lunes, 25 de abril de 2011
Sobre el silencio. Pensamientos de San Rafael Arnaiz , monje trapense.Dia 26 de abril su aniversario. Ruegale al santo su intersecion es muy poderosa
Calla, hermano, no metas ruido, que estoy hablando a Dios.
Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del amor, del amor humilde, del amor paciente, de amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.
Callemos, el ruido de las palabras estorba.
Callemos, guardemos silencio, pues en él hallaremos, si sabemos buscarlo, nuestro tesoro, que es Dios.
Callemos, lo mismo cuando somos consolados por el Divino Jesús, que cuando estamos a solas con nuestra cruz.
... como tengo tanto que me bulle dentro, encuentro el silencio más apropiado.
Con el silencio el sufrimiento es más eficaz.
Con silencio, oración y mucha locura por dentro, se espera muy bien la llegada..., y todo llegará.
Cuando callamos es cuando más cosas decimos.
Cuanto más silencio tengamos, más cerca estaremos de Dios y más lejos del mundo al que queremos olvidar.
El secreto del Rey se mancha y pierde brillo al publicarse. Ese secreto del Rey es el que hay que ocultar para que nadie lo vea. Ese secreto que muchos creerán son comunicaciones divinas y consuelos sobrenaturales..., ese secreto del Rey que envidiamos en los Santos, se reduce muchas veces a una cruz.
El silencio de la noche hace grande la más pequeña oración.
El silencio del Rey se mancha con el álito de la publicidad.
El silencio es donde el alma que goza de Dios esconde sus delicias.
El silencio es el recreo del que está alegre y hace la felicidad del enamorado de Dios.
El silencio es más agradable a Dios que el hablar, aunque sea de cosas espirituales. (Rafael Arnáiz)
El tener quieta la lengua hace descansar al corazón.
En el silencio es donde muchas veces se encuentra el consuelo que no pueden dar las criaturas.
... es tan difícil no ofender a Dios con la lengua.
Me hablas de tu oración, del estar en silencio delante de Dios... Te entiendo; no quieras ni pidas más. Sobre esto ¡si te pudiera hablar! Pero por escrito es muy difícil, aunque sé lo que eso es... ¡Qué bien se está así!, ¿verdad?. Dios inunda el alma con una suavidad... ¡Señor, Señor!, ¿qué hemos hecho, dónde nos meteremos, hermana?.
Mientras no busquemos a Dios en el silencio y en la oración, mientras no estemos quietos, no hallaremos paz, ni encontraremos a Dios.
Mucha gente me pregunta acerca del silencio de la Trapa, y yo no sé que contestar, pues el silencio de la Trapa no es silencio..., es un concierto sublime que el mundo no comprende... Es ese silencio que dice "no metas ruido, hermano, que estoy hablando con Dios..." Es el silencio del cuerpo para dejarle al alma gozar en la contemplación de Dios. No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo muchas cosas dentro y muy hermosas, se calla, para que las palabras que siempre son torpes, no adulteren el diálogo con Dios.
Es el silencio que nos hace humildes, que nos hace sufridos, que al tener una pena nos la hace contar solamente a Jesús, para que Él también en silencio nos la cure sin que los demás se enteren.
El silencio es necesario para la oración. Con el silencio es difícil faltar a la caridad....
Nada encuentro en los libros; solamente en el silencio de todo y de todos..., en ese silencio que ni el pensamiento se atreve a turbar, en ese silencio que rumía amores y esperanzas, solamente ahí se puede vivir.
Nada me dicen las criaturas..., todo es ruido... Sólo en el silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor... Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo que busco..., tu Cruz..., y en la Cruz estás Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin flores, sin nubes, sin sol...
No busques quien te hable de Él..., te llevarás muchas desilusiones y no hace falta, pues "no sabrán decirte lo que quieres", y hasta parece que ocultando el amor que a Dios tienes, le quieres más...
Nuestra paz en el mundo aumenta a medida que aumenta nuestro silencio.
Oculta a Dios dentro de ti; ten tus ratos de silencio y tu oración, pero que nadie se entere.
Por el alma silenciosa navegan los pensamientos de Dios; y cuanto más silencio, más paz, más serenidad y más facilidad para estar en la presencia del Señor.
Que tu vida sea renuncia, sacrificio, oración y silencio.
Silencio, oración, renuncia y sacrificio con la risa en los labios y paz en el corazón, eso es amor.
Solamente en el silencio se puede vivir, pero no en el silencio de palabras y de obras..., no; es otra cosa muy difícil de explicar... Es el silencio del que quiere mucho, mucho, y no sabe qué decir, ni qué pensar, ni qué desear, ni qué hacer... Sólo Dios allá adentro, muy calladito, esperando, esperando, no sé..., es muy bueno el Señor.
Soledad y silencio es el marco imprescindible a la oración. (
Veo mi camino tan sencillo..., amor de lleno a Dios y silencio con los hombres.
Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del amor, del amor humilde, del amor paciente, de amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.
Callemos, el ruido de las palabras estorba.
Callemos, guardemos silencio, pues en él hallaremos, si sabemos buscarlo, nuestro tesoro, que es Dios.
Callemos, lo mismo cuando somos consolados por el Divino Jesús, que cuando estamos a solas con nuestra cruz.
... como tengo tanto que me bulle dentro, encuentro el silencio más apropiado.
Con el silencio el sufrimiento es más eficaz.
Con silencio, oración y mucha locura por dentro, se espera muy bien la llegada..., y todo llegará.
Cuando callamos es cuando más cosas decimos.
Cuanto más silencio tengamos, más cerca estaremos de Dios y más lejos del mundo al que queremos olvidar.
El secreto del Rey se mancha y pierde brillo al publicarse. Ese secreto del Rey es el que hay que ocultar para que nadie lo vea. Ese secreto que muchos creerán son comunicaciones divinas y consuelos sobrenaturales..., ese secreto del Rey que envidiamos en los Santos, se reduce muchas veces a una cruz.
El silencio de la noche hace grande la más pequeña oración.
El silencio del Rey se mancha con el álito de la publicidad.
El silencio es donde el alma que goza de Dios esconde sus delicias.
El silencio es el recreo del que está alegre y hace la felicidad del enamorado de Dios.
El silencio es más agradable a Dios que el hablar, aunque sea de cosas espirituales. (Rafael Arnáiz)
El tener quieta la lengua hace descansar al corazón.
En el silencio es donde muchas veces se encuentra el consuelo que no pueden dar las criaturas.
... es tan difícil no ofender a Dios con la lengua.
Me hablas de tu oración, del estar en silencio delante de Dios... Te entiendo; no quieras ni pidas más. Sobre esto ¡si te pudiera hablar! Pero por escrito es muy difícil, aunque sé lo que eso es... ¡Qué bien se está así!, ¿verdad?. Dios inunda el alma con una suavidad... ¡Señor, Señor!, ¿qué hemos hecho, dónde nos meteremos, hermana?.
Mientras no busquemos a Dios en el silencio y en la oración, mientras no estemos quietos, no hallaremos paz, ni encontraremos a Dios.
Mucha gente me pregunta acerca del silencio de la Trapa, y yo no sé que contestar, pues el silencio de la Trapa no es silencio..., es un concierto sublime que el mundo no comprende... Es ese silencio que dice "no metas ruido, hermano, que estoy hablando con Dios..." Es el silencio del cuerpo para dejarle al alma gozar en la contemplación de Dios. No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que teniendo muchas cosas dentro y muy hermosas, se calla, para que las palabras que siempre son torpes, no adulteren el diálogo con Dios.
Es el silencio que nos hace humildes, que nos hace sufridos, que al tener una pena nos la hace contar solamente a Jesús, para que Él también en silencio nos la cure sin que los demás se enteren.
El silencio es necesario para la oración. Con el silencio es difícil faltar a la caridad....
Nada encuentro en los libros; solamente en el silencio de todo y de todos..., en ese silencio que ni el pensamiento se atreve a turbar, en ese silencio que rumía amores y esperanzas, solamente ahí se puede vivir.
Nada me dicen las criaturas..., todo es ruido... Sólo en el silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor... Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo que busco..., tu Cruz..., y en la Cruz estás Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin flores, sin nubes, sin sol...
No busques quien te hable de Él..., te llevarás muchas desilusiones y no hace falta, pues "no sabrán decirte lo que quieres", y hasta parece que ocultando el amor que a Dios tienes, le quieres más...
Nuestra paz en el mundo aumenta a medida que aumenta nuestro silencio.
Oculta a Dios dentro de ti; ten tus ratos de silencio y tu oración, pero que nadie se entere.
Por el alma silenciosa navegan los pensamientos de Dios; y cuanto más silencio, más paz, más serenidad y más facilidad para estar en la presencia del Señor.
Que tu vida sea renuncia, sacrificio, oración y silencio.
Silencio, oración, renuncia y sacrificio con la risa en los labios y paz en el corazón, eso es amor.
Solamente en el silencio se puede vivir, pero no en el silencio de palabras y de obras..., no; es otra cosa muy difícil de explicar... Es el silencio del que quiere mucho, mucho, y no sabe qué decir, ni qué pensar, ni qué desear, ni qué hacer... Sólo Dios allá adentro, muy calladito, esperando, esperando, no sé..., es muy bueno el Señor.
Soledad y silencio es el marco imprescindible a la oración. (
Veo mi camino tan sencillo..., amor de lleno a Dios y silencio con los hombres.
Aprender a contemplar
El camino que lleva a la oración contemplativa es arduo y, por lo general, bastante largo. Recorrerlo con perseverancia exige esfuerzo y puede cansar. Son pocos los que logran alcanzar la cumbre de la contemplación. Pero más reducido aún es el número de los que llegan a disfrutar en plenitud la maravillosa experiencia de una profunda e íntima unión con Dios.
Existen también los amigos privilegiados del Señor. Éstos, por su sabiduría en las cosas de Dios y por su fidelidad a la gracia, consiguen gozar de los frutos de la contemplación tantas cuantas veces quieren.
Precisamente por esa diversidad de dones y de experiencias personales el director espiritual no debe nunca proponer su propia experiencia mística como modelo a seguir por los demás.
Todo el que quiera aprender a contemplar debe saber que tiene que abrirse y preparar su propio camino. El conocimiento previo de la experiencia ajena puede, sin embargo, ser muy útil para la orientación general en esa búsqueda. Pero es totalmente correcto pensar que no hay dos contemplativos cuya vivencia en la experiencia mística sea idéntica. Por eso es siempre peligroso comparar la experiencia espiritual de los demás con la propia. Si tal cosa hiciéramos, podríamos incurrir en un grave error de apreciación.
Es también necesario estar prevenidos contra equívocos y engaños al leer libros que tratan de asuntos o de biografías de ciertos santos. No todo debe ser tomado al pie de la letra en esos ejemplos. No todo lo que allí se dice se puede aplicar a un caso particular. Lo más fácil es que cada uno trate de hacer su descubrimiento personal de la oración contemplativa. Después de este personal descubrimiento, resulta generalmente más fácil repetir la experiencia.
Pedro Finkler - La oración contemplativa
Existen también los amigos privilegiados del Señor. Éstos, por su sabiduría en las cosas de Dios y por su fidelidad a la gracia, consiguen gozar de los frutos de la contemplación tantas cuantas veces quieren.
Precisamente por esa diversidad de dones y de experiencias personales el director espiritual no debe nunca proponer su propia experiencia mística como modelo a seguir por los demás.
Todo el que quiera aprender a contemplar debe saber que tiene que abrirse y preparar su propio camino. El conocimiento previo de la experiencia ajena puede, sin embargo, ser muy útil para la orientación general en esa búsqueda. Pero es totalmente correcto pensar que no hay dos contemplativos cuya vivencia en la experiencia mística sea idéntica. Por eso es siempre peligroso comparar la experiencia espiritual de los demás con la propia. Si tal cosa hiciéramos, podríamos incurrir en un grave error de apreciación.
Es también necesario estar prevenidos contra equívocos y engaños al leer libros que tratan de asuntos o de biografías de ciertos santos. No todo debe ser tomado al pie de la letra en esos ejemplos. No todo lo que allí se dice se puede aplicar a un caso particular. Lo más fácil es que cada uno trate de hacer su descubrimiento personal de la oración contemplativa. Después de este personal descubrimiento, resulta generalmente más fácil repetir la experiencia.
Pedro Finkler - La oración contemplativa
viernes, 22 de abril de 2011
¿Por qué "adorar" la cruz?
Reflexiones para profundizar nuestros gestos religiosos. Colaboración del Pbro. Lic. José Antonio Marcone, VE
¿Por qué
¿Por qué "adorar" la cruz?
Un amigo me hizo las siguientes preguntas: “Dado que la adoración es un acto específico que la creatura dirige sólo a la divinidad, ¿porqué entre los ritos del Viernes Santo está el de la adoración de la Cruz? ¿No se configura como un acto de idolatría? Entonces, ¿porqué usar esta terminología, que aparece como blasfema, contra el clarísimo primer mandamiento de la Biblia? ¿Porqué usar esta terminología que podría desviar a aquella parte del pueblo de Dios que no tiene instrumentos culturales suficientes para comprender que no se trata, en definitiva, de un culto dirigido a un objeto de madera? ¿Cómo nació este uso en la Iglesia Católica? ¿A qué época se remonta? Cada vez que participo en la celebración del Viernes Santo siempre afloran de nuevo estas preguntas. Mentalmente las resuelvo siempre diciéndome que se trata de un acto de veneración”. Para responder estos interrogantes he escrito este pequeño artículo.
1. ¿Qué entendemos por ‘adoración’?
Quiero, ante todo, aclarar la terminología. La palabra adoración es genérica. Deriva del latín ad-orare, cuyo primer sentido es elevar una súplica. Después significa tener veneración por alguien, y de aquí, adorar. Ahora bien, como sucede con toda cosa genérica, requiere la especificación. Cuando la veneración se dirige a Aquel que tiene la excelencia absoluta, es decir, a Dios esta adoración se llama adoración de latría.
Por otro lado, Dios comunica su excelencia a algunas creaturas, aunque no según igualdad con Él, sino según cierta participación. Por eso veneramos a Dios con una veneración particular que llamamos latría, y a ciertas excelentes creaturas con otra veneración que llamamos dulía. Pero es necesario estar muy atentos, porque el honor y la reverencia son debidos solamente a la creatura racional. Por lo tanto, la dulía corresponde solamente a la creatura racional.
En consecuencia, en sentido estricto, tenemos una adoración de latría que es sólo para Dios y una adoración de dulía, para las creaturas. Vemos entonces que el sentido vulgar de la palabra adoración (que coincide con el último sentido de la palabra latina) se identifica con aquello que hemos llamado, con Santo Tomás de Aquino, ‘adoración de latría’.
2. ¿Debemos adorar la cruz de Jesús con adoración de latría?
Santo Tomás se hace esta misma pregunta[1]. Nos referimos a la misma cruz de Jesús, aquella en la cual fue clavado. Esta es la respuesta: la adoración de latría solamente debe ser dirigida a Dios. La dulía (proviene de la palabra griega doûlos que significa siervo) debe ser dirigida solamente a las creaturas racionales. Pero a las creaturas materiales (‘insensibles’, dice Santo Tomás) podemos presentarle honor y obsequio en razón de la naturaleza racional. Esto podemos hacerlo de dos modos: el primer modo es en cuanto la creatura insensible representa a la naturaleza racional; el segundo es en cuanto la creatura insensible está unida a la naturaleza racional.
“De ambos modos debe ser venerada por nosotros la cruz de Jesús –dice Santo Tomás. Del primer modo, en cuanto representa para nosotros la figura de Cristo extendido sobre la cruz. Del segundo modo, a causa del contacto que tuvo la cruz con los miembros de Cristo y porque fue bañada con su sangre. Por lo tanto –continúa diciendo Santo Tomás- de ambos modos la cruz es adorada con la misma adoración que recibe Cristo, es decir, adoración de latría”.
Debemos estar atentos a aquello que dice Santo Tomás. No damos a la cruz (objeto de madera) el culto de latría en cuanto objeto de madera sino en cuanto representa a Cristo y en cuanto estuvo en contacto con su cuerpo y con su sangre, es decir, en razón de Cristo. Esto quiere decir que la adoración de latría va dirigida a Cristo y no a un pedazo de madera. Dice el P. Fuentes respecto a esto: “Evidentemente el concepto clave es aquí la distinción, dentro de la adoración de latría (...), entre latría absoluta y latría relativa: latría absoluta es la que se da a una cosa en sí misma (por ejemplo, a Dios, a Jesucristo, etc.); latría relativa es la que se da a una cosa no por sí misma sino en orden a lo que es representado por ella (las imágenes). Por tanto, si bien la cruz no es adorada con culto de latría absoluta, sí lo es con el de latría relativa”[2].
Ahora bien, ¿qué sucede con las cruces que nosotros tenemos ahora? Estas cruces son imitaciones de la ‘vera cruz’ de Jesús, cruces hechas de piedra, de madera o metal. La respuesta a esta pregunta pienso que aclarará un poco más nuestro tema.
3. ¿Debemos adorar las imágenes de Cristo con adoración de latría?
Partimos del punto que estas cruces de las cuales hablamos no son otra cosa que imágenes de Jesús, es decir, tratan de representar pictóricamente al Dios encarnado, al Verbo hecho hombre. Exponemos la doctrina de Santo Tomás respecto a la actitud que nosotros debemos tener hacia las imágenes pictóricas de Cristo.
Podemos considerar las imágenes en general en dos sentidos. Primero, en cuanto es una cierta cosa, hecha con un material determinado. Segundo, en cuanto es imagen de una realidad, la cual se configura como ejemplar o modelo de dicha imagen. En el primer sentido, esto es, en cuanto es una cosa cualquiera, a las imágenes de Cristo (y también a las cruces hechas actualmente; por ejemplo, de madera esculpida o pintada), no se les debe dar ninguna reverencia, porque solamente debemos dar reverencia a la creatura racional. Por lo tanto, a las imágenes de Cristo (y también a las de los santos), tomadas en este primer sentido, no debe brindárseles ni adoración de latría, ni dulía, ni siquiera veneración.
En el segundo sentido la cosa es diferente. Porque cuando yo me dirijo a una imagen en cuanto representa otra realidad y me la recuerda, no me estoy dirigiendo a la imagen misma sino a la realidad que representa. Es en este sentido que nosotros presentamos honor y obsequio a las imágenes de Cristo (y a las cruces). Por eso, en este sentido, damos a las imágenes de Cristo la misma reverencia y veneración que damos a la persona de Cristo. Y dado que a Cristo lo adoramos con adoración de latría, en consecuencia a su imagen debemos adorarla también con adoración de latría. Para ser más exactos digamos que también a las imágenes de Cristo las adoramos con latría relativa. Esto lo dice San Juan Damasceno bellamente: “Imaginis honor ad prototypum pervenit”, esto es, “el honor dado a una imagen se dirige y llega hasta el prototipo”.
Resumiendo: adoramos las imágenes de Cristo y las cruces en cuanto son símbolos de una realidad ulterior y divina. Por eso dice el Libro Ceremonial de los Obispos: “Entre las imágenes sagradas, la figura de la cruz ‘preciosa y vivificante’ ocupa el primer lugar, porque es el símbolo de todo el misterio pascual. Ninguna imagen más estimada ni más antigua para el pueblo cristiano. Por la Santa Cruz se representa la pasión de Cristo y su triunfo sobre la muerte, y al mismo tiempo anuncia la segunda y gloriosa venida, según la enseñanza de los Santos Padres” (n. 1011).
4. Respuesta puntual a las preguntas
Podemos ahora responder puntualmente a las preguntas puestas al principio de este pequeño artículo.
1) “Dado que la adoración es un acto específico que la creatura dirige sólo a la divinidad, ¿porqué entre los ritos del Viernes Santo está el de la adoración de la Cruz?” Porque la Iglesia quiere que, a través de la cruz, que representa a Cristo y estuvo en contacto con Él, adoremos al que es hombre y Dios. Ella es el “símbolo por antonomasia de la pasión de Jesucristo” y “representa al mismo Jesucristo en el acto de su inmolación. Por eso debe ser adorada con una acto de adoración de ‘latría relativa’ en cuanto imagen de Cristo y por razón del contacto que con Él tuvo”[3].
2) “¿No se configura como un acto de idolatría?” No, porque el culto de latría no va dirigido al pedazo de madera sino a Cristo.
3) “Entonces, ¿porqué usar esta terminología, que aparece como blasfema, contra el clarísimo primer mandamiento de la Biblia?” Esta terminología, teológicamente hablando, es correctísima. Se puede decir con toda propiedad ‘adoración de la cruz’ porque se puede dar culto de latría relativa a un objeto insensible en razón de Cristo, que es Dios.
Respecto al problema bíblico es verdad que el primer mandamiento dice: “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto” (Éx.20,4-5). Pero en realidad “ese precepto no prohíbe hacer alguna escultura o imagen, sino que prohíbe hacerlas para ser adoradas. Por eso se agrega inmediatamente: ‘No te postrarás ante ellas ni les darás culto’ (Éx.20,5). Y dado que el movimiento de adoración que se dirige a la imagen es el mismo que va dirigido y termina en la cosa, al prohibir la adoración de las imágenes lo que se prohíbe es la adoración de la cosa, semejanza de la cual es la imagen. Por lo tanto debe entenderse que ese precepto prohíbe la fabricación y la adoración de las imágenes que los gentiles hacían para adorar a sus dioses, es decir, a los demonios. Por eso, en el mismo paso de la Escritura, antes se dice: ‘No habrá para ti otros dioses delante de mi’ (Éx.20,3)”[4]. Esto que acabamos de decir queda confirmado por el mismo Yahveh cuando manda a Moisés hacer la escultura de dos ángeles para que adornen el arca de la Alianza: “Harás dos querubines de oro macizo; los pondrás en los dos extremos del propiciatorio” (Éx.25,18). Si la prohibición fuese de hacer imágenes en absoluto, el primero en quebrantar dicha prohibición hubiese sido el mismo Dios. El mismo Dios, según vemos en este texto, manda hacer dos esculturas para ser veneradas.
Además hay que tener en cuenta que en el Antiguo Testamento esta prohibición de hacer y adorar imágenes adquiría un sentido especial porque el verdadero Dios se había revelado como un ser espiritual e incorpóreo y, por lo tanto, no era posible hacer alguna imagen corporal que expresara adecuadamente a ese Dios incorpóreo. “Pero dado que en el Nuevo Testamento Dios se hizo hombre, puede ser adorado en su imagen corporal”[5]. Por lo tanto, vemos que ni en el acto de adoración de la cruz ni en la terminología usada para expresarlo hay algo que se oponga a la revelación del Antiguo o del Nuevo Testamento. Al contrario, el Nuevo Testamento, al revelarnos la encarnación de Dios, nos autoriza a adorarlo en su imagen corporal.
4) “¿Porqué usar esta terminología que podría desviar a aquella parte del pueblo de Dios que no tiene instrumentos culturales suficientes para comprender que no se trata, en definitiva, de un culto dirigido a un objeto de madera?” El problema no es la terminología que, como dijimos, es correcta. Tanto la terminología como el tema en sí mismo podría explicarse de tal manera que todos lo entiendan, aún aquellos que tienen menos ‘instrumentos culturales’. Hay muchos misterios en nuestra religión que no son fáciles de entender en el primer intento. Necesitan una explicación llena de ciencia y caridad, es decir, con la capacidad de adaptarse a las condiciones del oyente. Esa es la tarea de los pastores. Precisamente, uno de los problemas más graves de nuestro tiempo, como ya lo hacía notar el Papa Pablo VI[6], es el dramático alejamiento y posterior ruptura entre Evangelio y cultura. Por eso hace falta afrontar una evangelización profunda, que llegue hasta los fundamentos culturales de las distintas sociedades.
5) “¿Cómo nació este uso en la Iglesia Católica? ¿A qué época se remonta?” Pienso, junto con Santo Tomás, que este uso nació de los mismos apóstoles. Lo que Santo Tomás dice respecto a las imágenes de Cristo se puede aplicar, y con mayor razón, a la cruz misma de Cristo. Dice este santo: “Los Apóstoles, por el familiar instinto del Espíritu Santo, transmitieron ciertas cosas a las iglesias para que sean conservadas que no dejaron en sus escritos, sino que las han entregado a la sucesión de los fieles para que sean ordenadas como precepto de la Iglesia. Por eso dice San Pablo: ‘Manteneos firmes y conservad las tradiciones en las cuales fuisteis instruidos, sea por medio de nuestra viva voz (es decir, oralmente), sea por medio de nuestra carta (es decir, transmitido por escrito)’ (2Tes.2,15). Y entre estas tradiciones recibidas oralmente está la de la adoración de la imagen de Cristo. De hecho se dice que San Lucas evangelista (que fue compañero de los apóstoles) pintó una imagen de Cristo, que se encuentra en Roma”[7].
Sin duda que ya las primeras comunidades cristianas adoraban la cruz, como es testigo aquel antiquísimo cántico que se dirige a la cruz como si fuese una persona y le atribuye poder para dar la salvación: O Crux, ave, spes unica. Hoc passionis tempore, auge piis iustitiam, reisque dona veniam. “Ave, oh Cruz, esperanza única. En este tiempo de pasión aumenta la justicia de los santos y a los culpables dales el perdón”. Los Santos Padres de los primeros siglos, como San Agustín y San Juan Damasceno, hablan del rito de la adoración de la cruz como algo ya consolidado en la Iglesia.
En el siglo IV Santa Elena, la madre del emperador Constantino, impulsada por esta devoción a la cruz de Cristo, se empeña en buscarla y la encuentra. Sin duda que este hallazgo de la ‘vera cruz’ habrá estimulado muchísimo la devoción a ella.
¿Por qué
¿Por qué "adorar" la cruz?
Un amigo me hizo las siguientes preguntas: “Dado que la adoración es un acto específico que la creatura dirige sólo a la divinidad, ¿porqué entre los ritos del Viernes Santo está el de la adoración de la Cruz? ¿No se configura como un acto de idolatría? Entonces, ¿porqué usar esta terminología, que aparece como blasfema, contra el clarísimo primer mandamiento de la Biblia? ¿Porqué usar esta terminología que podría desviar a aquella parte del pueblo de Dios que no tiene instrumentos culturales suficientes para comprender que no se trata, en definitiva, de un culto dirigido a un objeto de madera? ¿Cómo nació este uso en la Iglesia Católica? ¿A qué época se remonta? Cada vez que participo en la celebración del Viernes Santo siempre afloran de nuevo estas preguntas. Mentalmente las resuelvo siempre diciéndome que se trata de un acto de veneración”. Para responder estos interrogantes he escrito este pequeño artículo.
1. ¿Qué entendemos por ‘adoración’?
Quiero, ante todo, aclarar la terminología. La palabra adoración es genérica. Deriva del latín ad-orare, cuyo primer sentido es elevar una súplica. Después significa tener veneración por alguien, y de aquí, adorar. Ahora bien, como sucede con toda cosa genérica, requiere la especificación. Cuando la veneración se dirige a Aquel que tiene la excelencia absoluta, es decir, a Dios esta adoración se llama adoración de latría.
Por otro lado, Dios comunica su excelencia a algunas creaturas, aunque no según igualdad con Él, sino según cierta participación. Por eso veneramos a Dios con una veneración particular que llamamos latría, y a ciertas excelentes creaturas con otra veneración que llamamos dulía. Pero es necesario estar muy atentos, porque el honor y la reverencia son debidos solamente a la creatura racional. Por lo tanto, la dulía corresponde solamente a la creatura racional.
En consecuencia, en sentido estricto, tenemos una adoración de latría que es sólo para Dios y una adoración de dulía, para las creaturas. Vemos entonces que el sentido vulgar de la palabra adoración (que coincide con el último sentido de la palabra latina) se identifica con aquello que hemos llamado, con Santo Tomás de Aquino, ‘adoración de latría’.
2. ¿Debemos adorar la cruz de Jesús con adoración de latría?
Santo Tomás se hace esta misma pregunta[1]. Nos referimos a la misma cruz de Jesús, aquella en la cual fue clavado. Esta es la respuesta: la adoración de latría solamente debe ser dirigida a Dios. La dulía (proviene de la palabra griega doûlos que significa siervo) debe ser dirigida solamente a las creaturas racionales. Pero a las creaturas materiales (‘insensibles’, dice Santo Tomás) podemos presentarle honor y obsequio en razón de la naturaleza racional. Esto podemos hacerlo de dos modos: el primer modo es en cuanto la creatura insensible representa a la naturaleza racional; el segundo es en cuanto la creatura insensible está unida a la naturaleza racional.
“De ambos modos debe ser venerada por nosotros la cruz de Jesús –dice Santo Tomás. Del primer modo, en cuanto representa para nosotros la figura de Cristo extendido sobre la cruz. Del segundo modo, a causa del contacto que tuvo la cruz con los miembros de Cristo y porque fue bañada con su sangre. Por lo tanto –continúa diciendo Santo Tomás- de ambos modos la cruz es adorada con la misma adoración que recibe Cristo, es decir, adoración de latría”.
Debemos estar atentos a aquello que dice Santo Tomás. No damos a la cruz (objeto de madera) el culto de latría en cuanto objeto de madera sino en cuanto representa a Cristo y en cuanto estuvo en contacto con su cuerpo y con su sangre, es decir, en razón de Cristo. Esto quiere decir que la adoración de latría va dirigida a Cristo y no a un pedazo de madera. Dice el P. Fuentes respecto a esto: “Evidentemente el concepto clave es aquí la distinción, dentro de la adoración de latría (...), entre latría absoluta y latría relativa: latría absoluta es la que se da a una cosa en sí misma (por ejemplo, a Dios, a Jesucristo, etc.); latría relativa es la que se da a una cosa no por sí misma sino en orden a lo que es representado por ella (las imágenes). Por tanto, si bien la cruz no es adorada con culto de latría absoluta, sí lo es con el de latría relativa”[2].
Ahora bien, ¿qué sucede con las cruces que nosotros tenemos ahora? Estas cruces son imitaciones de la ‘vera cruz’ de Jesús, cruces hechas de piedra, de madera o metal. La respuesta a esta pregunta pienso que aclarará un poco más nuestro tema.
3. ¿Debemos adorar las imágenes de Cristo con adoración de latría?
Partimos del punto que estas cruces de las cuales hablamos no son otra cosa que imágenes de Jesús, es decir, tratan de representar pictóricamente al Dios encarnado, al Verbo hecho hombre. Exponemos la doctrina de Santo Tomás respecto a la actitud que nosotros debemos tener hacia las imágenes pictóricas de Cristo.
Podemos considerar las imágenes en general en dos sentidos. Primero, en cuanto es una cierta cosa, hecha con un material determinado. Segundo, en cuanto es imagen de una realidad, la cual se configura como ejemplar o modelo de dicha imagen. En el primer sentido, esto es, en cuanto es una cosa cualquiera, a las imágenes de Cristo (y también a las cruces hechas actualmente; por ejemplo, de madera esculpida o pintada), no se les debe dar ninguna reverencia, porque solamente debemos dar reverencia a la creatura racional. Por lo tanto, a las imágenes de Cristo (y también a las de los santos), tomadas en este primer sentido, no debe brindárseles ni adoración de latría, ni dulía, ni siquiera veneración.
En el segundo sentido la cosa es diferente. Porque cuando yo me dirijo a una imagen en cuanto representa otra realidad y me la recuerda, no me estoy dirigiendo a la imagen misma sino a la realidad que representa. Es en este sentido que nosotros presentamos honor y obsequio a las imágenes de Cristo (y a las cruces). Por eso, en este sentido, damos a las imágenes de Cristo la misma reverencia y veneración que damos a la persona de Cristo. Y dado que a Cristo lo adoramos con adoración de latría, en consecuencia a su imagen debemos adorarla también con adoración de latría. Para ser más exactos digamos que también a las imágenes de Cristo las adoramos con latría relativa. Esto lo dice San Juan Damasceno bellamente: “Imaginis honor ad prototypum pervenit”, esto es, “el honor dado a una imagen se dirige y llega hasta el prototipo”.
Resumiendo: adoramos las imágenes de Cristo y las cruces en cuanto son símbolos de una realidad ulterior y divina. Por eso dice el Libro Ceremonial de los Obispos: “Entre las imágenes sagradas, la figura de la cruz ‘preciosa y vivificante’ ocupa el primer lugar, porque es el símbolo de todo el misterio pascual. Ninguna imagen más estimada ni más antigua para el pueblo cristiano. Por la Santa Cruz se representa la pasión de Cristo y su triunfo sobre la muerte, y al mismo tiempo anuncia la segunda y gloriosa venida, según la enseñanza de los Santos Padres” (n. 1011).
4. Respuesta puntual a las preguntas
Podemos ahora responder puntualmente a las preguntas puestas al principio de este pequeño artículo.
1) “Dado que la adoración es un acto específico que la creatura dirige sólo a la divinidad, ¿porqué entre los ritos del Viernes Santo está el de la adoración de la Cruz?” Porque la Iglesia quiere que, a través de la cruz, que representa a Cristo y estuvo en contacto con Él, adoremos al que es hombre y Dios. Ella es el “símbolo por antonomasia de la pasión de Jesucristo” y “representa al mismo Jesucristo en el acto de su inmolación. Por eso debe ser adorada con una acto de adoración de ‘latría relativa’ en cuanto imagen de Cristo y por razón del contacto que con Él tuvo”[3].
2) “¿No se configura como un acto de idolatría?” No, porque el culto de latría no va dirigido al pedazo de madera sino a Cristo.
3) “Entonces, ¿porqué usar esta terminología, que aparece como blasfema, contra el clarísimo primer mandamiento de la Biblia?” Esta terminología, teológicamente hablando, es correctísima. Se puede decir con toda propiedad ‘adoración de la cruz’ porque se puede dar culto de latría relativa a un objeto insensible en razón de Cristo, que es Dios.
Respecto al problema bíblico es verdad que el primer mandamiento dice: “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto” (Éx.20,4-5). Pero en realidad “ese precepto no prohíbe hacer alguna escultura o imagen, sino que prohíbe hacerlas para ser adoradas. Por eso se agrega inmediatamente: ‘No te postrarás ante ellas ni les darás culto’ (Éx.20,5). Y dado que el movimiento de adoración que se dirige a la imagen es el mismo que va dirigido y termina en la cosa, al prohibir la adoración de las imágenes lo que se prohíbe es la adoración de la cosa, semejanza de la cual es la imagen. Por lo tanto debe entenderse que ese precepto prohíbe la fabricación y la adoración de las imágenes que los gentiles hacían para adorar a sus dioses, es decir, a los demonios. Por eso, en el mismo paso de la Escritura, antes se dice: ‘No habrá para ti otros dioses delante de mi’ (Éx.20,3)”[4]. Esto que acabamos de decir queda confirmado por el mismo Yahveh cuando manda a Moisés hacer la escultura de dos ángeles para que adornen el arca de la Alianza: “Harás dos querubines de oro macizo; los pondrás en los dos extremos del propiciatorio” (Éx.25,18). Si la prohibición fuese de hacer imágenes en absoluto, el primero en quebrantar dicha prohibición hubiese sido el mismo Dios. El mismo Dios, según vemos en este texto, manda hacer dos esculturas para ser veneradas.
Además hay que tener en cuenta que en el Antiguo Testamento esta prohibición de hacer y adorar imágenes adquiría un sentido especial porque el verdadero Dios se había revelado como un ser espiritual e incorpóreo y, por lo tanto, no era posible hacer alguna imagen corporal que expresara adecuadamente a ese Dios incorpóreo. “Pero dado que en el Nuevo Testamento Dios se hizo hombre, puede ser adorado en su imagen corporal”[5]. Por lo tanto, vemos que ni en el acto de adoración de la cruz ni en la terminología usada para expresarlo hay algo que se oponga a la revelación del Antiguo o del Nuevo Testamento. Al contrario, el Nuevo Testamento, al revelarnos la encarnación de Dios, nos autoriza a adorarlo en su imagen corporal.
4) “¿Porqué usar esta terminología que podría desviar a aquella parte del pueblo de Dios que no tiene instrumentos culturales suficientes para comprender que no se trata, en definitiva, de un culto dirigido a un objeto de madera?” El problema no es la terminología que, como dijimos, es correcta. Tanto la terminología como el tema en sí mismo podría explicarse de tal manera que todos lo entiendan, aún aquellos que tienen menos ‘instrumentos culturales’. Hay muchos misterios en nuestra religión que no son fáciles de entender en el primer intento. Necesitan una explicación llena de ciencia y caridad, es decir, con la capacidad de adaptarse a las condiciones del oyente. Esa es la tarea de los pastores. Precisamente, uno de los problemas más graves de nuestro tiempo, como ya lo hacía notar el Papa Pablo VI[6], es el dramático alejamiento y posterior ruptura entre Evangelio y cultura. Por eso hace falta afrontar una evangelización profunda, que llegue hasta los fundamentos culturales de las distintas sociedades.
5) “¿Cómo nació este uso en la Iglesia Católica? ¿A qué época se remonta?” Pienso, junto con Santo Tomás, que este uso nació de los mismos apóstoles. Lo que Santo Tomás dice respecto a las imágenes de Cristo se puede aplicar, y con mayor razón, a la cruz misma de Cristo. Dice este santo: “Los Apóstoles, por el familiar instinto del Espíritu Santo, transmitieron ciertas cosas a las iglesias para que sean conservadas que no dejaron en sus escritos, sino que las han entregado a la sucesión de los fieles para que sean ordenadas como precepto de la Iglesia. Por eso dice San Pablo: ‘Manteneos firmes y conservad las tradiciones en las cuales fuisteis instruidos, sea por medio de nuestra viva voz (es decir, oralmente), sea por medio de nuestra carta (es decir, transmitido por escrito)’ (2Tes.2,15). Y entre estas tradiciones recibidas oralmente está la de la adoración de la imagen de Cristo. De hecho se dice que San Lucas evangelista (que fue compañero de los apóstoles) pintó una imagen de Cristo, que se encuentra en Roma”[7].
Sin duda que ya las primeras comunidades cristianas adoraban la cruz, como es testigo aquel antiquísimo cántico que se dirige a la cruz como si fuese una persona y le atribuye poder para dar la salvación: O Crux, ave, spes unica. Hoc passionis tempore, auge piis iustitiam, reisque dona veniam. “Ave, oh Cruz, esperanza única. En este tiempo de pasión aumenta la justicia de los santos y a los culpables dales el perdón”. Los Santos Padres de los primeros siglos, como San Agustín y San Juan Damasceno, hablan del rito de la adoración de la cruz como algo ya consolidado en la Iglesia.
En el siglo IV Santa Elena, la madre del emperador Constantino, impulsada por esta devoción a la cruz de Cristo, se empeña en buscarla y la encuentra. Sin duda que este hallazgo de la ‘vera cruz’ habrá estimulado muchísimo la devoción a ella.
martes, 12 de abril de 2011
No juzguemos a nuestros hermanos
… Los Padres han dicho: “No existe nada peor que el juzgar” . Y sin embargo, es por aquellas cosas que llamamos de poca importancia por lo que llegamos a un mal tan grande. Si aceptamos cualquier leve sospecha sobre nuestro prójimo, comenzamos a pensar: ” ¿Qué importancia tiene el escuchar lo que dice tal hermano? ¿Y si yo lo dijera también? ¿Qué importa si observo lo que este hermano o este extraño va a hacer? “. Y el espíritu comienza a olvidarse de sus propios pecados y a ocuparse del prójimo.
De ahí vienen los juicios, maledicencias y desprecios y finalmente caemos nosotros mismos en las faltas que condenamos. Cuando descuidamos nuestras propias miserias, cuando no lloramos nuestro propio muerto, según la expresión de los Padres, no podemos corregirnos en absoluto sino más bien nos ocupamos constantemente del prójimo.
Ahora bien, nada irrita más a Dios, nada despoja más al hombre y lo conduce al abandono, que el hecho de criticar al prójimo, de juzgarlo o maldecirlo.
Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se lo ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión.
Juzgar es decir: tal es mentiroso, colérico o fornicador. Aquí juzgamos la disposición misma de su alma y nos pronunciamos sobre su vida entera al decir que es así y lo juzgamos como tal. Y es cosa grave. Porque una cosa es decir: se ha encolerizado, y otra: es colérico, pronunciándose así sobre su vida entera. Juzgar sobrepasa en gravedad todo pecado, a tal punto que Cristo mismo ha dicho: Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc 6, 42).
Ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga; así de grave es juzgar, más grave quizá que cualquier otro pecado que podamos cometer. El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones no mentía, decía la verdad; no es por eso por lo que fue condenado. En efecto, debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar, puesto que lo hacemos con su asistencia y su ayuda. Luego, no fue condenado por haber dicho: No soy como los otros hombres (Lc 18, 11). No, fue condenado cuando, vuelto hacia el publicano, agregó: ni como ese publicano. Entonces fue gravemente culpable, porque juzgaba a la persona misma de ese publicano, la disposición misma de su alma, en una palabra su vida entera. Y así el publicano se alejó justificado, mientras que él no.
No existe nada más grave, más enojoso, lo vuelvo a repetir, que juzgar o despreciar al prójimo. ¿Por qué más bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Por qué usurpar el juicio de Dios? ¿Cómo nos permitimos exigir a su creatura? ¿No deberíamos temblar oyendo lo que le sucedió a aquel gran Anciano, que al enterarse de que un hermano había caído en fornicación dijo de él: ” ¡Oh! ¡Qué mal ha cometido!”? ¿No conocen la temible historia que refiere al respecto el libro de los Ancianos ? Un santo ángel llevó ante él el alma del culpable y le dijo: “Aquel que juzgaste ha muerto. ¿Dónde quieres que lo conduzca: al reino o al suplicio?” ¿Qué hay más terrible que esta responsabilidad? Porque las palabras del ángel al Anciano no quieren decir otra cosa que: “Puesto que eres tú el juez de justos y pecadores, dame tus órdenes con respecto a esta pobre alma. ¿La perdonas? ¿Quieres castigarla?”…
de Abba Doroteo de Gaza
De ahí vienen los juicios, maledicencias y desprecios y finalmente caemos nosotros mismos en las faltas que condenamos. Cuando descuidamos nuestras propias miserias, cuando no lloramos nuestro propio muerto, según la expresión de los Padres, no podemos corregirnos en absoluto sino más bien nos ocupamos constantemente del prójimo.
Ahora bien, nada irrita más a Dios, nada despoja más al hombre y lo conduce al abandono, que el hecho de criticar al prójimo, de juzgarlo o maldecirlo.
Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se lo ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión.
Juzgar es decir: tal es mentiroso, colérico o fornicador. Aquí juzgamos la disposición misma de su alma y nos pronunciamos sobre su vida entera al decir que es así y lo juzgamos como tal. Y es cosa grave. Porque una cosa es decir: se ha encolerizado, y otra: es colérico, pronunciándose así sobre su vida entera. Juzgar sobrepasa en gravedad todo pecado, a tal punto que Cristo mismo ha dicho: Hipócrita, sácate primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc 6, 42).
Ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga; así de grave es juzgar, más grave quizá que cualquier otro pecado que podamos cometer. El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones no mentía, decía la verdad; no es por eso por lo que fue condenado. En efecto, debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar, puesto que lo hacemos con su asistencia y su ayuda. Luego, no fue condenado por haber dicho: No soy como los otros hombres (Lc 18, 11). No, fue condenado cuando, vuelto hacia el publicano, agregó: ni como ese publicano. Entonces fue gravemente culpable, porque juzgaba a la persona misma de ese publicano, la disposición misma de su alma, en una palabra su vida entera. Y así el publicano se alejó justificado, mientras que él no.
No existe nada más grave, más enojoso, lo vuelvo a repetir, que juzgar o despreciar al prójimo. ¿Por qué más bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Por qué usurpar el juicio de Dios? ¿Cómo nos permitimos exigir a su creatura? ¿No deberíamos temblar oyendo lo que le sucedió a aquel gran Anciano, que al enterarse de que un hermano había caído en fornicación dijo de él: ” ¡Oh! ¡Qué mal ha cometido!”? ¿No conocen la temible historia que refiere al respecto el libro de los Ancianos ? Un santo ángel llevó ante él el alma del culpable y le dijo: “Aquel que juzgaste ha muerto. ¿Dónde quieres que lo conduzca: al reino o al suplicio?” ¿Qué hay más terrible que esta responsabilidad? Porque las palabras del ángel al Anciano no quieren decir otra cosa que: “Puesto que eres tú el juez de justos y pecadores, dame tus órdenes con respecto a esta pobre alma. ¿La perdonas? ¿Quieres castigarla?”…
de Abba Doroteo de Gaza
viernes, 1 de abril de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
¿Cómo llegar al silencio interior?
A veces permanecemos en silencio, pero en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginario o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz supone una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad.» Hacer silencio es reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. Hacer silencio es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones.
La agitación de nuestros pensamientos se puede comparar a la tempestad que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía. También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Marcos 4).
Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios. Un salmo sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. Leemos habitualmente el primer versículo del salmo 65: «Oh Dios, tú mereces un himno». Esta traducción sigue la versión griega, pero el hebreo lee en la mayor parte de las Biblias: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza.» Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración.
Comprendí en la soledad y el silencio,
Comprendí en la soledad y el silencio, que la ausencia hace presencia del nosotros en aquellos que estamos en comunión de exigencias.
Los otros ya no son ellos sino nosotros.
El silencio es fuente comunicante de amor hacia los que amamos y fluye como Agua Viva en EL Cuerpo MISTICO DE CRISTO.
EL Silencio es Amor y plenitud del ser en el gozo del espíritu.
retiro Monasterio trapense
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Comprendí en la soledad y el silencio
lunes, 14 de marzo de 2011
Este blog tiene su espacio en la radio. Escucha y participa los sabados en el Corazon morada de Dios. Oracion y Silencio interior
Los espero a todos con amor. Ojala podamos comunicarnos y asi conocernos mas y profundizar en el Amor a Dios, y todo lo que quieran compartir. Los espero con sus mensajes y propuestas a traves del facebook, msn, y si alguien quiere salir al aire en la radio debe bajar el programa spyke y agregarme psicologaadrianataccone.
España las 19:00
Buenos aires : 15:00
Puerto Rico : 14:00
Caracas : 14:00
Bogotá: 13:00
Lima:13:00
Santiago: 14:00
Sao paulo:15:00
Rio de janeiro:15;00
Mexico:12:00
Bolivia : 13.00
un abrazo
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un abrazo
martes, 8 de marzo de 2011
Consejos generales para vivir la castidad
La castidad es uno de los votos que profesan los religiosos y los consagrados dentro de la Iglesia, además de los votos de pobreza y obediencia. Con estos votos, los religiosos y consagrados (sacerdotes, hermanos, monjas, laicos consagrados) expresan públicamente que quieren ser totalmente de Dios y que están dispuestos –por el Reino de los Cielos– a renunciar a las tres dimensiones fundamentales de la existencia humana como son el deseo de perpetuarse en una familia, actuar autónoma e independientemente y poseer bienes propios.
Sin embargo, estos votos sólo se entienden a la luz de Cristo y de la novedad de vida que Cristo nos vino a traer. Jesucristo es el religioso por excelencia: Él está totalmente dedicado –consagrado– a las cosas del Padre y su único deseo es que Dios sea conocido, amado y alabado por los hombres, sin otra posesión, sin otro deseo que no sea el Reino de Dios.
Ahora bien, la castidad no es sólo un voto, es decir, una promesa solemne. La castidad es una realidad que atañe a todos los hombres y mujeres, porque es la virtud que regula el uso adecuado y responsable de la sexualidad y de la afectividad. Y esto nos toca a todos. Un religioso vivirá esta virtud en un modo concreto y según unas exigencias diversas del soltero o de las personas unidas en matrimonio. Pero todos estamos llamados a ejercitarnos en la virtud de la castidad. Existe una castidad del religioso, una castidad del soltero y una castidad del casado. Los consejos que se ofrecen a continuación valen en mayor o menor medida para todos. Toca a cada cual hacer la adaptación para la propia vida.
Los consejos generales para vivir la castidad son cinco: orden, conciencia, aprecio, fomento y cuidado. Expresaré los consejos del modo más esquemático posible.
Primer consejo: el orden
Para vivir la castidad –tanto en el celibato como en el matrimonio– es necesario el orden en la propia vida. Ahora bien, hay diversos tipos de orden:
1. Orden “teológico”: primero Dios, después las creaturas. El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas está dirigido a todos los hombres y no sólo a los religiosos. El amor a Dios ha de ser la principal preocupación de la vida. Esto significa no anteponer nada al amor de Dios: la Voluntad de Dios está antes que mi propia voluntad; el Plan de Dios sobre mi vida antes que mis planes personales; primero las cosas de Dios que mis cosas. Primero Dios y después los amigos; primero el domingo y después los demás días de la semana. Vivir constantemente en su presencia, buscando pequeños pero significativos actos de amor a Dios. En el fondo, la vida de todo hombre es una búsqueda de Dios.
2. Orden “vertical”: primero el cielo y después la tierra. Por lo tanto, hemos de aspirar al cielo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Por culpa del marxismo, del consumismo y de otras ideologías terrenas, nos hemos olvidado de pensar en el cielo como una realidad cierta que nos espera. Estamos demasiado preocupados por nuestro éxito temporal, demasiado copados por compromisos mundanos, demasiado comprometidos con quehaceres meramente circunstanciales, queremos a toda costa disfrutar de esta tierra… y nos olvidamos de que esta vida es sólo un preludio de la vida verdadera. La vida es un punto en medio de la eternidad. Esto no significa despreciar las cosas buenas que ofrece la vida, sino “ordenar” todo al cielo, que es nuestro único destino. Hemos sido creados para el cielo. La castidad sólo se entiende a la luz de la eternidad. Hay una expresión latina que reza: “quid hoc ad aeternitatem”, ¿qué es todo esto a la luz de la eternidad? ¿Qué son los placeres indignos y momentáneos a la luz de la eternidad? En conclusión: “Sólo Dios es Dios. Lo demás es ‘lo de menos’”.
3. Orden “temporal”: es necesario tener un orden en el uso de nuestro tiempo. Tener muchas cosas interesantes que hacer: oración, trabajo, comidas, merecido descanso, intereses personales… La ociosidad es la madre de todos los vicios, y nuestra sociedad actual es especialista en ofrecer toda clase de salidas frívolas y raquíticas a la ociosidad. En concreto: si es necesario entrar en Internet, que sea sólo para lo que hay que hacer y no andar “navegando” a ver “qué veo”, perdiendo miserablemente el tiempo y poniendo en riesgo la castidad. Por lo demás, esta vida es para construir algo que nos podamos llevar al más allá, al cielo. Empeñemos pues nuestra vida, no en vanidades y caprichos efímeros, cuanto menos en pecado y desenfreno, sino en grandes proyectos al servicio de los demás.
4. Orden “interior”: la persona humana es un “espíritu encarnado”, es una especie muy extraña en la creación. No es un ángel, pero tampoco una bestia. Es un ser “multidimensional”: tiene razón y voluntad, libertad, sentimientos, potencias y pasiones, etc. En esta diversidad humana hay una jerarquía, un orden en las dimensiones. En primer lugar, como dimensión rectora, está la razón iluminada e instruida por la fe. La razón debe regir a todas las demás pasiones y potencias. La virtud de la castidad es una disposición de la voluntad que nos lleva a actuar según los dictámenes de la razón en cuanto al uso ordenado de las potencias sexuales y afectivas. La castidad no significa en primer lugar represión, sino “promoción ordenada” y “moderación razonable” y es la razón, abierta a la Voluntad de Dios, la que indica cuándo se tiene que promover y cuándo se tiene que moderar.
5. Orden “afectivo”: si el primer mandamiento dice amar a Dios, éste se debe unir al “amar al prójimo como a sí mismo”. Ahora bien, también hay un orden en el “amor al prójimo”. Hay un orden en cuanto a las personas y un orden en cuanto a las manifestaciones del amor. En primer lugar debo amar a aquellos que están más próximos a mí: mi familia, mi mujer y mis hijos (si estoy casado), mis padres, mis amigos, etc. En segundo lugar, mi afecto se debe regir por este orden: las manifestaciones del amor entre esposos son específicas y difieren en cuanto al modo en las manifestaciones de amor entre hermanos y entre amigos. Este orden se debe establecer también en relación con el estado de vida que se ha escogido: si soy sacerdote, mi trato con las personas estará marcado por la consagración que he hecho de mi vida y de mi cuerpo al único amor de Cristo, lo mismo ocurre con una religiosa. Quien está casado tiene que comportarse con las personas de otro sexo, no como quien está buscando pareja, o como quien quiere “romper corazones”, sino como quien está comprometido a un amor exclusivo que ha de durar toda la vida. El joven debe comportarse con su novia de un modo diverso que el marido con su mujer, precisamente porque es novio y no esposo.
Segundo consejo: Conciencia
Tenemos que saber qué es bueno y qué es malo, “llamar al pan, pan y al vino, vino”, y estar convencidos de que seguir la conciencia rectamente formada es lo mejor para nosotros. La conciencia es un faro que ilumina la vida. Puede ser que no siempre tenga la fuerza para seguirla, pero el faro estará siempre allí avisándome de lo que debo hacer, y exigiéndome fidelidad. En el cultivo de la virtud de la castidad esto es esencial.
A causa de las modas imperantes y del desenfreno moral, que se eleva a ideal de vida, sentimos en nuestro corazón la dificultad de vivir la castidad. Esta dificultad real puede llevarnos a considerar que no vale la pena luchar, que es mejor vivir “feliz” según los criterios del mundo que seguir a un Dios desconocido que nos “impone” reprimir nuestros impulsos espontáneos. Es decir, la pasión nos puede llevar a justificar los actos desordenados. Es aquí donde la conciencia tiene que ser faro y decir lo que es bueno y lo que no es bueno. Mientras no se corrompa la conciencia, siempre es posible corregir y superarse.
Aquí tenemos que ser muy honestos: ¿conozco la ley moral? ¿Conozco qué es lo que Dios me pide en cuanto soltero? ¿Quiero seguir mi conciencia o prefiero amordazarla, engañándome a mí mismo con sofismas? Es preciso recordar aquí el adagio: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”; es decir, si traicionamos la voz de la conciencia –que no es otra que la voz de Dios que habla desde el interior– acabaremos por justificar lo injustificable, haciendo pasar hasta “un camello por el ojo de una aguja” (cf. Mt. 19,24).
Para formar la conciencia hay que acudir a los maestros que realmente nos puedan instruir en la verdad. Los medios de comunicación –grandes formadores (o deformadores) de la opinión pública– no son, la mayoría de los casos, buenos consejeros. Ellos son muchas veces los principales promotores de la cultura imperante. Acudamos más bien a personas instruidas y sensatas que puedan ayudarnos, corregirnos, decirnos las cosas claras, sin “dorar la píldora”. Acudamos sobre todo a la Palabra de Dios. Repitamos muchas veces el salmo 119: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.
Tercer consejo: Aprecio
1. Aprecio por la virtud en general. Vivimos en una sociedad de mínimos: ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para divertirme sin pecar? ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para hacer lo que me pega la gana sin traicionar la conciencia? No. El cristianismo no puede vivir de mínimos. Muchas veces en la sociedad civil nos podemos regir por la moral de lo mínimo: ¿cuánto es lo mínimo que tengo que pagar con los impuestos? Nunca iré a hacer la declaración de hacienda, diciendo: “oiga, le doy más de lo que me pide porque veo que es necesario para tapar los agujeros de la carretera”. Más bien actúo así: si tengo que trabajar seis horas al día, trabajo seis horas y basta. Esto es lo mínimo que tengo que hacer.
Esto puede valer para la sociedad civil. Pero no vale para quien se declara discípulo de Jesucristo. Veamos su ejemplo: Cristo no hizo lo mínimo para salvarnos, hubiera sido un redentor bastante raquítico. No. Por el contrario, Él entregó toda su sangre por cada uno de nosotros. En el evangelio de san Juan está escrito: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn. 13,1), y ese extremo fue la pasión, la cruz, la muerte y la resurrección. El modelo del cristiano – y su vía de auténtica felicidad – es Cristo y no el “fresco” dandy que se la pasa disfrutando haciendo slalom con las normas, sacándoles la vuelta.
2. Aprecio por la virtud de la castidad. La castidad es una virtud austera, que exige renuncia y en cuanto tal, es difícil de practicar. A muchos parece imposible de vivir e incluso nociva. Pero tenemos que fijarnos en la dimensión positiva de la castidad: es decir, la entrega del corazón a Jesucristo y el orden en el ejercicio de la sexualidad. En cuanto cristiano – soltero, casado y, cuanto más religioso o sacerdote – mi corazón pertenece a Cristo. En cuanto hombre cabal, debo someter mi pasión sexual al imperio de la razón, pues es más hombre quien controla sus pasiones que el que se deja dominar por ellas.
Apreciar la virtud de la castidad es verla como un ideal por el cual vale la pena luchar: sea que tenga intención de casarme, el ideal de poder llegar al matrimonio con un corazón limpio, que ha sabido ser fiel al amor de su vida y que sabrá en el matrimonio subordinar el sexo al amor espiritual. Sea que opte por la castidad “por el Reino de los Cielos” (Mt. 19,12). Sea incluso en el caso de que uno no logre casarse y se vea obligado a vivir en castidad en razón de las circunstancias.
En este caso es necesario “hacer de la necesidad virtud”; es decir, el no poder casarse no es el peor mal de la vida, que habría de conducir al célibe fatalmente a la pérdida del sentido de la vida, al fracaso y a la frustración existencial. Esto no es así. Si Cristo y María, su Madre castísima, vivieron el ideal de la virginidad, sería un absurdo creer que la castidad es una desgracia en la vida. Tantos santos, tantos hombres de bien han optado libremente o a causa de las circunstancias a vivir la castidad, y su vida ha sido un camino de realización plena.
3. Aprecio por la belleza del amor humano: quienes viven la castidad por el Reino de los Cielos, no lo hacen por deporte o porque tengan una visión negativa del amor humano. El religioso o la consagrada no han dejado algo malo (el matrimonio y lo que ello conlleva) por algo bueno (la castidad en sí misma, considerada como fin y no como medio). No. Vivir la castidad consagrada es renunciar a algo bueno y santo, por algo mejor: el amor y la donación total a Jesucristo. El uso de la sexualidad dentro del matrimonio no es un pecado, sino que ha sido creado por Dios para que dos personas puedan manifestarse el amor en la donación íntima del propio cuerpo, y abiertos a la llegada de los hijos. La virtud de la castidad lleva a los esposos a hacer del acto conyugal un auténtico acto de caridad sobrenatural. Si una persona viviera la castidad como rechazo y desprecio de la dimensión sexual del amor, no sería una persona virtuosa, sino todo lo contrario.
Cuarto consejo: Fomento
Si realmente tengo aprecio sincero por algo, busco incrementarlo. Si tengo un negocio que me está dando ganancias, invierto para que me dé todavía más ganancias. No lo abandono, no me despreocupo de él. Es la ley del éxito de una empresa. Pasa exactamente lo mismo con la castidad. He dicho que la castidad es una virtud no sólo para los religiosos o monjas (que se comprometen bajo voto público), sino para todo cristiano – para todo ser humano digno – sea célibe o casado. Fomentar la castidad es promover todo lo que sea la consideración de la belleza del amor. ¿Qué significa esto?
1. Llenar el corazón de nobles ideales. Desear ser como Cristo que – como dice san Pedro – pasó haciendo el bien (cf. Hch. 10,38). ¿Qué más puedo hacer? Esta ha de ser nuestra pregunta cotidiana.
2. Lecturas que nos ayuden a vivir la virtud. No se trata de leer libros sobre la castidad, sino leer mucho sobre la vida cristiana. Sobre todo la lectura de la vida de santos es un estímulo. Leyendo las vidas de santos sentimos cómo nuestro corazón se llena de deseos de imitación, pues ellos son hombres como nosotros y tuvieron que luchar como nosotros para alcanzar las virtudes.
3. Vida de Sacramentos:
a. La confesión como un encuentro íntimo con la misericordia de Dios. Si supiéramos qué misterio subyace al sacramento de la penitencia, seríamos asiduos clientes del sacerdote. Confesarnos cuando hemos caído es importante, pues en la confesión recibimos la gracia perdida y volvemos a ser hijos amados de Dios. ¡Cuánto gozo habrá sentido el joven rico cuando su Padre lo estrechó entre sus brazos! (cf. Lc. 15). Si no hemos pecado gravemente y sólo tenemos pecados veniales, la confesión nos da un incremento de gracia y la fuerza para ser fiel a nuestros ideales cristianos. Además, la confesión es un gimnasio de humildad: sin Dios no podemos ser fieles, no podemos ser castos, ni en el matrimonio ni en la vida consagrada…
b. Eucaristía: el Pan Purísimo bajado del cielo. Recibir frecuentemente a Cristo Eucaristía será un estímulo para mantener el corazón limpio de impurezas y pecados.
c. Cultivo de las virtudes teologales, en especial de la virtud de la esperanza. ¿Qué significa la esperanza? Es la certeza, que me viene de la fe, de que Dios va a ser fiel a sus promesas y me dará el cielo. Lo dice san Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18). Si yo me esfuerzo por vivir castamente, aunque sea difícil, aunque signifique renunciar a mi “modus vivendi”, aunque signifique cruz y abnegación, estoy dispuesto a luchar porque sé – tengo absoluta certeza – de que Jesús, que subió al cielo para prepararme una morada, está reservándome un tesoro en el cielo.
Quinto consejo: Cuidado
Esto es de sentido común. Huir de las ocasiones de caída. De acuerdo con san Francisco de Sales (citado en el libro de J. Tissot, “El arte de aprovechar nuestras faltas”) hay dos tentaciones que se vencen huyendo: las tentaciones contra la fe y las tentaciones contra la castidad. Si yo sé que ciertas compañías, que ciertos ambientes, que ciertas personas pueden hacerme naufragar, ¿para qué hacerme el “inocente” y creer que no pasa nada? Esto, sin embargo, sólo se entiende a la luz de los primeros principios vistos arriba: si yo aprecio el don de un corazón puro, si yo sé que todo es relativo de cara a la eternidad, entonces voy a actuar en consecuencia. No me voy a exponer a perder la gracia de Dios, que es lo más grande que poseo. En concreto:
1. Cuidar los ambientes: siempre será mejor no frecuentar aquellos lugares en donde sabemos que pueden naufragar los propósitos de fidelidad. Hay algunos lugares que en sí mismos son pecaminosos. No se debe acudir a espectáculos o casas en donde se fomente el vicio. Esto es obvio. Hay otros lugares que serán peligrosos, no en sí mismos, sino de acuerdo con la propia sensibilidad o con la situación existencial en la que se vive. El criterio fundamental para discernir es la honestidad: “yo sé que acudir a esta fiesta me causa problemas... pues no acudo, hago otra cosa”. En la medida de lo posible habría que evitar esos ambientes, aunque no siempre sea posible.
2. Cuidado de la vista: todo lo que entra por los ojos penetra en el corazón. A veces nos angustiamos por las tentaciones que nos azotan y nos preguntamos por qué no podemos ser fieles y puros como ángeles, por qué tenemos que luchar contra las mismas caídas, los mismos pecados, etc. Preguntémonos más bien: ¿qué miro? ¿A dónde se me van los ojos? ¿Dónde se fija mi mirada cuando miro a una mujer o a un hombre? ¿En qué “región” de la “geografía humana” se detienen mis ojos? Es necesario, por tanto, disciplinar nuestra mirada para fijarla sólo en aquello que vale la pena. En concreto:
a. Evitar siempre la pornografía. El cuerpo humano en sí mismo considerado es bello, sea femenino o masculino, porque ha sido creado por Dios. Cuando Dios creó a Adán y Eva, el escritor sagrado escribe: “Y Dios vio que era muy bueno”. Un ojo puro no pone maldad donde no la hay. Por el contrario, la pornografía busca siempre la excitación de las pasiones, las más de las veces por motivos económicos, utilizando a las personas como objeto de deleite sexual. El cuerpo del “otro” es siempre y sólo sujeto, nunca objeto.
b. Hoy en día el acceso a la pornografía es sumamente fácil: basta abrir Internet para encontrar todo tipo de imágenes eróticas. Aun cuando se proteja el acceso a través de un filtro – que siempre es recomendable –, es fácil que se cuelen las imágenes, a veces en páginas que nada tienen que ver con el erotismo. En muchos portales, entre el amplio espectro de accesos, no puede faltar nunca el link para “mayores de edad”.
c. Cuidado con la vista en la contemplación de personas de otro sexo. Hay sujetos que cuando ven pasar a una mujer hacen todo un análisis de geografía humana. Esta falta de control lleva después a llenar el corazón de “toxinas espirituales”, a crear una mentalidad que se detiene sólo en el cuerpo del otro, sin atender al corazón.
3. Cuidado del tacto:
a. Atención a las manifestaciones de afecto demasiado íntimas que podrían llevar a faltar a la castidad. Vale aquí la expresión del P. Jorge Loring sobre el baile: ciertamente importa la intención del sujeto, también la intención de la sujeta, pero sobre todo importa “cómo el sujeto sujete a la sujeta”. En el matrimonio hay una donación de alma y de cuerpo, por lo que el cuerpo ya no pertenece a sí sino a otra persona. Es una donación mutua y es una posesión determinada sólo por el amor y jamás por el dominio, precisamente porque no se trata sólo de un cuerpo, sino de un cuerpo espiritualizado. Por ello, “tocar” el cuerpo de la otra persona, sobre todo sus partes íntimas, es hacer un abuso, pues esta posibilidad compete sólo a su “dueño”, es decir, al esposo o a la esposa.
b. El cuidado del tacto se refiere también al propio cuerpo. Desde el punto de vista de la fe, mi cuerpo es templo del Espíritu y, por la gracia, la Santísima Trinidad habita en mi cuerpo como en un templo. El cristiano no desprecia el cuerpo y la sexualidad, sino todo lo contrario. Es tal la dignidad de mi cuerpo – templo de la Santísima Trinidad – que tengo que esmerarme por mantenerlo digno y “ordenado”. Esto significa que el propio cuerpo se debe tocar con respeto y no desordenadamente. Tocarse sólo por motivos higiénicos, para asearlo y poco más.
c. Cuidado de las personas: no hemos de ser ingenuos en el tema de la castidad. No todos piensan que la continencia sexual es un bien deseable. Se podría decir que sólo una mínima parte de los hombres y mujeres de hoy ven con buenos ojos la castidad. Quien quiere ser célibe tiene que luchar constantemente contra las trampas y asechanzas que otros pondrán a la vivencia de la virtud. Habrá personas que rechazarán nuestro deseo de castidad porque este testimonio les hiere profundamente. Por lo tanto:
· Atento a los amigos que ridiculizarán nuestros propósitos y nos invitarán a transgredir la norma moral, a echar “una cana al aire”. Es necesario ser firmes en las propias convicciones y perseverar. Cuando vean que somos inflexibles, nos dejarán en paz.
· Atención a aquella persona que se me cruzará en el camino. Si yo ya soy casado, la castidad me llevará a evitar el trato demasiado íntimo con quien no me has comprometido de por vida. Ya lo dice el refrán: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla”. Simplemente no te acerques al fuego. Si soy consagrado, vale lo mismo. El orden sacerdotal o los votos religiosos no quitan las tendencias, no convierten al hombre en ángel: hay que vigilar y no exponerse a la tentación manteniendo un trato afectivo poco conveniente con personas de otro sexo. El sacerdote no debería estar abrazando o besando a mujeres, por muy “santo” que éste sea y por muy piadosa que sea la “feligresa”, y lo mismo dígase de la religiosa o monja. Porque de una relación puramente espiritual se puede llegar a situaciones lamentables por falta de cuidado. La recomendación de origen agustiniano vale para todos: “el amor espiritual conduce al afectuoso, el amor afectuoso conduce al obsequioso, el obsequioso al familiar y el familiar conduce al amor carnal.
4. Cuidado con los pensamientos
Finalmente, para proteger la castidad, tengo que velar sobre mis pensamientos. La imaginación es la “loca de la casa” como decía santa Teresa. La divagación mental, el desorden interior, lleva muchas veces indefectiblemente a los pensamientos impuros. Ahora bien, dado que vivimos en una sociedad en la que casi todo nos habla de sexo, podemos sufrir los embates de la cultura imperante y ser golpeados por imágenes, recuerdos, imaginaciones, deseos bajos, etc.
A veces estos pensamientos pueden ser muy insistentes. Aquí la solución es la sugerida un poco más arriba: estas tentaciones se vencen huyendo. Más que reprimir esos pensamientos, tenemos que distraerlos e ignorarlos. Ocurre como cuando nos asaltan las moscas un día de calor. Rondan las moscas, por la cara, las manos, de nuevo la cara, la nariz, la cabeza y de nuevo la cara... Uno normalmente no entra en crisis existencial porque le fastidia una mosca. Si lo que hago copa mi atención, espantaré a las moscas sin darle mayor importancia.
Así también cuanto nos asalten las imaginaciones impuras: distraernos con algo que nos guste. Muchas veces no será algo espiritual. Puede ser el fútbol, el deporte, repasar los estudios, hacer ecuaciones matemáticas, etc. Lo que sea, con tal de que sea honesto y nos distraiga de los pensamientos impuros.
La castidad no es una virtud de ángeles, sino de hombres. No desnaturaliza a la persona, sino que encauza las tendencias para que el ejercicio de las mismas conduzca al verdadero bien del hombre. La castidad no es una virtud sólo de los consagrados, sino un modo de vivir de todo cristiano y de todo hombre cabal. No es más feliz quien rechaza la castidad, sino quien la vive de acuerdo con su estado de vida. Llevada –a veces sufrida– con sentido sobrenatural es fuente de amor y de entrega generosa. El hombre casto, la mujer casta, cuando viven la castidad “en cristiano”, alcanzan la plenitud del amor, porque la castidad no es otra cosa que el amor, vivido con totalidad. Vale la pena, pues, ser castos, ya sea en el matrimonio, ya sea en la vida consagrada, ya sea en el noviazgo... La castidad es la virtud que integra la sexualidad en el grande horizonte del amor verdadero que tiende a Dios como Objeto y fin último, y que permite amar al prójimo ordenadamente, como a uno mismo, e incluso mejor: como Cristo nos amó.
Autor:
Marcelo Bravo Pereira
Fuente:
GAMA - Virtudes y Valores
Sin embargo, estos votos sólo se entienden a la luz de Cristo y de la novedad de vida que Cristo nos vino a traer. Jesucristo es el religioso por excelencia: Él está totalmente dedicado –consagrado– a las cosas del Padre y su único deseo es que Dios sea conocido, amado y alabado por los hombres, sin otra posesión, sin otro deseo que no sea el Reino de Dios.
Ahora bien, la castidad no es sólo un voto, es decir, una promesa solemne. La castidad es una realidad que atañe a todos los hombres y mujeres, porque es la virtud que regula el uso adecuado y responsable de la sexualidad y de la afectividad. Y esto nos toca a todos. Un religioso vivirá esta virtud en un modo concreto y según unas exigencias diversas del soltero o de las personas unidas en matrimonio. Pero todos estamos llamados a ejercitarnos en la virtud de la castidad. Existe una castidad del religioso, una castidad del soltero y una castidad del casado. Los consejos que se ofrecen a continuación valen en mayor o menor medida para todos. Toca a cada cual hacer la adaptación para la propia vida.
Los consejos generales para vivir la castidad son cinco: orden, conciencia, aprecio, fomento y cuidado. Expresaré los consejos del modo más esquemático posible.
Primer consejo: el orden
Para vivir la castidad –tanto en el celibato como en el matrimonio– es necesario el orden en la propia vida. Ahora bien, hay diversos tipos de orden:
1. Orden “teológico”: primero Dios, después las creaturas. El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas está dirigido a todos los hombres y no sólo a los religiosos. El amor a Dios ha de ser la principal preocupación de la vida. Esto significa no anteponer nada al amor de Dios: la Voluntad de Dios está antes que mi propia voluntad; el Plan de Dios sobre mi vida antes que mis planes personales; primero las cosas de Dios que mis cosas. Primero Dios y después los amigos; primero el domingo y después los demás días de la semana. Vivir constantemente en su presencia, buscando pequeños pero significativos actos de amor a Dios. En el fondo, la vida de todo hombre es una búsqueda de Dios.
2. Orden “vertical”: primero el cielo y después la tierra. Por lo tanto, hemos de aspirar al cielo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Por culpa del marxismo, del consumismo y de otras ideologías terrenas, nos hemos olvidado de pensar en el cielo como una realidad cierta que nos espera. Estamos demasiado preocupados por nuestro éxito temporal, demasiado copados por compromisos mundanos, demasiado comprometidos con quehaceres meramente circunstanciales, queremos a toda costa disfrutar de esta tierra… y nos olvidamos de que esta vida es sólo un preludio de la vida verdadera. La vida es un punto en medio de la eternidad. Esto no significa despreciar las cosas buenas que ofrece la vida, sino “ordenar” todo al cielo, que es nuestro único destino. Hemos sido creados para el cielo. La castidad sólo se entiende a la luz de la eternidad. Hay una expresión latina que reza: “quid hoc ad aeternitatem”, ¿qué es todo esto a la luz de la eternidad? ¿Qué son los placeres indignos y momentáneos a la luz de la eternidad? En conclusión: “Sólo Dios es Dios. Lo demás es ‘lo de menos’”.
3. Orden “temporal”: es necesario tener un orden en el uso de nuestro tiempo. Tener muchas cosas interesantes que hacer: oración, trabajo, comidas, merecido descanso, intereses personales… La ociosidad es la madre de todos los vicios, y nuestra sociedad actual es especialista en ofrecer toda clase de salidas frívolas y raquíticas a la ociosidad. En concreto: si es necesario entrar en Internet, que sea sólo para lo que hay que hacer y no andar “navegando” a ver “qué veo”, perdiendo miserablemente el tiempo y poniendo en riesgo la castidad. Por lo demás, esta vida es para construir algo que nos podamos llevar al más allá, al cielo. Empeñemos pues nuestra vida, no en vanidades y caprichos efímeros, cuanto menos en pecado y desenfreno, sino en grandes proyectos al servicio de los demás.
4. Orden “interior”: la persona humana es un “espíritu encarnado”, es una especie muy extraña en la creación. No es un ángel, pero tampoco una bestia. Es un ser “multidimensional”: tiene razón y voluntad, libertad, sentimientos, potencias y pasiones, etc. En esta diversidad humana hay una jerarquía, un orden en las dimensiones. En primer lugar, como dimensión rectora, está la razón iluminada e instruida por la fe. La razón debe regir a todas las demás pasiones y potencias. La virtud de la castidad es una disposición de la voluntad que nos lleva a actuar según los dictámenes de la razón en cuanto al uso ordenado de las potencias sexuales y afectivas. La castidad no significa en primer lugar represión, sino “promoción ordenada” y “moderación razonable” y es la razón, abierta a la Voluntad de Dios, la que indica cuándo se tiene que promover y cuándo se tiene que moderar.
5. Orden “afectivo”: si el primer mandamiento dice amar a Dios, éste se debe unir al “amar al prójimo como a sí mismo”. Ahora bien, también hay un orden en el “amor al prójimo”. Hay un orden en cuanto a las personas y un orden en cuanto a las manifestaciones del amor. En primer lugar debo amar a aquellos que están más próximos a mí: mi familia, mi mujer y mis hijos (si estoy casado), mis padres, mis amigos, etc. En segundo lugar, mi afecto se debe regir por este orden: las manifestaciones del amor entre esposos son específicas y difieren en cuanto al modo en las manifestaciones de amor entre hermanos y entre amigos. Este orden se debe establecer también en relación con el estado de vida que se ha escogido: si soy sacerdote, mi trato con las personas estará marcado por la consagración que he hecho de mi vida y de mi cuerpo al único amor de Cristo, lo mismo ocurre con una religiosa. Quien está casado tiene que comportarse con las personas de otro sexo, no como quien está buscando pareja, o como quien quiere “romper corazones”, sino como quien está comprometido a un amor exclusivo que ha de durar toda la vida. El joven debe comportarse con su novia de un modo diverso que el marido con su mujer, precisamente porque es novio y no esposo.
Segundo consejo: Conciencia
Tenemos que saber qué es bueno y qué es malo, “llamar al pan, pan y al vino, vino”, y estar convencidos de que seguir la conciencia rectamente formada es lo mejor para nosotros. La conciencia es un faro que ilumina la vida. Puede ser que no siempre tenga la fuerza para seguirla, pero el faro estará siempre allí avisándome de lo que debo hacer, y exigiéndome fidelidad. En el cultivo de la virtud de la castidad esto es esencial.
A causa de las modas imperantes y del desenfreno moral, que se eleva a ideal de vida, sentimos en nuestro corazón la dificultad de vivir la castidad. Esta dificultad real puede llevarnos a considerar que no vale la pena luchar, que es mejor vivir “feliz” según los criterios del mundo que seguir a un Dios desconocido que nos “impone” reprimir nuestros impulsos espontáneos. Es decir, la pasión nos puede llevar a justificar los actos desordenados. Es aquí donde la conciencia tiene que ser faro y decir lo que es bueno y lo que no es bueno. Mientras no se corrompa la conciencia, siempre es posible corregir y superarse.
Aquí tenemos que ser muy honestos: ¿conozco la ley moral? ¿Conozco qué es lo que Dios me pide en cuanto soltero? ¿Quiero seguir mi conciencia o prefiero amordazarla, engañándome a mí mismo con sofismas? Es preciso recordar aquí el adagio: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”; es decir, si traicionamos la voz de la conciencia –que no es otra que la voz de Dios que habla desde el interior– acabaremos por justificar lo injustificable, haciendo pasar hasta “un camello por el ojo de una aguja” (cf. Mt. 19,24).
Para formar la conciencia hay que acudir a los maestros que realmente nos puedan instruir en la verdad. Los medios de comunicación –grandes formadores (o deformadores) de la opinión pública– no son, la mayoría de los casos, buenos consejeros. Ellos son muchas veces los principales promotores de la cultura imperante. Acudamos más bien a personas instruidas y sensatas que puedan ayudarnos, corregirnos, decirnos las cosas claras, sin “dorar la píldora”. Acudamos sobre todo a la Palabra de Dios. Repitamos muchas veces el salmo 119: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.
Tercer consejo: Aprecio
1. Aprecio por la virtud en general. Vivimos en una sociedad de mínimos: ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para divertirme sin pecar? ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para hacer lo que me pega la gana sin traicionar la conciencia? No. El cristianismo no puede vivir de mínimos. Muchas veces en la sociedad civil nos podemos regir por la moral de lo mínimo: ¿cuánto es lo mínimo que tengo que pagar con los impuestos? Nunca iré a hacer la declaración de hacienda, diciendo: “oiga, le doy más de lo que me pide porque veo que es necesario para tapar los agujeros de la carretera”. Más bien actúo así: si tengo que trabajar seis horas al día, trabajo seis horas y basta. Esto es lo mínimo que tengo que hacer.
Esto puede valer para la sociedad civil. Pero no vale para quien se declara discípulo de Jesucristo. Veamos su ejemplo: Cristo no hizo lo mínimo para salvarnos, hubiera sido un redentor bastante raquítico. No. Por el contrario, Él entregó toda su sangre por cada uno de nosotros. En el evangelio de san Juan está escrito: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn. 13,1), y ese extremo fue la pasión, la cruz, la muerte y la resurrección. El modelo del cristiano – y su vía de auténtica felicidad – es Cristo y no el “fresco” dandy que se la pasa disfrutando haciendo slalom con las normas, sacándoles la vuelta.
2. Aprecio por la virtud de la castidad. La castidad es una virtud austera, que exige renuncia y en cuanto tal, es difícil de practicar. A muchos parece imposible de vivir e incluso nociva. Pero tenemos que fijarnos en la dimensión positiva de la castidad: es decir, la entrega del corazón a Jesucristo y el orden en el ejercicio de la sexualidad. En cuanto cristiano – soltero, casado y, cuanto más religioso o sacerdote – mi corazón pertenece a Cristo. En cuanto hombre cabal, debo someter mi pasión sexual al imperio de la razón, pues es más hombre quien controla sus pasiones que el que se deja dominar por ellas.
Apreciar la virtud de la castidad es verla como un ideal por el cual vale la pena luchar: sea que tenga intención de casarme, el ideal de poder llegar al matrimonio con un corazón limpio, que ha sabido ser fiel al amor de su vida y que sabrá en el matrimonio subordinar el sexo al amor espiritual. Sea que opte por la castidad “por el Reino de los Cielos” (Mt. 19,12). Sea incluso en el caso de que uno no logre casarse y se vea obligado a vivir en castidad en razón de las circunstancias.
En este caso es necesario “hacer de la necesidad virtud”; es decir, el no poder casarse no es el peor mal de la vida, que habría de conducir al célibe fatalmente a la pérdida del sentido de la vida, al fracaso y a la frustración existencial. Esto no es así. Si Cristo y María, su Madre castísima, vivieron el ideal de la virginidad, sería un absurdo creer que la castidad es una desgracia en la vida. Tantos santos, tantos hombres de bien han optado libremente o a causa de las circunstancias a vivir la castidad, y su vida ha sido un camino de realización plena.
3. Aprecio por la belleza del amor humano: quienes viven la castidad por el Reino de los Cielos, no lo hacen por deporte o porque tengan una visión negativa del amor humano. El religioso o la consagrada no han dejado algo malo (el matrimonio y lo que ello conlleva) por algo bueno (la castidad en sí misma, considerada como fin y no como medio). No. Vivir la castidad consagrada es renunciar a algo bueno y santo, por algo mejor: el amor y la donación total a Jesucristo. El uso de la sexualidad dentro del matrimonio no es un pecado, sino que ha sido creado por Dios para que dos personas puedan manifestarse el amor en la donación íntima del propio cuerpo, y abiertos a la llegada de los hijos. La virtud de la castidad lleva a los esposos a hacer del acto conyugal un auténtico acto de caridad sobrenatural. Si una persona viviera la castidad como rechazo y desprecio de la dimensión sexual del amor, no sería una persona virtuosa, sino todo lo contrario.
Cuarto consejo: Fomento
Si realmente tengo aprecio sincero por algo, busco incrementarlo. Si tengo un negocio que me está dando ganancias, invierto para que me dé todavía más ganancias. No lo abandono, no me despreocupo de él. Es la ley del éxito de una empresa. Pasa exactamente lo mismo con la castidad. He dicho que la castidad es una virtud no sólo para los religiosos o monjas (que se comprometen bajo voto público), sino para todo cristiano – para todo ser humano digno – sea célibe o casado. Fomentar la castidad es promover todo lo que sea la consideración de la belleza del amor. ¿Qué significa esto?
1. Llenar el corazón de nobles ideales. Desear ser como Cristo que – como dice san Pedro – pasó haciendo el bien (cf. Hch. 10,38). ¿Qué más puedo hacer? Esta ha de ser nuestra pregunta cotidiana.
2. Lecturas que nos ayuden a vivir la virtud. No se trata de leer libros sobre la castidad, sino leer mucho sobre la vida cristiana. Sobre todo la lectura de la vida de santos es un estímulo. Leyendo las vidas de santos sentimos cómo nuestro corazón se llena de deseos de imitación, pues ellos son hombres como nosotros y tuvieron que luchar como nosotros para alcanzar las virtudes.
3. Vida de Sacramentos:
a. La confesión como un encuentro íntimo con la misericordia de Dios. Si supiéramos qué misterio subyace al sacramento de la penitencia, seríamos asiduos clientes del sacerdote. Confesarnos cuando hemos caído es importante, pues en la confesión recibimos la gracia perdida y volvemos a ser hijos amados de Dios. ¡Cuánto gozo habrá sentido el joven rico cuando su Padre lo estrechó entre sus brazos! (cf. Lc. 15). Si no hemos pecado gravemente y sólo tenemos pecados veniales, la confesión nos da un incremento de gracia y la fuerza para ser fiel a nuestros ideales cristianos. Además, la confesión es un gimnasio de humildad: sin Dios no podemos ser fieles, no podemos ser castos, ni en el matrimonio ni en la vida consagrada…
b. Eucaristía: el Pan Purísimo bajado del cielo. Recibir frecuentemente a Cristo Eucaristía será un estímulo para mantener el corazón limpio de impurezas y pecados.
c. Cultivo de las virtudes teologales, en especial de la virtud de la esperanza. ¿Qué significa la esperanza? Es la certeza, que me viene de la fe, de que Dios va a ser fiel a sus promesas y me dará el cielo. Lo dice san Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18). Si yo me esfuerzo por vivir castamente, aunque sea difícil, aunque signifique renunciar a mi “modus vivendi”, aunque signifique cruz y abnegación, estoy dispuesto a luchar porque sé – tengo absoluta certeza – de que Jesús, que subió al cielo para prepararme una morada, está reservándome un tesoro en el cielo.
Quinto consejo: Cuidado
Esto es de sentido común. Huir de las ocasiones de caída. De acuerdo con san Francisco de Sales (citado en el libro de J. Tissot, “El arte de aprovechar nuestras faltas”) hay dos tentaciones que se vencen huyendo: las tentaciones contra la fe y las tentaciones contra la castidad. Si yo sé que ciertas compañías, que ciertos ambientes, que ciertas personas pueden hacerme naufragar, ¿para qué hacerme el “inocente” y creer que no pasa nada? Esto, sin embargo, sólo se entiende a la luz de los primeros principios vistos arriba: si yo aprecio el don de un corazón puro, si yo sé que todo es relativo de cara a la eternidad, entonces voy a actuar en consecuencia. No me voy a exponer a perder la gracia de Dios, que es lo más grande que poseo. En concreto:
1. Cuidar los ambientes: siempre será mejor no frecuentar aquellos lugares en donde sabemos que pueden naufragar los propósitos de fidelidad. Hay algunos lugares que en sí mismos son pecaminosos. No se debe acudir a espectáculos o casas en donde se fomente el vicio. Esto es obvio. Hay otros lugares que serán peligrosos, no en sí mismos, sino de acuerdo con la propia sensibilidad o con la situación existencial en la que se vive. El criterio fundamental para discernir es la honestidad: “yo sé que acudir a esta fiesta me causa problemas... pues no acudo, hago otra cosa”. En la medida de lo posible habría que evitar esos ambientes, aunque no siempre sea posible.
2. Cuidado de la vista: todo lo que entra por los ojos penetra en el corazón. A veces nos angustiamos por las tentaciones que nos azotan y nos preguntamos por qué no podemos ser fieles y puros como ángeles, por qué tenemos que luchar contra las mismas caídas, los mismos pecados, etc. Preguntémonos más bien: ¿qué miro? ¿A dónde se me van los ojos? ¿Dónde se fija mi mirada cuando miro a una mujer o a un hombre? ¿En qué “región” de la “geografía humana” se detienen mis ojos? Es necesario, por tanto, disciplinar nuestra mirada para fijarla sólo en aquello que vale la pena. En concreto:
a. Evitar siempre la pornografía. El cuerpo humano en sí mismo considerado es bello, sea femenino o masculino, porque ha sido creado por Dios. Cuando Dios creó a Adán y Eva, el escritor sagrado escribe: “Y Dios vio que era muy bueno”. Un ojo puro no pone maldad donde no la hay. Por el contrario, la pornografía busca siempre la excitación de las pasiones, las más de las veces por motivos económicos, utilizando a las personas como objeto de deleite sexual. El cuerpo del “otro” es siempre y sólo sujeto, nunca objeto.
b. Hoy en día el acceso a la pornografía es sumamente fácil: basta abrir Internet para encontrar todo tipo de imágenes eróticas. Aun cuando se proteja el acceso a través de un filtro – que siempre es recomendable –, es fácil que se cuelen las imágenes, a veces en páginas que nada tienen que ver con el erotismo. En muchos portales, entre el amplio espectro de accesos, no puede faltar nunca el link para “mayores de edad”.
c. Cuidado con la vista en la contemplación de personas de otro sexo. Hay sujetos que cuando ven pasar a una mujer hacen todo un análisis de geografía humana. Esta falta de control lleva después a llenar el corazón de “toxinas espirituales”, a crear una mentalidad que se detiene sólo en el cuerpo del otro, sin atender al corazón.
3. Cuidado del tacto:
a. Atención a las manifestaciones de afecto demasiado íntimas que podrían llevar a faltar a la castidad. Vale aquí la expresión del P. Jorge Loring sobre el baile: ciertamente importa la intención del sujeto, también la intención de la sujeta, pero sobre todo importa “cómo el sujeto sujete a la sujeta”. En el matrimonio hay una donación de alma y de cuerpo, por lo que el cuerpo ya no pertenece a sí sino a otra persona. Es una donación mutua y es una posesión determinada sólo por el amor y jamás por el dominio, precisamente porque no se trata sólo de un cuerpo, sino de un cuerpo espiritualizado. Por ello, “tocar” el cuerpo de la otra persona, sobre todo sus partes íntimas, es hacer un abuso, pues esta posibilidad compete sólo a su “dueño”, es decir, al esposo o a la esposa.
b. El cuidado del tacto se refiere también al propio cuerpo. Desde el punto de vista de la fe, mi cuerpo es templo del Espíritu y, por la gracia, la Santísima Trinidad habita en mi cuerpo como en un templo. El cristiano no desprecia el cuerpo y la sexualidad, sino todo lo contrario. Es tal la dignidad de mi cuerpo – templo de la Santísima Trinidad – que tengo que esmerarme por mantenerlo digno y “ordenado”. Esto significa que el propio cuerpo se debe tocar con respeto y no desordenadamente. Tocarse sólo por motivos higiénicos, para asearlo y poco más.
c. Cuidado de las personas: no hemos de ser ingenuos en el tema de la castidad. No todos piensan que la continencia sexual es un bien deseable. Se podría decir que sólo una mínima parte de los hombres y mujeres de hoy ven con buenos ojos la castidad. Quien quiere ser célibe tiene que luchar constantemente contra las trampas y asechanzas que otros pondrán a la vivencia de la virtud. Habrá personas que rechazarán nuestro deseo de castidad porque este testimonio les hiere profundamente. Por lo tanto:
· Atento a los amigos que ridiculizarán nuestros propósitos y nos invitarán a transgredir la norma moral, a echar “una cana al aire”. Es necesario ser firmes en las propias convicciones y perseverar. Cuando vean que somos inflexibles, nos dejarán en paz.
· Atención a aquella persona que se me cruzará en el camino. Si yo ya soy casado, la castidad me llevará a evitar el trato demasiado íntimo con quien no me has comprometido de por vida. Ya lo dice el refrán: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla”. Simplemente no te acerques al fuego. Si soy consagrado, vale lo mismo. El orden sacerdotal o los votos religiosos no quitan las tendencias, no convierten al hombre en ángel: hay que vigilar y no exponerse a la tentación manteniendo un trato afectivo poco conveniente con personas de otro sexo. El sacerdote no debería estar abrazando o besando a mujeres, por muy “santo” que éste sea y por muy piadosa que sea la “feligresa”, y lo mismo dígase de la religiosa o monja. Porque de una relación puramente espiritual se puede llegar a situaciones lamentables por falta de cuidado. La recomendación de origen agustiniano vale para todos: “el amor espiritual conduce al afectuoso, el amor afectuoso conduce al obsequioso, el obsequioso al familiar y el familiar conduce al amor carnal.
4. Cuidado con los pensamientos
Finalmente, para proteger la castidad, tengo que velar sobre mis pensamientos. La imaginación es la “loca de la casa” como decía santa Teresa. La divagación mental, el desorden interior, lleva muchas veces indefectiblemente a los pensamientos impuros. Ahora bien, dado que vivimos en una sociedad en la que casi todo nos habla de sexo, podemos sufrir los embates de la cultura imperante y ser golpeados por imágenes, recuerdos, imaginaciones, deseos bajos, etc.
A veces estos pensamientos pueden ser muy insistentes. Aquí la solución es la sugerida un poco más arriba: estas tentaciones se vencen huyendo. Más que reprimir esos pensamientos, tenemos que distraerlos e ignorarlos. Ocurre como cuando nos asaltan las moscas un día de calor. Rondan las moscas, por la cara, las manos, de nuevo la cara, la nariz, la cabeza y de nuevo la cara... Uno normalmente no entra en crisis existencial porque le fastidia una mosca. Si lo que hago copa mi atención, espantaré a las moscas sin darle mayor importancia.
Así también cuanto nos asalten las imaginaciones impuras: distraernos con algo que nos guste. Muchas veces no será algo espiritual. Puede ser el fútbol, el deporte, repasar los estudios, hacer ecuaciones matemáticas, etc. Lo que sea, con tal de que sea honesto y nos distraiga de los pensamientos impuros.
La castidad no es una virtud de ángeles, sino de hombres. No desnaturaliza a la persona, sino que encauza las tendencias para que el ejercicio de las mismas conduzca al verdadero bien del hombre. La castidad no es una virtud sólo de los consagrados, sino un modo de vivir de todo cristiano y de todo hombre cabal. No es más feliz quien rechaza la castidad, sino quien la vive de acuerdo con su estado de vida. Llevada –a veces sufrida– con sentido sobrenatural es fuente de amor y de entrega generosa. El hombre casto, la mujer casta, cuando viven la castidad “en cristiano”, alcanzan la plenitud del amor, porque la castidad no es otra cosa que el amor, vivido con totalidad. Vale la pena, pues, ser castos, ya sea en el matrimonio, ya sea en la vida consagrada, ya sea en el noviazgo... La castidad es la virtud que integra la sexualidad en el grande horizonte del amor verdadero que tiende a Dios como Objeto y fin último, y que permite amar al prójimo ordenadamente, como a uno mismo, e incluso mejor: como Cristo nos amó.
Autor:
Marcelo Bravo Pereira
Fuente:
GAMA - Virtudes y Valores
sábado, 12 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
domingo, 6 de febrero de 2011
DE LOS CAMBIOS REPENTINOS QUE EXPERIMENTA EL ALMA
11. En cierta ocasión le preguntamos a este bienaventurado Daniel: ¿A qué es debido que a veces, hallándonos en nuestras celdas, sintamos nuestro corazón henchido de inmensa alegría, y, en medio de un gozo inefable, nos sintamos como invadidos por una oleada de sentimientos y luces espirituales? Es un fenómeno de tal naturaleza que no puede traducirse con palabras. Incluso la mente se siente incapaz de concebirlo. En estas circunstancias, nuestra oración es pura y sumamente fácil. El alma, colmada de frutos espirituales, conoce como por instinto que su plegaria, prolongada aun durante el sueño, se eleva con gran facilidad y eficacia hasta la presencia de Dios.
Pero acontece también que, de pronto, y sin mediar causa alguna-de la que seamos al menos conscientes---, nos sentimos presa de la más profunda congoja. Es una tristeza que nos abruma y cuyo motivo en vano intentamos indagar. La fuente de las experiencias místicas queda súbitamente como restañada. Inclusive la celda se nos hace poco menos que insoportable. La lectura nos causa disgusto, y la oración anda errante, desquiciada, como si fuéramos víctimas de la embriaguez. Ahí vienen los lamentos. Ensayamos dar marcha atrás e imprimir a nuestro espíritu la primera dirección, pero inútilmente. Cuanto más nos esforzamos en conducirle de nuevo a la contemplación, tanto más parece que se nos escapa de las manos y corre a deslizarse por la senda de la veleidad y la inconstancia. La mente queda desprovista de todo fruto espiritual, y tal es su esterilidad, que ni el deseo del cielo ni el temor del infierno bastan para despertarla de este sueño mortal y sacudirla de su letargo.
III. A nuestras palabras respondió el abad en esta forma
Nuestros mayores nos enseñaran que eran tres las causas que podían dar lugar a esa esterilidad espiritual de que habláis.
Unas veces podrá ser consecuencia inevitable de nuestra negligencia; otras, una tentación del demonio; y en fin, podrá constituir también una prueba a que tendrá a bien someternos el Señor. Será una secuela de nuestra negligencia cuando, a sabiendas, damos paso libre a la tibieza en nuestra alma. Obrando a la ventura y sin circunspección, procedemos en todo a la ligera. A ello se añaden la ignavia y la desidia, a cuyo ampzro se engendran los malos pensamientos que nutren nuestra mente. A partir de este momento nuestro corazón es como una tierra desnuda en la que no germinan más que abrojos y espinas. Y cuando empieza a brotar esta maleza, claro es que nos volvemos estériles. Inútil entonces querer cosechar nuevos frutos espirituales, ni mucho menos aspirar a la contemplación.
Pero cabe también en lo posible que el motivo de esa aridez del alma responda a una tentación, en cuyo caso el enemigo se desliza con destreza en nuestro espíritu sin que podamos advertirlo. No importa que estemos ocupados en buenos deseos o en santos quehaceres: solicita nuestra atención y nos aleja insensiblemente, sin complicidad alguna de nuestro querer, de los más excelentes pensamientos e intenciones.
IV. Finalmente, esta sequedad del alma puede proceder de Dios, y entonces puede ser doble el motivo.
En primer lugar, conviene que nos sintamos abandonados por El por algún tiempo para tener ocasión de experimentar nuestra natural flaqueza. Entonces, concibiendo sentimientos de humildad no, nos sentimos engreídos por la pureza de corazón con que anteriormente habíamos sido agraciados por la visita del Señor. En este estado de aislamiento en quo: Dios nos deja, comprobamos que ni los gemidos ni nuestra habilidad pueden hacernos recobrar aquella primera situación de optimismo y pureza. Comprendemos, al propio tiempo, que nuestro fervor no era fruto de nuestro esfuerzo, sino don gratuito de la dignación divina. Por lo mismo, nos es necesario implorar todavía, al presente, su gracia v su luz.
En segundo lugar, hay que buscar la razón de este desamparo de Dios en el hecho de que El desea probar por este medio nuestra perseverancia Debemos darle una prueba del afán y entereza de nuestra alma. Intenta asimismo con ello manifestarnos con qué anhelo y con qué tenacidad debemos pedirle en la oración la visita del Espíritu Santo, cuando nos ha abandonado a nuestra miseria. Quiere, en fin, que reconozcamos por experiencia cuán difícil es reconquistar, una vez se ha perdido, el gozo espiritual y la alegría que lleva consigo la pureza del corazón. De ahí la solicitud con que debemos conservarla, cuando la hayamos encontrado de nuevo. Porque de ordinario somos muy negligentes en custodiar lo que creemos se puede recobrar fácilmente.
V. Todo esto nos ofrece una prueba palmaria de que son la gracia y la misericordia divinas !as que operan en nosotros todo bien, y que sin ellas es inútil nuestra diligencia. Si no contamos con su ayuda, todo esfuerzo de nuestra parte para instalarnos de nuevo en aquel estado es inane. La palabra de la Escritura se cumple en nosotros incesantemente: «No es obra del que quiere, ni del que corre, sino de la misericordia de Dios» 1.
No obstante, a veces es en un todo distinto lo que ocurre. Y es que Dios no se desdeña de visitarnos con su gracia, aun a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón. Y lo hace mediante esa inspiración santa de que hablabais. Como tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza.
Finalmente, no es cosa excepcional que en sus visitas nos sintamos inundados súbitamente de ciertos perfumes, cuya suavidad sobrepuja todo lo que el arte y composición humanos pueden concebir y realizar. Entonces el alma, sumergida en este océano de felicidad, queda como arrobada y fuera de sí, hasta perder la noción de la existencia y olvidar que habita en la carne.
Pero acontece también que, de pronto, y sin mediar causa alguna-de la que seamos al menos conscientes---, nos sentimos presa de la más profunda congoja. Es una tristeza que nos abruma y cuyo motivo en vano intentamos indagar. La fuente de las experiencias místicas queda súbitamente como restañada. Inclusive la celda se nos hace poco menos que insoportable. La lectura nos causa disgusto, y la oración anda errante, desquiciada, como si fuéramos víctimas de la embriaguez. Ahí vienen los lamentos. Ensayamos dar marcha atrás e imprimir a nuestro espíritu la primera dirección, pero inútilmente. Cuanto más nos esforzamos en conducirle de nuevo a la contemplación, tanto más parece que se nos escapa de las manos y corre a deslizarse por la senda de la veleidad y la inconstancia. La mente queda desprovista de todo fruto espiritual, y tal es su esterilidad, que ni el deseo del cielo ni el temor del infierno bastan para despertarla de este sueño mortal y sacudirla de su letargo.
III. A nuestras palabras respondió el abad en esta forma
Nuestros mayores nos enseñaran que eran tres las causas que podían dar lugar a esa esterilidad espiritual de que habláis.
Unas veces podrá ser consecuencia inevitable de nuestra negligencia; otras, una tentación del demonio; y en fin, podrá constituir también una prueba a que tendrá a bien someternos el Señor. Será una secuela de nuestra negligencia cuando, a sabiendas, damos paso libre a la tibieza en nuestra alma. Obrando a la ventura y sin circunspección, procedemos en todo a la ligera. A ello se añaden la ignavia y la desidia, a cuyo ampzro se engendran los malos pensamientos que nutren nuestra mente. A partir de este momento nuestro corazón es como una tierra desnuda en la que no germinan más que abrojos y espinas. Y cuando empieza a brotar esta maleza, claro es que nos volvemos estériles. Inútil entonces querer cosechar nuevos frutos espirituales, ni mucho menos aspirar a la contemplación.
Pero cabe también en lo posible que el motivo de esa aridez del alma responda a una tentación, en cuyo caso el enemigo se desliza con destreza en nuestro espíritu sin que podamos advertirlo. No importa que estemos ocupados en buenos deseos o en santos quehaceres: solicita nuestra atención y nos aleja insensiblemente, sin complicidad alguna de nuestro querer, de los más excelentes pensamientos e intenciones.
IV. Finalmente, esta sequedad del alma puede proceder de Dios, y entonces puede ser doble el motivo.
En primer lugar, conviene que nos sintamos abandonados por El por algún tiempo para tener ocasión de experimentar nuestra natural flaqueza. Entonces, concibiendo sentimientos de humildad no, nos sentimos engreídos por la pureza de corazón con que anteriormente habíamos sido agraciados por la visita del Señor. En este estado de aislamiento en quo: Dios nos deja, comprobamos que ni los gemidos ni nuestra habilidad pueden hacernos recobrar aquella primera situación de optimismo y pureza. Comprendemos, al propio tiempo, que nuestro fervor no era fruto de nuestro esfuerzo, sino don gratuito de la dignación divina. Por lo mismo, nos es necesario implorar todavía, al presente, su gracia v su luz.
En segundo lugar, hay que buscar la razón de este desamparo de Dios en el hecho de que El desea probar por este medio nuestra perseverancia Debemos darle una prueba del afán y entereza de nuestra alma. Intenta asimismo con ello manifestarnos con qué anhelo y con qué tenacidad debemos pedirle en la oración la visita del Espíritu Santo, cuando nos ha abandonado a nuestra miseria. Quiere, en fin, que reconozcamos por experiencia cuán difícil es reconquistar, una vez se ha perdido, el gozo espiritual y la alegría que lleva consigo la pureza del corazón. De ahí la solicitud con que debemos conservarla, cuando la hayamos encontrado de nuevo. Porque de ordinario somos muy negligentes en custodiar lo que creemos se puede recobrar fácilmente.
V. Todo esto nos ofrece una prueba palmaria de que son la gracia y la misericordia divinas !as que operan en nosotros todo bien, y que sin ellas es inútil nuestra diligencia. Si no contamos con su ayuda, todo esfuerzo de nuestra parte para instalarnos de nuevo en aquel estado es inane. La palabra de la Escritura se cumple en nosotros incesantemente: «No es obra del que quiere, ni del que corre, sino de la misericordia de Dios» 1.
No obstante, a veces es en un todo distinto lo que ocurre. Y es que Dios no se desdeña de visitarnos con su gracia, aun a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón. Y lo hace mediante esa inspiración santa de que hablabais. Como tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza.
Finalmente, no es cosa excepcional que en sus visitas nos sintamos inundados súbitamente de ciertos perfumes, cuya suavidad sobrepuja todo lo que el arte y composición humanos pueden concebir y realizar. Entonces el alma, sumergida en este océano de felicidad, queda como arrobada y fuera de sí, hasta perder la noción de la existencia y olvidar que habita en la carne.
lunes, 31 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
Diez criterios para discernir cómo está tu nivel de silencio interior
PRIMERO: Observa si queda algo por perdonar en ti, o en tu vida. En tu pasado más remoto o más cercano. Mira si hay algún recuerdo que perturba tu alma. No puedes olvidar que la búsqueda del lugar del propio corazón, tu unificación interior, y el hecho de tener que ser "anuncio evangelizador" en tu vida, exigen una plena paz de alma. Y te animan a buscar el lugar del corazón, para establecer en él un ámbito de comunión y de encuentro.
Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.
Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.
SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.
Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.
TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...
Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.
continua en comentario 1
Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.
Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.
SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.
Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.
TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...
Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.
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viernes, 21 de enero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
La práctica de la humildad

Evita como un mal gravísimo el juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo semejante, según las circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija que pongas remedio.
Abre los ojos de tu alma, y considera que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo sólo tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y, en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en tí, solamente a Dios, de quien los has recibido como principio de tu ser, pertenece la gloria.
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miércoles, 12 de enero de 2011
LAS TRES RENUNCIAS
VI. Hablemos ahora de las tres renuncias. La tradición unánime de los Padres se junta a la autoridad de las Escrituras para mostrar que son tres, en efecto. Debemos trabajar con ahínco en ponerlas por obra.
La primera consiste en despreciar todas las riquezas y bienes de este mundo. Por la' segunda, renunciamos a nuestra vida pasada, a nuestros vicios y a nuestras afecciones del espíritu y de la carne. La tercera tiene por objeto apartar nuestra mente de las cosas presentes y visibles,
para contemplar únicamente las cosas futuras y no desear más que las invisibles. Que es menester cumplir con las tres, es el mandamiento que el Señor hizo ya a Abraham, cuando le dijo: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre»[1] "
«Sal de tu patria», es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas de esta tierra. «Abandona a tu parentela», esto es, la vida y las costumbres dé antaño, tan estrechamente unidas a nosotros desde nuestro nacimiento, que hemos contraído con ellas como una especie de afinidad y parentesco natural, cual si fuera nuestra propia sangre. «Aléjate de la casa de tu padre», o sea, aparta tus ojos del recuerdo del mundo presente.
Tenemos, efectivamente, dos padres: uno que es necesario abandonar; otro, que es preciso seguir. David los señala a ambos en un mismo pasaje de los salmos, cuando pone en labios de Dios aquellas palabras: «Oye, hija, considera y presta atento oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre» 13. Al decir Dios al alma: «Escucha, hija mía», supone que su Majestad es su padre. Y, por otra parte, afirma que es también su padre aquel cuya casa y pueblo debe echarse en olvido.
Este olvido tiene lugar cuando, muertos con Cristo a los elementos de este mundo, no contemplamos ya, según la palabra del Apóstol, «las cosas visibles, sino las invisibles; pues las visibles son temporales, las invisibles, eternas» [2]14. Se realiza asimismo cuando, renunciando de corazón a esta morada temporal y visible, dirigimos la mirada del alma hacia aquélla, donde habitaremos eternamente.
Este estado será el nuestro desde el momento en que, a pesar de vivir en la carne, no obraremos ya según la carne, pues empezaremos a militar en las filas del Señor. Entonces podremos con toda verdad realizar aquella palabra de San Pablo: «Somos ya ciudadanos del cielo», 15.
***
A estas tres renuncias corresponden exactamente los tres libros de Salomón. A la primera convienen los Proverbios, que nos enseñan a desechar los bienes terrenos y los vicios de la carne. A la segunda, el Eclesiastés, donde se afirma que todo cuanto se hace en el haz de la tierra es vanidad. A la tercera, el Cántico de los Cánticos, en el cual el alma, trascendiendo las cosas visibles, se une ya, por la contemplación de las celestiales, al Verbo de Dios.
VII. Mal podríamos hacer la primera renuncia, aunque fuera con una fe a toda prueba, si no pusiéramos por obra la segunda con igual ardor e intensidad. El cumplimiento de ésta nos dará la posibilidad de llevar a cabo la tercera.
Esta tercera consiste, como he dicho, en abandonar la morada de nuestro primer padre-nuestro padre lo fue, como sabemos, según el hombre viejo, desde nuestro nacimiento, cuando «éramos por naturaleza hijos de ira, como el resto de los hombres» [3]16°. Entonces, despojados de este afecto, nuestra mirada se concentrará únicamente en el cielo.
De este padre habla Dios a Jerusalén, que había despreciado a su verdadero Padre celestial: «Tu padre es un amorreo y tu madre una jetea» 17. Y también en el Evangelio: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» 1g.
Dejando, pues, a ese primer padre, y salvando la distancia de las realidades visibles a las invisibles, podremos decir con el Apóstol: «Sabemos que si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos» 19. Y lo que poco ha hemos citado: «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso»[4] 2°. Y todavía estas palabras de David: «Soy peregrino en la tierra, un advenedizo, como todos mis padres» 21. Para que seamos semejantes a aquellos de quienes el Señor, en el Evangelio, dice a su Padre: «Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» 22. Y otra vez a sus mismos apóstoles: «Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» 2 3.
Cuando no quede ya en nuestra alma vestigio alguno de esa especie de crasitud propia de la vida animal con que se sentía agravada, mereceremos llegar realmente a la perfección de esta tercera renuncia. Es señal entonces de que una mano hábil ha desbastado y limado en ella todas las disposiciones y afectos terrenos.
Por los demás, la meditación constante de las cosas de Dios y el ejercicio de la contemplación la fijan de tal manera en la esfera de lo invisible, que, atenta sólo a las realidades celestiales e incorpóreas, olvida el efímero ropaje de su carne frágil y no tiene ya conciencia del lugar que ocupa su cuerpo en el espacio. Siguen ahora arrobamientos y transportes inefables. El oído permanece insensible a la voz de lo que ocurre en torno. Ni la imagen fugaz de los que pasan y discurren ante ella solicitan siquiera su atención. ¿Qué digo? Junto a ella, frente a ella, se levantan los mismos objetos y aun masas imponentes, sin que pueda percatarse de ello con los ojos de la carne.
La verdad y grandeza de estas sublimidades sólo podrá captarlas quien tenga experiencia de ello. A este tal el Señor le ha apartado los ojos del corazón de todas las cosas de la tierra. Tanto es así que las juzga no sólo perecederas, sino como carentes de existencia, desvanecidas en la nada como vana humareda. Íntimamente unido a Dios, al igual que Enoc, vive abstraído de la vida y ajeno a cuanto le rodea. Sólo media una diferencia: que en el personaje bíblico la elevación fue también física, como nos lo enseña el pasaje del Génesis: «Y anduvo Enoc en la presencia de Dios, y había desaparecido; no se le encontraba, porque se lo llevó Dios»[5] 2'. Y el Apóstol dice a su vez: «Por la fe fue trasladado Enoc, sin pasar por la muerte» 25. Esta muerte de la cual el Señor dice en el Evangelio: «Quien vive y cree en mí, no morirá eternamente» 2°.
Apresurémonos, pues, si queremos alcanzar la verdadera perfección, a abandonar de veras -como lo hemos hecho físicamente-a los padres, la patria, las riquezas y los deleites de este mundo. Y no se nos ocurra desandar después el camino, ambicionando de nuevo lo que hemos dejado, como hicieron otrora los hebreos. Moisés les había sacado de Egipto. Y ellos retrocedieron, no materialmente, es cierto, pero sí con el corazón. Dios les había librado de la esclavitud prodigando para ello sus signos y prodigios, y en retorno le abandonaron para adorar otra vez los ídolos egipcios que habían despreciado. Así se expresa la Escritura: «Y con sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: haznos dioses que vayan delante de nosotros»[6] 2r. También nosotros nos haríamos reos de la misma condenación que Dios fulminó contra ellos cuando, después de haber gustado el maná, deploraron la falta de aquellos viles manjares, cayendo en los repugnantes vicios a que allí se habían abandonado. Y nos haríamos asimismo solidarios de su murmuración: «Mejor ciertamente nos iba cuando estábamos en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos cebollas, ajos, cohombros y melones» 28.
Aunque todo esto sucedió en figura en aquel pueblo, no obstante, vemos que la realidad se cumple a diario en nuestra vida y profesión. Cualquiera que, habiendo renunciado al mundo, vuelve a sus gustos y tendencias pasadas, yendo otra vez en pos de sus deseos y apetitos, repite tácitamente con sus obras y sus pensamientos lo que dijeron entonces los israelitas: «Mucha mejor me iba a mí en Egipto». Me temo que los monjes de tal laya no sean menos en número que aquella multitud que prevaricó en tiempo de Moisés. Porque de los seiscientos tres mil hombres que se contaron, dispuestos a tomar las armas, al salir de Egipto [7]29, sólo dos entraron en la tierra prometida I'. Razón por la cual debemos apresurarnos a seguir los ejemplos de virtud del pequeño número, de esa minoría escogida que sobresale entre los leales. El mismo Evangelio sintoniza también con esa figura de que hablábamos del pueblo judío, al decir que «muchos son los llamados y pocos los escogidos» 31.
De nada, pues, nos servirá una renuncia corporal y local. Significaría tanto como salir de Egipto tan sólo exteriormente. Es preciso asociar la renuncia del corazón, que es la más elevada de las dos, y ciertamente la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol: «Si repartiere toda mi hacienda para sustento de los pobres y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» 32. El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que muchos, después de haber distribuido a los pobres todos sus bienes, serían impotentes para escalar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón, sin afán de purificarse, los vicios y costumbres inmortificadas contraídos en su vida primera. Estas cosas constituyen un grave obstáculo que les impide arribar, a aquella caridad que permanece para siempre. Ahora bien, si somos incapaces de llevar a cabo la segunda renuncia, más difícil nos será practicar la tercera, que es muy superior a aquélla.
Considerad asimismo el hecho de que el Apóstol no ha dicho simplemente: «Si repartiere mi hacienda». Podría creerse en este caso que habla de aquellos que, no cumpliendo el precepto evangélico, se reservan una parte de su fortuna, como hacen algunos tibios. Pero dice: «Si repartiere todos mis bienes para sustento de los pobres», es decir, aunque renunciara perfectamente a los bienes de la tierra. A esta renuncia total añade otra de más quilates, al decir: «Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas, no teniendo caridad, nada me aprovecha.» Como si dijera: «Aunque distribuyera todos mis bienes para sustentar a los pobres»-según el precepto del Evangelio que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos»[8] "-hasta no reservarme
nada de ellos, todo eso es inútil sin la caridad. Y si a esta liberalidad añadiera yo el martirio de fuego, dando mi vida por Cristo; pero sigo siendo impaciente, irascible, envidioso o soberbio; o si la injuria me indigna y hace montar en cólera; si busco mi interés, si soy mal intencionado o peor sufrido; la renuncia y el martirio del hombre exterior no me reportarán ventaja alguna, porque el hombre interior quedará aún cautivo en los vicios pasados. En vano habré despreciado-movido por los primeros fervores de mi conversación-los bienes inocentes de este mundo que de suyo ni son buenos ni malos, sino indiferentes, si no he despreciado al mismo tiempo las riquezas de un corazón vicioso, que de por sí son malas. Por eso no llegaré nunca a aquella divina caridad, que es paciente y benigna, que no es envidiosa ni arrogante, que no se irrita, ni es descortés ni interesada, que no piensa mal; antes bien, todo lo sufre, todo lo tolera [9]34, que, en fin, no permite que los que la buscan fielmente sean suplantados por la astucia del pecado.
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DE TRES GÉNEROS DE VOCACIÓN
III. Entonces dijo el santo abad Pafnucio: Hay tres géneros de vocación y hay asimismo tres modos de renuncia. Las tres son necesarias al monje, sea cual fuere el rango de su vocación.
En primer lugar, digo, hay tres géneros de llamamiento. Uno, cuando nos llama Dios directamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres, y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad. Examinemos esto con detención.
Si reconocemos que fuimos llamados directamente por El a su culto, tendremos que ordenar toda nuestra vida de modo que esté en consonancia con la alteza de esa vocación. Porque de nada servirían los bellos comienzos si el fin no respondiera a los principios.
Supongamos, en cambio, que Dios nos ha segregado del mundo por una vocación de rango más humilde, llamados par los hombres o por la necesidad. En tal caso, cuanto menos gloriosos sean los comienzos con que inauguramos la vida monástica, tanto más deberemos avivar nuestro fervor para consolidarnos en ella y tener un buen fin en nuestra carrera.
Por lo que atañe a las tres renuncias, conviene que las conozcamos también a fondo. La perfección nos sería en un todo inaccesible, si ignorásemos la índole de esas renuncias, o si, conociéndolas, no intentáramos en realidad ponerlas por obra.
IV. Para poner en claro estos tres modos de vocación y sus notas distintivas, repitamos que el primero es de Dios, el segundo se produce por intermediaria humano y el tercero es hijo de la necesidad.
La vocación viene directamente de Dios, siempre que envía a nuestro corazón alguna inspiración. Esta nos sorprende a veces sumidos como en un profundo sueño. Nos sacude, despierta en nosotros el desea de la vida y de la salvación eternas, y nos empuja, merced a la compunción saludable que origina en el alma, a seguirla, manteniéndonos adheridos a sus preceptos. Así leemos en las Sagradas Escrituras que Abraham fue llamado por la voz divina lejos de su patria natal, de sus deudos y de la casa de su padre: «Sal de tu tierra, le dice el Señor, y de tu parentela, y de la casa de tu padre» [1]
Sabemos que tal fue la vocación del bienaventurado Antonio. Sólo a Dios era deudor de su conversión. Pues habiendo entrado un día en el templo, oyó estas palabras del Señor en el Evangelio: «Aquel que no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a su mujer, sus campos y su propia vida, éste tal no puede ser mi discípulo»[2] `. Y: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» s. Le pareció como si este consejo fuera dirigido personalmente a él. Penetrado de este sentimiento, abrazó el consejo con gran compunción de corazón, e inmediatamente renunció a todo y se fue en pos de Cristo. Como se ve, ningún consejo, ninguna enseñanza humana tuvo el menor influjo en su decisión, sino sólo la palabra divina oída en el Evangelio.
La segunda clase de vocación es aquella en que, según hemos dicho, media la intervención de los hombres. En tal caso nos sentimos movidos por las exhortaciones y ejemplos de los santos, y se enciende en nosotros el deseo de salvación. De esta manera me acuerdo haber sido yo llamado, por gracia del Señor. Movido por los consejos del santo abad Antonio y vivamente impresionado por sus virtudes, me incliné a seguir este estilo de vida consagrándome a la profesión monástica. De este modo, como nos dice la Escritura, libró Dios a los hijos de Israel de la cautividad de Egipto, por ministerio de Moisés[3] 6.
El tercer género de vocación nace de la necesidad. Sucede cuando, cautivos en las riquezas y en los placeres de este mundo, sobreviene de pronto la tentación y se cierne sobre nosotros. Unas veces será cuando nos amenaza el peligro de muerte, otras cuando la pérdida de los bienes o la proscripción asesta un duro golpe a nuestra existencia, y otras cuando nos atenaza el dolor de ver morir a los que amamos. Entonces la desgracia nos obliga, tal vez a pesar nuestro, a echarnos en los brazos de Aquel a quien no quisimos seguir en la prosperidad.
De esta vocación que motiva la necesidad, encontramos también frecuentes ejemplos en la Escritura. Así, cuando el Señor entregaba en manos de sus enemigos en castigo de sus pecados a los hijos de Israel, bajo la cautividad y cruel tiranía que los oprimía, se volvían clamando hacia Dios. «Y el Señor-se nos dice- les suscitó un libertador, llamado Aod, hijo de Guera, hijo de la tribu de Benjamín, el cual era zurdo»[4]7. Y de nuevo-afirma-«clamaron al Señor, quien les suscitó un salvador que los libertó; a saber, Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb» 8. He aquí las palabras de los salmos que hacen alusión a casos semejantes: «Cuando los hería de muerte, le buscaban, se convertían y se volvían a Dios. Y se acordaban que era Dios su amparo, y el Dios altísimo, su Redentor»9. Y también: «Y clamaron al Señor en sus peligros, y los libró de sus angustias» lo.
V. De estas tres vocaciones, las dos primeras parecen fundarse en un principio y origen más noble. No obstante, hemos visto a algunos que, partiendo de ese tercer llamamiento-que es en apariencia de menos estima y propio de los tibios--, se mostraron perfectos y excitaron nuestra admiración por su fervor y gran espíritu. Incluso llegaron a equipararse a aquellos que, habiendo tenido mejores principios en su vocación, perseveraron en este fervor lo restante de su vida. Muchos, al contrario, después de haber sido favorecidos por más alto llamamiento, se enfriaron poco a poco bajo la desidia y la tibieza y tuvieron un fin desgraciado. Así como a los primeros, convertidos por la necesidad más que por propia iniciativa, no perdieron nada, pues vemos que el Señor, en su bondad, les dió igualmente ocasión de arrepentirse, así también de nada les sirvió a los segundos el haber tenido tan hermosos comienzos, por no haber conformado con ellos. el resto de su vida.
Nada faltó al abad Moisés, que vivió en este desierto, en la zona llamada Cálamo, para ser un gran santo. Bien es verdad que por el temor de la pena de muerte, a que había sido condenado por homicidio, se refugió en el monasterio. Pero supo sacar provecho de esta conversión forzosa, convirtiéndola con su entusiasmo en una donación voluntaria, que le llevó a las más altas cumbres de la perfección. ¡Cuántos, al contrario, cuyo nombre no puedo aducir aquí, no han aprovechado en la santidad, a pesar de haber tenido comienzos más honrosos en el servicio de Dios! Una vida anquilosada en la tibieza fue suplantando las buenas disposiciones, y les vimos caer en una indiferencia fatal hasta precipitarse en el abismo de la muerte.
Cosa pareja vemos que aconteció en la vocación de los apóstoles. ¿De qué le sirvió a Judas el haber abrazado voluntariamente aquella sublime dignidad, al igual que Pedro y los demás discípulos? Porque, dando a tan esclarecidos principios un fin abominable, se entregó a la pasión de la avaricia [5]11 y llegó hasta la traición de su Maestro, perpetrando el más cruel de los parricidios.
Y he aquí a San Pablo. Cegado súbitamente por el Señor, es como arrastrado a su pesar al camino de salvación. ¿Dónde está aquí la desventaja? Sigue desde luego al Señor con un amor y una fe insobornables. Y trocando la coacción primera por un sacrificio libre y espontáneo de sí mismo, corona con un fin incomparable una vida gloriosa, cuajada de ejemplos de virtud.
Todo estriba, pues, en el fin. Es posible que después de haber uno comenzado su conversión de la manera más laudable, descienda por su negligencia al más bajo nivel de vida. Y no es menos posible que, arrastrado a la vida monástica acuciado por la necesidad, vaya elevándose, merced al temor de Dios y a un celo santo, hasta la perfección.
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Aba Moises . Colaciones de Casiano
La discreción
La discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes
Abad Antonio
Pureza de corazon sea nuestro objetivo
Abracémonos, pues, con todas nuestras energías a lo que puede encaminamos a lograr el objetivo de la pureza del corazón; evitemos, por el contraria, como funesto y malsano, lo que nos apartaría de él. Esta pureza es cabalmente la razón de ser de todas nuestras acciones y de todos nuestros sacrificios. Por ella, y para poder conservarla siempre intacta, hemos dejado a los padres, la patria, los honores, las riquezas. Todas las delicias y placeres del mundo nos parecen cosa deleznable.
Si nos proponemos esta meta, nuestros actos y nuestros pensamientos irán constantemente derechos a alcanzarla. Pero si no es ésta nuestra constante intención, nuestros esfuerzos, vanos e inciertos, se malograrán lamentablemente sin poder cosechar fruto alguno. Además, veremos surgir en nosotros un mundo de pensamientos que luchan entre sí. Porque es inevitable que el alma, que no tiene un lugar a donde ir y fijarse en él con preferencia, cambie a todas horas, a merced de las circunstancias, y viva al albur de los pensamientos que cruzan par ella. Así, convertida en juguete de las influencias del ambiente, cede a la primera impresión, variando de continuo según el sesgo que toman los acontecimientos.
Aba Moises . Colaciones de Casiano
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VATICAN MUSEUMS 1/3Hace 8 años
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