivir como peregrino.

Abad SISOES: No es una gran cosa que nuestro espíritu esté con Dios. Lo que es una gran cosa es que te veas a ti inferior a toda criatura. Este pensamiento unido al trabajo esforzado, he aquí lo que lleva a la humildad.
Amma SINCLÈTICA: Es tan difícil salvarse sin humildad, como construir un barco sin madera.

Amma SINCLÈTICA: Aquél que es alabado y honrado más de lo que merece, recibe un grave mal. Por contra, aquél que los hombres no habrán nunca honrado, será glorificado allí arriba.
Un hermano preguntó a un anciano: Padre, si un hermano mío me comunica pensamientos del mundo ¿quieres que le diga que calle? No le respondió el anciano porque nosotros no lo sabemos hacer. No fuera que, después de haber pedido al próximo de no hacerlo, nosotros también lo hiciéramos. ¿Qué tengo que hacer, pues? preguntó al hermano. Callemos nosotros, respondió el anciano, y eso será suficiente.

Un anciano: La humildad es que tú perdones al hermano que ha pecado contra ti, antes de que te haga una "metànoia" (te pida perdón)

Un anciano dijo: nunca me he alterado por quedar en la oscuridad, sino que mi solo pensamiento es rogar al Señor que me despoje de mi hombre viejo.
Un anciano dijo: la humildad es hacer el bien al que te hace daño, y si no llegas a esta altura, huye, al menos, escogiendo el silencio.
Un anciano, interrogado sobre quien son los corderos y quien los cabritos, respondió: el cabrito soy yo, con respecto a los corderos, Dios lo sabe. Y respondió el hermano: a mí me salva tu humildad.
Un anciano hacía 60 semanas seguidas de ayuno para que le fuera revelado un texto de la Escritura. Y viendo que no lo había conseguido se dijo: me voy a preguntarlo a un hermano. Entonces se le apareció un ángel que le dijo: las 60 semanas no te han acercado tanto a Dios, como el acto de humildad de irlo a pre­guntar a un hermano.
Un anciano: Si uno da una orden a un hermano con humildad y temor de Dios, esta orden dispone al hermano a someterse y a hacer lo que le mandan. Pero si uno la da con espíritu de dominio, queriendo hacer sentir su autoridad, Dios, que ve los secretos del corazón, no inspira en absoluto al hermano para que entienda y ejecute la orden. Lo que se hace según Dios es reconocido por su humildad y forma de plegaria. Mientras que lo que es mandado con irritación o brusquedad, viene del maligno.
Un anciano: prefiero una caída soportada con humildad, que una victoria obtenida con orgullo.
Un anciano: No desprecies ningun inferior, pues tu no sabes si el Espíritu está en él o en ti.

Un anciano: cuando un hermano peca, es mejor callar. Tu silencio humilde ayudará al hermano.

Un anciano fue interrogado, ¿en qué consiste el progreso para el hombre? Dijo: en la humildad. Como más uno se inclina hacia la humildad, más se levanta hacia la perfección.
Un anciano: Si se dice: perdonadme, humillándose, toda tentación es vencida.
Un anciano: Cuando el hombre se acusa a él mismo, no pierde en absoluto su recompensa.

Preguntaron a un anciano ¿qué quiere decir ponerse siempre bajo los demás? Dijo: es no estar atento a los pecados de los otros, sino a los propios, y rogar a Dios sin cesar.

Un anciano dijo: aquél que soporta pacientemente los menosprecios y las injurias, es salvado.

Un anciano dijo: son más bienaventurados los que ven los propios pecados, que los que ven a los ángeles.

Un anciano dijo: cuando uno tiene razón delante de un hermano que lo ha herido, no tiene que hurgar porque le dé la razón. Lo que Dios quiere es que el hombre tire sus pecados a los pies de Dios. Éste es el secreto de la santidad.

SOBRE LA DISCRECIÓN

Abad ANTONIO: Muchos han castigado su cuerpo con la ascesis pero su falta de discreción los ha alejado de Dios.

Un hermano pidió al abad ANTONIO: ruegue para mí. Le respondió: ni Dios ni yo tendremos piedad de ti, si tú no tienes piedad de ti mismo, y no pides nada a Dios.

El abad ARSENIO respondió al abad Marcos que le consultaba qué tenía que hacer con un monje que tenía legumbres (comida) en la celda. Es bueno no tener, pero eso depende de las disposiciones de cada uno. Y si este hermano no tiene fuerza para soportarlo, que plante legumbres.

Abad AGATÓN: El hombre irascible aunque resucite muertos, no es agradable a Dios a causa de su cólera.

Tres hermanos fueron a consultar al abad AQUILES. Uno de los tres hermanos tenía muy mala reputación. Los tres le pidieron un recuerdo, y él lo concedió sólo al de la mala reputación. Al día siguiente los otros dos fueron y le pidieron el porqué de aquella preferencia, y les respondió: sabía que vosotros no os entristeceríais, pero él quizás sí, pensando que era un desprecio por la mala reputación.

Abad ABRAHAM: Las pasiones no se matan, siempre están vivas, pero en las personas sanas están sólo encadenadas.

Un hermano fue a encontrar al abad TEODORO diciéndole: ¿sabes que un hermano se ha vuelto al mundo? Le respondió: no te extrañes de eso. Éxtrañate más bien si sabes que un hermano ha podido huir de la cólera del enemigo.

Un ermitaño célebre fue a ver al Abad PASTOR y le habló de las Escrituras y de cosas espirituales, pero el Abad no le devolvió respuesta. Cuando otro hermano le preguntó porque no le respondía, él le dijo: "el ermitaño de arriba, dice cosas celestiales, pero yo soy de abajo, y digo cosas terrestres. Si él me hubiera hablado de pasiones del alma, yo le habría respondido, pero él me habló de cosas espirituales que yo ignoro". Entonces dijo el ermitaño: verdaderamente este hombre es de Dios.

Un hermano dijo al abad PASTOR: he hecho un gran pecado y voy a hacer penitencia durante tres años. Respondió el abad: es demasiado. ¿Me aconsejas, pues, sólo un año? Es demasiado, le volvió a responder. ¿Pues 40 días? Es demasiado, le dijo. Y añadió: a mi entender, cuando un hombre se arrepiente con todo su corazón y se aleja del pecado, Dios está contento al mismo momento.

El abad PASTOR interrogado sobre pensamientos impuros, respondió: los vestidos abandonados mucho tiempo, acaban por convertirse en polvo. Igualmente pasa con los pensamientos impuros que estan en nuestro corazón, si no los ejercemos físicamente se deshacen.

Abad PASTOR: No vivas en un lugar donde tú veas que los otros se acogen a tu sombra. No harías ningún progreso.

Abad PASTOR. Un hermano dijo al abad Pastor: me vienen muchos pensamientos que me duelen. El anciano le dijo: coge el aire y envuélvelo con tu delantal. Respondió: no puedo. Pues bien, respondió el anciano, tampoco puedes privar los pensamientos de venir, pero lo que tú puedes hacer es resistirlos.

El abad PAMBO fue interrogado por dos hermanos. Uno le dijo: ¿ayuno dos días por semana, y no como sino mendrugos de pan, crees que soy monje? El otro le dijo: del trabajo que hago me guardo un poco para alimentarme, y el resto lo doy en limosnas. ¿Crees que soy monje? El anciano al cabo de tres días dijo: "Pambo, tú ayunas dos días, ¿crees que por eso eres monje? ¡No! Pambo, tú trabajas y haces limosnas, ¿crees que por eso eres monje? ¡No! Y añadió: eso son buenas acciones, pero si guardas tu conciencia de juzgar a tu hermano, entonces serás monje.
Un hermano fue a encontrar al abad SILVANO DEL SINAÍ, y viendo los monjes cómo trabajaban dijo: "no os ocupáis de la comida que se estropea, Maria ha escogido la mejor parte" (Lc. 10,42). El anciano envió a este hermano a una celda. Al llegar el mediodía no lo fueron a buscar para comer. Entonces fue a reclamar al abad SILVANO. Y el abad le dijo: "tú eres un hombre espiritual y no tienes necesidad de alimentos. Nosotros somos carnales y comemos. Es por eso que trabajamos. Tú has escogido la mejor parte: rezas todo el día, y no necesitas alimento. El hermano hizo una metànoia (inclinación) y dijo: ¡Perdonadme! Añadió el anciano: "María tiene necesidad de Marta, y es gracias a Marta que Maria alaba al Señor".

Amma SINCLÉTICA: Hay una tristeza útil y una tristeza devastadora. La tristeza útil nos hace llorar nuestros pecados y las debilidades de los otros, y nos empuja a abandonar la resolución de llegar a la perfección del bien, sabiendo que todos somos pecadores. Éstas son las características de la verdadera sabiduría. Pero hay otra tristeza que viene del enemigo: la acèdia (el disgusto) que viene sin motivo alguno. Contra ésta hay que luchar redoblando la plegaria.

Amma SINCLÈTICA: Una ascesis desmesurada viene del diablo. No quieras ayunar mucho y después comer mucho. No gastes todos los cartuchos de una vez si no quieres encontrarte desarmado a la hora de la lucha. Lo que diferencia la ascesis real de la diabólica es la moderación. Vela siempre sobre tu cuerpo y tu alma, son tus armas para devenir pronto a cualquier contrariedad.

Amma SARA: Si yo pidiera a Dios que todas las personas estuvieran satisfechas de mí, tendría que hacer metànoies (inclinaciones) en la puerta de cada una. Yo prefiero rogar a Dios que me guarde el corazón puro delante de todo el mundo.

Amma SARA: No es la presencia de malos pensamientos lo que nos lleva hacia la condenación, sino el mal uso de estos pensamientos. Tanto puedes naufragar a causa de ellos, cómo ser coronado por su causa.

Amma SARA: No luches contra todos los malos pensamientos sino contra uno solo, pues todos los pensamientos de los monjes tienen un solo centro. Hace falta examinar cuál es su naturaleza en concreto, y después luchar contra ella, así los otros pensamientos perderán fuerza.

Un hermano preguntó a un anciano. Padre: yo interrogo a los ancianos que me responden muchas cosas, pero no me queda nada de lo que me dicen. ¿Con qué fin, pues, interrogarlos si no saco ningún provecho? Entonces el anciano le hizo coger dos vasijas que estaban vacías y le dijo: llena una de agua y vuelve a vaciarla. Hazlo otra vez, otra, y después le preguntó: ¿cuál es la vasija más limpia?. La que ha pasado agua, dijo el hermano. Entonces el anciano respondió: Pues igualmente pasa con las cuestiones que tú propones. Bien que no retienes nada de lo que oyes, pero mientras tanto te purificas más que aquél que no pregunta nunca.

Un anciano: Cuando nos reunimos para hablar de cosas buenas nosotros entramos en el cielo. Cuando decimos mal del otro entramos en el infierno.

NO SE DEBE JUZGAR A NADIE

Un hermano pecó, los ancianos se reunieron para juzgar lo que se debía hacer con él, y enviaron a buscar al abad Moisès. Éste fue con un saco agujereado y lleno de arena que se cargó en la espalda, de manera que mientras andaba la arena iba cayendo. Cuando los otros lo vieron le preguntaron: ¿qué significa eso? Él dijo: mis pecados se caen detrás de mi, y yo no me doy cuenta. ¿Y ahora yo he venir a juzgar los pecados de otro? Y los ancianos dijeron: tienes razón.

Abad PASTOR: si quieres encontrar el reposo en este mundo y en el otro, debes decirte constantemente: ¿Quién soy yo? Y no juzgues a nadie.

Abad PASTOR. Le preguntaron: ¿si veo la falta de mi hermano, esta bien que calle? Respondió: cada vez que escondemos el pecado de nuestro hermano, Dios esconde también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de nuestros hermanos, Dios denuncia las nuestras.

Abad PASTOR: No desprecies a nadie, no juzgues a nadie, no digas mal de nadie y entonces Dios te dará el reposo, y tu vida en la celda será sin turbación.

NO HACER NADA PARA SER VISTO

Abad PASTOR: Que tu corazón aprenda a observar, lo que tu lengua enseña a los demás.
Abad PASTOR: Cuando los hombres hablan, quieren parecer perfectos, cuando practican lo que dicen, lo son menos.
Abad SISOES: Si la gloria de los hombres no viene de Dios, no tiene ninguna consistencia.

Un abad dijo al abad Sisoes: cuando leo las Escrituras me preocupa preparar un buen discurso para responder a las preguntas que me hagan. Le dijo Sisoes: eso no se en absoluto necesario. Procura solamente adquirir el don de la palabra por la pureza de corazón, y quedarás libre de preocupaciones.

Amma SINCLÈTICA: Igual que el fuego hace embeber la cera, los alagos hacen perder al alma su vigor y su entereza. Es imposible a quien posee la gloria del mundo, producir frutos para el cielo.

DE LA IMPUREZA

El abad APOLO encontró a un monje desesperado porque había dicho a un anciano que tenía tentaciones contra la pureza, y éste le respondió que eso no es propio de un monje y que ya se podía volver al mundo. El abad Apolo entonces, como un médico sabio, le dijo: Hijo mío no te extrañes de tener malos pensamientos, yo también tengo a pesar de la edad. Muchas veces soy asediado por pensamientos de este tipo, pero sé que son menos importantes mis esfuerzos que la misericordia divina que me sale al encuentro. Y el Abad Apolo dijo, después, a aquel anciano: tú no te acuerdas que Dios ha venido a salvar lo que se había perdido y que no se tiene que romper la caña resquebrajada ni el pabilo que humea. (Mt. 12-20).
El abad PASTOR fue interrogado por un discípulo: Padre yo tengo tentaciones de impureza y me han dicho que no permita que me vengan. Le respondió el abad Pastor: así es la vida de los ángeles encima del cielo, pero tú y yo vivimos atormentados por la impureza porque somos hombres. Si el monje se queda en el desierto refrenando su lengua y sus apetitos puede estar tranquilo, no morirá en absoluto.

Amma SARA: Fue atacada durante años por el demonio de la impureza, y nunca en su plegaria pidió ser liberada de este combate. Ella decía solamente: Señor dame fuerza.

Amma SARA: Un día el demonio de la impureza la atacó fuertemente, más que nunca. Ella se fue al terrado, y se puso a rogar intensamente. Entonces el dimonio se le hizo visible y le dijo: ¡Tú me has vencido Sara! Ella le respondio: No, yo no te he vencido, sino Cristo, mi Señor.
Un hermano atacado por el demonio de impureza se levantó durante la noche, y se fue a casa de un anciano para manifestarle sus pensamientos y éste lo consoló. La escena se repitió otra vez, y el anciano le decía: No cedas al demonio, a cada ataque ven a verme. Nada repugna tanto al espíritu de impureza como la confesión de sus ataques. Al cabo de once veces, el monje decía: Padre ten caridad y dime todavía una palabra. Y el anciano le respondió: créeme hijo si Dios permitiera que los pensamientos que llenan mi alma, pasaran a la tuya, tú no podrías soportarlo. Estas palabras del anciano, a causa de su humildad, apaciguaron el aguijón de la impureza del hermano.
Un hermano interrogó a un anciano sobre cuando alguien cae en la tentación y es causa de escándalo para los demás, ¿qué se debe hacer? El anciano le explicó la siguiente historia: Un magistrado perseguido por el governador fue a refugiarse en el desierto con toda su familia a un monasterio donde había un diácono muy conocido. Y el diácono pecó con la mujer del magistrado, de manera que causó un gran escándalo en el monasterio y en la región. Entonces el diácono fue a encontrar al anciano y le pidió que lo emparedara en una cámara pequeña con el fin de hacer penitencia. Al cabo de muchos años el Nilo dejó de hacer la crecida y aunque los monjes rogaban, el Nilo no crecía. Entonces un anciano supo por revelación que hasta que no rogara aquel diácono, el Nilo no crecería. Así los que primero se habían escandalizado de su conducta, ahora admiraban su humildad.

Dos monjes fueron a la ciudad a vender lo que habían fabricado. En la ciudad se separaron y uno de ellos se cayó en la impureza. Al poco tiempo el otro hermano lo fue a ver y le dijo: volvemos a nuestra celda. El hermano le respondió: Yo no vuelvo en absoluto, yo me he caído en la impureza. Entonces su hermano, queriéndolo ganar, le dijo: a mí me ha pasado lo mismo. Retornemos, pues los dos, hacemos penitencia con todas nuestras fuerzas y Dios nos perdonará. Cuando volvieron a sus celdas explicaron a sus ancianos aquello que les había pasado y éstos les prescribieron la manera cómo tenían que hacer penitencia. Y un hizo penitencia, no para él sino para su hermano, como si hubiera pecado él mismo. Pero Dios viendo la pena que él se daba por amor, reveló a su anciano cómo había perdonado al que había caído en la impureza, a causa de la gran caridad de aquél que no había pecado. A eso se le llama: "dar la propia vida".

Dos hermanos, combatidos por la impureza, fueron a tomar mujer. Después se dijeron. ¿Qué hemos ganado abandonando la condición de los ángeles por una corrupción que será seguida por los castigos eternos? Volvamos al desierto y hagamos penitencia por lo que nosotros nos hemos atrevido a hacer. De retorno al desierto, pidieron a los ancianos imponerles una penitencia, y fueron cerrados cada uno en una celda, dando a cada uno la misma ración de pan y agua. Cuando salieron, uno estaba delgado y macilento, mientras que el otro estaba lleno de salud y de alegría. Entonces preguntaron al abatido qué había meditado y respondió: He pensado con el mal que había hecho y en el castigo que merecía, y en el temor de Dios que debía tener. Interrogado el otro respondió: Yo he agradecido a Dios por haberme perdonado, y por haberme devuelto otra vez al desierto. He estado lleno de gozo pensando constantemente en Dios. Y los ancianos dijeron que la penitencia del uno y del otro, tenía un valor igual a los ojos de Dios.

En Escete había un anciano gravemente enfermo, y dos hermanos lo cuidaban. Viendo la fatiga que les daba, dijo: me iré a Egipto para no cargar tanto a estos hermanos. Pero el Abad Moisès le aconsejó: no vayas en absoluto, porque allí tú te caerás en la impureza. ¿El anciano se enojó y respondió, mi cuerpo es muerto, y tú me dices eso? Y se fue a Egipto. Al llegar, vino una virgen fiel a cuidarlo. Poco tiempo después, encontrándose mejor, pecó con ella y tuvo un hijo. El anciano dijo, dadme al chico. Y se fue al desierto de Escete, y un día de fiesta entró en la Iglesia delante de todos los hermanos, diciendo: Este niño es el hijo de mi desobediencia. Y volvió a la pureza de su antigua manera de vivir.
Un anciano del desierto, vio un día una sesión de consejo de los demonios. Había Satanás y todos lo iban a adorar, explicando sus fechorías. Uno le dijo: en 20 días he armado unas guerras terribles. Pero Satanás lo hizo azotar porque había empleado demasiado tiempo. Otro dijo: en 10 días he levantado un temporal que ha hundido todas las barcas del mar. Pero Satanás lo hizo azotar igualmente. Finalmente vino uno que le dijo: después de 40 años de lucha en el desierto he conseguido que un anciano se cayera en la impureza. Y Satanás lo abrazó y lo hizo sentarse a su lado, felicitándolo por su gran victoria.
Un hermano, tentado de impureza, fue a una ciudad, y viendo la hija de un sacerdote pagano, la pidió por mujer. El sacerdote consultó al demonio, y éste le dijo que, antes, aquel hermano tenía que renunciar a su Dios, a su bautismo, y a su profesión monástica. El hermano accedió. Y el sacerdote volvió a consultar al demonio, que le dijo: no le des a tu hija, ya que él ha renegado de Dios, pero Dios no renegará nunca de él.

DE CÓMO SER AMO DE UNO MISMO por EL AUTODOMINIO

El obispo de Chipre, EPIFANIO, invitó al abad Hilarión a comer en su casa antes de morir. Y el obispo le hizo servir carne. El abad Hilarió se excusó: perdonadme, padre, no he comido carne desde que llevo este hábito. El obispo Epifanio le respondió: pues yo, desde que llevo este vestido, nunca he ido a dormir dejando que alguien tuviera alguna cosa contra mí. Y yo no he dormido nunca con un resentimiento contra alguien. Hilarión dijo: tu práctica es mejor que la mía.

El abad ISIDORO fue interrogado: ¿Por qué los demonios os temen tanto? Respondió: Desde que me he hecho monje me he esforzado por dominar la cólera, sin dejar que subiera a mi boca.

El abad MOISÉS explica que en su juventud vivía con el abad TEONÀS, y cada día comían juntos. Pero un día, el joven se escondió un trozo de pan y se lo comió después, de escondidas. Desde aquel día, cada día hacía lo mismo. Una vez vino un joven a visitar al abad TEONÀS, él le dijo: nada es tanto malo para los monjes y nada alegra tanto a los demonios como disimular los propios pecados a los padres espirituales. Entonces el joven, movido por el arrepentimiento, le confesó su falta. Y el viejo le dijo: acusándote tú mismo has vencido al demonio que oscurecía tu corazón, por tu silencio. De ahora adelante ya no tendrá lugar en ti, pues ha salido de tu corazón.
Abad MACARIO: Si tú te desahogas reprendiendo a alguien, satisfaces tu propia pasión, y tú no te has de perder para salvar a tu prójimo.
Abad SISOES: Hace 30 años que no hago más que rogar al Señor Jesús que me guarde la lengua, y me creedme, hasta hoy yo caigo a causa de mi lengua que me hace pecar.
El abad SILVANO y su discípulo llegaron un día a un Monasterio y después de comer se volvieron a marchar. Durante el camino encontraron una fuente y el discípulo iba a beber, pero Silvano le dijo que era día de ayuno. ¿No hemos comido? respondió el discípulo. Sí, dijo el Abad, pero aquella comida era una caridad mientras que ahora tenemos que observar el ayuno.
Abad HIPEREQUIO: Es mejor comer carne y beber vino, que comer la carne de los hermanos, denigrándolos.

Abad HIPEREQUIO: La serpiente con sus murmullos cazó a Eva en el Paraíso. El monje que murmura contra otro, se le parece: pierde el alma de quien la escucha, y no salva en absoluto la suya.

SENTENCIAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO

ANTONIO: He aquí la voz que grita al hombre hasta el último respiro : CONVIÉRTETE HOY.

ANTONIO: Alguien pidió al abad Antonio: ¿Qué tengo que hacer para complacer a Dios? Él le respondió: allí donde vayas lleva siempre a Dios delante de tus ojos, en tus acciones ten la aprobación de las Santas Escriptures, y en cualquier lugar que tú permanezcas no te marches fácilmente. Observa estas tres cosas y serás salvado.

ANTONIO: No te fíes de tu justicia.
GREGORIO: Dios exige tres cosas de aquél que ha sido bautizado. La fe recta para el alma, la franqueza leal para la lengua, y la castidad para el cuerpo.

EVAGRIO: Un alimento del alma tomado sin prisa y regularmente, lleva a la caridad, y conduce rápidamente el monje a la apatheia (la paz).
ZACARÍAS: El abad Macario lo interrogó: ¿"Cuál es la obra del monje? Le dice el joven Zacarías: ¿por qué me interrogas, padre? Porque yo tengo plena confianza en ti, hijo mío Zacarías, le dijo. Zacarías le respondió: a mi entender hacerse violencia en todo aquello que aleja de Dios, eso es el monje.
JOSÉ DE TEBAS: Tres clases de hombres son honorados por Dios: los enfermos que soportan las tentaciones con acción de gracias, los que se comportan con toda pureza delante de Dios sin mezclar nada de ambición, y los que permanecen sometidos al Padre espiritual renunciando a sus propias voluntades.
El abad JUAN: Mientras moría jubilosamente, le pidieron los hermanos que les dijera una palabra para llegar a la perfección. Él respondió: Nunca he hecho nada contra la voluntad de Dios, y no he enseñado a nadie lo que primero no haya practicado yo mismo.

El abad MISTERIOS respondió a los que le preguntaban qué obra buena hay que hacer. Dijo: ¿no son iguales todas las obras? Abraham fue hospitalitario y Dios estaba en él, Elías amaba la esijia (contemplación) y Dios estaba en él, David era humilde y Dios estaba en él ... Haz aquello, pues, que aspira tu alma, según Dios, y guarda tu corazón.
Abad PASTOR: La guarda del corazón, la atención a los otros, y el discernimiento, he aquí las tres virtudes que son las guías del alma.

Abad PASTOR: ¿Como es adquiere el temor de Dios? Le preguntaron. Dijo: si alguien posee la humildad y la pobreza, y no juzga a los otros, el temor de Dios vendrá sobre él.

- AMMAS FAMOSAS DEL DESIERTO DE EGIPTO

AMMA SYNCLÉTICA
Amma Synclética es la más famosa de las Madres del Desierto. Su vida se escribió poco después de su muerte. Anterior a este escrito, sólo está la vida de Sta. Macrina (del 380) y las actas de los Mártires.

Synclética abrazó la vida solitaria, en tiempo de S. Antonio.
Su nombre quiere decir "asamblea celestial". Hija de Macedonia, fue a vivir con su familia (1 hermana y 2 hermanos) en Alejandría, entonces una gran ciudad cosmopolita. Después de Roma, la mayor del Imperio.
A pesar de ser de una casa acomodada, quería vivir según las enseñanzas de Sta. Tecla. Por eso evitaba las conversaciones, para permanecer en la profundidad interior. A pesar de que amaba las penitencias como medio para fortalecer su vida en Dios, obraba con tanta discreción que nadie notaba sus renuncias.

Al morir sus padres, abandonó su casa, dio sus posesiones a los pobres, y, junto con su hermana ciega, se fue a vivir en el Desierto, cerca de un sepulcro. Como lo hizo todo con mucha humildad, bien pronto la rodearon muchas jóvenes discípulas. Algunas vivían en comunidad con ella, y otras solas.
Cuando las discípulas le preguntaban sobre el camino de salvación, ella acostumbraba a responder: "si queréis instruiros, id a la Fuente, Cristo".
Su doctrina está muy centrada en el amor, de donde proviene todo, y a donde va todo, decía. Según ella el amor es doble: dar y recibir. Y enseñaba a mantener el alma LIBRE, en medio de las riquezas espirituales.
A los 84 años murió destrozada por la enfermedad, que soportó con gozo.

Tenemos 27 apotegmas (dichos famosos) de Amma Synclética. Copio algunos que evidentemente me parecen muy prácticos para la vida espiritual:
1- Se puede vivir solo entre la multitud, y vivir con la multitud estando solo.
2- Al Principio del camino hacia Dios hay dificultades, pero después se llega a un gozo inefable (S. Benito dice al final del Prólogo: "Con el progreso en la vida monástica, se ensancha el corazón y se corre por la vía de los mandamientos de Dios en la inefable dulzura del amor").
3- Cuando pases dificultades alégrate de qué Dios te visite, y no dejes de cantar. La ascesis consiste en dominarse en el sufrimiento y continuar dirigiendo a Dios acciones de gracias.
4- Si las ventanas de tu casa están abiertas, entrarán los ladrones y te lo tomarán todo (quiere decir que no podemos vivir en la "galería", exhibiendo nuestra virtud)
5- Tu actitud delante de los enemigos depende de tus progresos en la virtud.
6- Por la medida y la discreción, conocerás si tu ascesi viene de Dios o de tu orgullo.

LAS MADRES DEL DESIERTO

ÍNDICE

1- Primeras Ammas cristianas
No citadas en el Nuevo Testamento (tradiciones diversas)
Sta. Petronila, discípula de S. Pedro
Stes Felícula y Prisca, seguidoras de Petronila
Sta. Irene discípula de S. Timoteo
Stas. Ceneida y Filonia, primas de S. Pablo
Sta. Marcela, criada de Marta y María
Sta. Ifigenia, reina de Etiopía, discípula de S. Mateo
Vírgenes documentadas
Sta. Tecla, discípula de S. Pablo
Sta. Macrina la Vieja, discípula de S. Gregorio Taumaturgo
Sta. Macrina la Joven, nieta de la anterior, y hermana de los Stos. Basilio y Gregorio de Niza

2- Las Ammas más famosas del Desierto de Egipto
Amma Synclética, la más conocida de todas (tiene 27 apotegmas o "sentencias")
Ammas Mara, Cirina y Domnina (habla de ellas Teodoreto de Ciro)
Amma Sara (10 apotegmas)
Amma Teodora (10 apotegmas)
Amma María, hermana de S. Pacomio (3 apotegmas)
Amma Isidora (año 365)
Amma Talida abadesa

3- Ammas menores
Amma Talis (4 apotegmas)
Amma Alejandra (4 apotegmas)
Amma Bassa (va a Palestina)

4- Ammas anacoretas
Amma Domnina (4 apotegmas)
Ammes Mapana y Cira (5 Apotegmas) habla de ella Teodoreto de Ciro
Amma Eufrasia (hija de Constantinopla)

5- Amma diaconisa
Amma Olimpia, diaconisa bizantina (año 408)

6- Ammas que son pecadoras convertidas
Amma Taís (año 290) habla de ella Pafnufi
Amma Maria egípcia (va a Palestina) habla de ella S. Sofronio, obispo de Jerusalén
Amma Maria siríaca, habla de ella S. Efrén
Amma Paísa
Amma Pelagia siríaca
Amma Eudoxia (s II) samaritana

7- Ammas que se disfrazan de monjes
Amma Eufrosina (Egipto)
Amma Teodora
Amma Anastasia (hija de Roma, que va a Egipto)
Amma Marina
Amma Apolinaria (hija de Roma va al desierto de Judá)
Amma Matrona (Constantinopla)

8- Amma profetisa y milaglera
Amma Piamun

9- Matronas romanas
Sta. Elena (272) madre de Constantino
Amma Melania la vieja (Jerusalén)
Marcela y Fabiola (Roma)
Amma Paula (Belén)
Amma Eustòquia, hija suya (Belén)
Amma Paula la joven, nieta de Paula (Belén)
Amma Melania la joven, nieta de la otra Melania (Jerusalén)

¿ QUIÉNES SON LOS PADRES DEL DESIERTO ?

Hablar de los Padres de Desierto es como ir en las raíces más próximas al EVANGELIO.

Llamamos Padres del Desierto, a los que empezaron la vida monástica en Egipto entre los años 350-450, que es la edad de oro de este movimiento.
El fundador fue S. Antonio Abat. Nace en 252, se hace monje el 271, y muere el año 300. De él dice su biógrafo (S. Atanasio), "hizo del evangelio su vida, practicando la justicia, la fortaleza, el amor a los pobres, la mansedumbre y la hospitalidad". Crea un estilo de vida donde las personas "respiran Cristo".

De entre los muchos apotegmas (anécdotas) que se explican de él, escojo uno.
Una vez fueron unos universitarios a preguntarle qué libro de la Bíblia consideraba más importante. Señalando el horizonte, con los brazos extendidos de levante hasta poniente, los respondió: "si no sabéis leer el libro de la naturaleza, no seréis capaces de entender ningún otro libro". Porque quién no encuentra Dios en las cosas que Él ha creado, tampoco lo encontrará en la Palabra que de Él se ha escrito.

Sus seguidores ocuparon tres Desiertos del Egipto:
- El de NÍTRIA (cerca del delta del Nilo) fundado por abbà Ammón. Se dice que después de vivir 18 años con su mujer, decidieron abrazar los dos la vida ascética. Ella convirtió su casa en un Monasterio, y él se fue a Nítria donde se le unieron muchos otros monjes.
- El desierto de ESCETE, 18 Kms al sur de Nítria, tiene como monje más famoso Macario el grande (390). A pesar de ser un riguroso asceta (haciendo muchos ayunos y penitencias), siempre practicó una gran comprensión hacia los demás. Se dice de él que una vez fue un chico con el deseo de unírsele, pero a la hora de trabajar, el joven dijo que era un escándalo que los monjes trabajaran, que lo propio de los monjes era rogar. Macario le respetó la decisión, pero al ser la hora de comer dijo que lo dejaran rogando. Al darse cuenta de que ya era noche, el joven preguntó cómo es que no lo habían avisado para la comida. Entonces Macario le respondió que él era un monje demasiado perfecto para ir a comer...
Discípulos de Macario son el abba Sisoes, el abba Moisès, el abba Poimén, y muchos otros.
- Y el de Las CELDAS o de la Tebaida a 60 Kms de Escete. El monje más célebre es Evagryo. De él hemos sacado una de las mejores definiciones de la vida Monástica: "son los que viven separados de todos, pero unidos a TODO".

Y lo más sorprendente de estos hombres de Dios es el espíritu con que aplican el evangelio a la vida. Tienen una abertura desconcertante, propia de aquéllos que viven guiados por el ESPÍRITU de AMOR.
Hay que distinguir entre los "Padres del Desierto" (monjes) y los Padres de la Iglesia (pensadores, a menudo obispos, que van del sIII al XII). También muy amados por nosotros.


hna Josefina Rabella

domingo, 15 de mayo de 2011

LOS DIFERENTES MODOS DE LA PRESENCIA DIVINA

1.- El punto de vista metafísico.

a. La Presencia de inmensidad.

Dios es «sin medida», sin dimensión, más allá de todos los límites o de todas las condiciones de existencia, tales como el espacio o el tiempo, lo que nos permite decir que El está «presente» por todas partes y en ninguna parte. Este modo se refiere a las condiciones de la existencia manifestada.

b. La Presencia de inmanencia.

Dios reside en todas las cosas, «todo en nosotros», y esto en razón misma de su Transcendencia: lo Infinitamente lejano es también lo Infinitamente cercano o íntimo. Es la presencia del Principio Supremo en el «centro del Ser», en el «Corazón de las cosas», presencia percibida únicamente por el Intelecto o el «ojo del corazón». Este modo se refiere a los diferentes seres.



2.- Punto de vista teológico.

a. La Presencia eucarística.

Se refiere a la Substancia. Hay «transubstanciación» del Pan que se vuelve substancia del Cuerpo de Cristo, sin cambio de las apariencias y sin semejanza.

b. La Presencia icónica.

Se refiere a la Hipostasis de la que es la imagen. Centro de la irradiación energética, esta presencia conduce a la Hipostasis a través de la semejanza de la imagen, y mediante la iluminación de la mirada interior por la Luz thaborica que irradia. No hay transubstanciación sino semejanza.

c. La Presencia de gracia.

Se refiere a la naturaleza divina, cuya Esencia se expande en Tres Hipostasis que vienen a «habitar» en el alma del fiel; estando esta alma «participante de la Naturaleza divina» por la Gracia, entra en la Circumincesión de las Tres Personas, y participa de la Liturgia divina del «Trisagion», en la Eucaristía principial y eterna.

d. La Presencia de Dios en su Nombre.

Se refiere a la Esencia, es decir a la Sobreesencia de la Deidad: «Dios y su Nombre son idénticos». Dios revela su nombre a Moises en la «Tiniebla más que luminosa del silencio». Por la Invocación del Nombre divino, el alma participa en la Realidad Suprema, y se identifica con su propia esencia eterna.

Abbé Henri Stéphane

viernes, 13 de mayo de 2011

Humildad y mansedumbre

HUMILDAD

No hallaréis la paz verdadera más que en la humildad. Despreciaos sinceramente delante de Dios y hacedlo cada vez más. Intentad al menos hacerlo; veréis los resultados. Si pudierais llegar a mar (voluntariamente) la humillación y la contradicción, habríais dado un gran paso hacia Dios. Aceptad francamente y sin discusión interior o exterior las pequeñas humillaciones cotidianas. Procuradlo; sólo cuesta el primer paso. Podría así arraigarse el hábito. Y entonces, ¡qué alegría y qué paz!.

Amar que a uno le humillen y le tengan por nada es una gracia. Pedidla sin cesar, pero sosegadamente.

En la práctica, reconocer que no tiene uno razón, es perder poco y ganar mucho.

Aceptad humildemente no gustar a todo el mundo; querer lo contrario sería querer lo imposible.

Velad sobre vuestra necesidad de criticar y de contradecir a los demás como para mejor afirmaros ante vuestros propios ojos. Decid vuestro sentir con sencillez, exactitud, claridad y brevedad; tened calma luego y orad.

Continuad vuestros esfuerzos, aunque sean infructuosos. Dios os los pide para poder recompensaros. Permite su fracaso, aparente o real, para humillaros. Necesitáis de la humillación como de un freno. Cuanto más doloroso sea, os es más necesario. Pues nada nos esconde como la humillación. Y nada nos humilla como nuestros defectos.

Amad vuestros defectos. Os humillan y os proporcionan la materia prima de vuestros esfuerzos. Pero corregidlos también. Acordaos del proverbio: «Quien bien ama, bien castiga». Y no traduzcáis «bien» por «mucho». Dejad a esa palabra todo su sentido de mesura, prudencia y firmeza, pero no de dureza. Consideradlos como una mina inagotable de méritos y de humillaciones. En este sentido lamentaría que no tuvierais defectos.

Si alguien nos juzgara tal y como nos conocemos, nos haría sufrir mucho. Y todavía más si nos dijera su fallo. Pues nada nos duele tanto, aunque reconozcamos ser unos miserables, como una simple mirada del prójimo cuando éste nos juzga con nuestra propia medida y, por consiguiente, nos desprecia. Nuestro fondo de orgullo nos hace sentirla como un hierro candente, como una quemadura que consume. Hay almas que no pueden sobrevivir al golpe de haber cometido una falta y al menosprecio que ésta trae consigo. ¡Qué hábiles somos para responder a los reproches y cuántas precauciones tomamos para evitar la más pequeña humillación! Pero nada es tan contrario a la paz como esto. ¿Se tiene paz cuando no se puede tolerar la menor falta de consideraciones? Jamás podrá Dios conceder sus gracias a un alma que siga preocupada con estas opiniones humanas que tan inexactas son a menudo; eso es buscar un bien que Dios se reservó. Y es a Dios a quien hemos de procurar agradar para que nos mire cada día más favorablemente en lugar de ingeniarnos para que los demás tengan siempre buena opi-nión de nosotros, haciendo valer para ello no sólo nuestros dones naturales, sino, incluso, las gracias sobrenaturales. Ahora bien, la vanidad espiritual es la peor de todas y prueba con un signo cierto que esas gracias no vienen de Dios o que Él ya no las concederá. Porque así es imposible entrar en su Reino.

Se trata, pues, de practicar la humildad en la medida en que exista realmente en el alma, a fin de practicarla, de desarrollarla, de arraigaría y de hacerla progresar. Lo que hemos de encontrar es la fórmula sencilla que traduzca el hecho y de la cual salga a la vez la humillación. Si, por ejemplo, rompéis un vaso en la mesa, en vez de decir: «Qué torpe soy; siempre hago lo mismo», o «El vaso se me deslizó de entre las manos y se ha roto», etc., decid sencillamente: «He roto un vaso», en tono humilde, con el sincero deseo de no disminuir u ocultar vuestra torpeza. E incluso, en ciertos casos, no digáis nada, pero que vuestro silencio traduzca las verdaderas disposiciones de vuestra alma.

No os esforcéis demasiado por hacer que broten en vosotros sentimientos de humildad, pero «ejercitaos» tal como hemos dicho, a menos de que por «sentimientos» entendáis, no gustos sensibles, sino disposiciones del alma, actitudes espirituales.

¡ Oh, qué dispuestos estaríamos a recibir las gracias de Dios si tuviéramos un juicio recto y exacto sobre nosotros mismos; sobre nuestras verdaderas cualidades, reconociéndolas sin exagerarlas y refiriéndolas a Dios; y sobre nuestros verdaderos defectos y nuestras miserias, sin exagerarlas tampoco, sino viéndolas a la luz de Dios! El orgullo sería entonces imposible. Los Santos vivían bajo esta luz. Pequeñas faltas que nosotros consideramos como naderías les parecían enormes a causa de su altísima idea de la santidad de Dios y de su horror profundo por la menor imperfección. Y como estaban iluminados de una manera extraordinaria, la humildad de abyección les confundía cuando contemplaban su miseria y les hacía pronunciar sobre sí mismos unos juicios que nos asombran.



MANSEDUMBRE

La mansedumbre es una de las virtudes morales más importantes para la vida contemplativa. Para que podamos dedicarnos a contemplar, nos hace falta paz interior y exterior. La mansedumbre sosiega la agitación de nuestra alma, nos permite conservar esa valiosísima paz interna y externa; facilita la oración, conversación familiar e íntima con Dios; gracias a ella podemos escuchar la voz de Dios y seguirla.

Hay en nosotros un poder irritativo y de reacción que nos permite luchar contra el obstáculo, contrarrestar un mal presente. Es bueno y licito en sí; sin él, no seríamos capaces de vibrar, nuestra alma se asemejaría a una tela ajada, inerte, y no podríamos reaccionar sensiblemente contra ningún mal, ni siquiera contra el pecado.

Pero este apetito que en sí mismo no es malo, fácilmente se transforma en desordenado y reprensible cuando se enfada uno por cosas que no lo merecen y por razones que no son buenas. Nace entonces en el alma un deseo de venganza. Cuando se nos contraría o hiere, padecemos, y porque padecemos guardamos en el fondo del corazón el secreto deseo de hacer lo mismo cuando nos llegue la vez.

Conviene así tener mucho cuidado, pues eso es lo peor que hay en la cólera, y no como contrario a la caridad para con el prójimo, a quien debemos querer bien, sino por serlo también muchas veces a la justicia. El terreno es resbaladizo; pues ese deseo de venganza plenamente consentido, salvo en el caso de parvedad de materia, podría convertirse en pecado mortal. En un alma piadosa ese sordo deseo de venganza no es plenamente consentido, pero es inquietante desde un principio: y como una corriente profunda y semiinconsciente puede inspirar toda nuestra actividad sin que nos percatemos de ello.

De ahí esos alfilerazos, esas burlas, esas amables ocurrencias que tienen al final su gotita de amargura ¡Y con qué destreza se capta el momento favorable para herir, morder o pinchar! Pero no es bueno es esencialmente contrario a la virtud de mansedumbre y a la intimidad con Dios en sí mismo. Jamás un alma que guarda ese sentimiento -y ni siquiera hablo de un gran deseo de venganza, sino de ese deseo que está como escondido y que ni aún a sí mismo quiere uno confesarse-, jamás esa alma logrará la paz. Es ése un malestar espiritual muy doloroso y que impide la plena tranquilidad y el sosiego necesario para contemplar a Dios.

La segunda y más corriente forma de los defectos opuestos a la virtud de la mansedumbre es la impaciencia, el mal humor. Cuando nuestro juicio es contrario sentimos irritación, descontento, rabieta. Parece que nos arrancan algo de nosotros mismos, de nuestra alma: una preferencia, un gusto por una cosa secundaria que nos agradaba, una determinación que habíamos tomado ya..., sentimos la necesidad de demostrarlo por una manifestación exterior, y de ahí los encogimientos de hombros, la réplica viva, altiva, la mirada torva.

Entonces es cuando debe intervenir la virtud de la mansedumbre para paralizar el apetito irascible y para reaccionar como una fuerza contra otra fuerza, para impedir que salga al exterior lo que llevamos dentro de nosotros. Tenemos que callamos. Ni una palabra. Ni siquiera una de esas frases que nos parecen tan oportunas, tan justas. No os expliquéis. Callaos. Si podéis hacerlo, hablad en un tono absolutamente moderado, totalmente amable. Pero si no sois capaces. callaos para sofocar, detener, comprimir esa erupción volcánica de la cual no sois dueños.

Para poder entregarnos a Dios en la vida contemplativa, tenemos que poseernos a nosotros mismos. Un alma que no haya sabido disciplinarse no podrá lograr la paz. Se tienen más o menos dificultades, según los temperamentos, pero es preciso que los movimientos tumultuosos sean dominados por largos y pacientes esfuerzos. De lo contrario, siempre está uno ocupado en enfadarse o en haberse enfadado. Siempre está uno dedicado a rumiar en su mente las cosas dichas, por decir o que hubieran podido decirse, y la pobre alma no logrará salir de ahí. Es una madeja que no puede devanarse; apenas acabada, vuelve a empezar. Resulta imposible ocuparse de Dios durante ese tiempo. Todo el lapso de la oración transcurrirá en esta discusión interior con el que nos hirió. Y es una pena muy grande perder la propia oración. Al final, nos diremos: «¿En qué he estado pensando? He sido desdichado, he sufrido y no he orado porque no he sabido dominar esta pasión, esta corriente subterránea que se lo ha llevado todo.»

Robert de Langeac - La vida oculta en Dios (i

MORTIFICACIÓN DEL CORAZÓN Y RENUNCIAMIENTO A LA VOLUNTAD PROPIA

Dad vuestro corazón a Jesús cada vez más. No esperéis para eso a ser perfectos. No, dádselo ahora. No busquéis voluntariamente ningún consuelo. Dios, que os conoce y que vela sobre vosotros, os dará los que necesitéis in tempore oportuno.

Dios no quiere que procuréis el ser amado y el saberlo. Os lo concederá por añadidura, pero cuando ya no lo deseéis. Mientras tanto, quiere que lo busquéis a Él sólo, siempre por todas partes, en todo, especialmente en la humillación.

No busquéis nada sensible; no es sólido. Estamos compuestos de una parte espiritual y de una parte sensible; pero lo que sucede en la segunda es de orden absoluta. No debe contar prácticamente. Dios es espíritu. So1o importa, pues, lo espiritual. Si lo que le decís nada os dice, no importa. Continuad, con tal de que Él esté contento.

Más bien es, preciso temer las emociones sensibles en la vid espiritual, porque son emociones agradables. Se cree uno virtuoso. Se apega uno a ellas, porque son emociones agradables. No las pidáis, no las deseéis. No os adhiráis a ellas nunca. El amor sensible proviene del conocimiento sensible. ¡Si pudierais comprender la diferencia que hay entre el mismo amor natural de Jesús y el amor sobrenatural, el verdadero amor de caridad! Suponed un alma que, sin haber recibido la Gracia, hubiese amado a Nuestro Señor sobra la tierra únicamente porque Él era hermoso y bueno... Es algo de orden absolutamente distinto. Lo sensible debe ser mortificado, eliminado, para dejar sitio a lo espiritual. Fijaos en San Juan de la Cruz: no sólo quiere que se renuncie a lo sensible, sino, incluso, en los afectos espirituales, a la alegría sentida por si misma. Sobre la tierra, no hay proporción entre nuestro conocimiento y nuestro amor. Por eso es por lo que se puede amar más de lo que se conoce. Debe bastarnos con saber que Dios es Infinitamente amable y que se le ama cumpliendo su voluntad. El conocimiento sensible es secundario, pero podemos figurarnos a Nuestro Señor de tal o de cual manera; depende de las imaginaciones. En cuanto al conocimiento intelectual, San Juan de la Cruz dice, y es verdad, que no tenemos sobre Dios más que unas ideas toscas, pero mientras Dios no nos dé luces infusas, tenemos que servirnos de ellas aunque sepamos sobradamente que son toscas. Pues nosotros no somos espíritus puros.



RENUNCIAMIENTO A LA VOLUNTAD PROPIA

Nosotros probamos a Dios que le amamos cuando cumplimos su voluntad desde la mañana a la noche, cuando la cumplimos bien, cuando la cumplimos con todo nuestro corazón, no sólo en sus líneas generales, sino en sus más pequeños detalles.

La amistad verdadera consiste en la unión de dos naturalezas y de dos personas en una sola voluntad.

Caminad con la mirada fija en lo alto. Obedeced sencillamente, inteligentemente. Y, en lo demás, en cuanto no haya pecado, haced la voluntad ajena, mejor que la vuestra. Lo que cuesta más no es la mortificación, es la obediencia, esa cesión de nuestra voluntad a la voluntad de otro. ¡Bajo qué luz tan dis-tinta veríamos la obediencia, si viéramos en la voluntad de ese otro la de Dios!

A veces, ante un pequeño sacrificio que hemos de hacer, no queremos ver la voluntad de Dios, porque si la viéramos, estaríamos obligados a seguirla. Entonces desviamos nuestras miradas para no considerar el vínculo que une indisolublemente la perfección y ese pequeñísimo sacrificio.

Tenemos que reprocharnos todas las noches nuestras resistencias a la voluntad de Dios por falta de generosidad, por falta de amor y, sin embargo, un sacrificio frustrado queda frustrado eternamente… y quizá era el comienzo de una cadena de gracias que se rompió porque no supimos coger su primer anillo. La fidelidad en las pequeñeces para con un Dios tan grande seria para nosotros el comienzo de los máximos favores. Santa Teresa del Niño Jesús decía que no recordaba haber negado nada a Dios desde la edad de tres años.

Desconfiad mucho de los razonamientos a los que os sintáis apegados. No son fruto normal de vuestra inteligencia, sino más bien de vuestra voluntad. No siempre veis las cosas como en realidad son, pues hay imponderables atómicos que se os escapan. Y suplís esta deficiencia con un alarde de voluntad: "Lo quiero así, pues así lo mando, y si me preguntáis el motivo os diré que es mi voluntad" (Juvenal). Es algo que hay que corregir.

No dejéis hacer a Dios lo que podáis hacer vosotros mismos. Todavía le quedará mucho que hacer.

No puedo actuar fuera de las indicaciones de Dios. Cada vez que me he mantenido en los límites exactamente trazados por la Providencia se ha realizado un poco de bien. Cada vez que he querido traspasarlos, aunque no fuera más que en una tilde y bajo los mejores pretextos, lo he embrollado todo y el bien no se ha realizado.


Robert de Langeac - La vida oculta en Dios

Robert de Langeac - La vida oculta en Dios

I. EL ESFUERZO DEL ALMA



LA VIDA INTERIOR

Nuestra Señora del Monte Carmelo es la Patrona de la vida interior, la Virgen que nos aparta de la muchedumbre y nos lleva dulcemente hacia esas cumbres donde el aire es más puro, el cielo más claro, Dios está más próximo... y en las que transcurre la vida de intimidad con Dios.

Según San Gregorio el Magno, la vida contemplativa y la vida eterna no son dos cosas diferentes, sino una sola realidad; una es la aurora, la otra el mediodía. La vida contemplativa es el principio de la dicha eterna, su saboreo anticipado. Que la Reina del cielo nos conceda, pues, la gracia de comprender el estrecho vínculo que une esas dos vidas para vivir aquí abajo como si estuviéramos ya en el cielo.

Un alma interior es un alma que ha encontrado a Dios en el fondo de su corazón y que vive siempre con Él.

Dios está en el fondo del alma, pero está allí escondido. La vida interior es como una eclosión de Dios en el alma.

Mantengámonos en el centro de nuestra alma, en ese punto preciso desde el que podemos vigilar todos sus movimientos, para detenerlos o dirigirlos, según los casos. Vivamos o de Dios o para Dios, pero repitámonos que no se obra del todo para Dios sino cuando ya no se hace absolutamente nada para uno mismo. Se obra entonces porque Dios lo quiere, cuando Él quiere y como Él quiere, por estar siempre unidos en el fondo con Aquel de quien uno no es más que un dichoso instrumento.

Dos cosas hacen falta para llegar a la perfección y a la íntima unión con Dios: tiempo y paz.

Lo que da valor a los actos reflexivos del hombre es la unión a Dios por la caridad. Cuanto más profunda es esa intimidad, más valor de eternidad tienen sus frutos.

Un alma cuya mirada interior, afectuosa y humilde, está siempre fija en Dios, obtiene de Él cuanto quiere.

Entre un alma recogida, desligada de todo, y Dios, no hay nada. La unión se realiza por sí misma. Es inmediata.

El tiempo pasa; siempre se ama a Dios demasiado poco y muy tarde.

¡ Qué delicado eres en tus afectos, Dios mío! Tienes en cuenta lo que de legítimamente personal hay en nosotros, y tratas al alma que amas como si en el mundo no hubiera otra cosa que ella y Tú.

Creer es comulgar en la ciencia de Dios: Él ve; nosotros creemos en su palabra de testigo.

En la fe, Dios habla; por la esperanza, Dios ayuda; en la caridad, Dios se da, Dios colma.

Elevaos hacia Dios constantemente. Dejad en tierra a la tierra. Vivid poco con los demás ." menos todavía con vosotros mismos, pero lo más posible, si no en Dios, por lo menos cerca de Él.

Cuando en el fondo de vuestra alma oigáis, dos voces contradictorias, conviene que escuchéis generalmente a la que habla más bajo. En todo caso, ésa es la que pide más sacrificios. ¡Y tiene tanto valor el sufrimiento bien entendido! Desliga y aproxima a Dios.

VACIAMIENTO

Cuando esperas ansiosamente correo; cuando esperas que tus amigos se acuerden de ti; cuando quieres ser alguien excepcional; cuando deseas que se pronuncie tu nombre; cuando buscas una atención especial; cuando esperas un trabajo más interesante o cosas más estimulantes, entonces te das cuenta de que ni siquiera has empezado a crear un pequeño espacio para Dios en tu corazón.
Cuando ya nadie te escribe; cuando nadie se acuerda de ti o se pregunta qué estás haciendo; cuando te limitas a ser uno cualquiera de los hermanos, haciendo las mismas cosas que hacen ellos, ni mejor ni peor; cuando has sido olvidado por la gente, puede que entonces tu corazón y tu mente estén ya lo suficientemente vacíos como para darle a Dios una oportunidad real de hacerte sentir su presencia. (Henry Nouwen)

El contemplativo que quiere permanecer en Dios debe aceptar el perder su propia voluntad vaciándose de ella, para dejarse invadir por la voluntad del Padre. (Jean Lafrance)



Es al precio de una desposesión total de nosotros mismos como llegaremos a un conocimiento íntimo de Cristo, es decir a la santidad. (Jean Lafrance)



Para seguir a Cristo es necesario romper el círculo que nos ata a nuestra propia vida para darnos a Señor. No hay más que un medio: es la renuncia a sí mismo.
(...) La persona no se posee más que para ofrecerse. Todo debe ser considerado como nada en relación al amor único de nuestro Señor.
(...) La pérdida de sí es la condición fundamental del triunfo de Dios en nosotros y en nuestra acción. El Padre se ha manifestado en el Hijo porque éste se ha vaciado totalmente de sí mismo. (Jean Lafrance)

¡Qué idea tan equivocada tenemos de la renuncia! La consideramos como un ejercicio triste, casi despreciable; como una práctica penosa, fatigosa. Es que no vemos más que su aspecto negativo, y con ese matiz no puede menos de resultar fastidiosa. Es la muerte del "yo", y la muerte, por sí misma, repele y horroriza. Pero Teresa ve en la renuncia algo más, renunciarse ¡es amor, es vida.
Hay un segundo prejuicio contra la renuncia. Imaginamos que exige una represión continua, un esfuerzo violento, ininterrumpido; un control implacable de todos los movimientos del alma y del cuerpo... Teresa, muy al contrario, ve en ella la práctica del olvido propio; el movimiento del alma que se lanza hacia Dios en un impulso de amor, descargándose, en su carrera hacia Él, de todo aquello que pueda retardar o detener su marcha. (Liagre)

Quita de tu corazón lo que estorba y en él hallarás a Dios. (Rafael Arnáiz)



Todo el que se mueve como empujado por Dios y por agradarle solo a Él, ya no prefiere una cosa a otra, sino que quiere conseguirla solamente si a Dios le agrada que la consiga, y en el modo y tiempo que a Él le agrade. Así que, tanto si la consigue como si no la consigue, se queda igualmente contento y en paz, pues de todas maneras alcanza su propósito y consigue su fin, que no es otro sino el de agradar a Dios. (Lorenzo Scupoli)

LA HUMILDAD

Casi inconscientemente, en nuestros deseos de perfección, alimentamos la secreta pretensión de ser algo; tal pretensión es un obstáculo para el Amor. No puede el Señor realizar en el alma su obra sin abrir la preocupación propia que se opone al desarrollo y a la consumación de la humildad. El amor solo se alcanza en la humildad o por la humildad. (Liagre)



Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerándonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. ... (...) ... Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad! (Santa Teresa de Lisieux)



Cristo Jesús... Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos... Enséñame a ser manso con los que no me quieren o me desprecian. (Rafael Arnáiz)



(Dice Jesús:) Me hice el más humilde y abatido de todos, para que vencieses tu soberbia con mi humildad. (Tomás de Kempis)



El acto propio de la humildad consiste en inclinarse delante de Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas. (Garrrigou Lagrange)



El secreto del amor reside siempre en un despojamiento total de nosotros mismos y una humildad radical. (Jean Lafrance)



En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras. (Isaías)



En ese pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras. (Isaías)



En las instrucciones particulares que daba a cada una de las novicias, siempre se volvía a lo mismo: humildad, pobreza espiritual, sencillez y confianza en Dios. (Santa Teresa de Lisieux)



En las instrucciones particulares que daba a cada una de sus novicias, siempre insistía en la humildad. El fondo de su doctrina era enseñarnos a no afligirnos al ver que éramos la debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en nuestras imperfecciones. Es tan dulce sentirse débil y pequeña. (Sor Genoveva en referencia a Santa Teresa de Lisieux)



Es su voluntad que humille mi soberbia ante las miserias de mi carne. (Rafael Arnáiz)



Humildad y amor. La extrema pequeñez de la persona y de las obras; la grandeza sin límites de los deseos y el amor. (Liagre)



La humildad gana el corazón de Dios. La mansedumbre el de los hombres. (Anónimo)



La humildad llena de paz nuestro trato con los hombre. Con ella no hay discusión, ni envidia, ni ofensa posible. ¿Quién puede ofender a la misma nada? (Rafael Arnáiz)



La marca de autenticidad de vida de oración es la humildad. (Pedro Finkler)



Las obras extraordinarias no están a mi alcance. ¿Cómo demostraré a Dios mi amor si éste se prueba en las obras? Por mis pequeñas acciones y sacrificios. ¡Como niña, sembraré de flores sus caminos! y Jesús los mirará complacido. (Santa Teresa de Lisieux)



Los actos de confianza son el privilegio de los humildes. (M. D. Molinié)



Mira delante de Jesús lo que eres, y aprende a conocerte; así no tendrás soberbia, y en tu propia humillación aprenderás algo de humildad, que aún no sabes lo que eso es, y es necesario que lo aprendas. (Rafael Arnáiz)



Nada hagáis por rivalidad ni por vanagloria. (San Pablo)



No tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde. (San Pablo)



Para la Sierva de Dios la humildad consistía en buscar el olvido más bien que en expresar el menosprecio que sentía de sí misma. (En referencia a Santa Teresa de Lisieux)



Porque el humilde se siente siempre pobre, quiere dar gracias, siempre y por todo. (Juliana Vermeire)



Quieres subir a una alta montaña, y Dios te quiere hacer bajar, pues te espera en el fondo del valle de la humildad. (Santa Teresa de Lisieux)



Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (San Pablo)



Señor, condúceme por el camino de la humildad. (Rafael Arnáiz)



Si nos fuera dada la elección, los empleos más deseables serían los más abyectos, los más penosos, aquéllos en que hay más que hacer y más en qué humillarse por Dios. (San Francisco de Sales)



Sírvante tus propias flaquezas para aprender a amar a Dios, que te quiere tal cual eres: flaco y débil, y con los párpados cargados de sueño. (Rafael Arnáiz)



Tal vez hayas conocido a alguien que sólo sea dulzura y humildad: es desconcertante y te desarma, porque no estás al nivel de esta dulzura insoportable. Necesitas blindarte de verdad para que no se te rompa el corazón y echarte a llorar. Se dice que algunos verdugos no soportan a quien se calle en la dulzura. (Jean Lafrance)



Velad sobre vuestra necesidad de criticar y de contradecir a los demás como para mejor afirmaros ante vuestros propios ojos. Decid vuestro sentir con sencillez, exactitud, claridad y brevedad; tened calma luego y orad. (Robert de Langeac)




La humillación conduce a la humildad, como la paciencia a la paz y el estudio a la ciencia. (San Bernardo)

Si pudieras llegar a amar la humillación y la contradicción, habrías dado un gran paso hacia Dios. (Robert de Langeac)

martes, 26 de abril de 2011

El amor del corazon. Primer grado de Amor. San Bernardo

Bernardo quiere mostrarnos cómo debemos amar a Cristo, y para ello considera cómo Cristo nos amó primero a nosotros, cuando éramos sus enemigos. Y aludiendo a Dt 6,3, dice que Cristo nos amó con todo su corazón, con toda su alma, con toda sus fuerzas, o lo que es igual: dulciter, sapienter, fortiter: dulcemente, sabiamente,


1 El amor del corazón

Partiendo de la ejemplaridad de Cristo, y siguiendo a los Padres de la Iglesia, Bernardo y los cistercienses ven en la obra de la redención, y más concretamente en el misterio de la Encarnación, una pedagogía de Dios para el hombre caído en la deformidad y desemejanza con el Verbo. Cristo es Mediador de la redención, pero también de la vida espiritual, del ascenso del alma a Dios, en virtud de su doble naturaleza, humana y divina. El dogma de Calcedonia afirma que Cristo es una única Persona divina -el Verbo o Logos- en dos naturalezas fundidas en una unidad sin separación ni división, sin mezcla ni confusión. Unión que san Bernardo, comentando el Cantar de los Cantares, califica simbólicamente de “beso”:

La boca que besa es el Verbo que se encarna; quien recibe el beso es la carne asumida por el Verbo; y el beso que consuman juntamente el que besa y el besado es la Persona misma formada por ambos, el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús (SCant 2,3).

Por lo tanto, es posible comulgar con esa Persona divina en un doble nivel: el de su humanidad, que es visible y sensible, y el de su divinidad, que es espiritual y está más allá de lo sensible. La primera comunión es más lejana, la segunda más cercana a lo que el Verbo es en sí. En ambos casos se ama a la Persona del Verbo, aunque a niveles distintos, teniendo la primera como función ser un escalón para la segunda. Esta es la pedagogía:

Yo creo que ésta fue la causa principal por la cual el Dios invisible se manifestó en la carne y convivió como hombre entre los hombres: ir llevando gradualmente hacia el amor espiritual a los hombres, que, por ser carnales, sólo podían amar carnalmente, y guiar así sus afectos naturales al amor que salva (SCant 20,6).

Esta es la mejor respuesta que el abad de Claraval encuentra para explicar el por qué de la Encarnación: el Verbo se hace carne, se hace de carne, para abrirse una vía de acceso a nosotros a través de nuestra sensibilidad, de nuestros sentidos carnales o físicos, que no son aptos para captar al Verbo en tanto que Verbo. Y además le parece que la Encarnación fue la mejor manera de atraer al hombre alejado de él y convertido en su enemigo, respetando al máximo su libre albedrío: dirigirse a su misma libertad y a su poder de elegir y amar:

Cuando quiso recuperar a la noble criatura humana, Dios se dijo a sí mismo: si le fuerzo a pesar suyo, lo que tendría sería un asno, no un hombre… le he amenazado con penas terribles… en vano… Le he ofrecido la felicidad eterna… lo que ni ojo vio ni oído oyó, lo que el corazón humano no pudo ni concebir ni desear… sin ningún resultado. Una sola esperanza me queda. El ser humano no es únicamente temeroso y egoísta; sobre todo es capaz de amar, y es el amor lo que constituye la fuerza más poderosa para atraerlo. Dios vino, pues, en nuestra carne mostrándose así infinitamente amable, dando prueba de la mayor caridad al ofrecer su vida por nosotros (Var 29,2-3).

El capítulo 3 del tratado Sobre el amor de Dios, desarrolla hermosas páginas sobre todo lo que Cristo hizo y sufrió en favor de los hombres con la esperanza de recibir una respuesta de amor. Dios se dirigió al corazón sensible del hombre a fin de recuperar a esta criatura suya que siguió permaneciendo fundamentalmente noble a pesar del pecado. Y para enderezar su amor carnal en espiritual es por lo que puso su humanidad como mediadora.

En la vida espiritual, el amor del corazón tiene como función configurar al alma con la humanidad de Cristo, hasta amarlo con todo el corazón, y no sólo con una parte, y así librar al alma de todo otro afecto carnal:

El amor del corazón es en cierto sentido carnal, porque se siente afectado más por la carne de Cristo y por lo que Cristo hizo o mandó a través de su carne. Poseído por este amor, el corazón se conmueve enseguida por todo lo que se refiere al Cristo carnal. Nada escucha más a gusto, nada lee con mayor afán, nada recuerda con tanta frecuencia, nada medita más dulcemente… La medida de este amor consiste en que llena todo el corazón con su dulce suavidad, desechando de él todo otro amor o seducción carnal… En pocas palabras, amar con todo el corazón consiste en preferir el amor de su sacrosanta carne a cualquier otra cosa que halague a la propia carne o la de otro. Me refiero también a la gloria del mundo, porque la gloria del mundo es gloria de la carne y aquellos que se complacen en ella son sin duda carnales (Scant V,6-7).

Sea el Señor Jesús suave y dulce para tu afecto, de modo que neutralices el mal y las cosas dulces de la vida carnal, y así una dulzura venza a otra dulzura, como un clavo extrae otro clavo (SCant 20,4).

Este amor carnal a Cristo se alimenta sobre todo de la consideración de los misterios históricos de la vida de Jesús, sobre todo su encarnación y su pasión:

Siempre que ora tiene ante sí la imagen del Hombre Dios que nace y crece, predica y muere, resucita y asciende; toco cuanto le ocurre impulsa necesariamente su espíritu al amor de las virtudes o lo arranca los vicios sensuales, ahuyenta los hechizos y serena los deseos (Ibid.).

La posteridad de san Bernardo se ha quedado sobre todo con este amor del corazón -la famosa devoción a la humanidad de Cristo-, como si fuera lo más característico de su doctrina, seguramente debido a la forma brillante como ha sabido exponerla. Por eso algunos dicen que él es el primero en inaugurar el modo de meditación basado en la consideración de escenas evangélicas mediante la imaginación y los sentidos, como si uno estuviera allí, que más tarde se llamará “composición de lugar”. De hecho, bien conocidas son sus fervoras meditaciones sobre los episodios de la vida de Cristo, sobre todo la Pasión; o la ternura con que hablaba de las excelencia del Nombre de Jesús (SCant 15,5-6):

Por él existo, vivo y gusto (sapio)… El que se niegue a vivir para ti, de hecho ya ha muerto, quien no te gusta (sapit), pierde el gusto (sapor). Quien se empeña en no existir para ti, se derrite en la nada, es pura nada (SCant 20,1).

Esta devoción a la humanidad de Cristo es necesaria: “Los verdaderos fieles saben por experiencia lo vinculados que están con Jesús, sobre todo con Jesús crucificado”. (AmD III,7). Ella desarrolla en el corazón del hombre gracias de amor extraordinarias, como lo atestiguan las expresiones sacadas del Cantar de los Cantares, que aquí usa Bernardo: In hortum introducta dílecti sponsa (ibid), “(Jesús) se adentra siempre que puede en el lecho de nuestro corazón” (Ibid, 8). Sin embargo, el amor con todo el corazón es un escalón hacia el amor con toda el alma y el amor con todas fuerzas.

El que no posee aún el Espíritu que da vida, se consuela provisionalmente con la devoción a su carne humana… por otra parte tampoco se puede amar a Cristo según la carne sin el Espíritu Santo; pero este amor no llega a la plenitud (SCant IV,7).

Aunque la devoción a la carne de Cristo es un don y un don grande del Espíritu Santo, yo le llamaría carnal con relación a aquel amor por el que se saborea, no ya al Verbo hecho carne, sino al Verbo-Sabiduría, al Verbo-Verdad, al Verbo-Santidad… Es bueno este amor carnal mediante el cual se excluye la vida carnal, se desprecia y se vence al mundo. Pero es más provechoso si es racional; y se perfecciona cuando se vuelve espiritual (Scant V,6-VI,8).

Los que se nutren del amor a la humanidad del Verbo viven bajo su sombra, dice Bernardo utilizando un texto de las Lamentaciones: a su sombra viviremos entre los pueblos (4,20). La sombra es la dulzura carnal de Cristo, en la que se cobijan los principiantes, los que no pueden percibir aún las cosas del Espíritu de Dios (IV,7; cf 1Cor 2,14) porque no tienen la visión, el conocimiento contemplativo.

En otros lugares aplica a la humanidad de Cristo la imagen de la Roca, en la que sólo los contemplativos son capaces de abrir agujeros, penetrar en el misterio humano-divino que esconde (SCant 62,6). O la imagen del heno o paja del pesebre de Belén. En este sentido, aconsejará a los caballeros de la Orden del Templo que cuando estén en Belén, mediten en el significado del pesebre, del buey, del asno y del heno;:

El hombre, sin comprender la dignidad en la que fue creado, se comparó a un asno ignorante y se hizo semejante a el (Salmo 48,3, Vulg). Por eso el Verbo, pan de los ángeles, se hizo alimento de asnos, para que éstos tengan heno carnal para rumiar. Se trata del hombre, que se olvidó totalmente de comer el pan del Verbo, hasta que, devuelto a su primera dignidad por el Hombre-Dios, pudiera decir con san Pablo: si antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Pienso que nadie puede decirlo de verdad a no ser que, como Pedro, haya escuchado de boca de la Verdad: las palabras que os he dicho son espíritu y vida; mas la carne no sirve de nada… Puede hablar sin escándalo de la sabiduría de Dios a los perfectos, explicando cosas espirituales a los hombres espirituales. Pero con los niños o los animales debe ser cauto, proponiéndoles sólo lo que pueden captar, es decir a Jesús, y éste crucificado. Por tanto, uno y el mismo es el alimento de los pastos celestes, rumiado dulcemente por el animal y masticado por el hombre, que al adulto da fuerza y al niño nutrición (Glorias… VI,12).

"No debáis nada a nadie, sólo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .

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Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.