lunes, 31 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
Diez criterios para discernir cómo está tu nivel de silencio interior
PRIMERO: Observa si queda algo por perdonar en ti, o en tu vida. En tu pasado más remoto o más cercano. Mira si hay algún recuerdo que perturba tu alma. No puedes olvidar que la búsqueda del lugar del propio corazón, tu unificación interior, y el hecho de tener que ser "anuncio evangelizador" en tu vida, exigen una plena paz de alma. Y te animan a buscar el lugar del corazón, para establecer en él un ámbito de comunión y de encuentro.
Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.
Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.
SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.
Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.
TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...
Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.
continua en comentario 1
Para poder hacer este camino hacia el corazón, has de vivir en una pureza total de la memoria, del pensamiento y de la imaginación, y acoger en ti la presencia vitalizadora de Cristo.
Has de ser capaz de amar y de dejarte amar. Vivirás en la transparencia total para poder ser "luz". No pretendas iluminar. Que tu primer objetivo sea vivir en la iluminación interior.
SEGUNDO: Observa si en tu vida puedes decir que has hecho de manera tan eficaz, que se pueda notar, el don absoluto de tu amor total a Dios y a los hermanos. Mira si en tu manera de vivir se ve que para ti "nada vale la pena en comparación con el supremo bien de conocer a Jesucristo, mi Señor" (Fil 3,8). El resucitado vive en ti y quiere establecerse en tu interior.
Busca "ese" lugar interior en el que Él vive: es el corazón centro de todo lo que vives y sientes. Haz el camino con paz, sin prisas... sin nerviosismos, ni precipitaciones. Date el tiempo necesario para llegar. De momento busca el silencio. Te bastará "estar" serenamente contigo mismo.
TERCERO: Observa si te desestabilizan interiormente, o anímicamente, tus limitaciones y pobrezas, o las de tus hermanos..., o por el contrario si vives en la paz de reconocerlas sinceramente para superarlas aceptándolas. ¿Te dejas llevar fácilmente por los "nervios"?...
Recuerda: Cristo que vive en ti siempre te dice: ¡Ten paz, no tengas miedo...!. Pero tú mismo has de vivir en esta paz... que siempre supone la ausencia del temor y de la duda. Porque te has abandonado en confianza.
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viernes, 21 de enero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
La práctica de la humildad

Evita como un mal gravísimo el juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo semejante, según las circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija que pongas remedio.
Abre los ojos de tu alma, y considera que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo sólo tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y, en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en tí, solamente a Dios, de quien los has recibido como principio de tu ser, pertenece la gloria.
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miércoles, 12 de enero de 2011
LAS TRES RENUNCIAS
VI. Hablemos ahora de las tres renuncias. La tradición unánime de los Padres se junta a la autoridad de las Escrituras para mostrar que son tres, en efecto. Debemos trabajar con ahínco en ponerlas por obra.
La primera consiste en despreciar todas las riquezas y bienes de este mundo. Por la' segunda, renunciamos a nuestra vida pasada, a nuestros vicios y a nuestras afecciones del espíritu y de la carne. La tercera tiene por objeto apartar nuestra mente de las cosas presentes y visibles,
para contemplar únicamente las cosas futuras y no desear más que las invisibles. Que es menester cumplir con las tres, es el mandamiento que el Señor hizo ya a Abraham, cuando le dijo: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre»[1] "
«Sal de tu patria», es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas de esta tierra. «Abandona a tu parentela», esto es, la vida y las costumbres dé antaño, tan estrechamente unidas a nosotros desde nuestro nacimiento, que hemos contraído con ellas como una especie de afinidad y parentesco natural, cual si fuera nuestra propia sangre. «Aléjate de la casa de tu padre», o sea, aparta tus ojos del recuerdo del mundo presente.
Tenemos, efectivamente, dos padres: uno que es necesario abandonar; otro, que es preciso seguir. David los señala a ambos en un mismo pasaje de los salmos, cuando pone en labios de Dios aquellas palabras: «Oye, hija, considera y presta atento oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre» 13. Al decir Dios al alma: «Escucha, hija mía», supone que su Majestad es su padre. Y, por otra parte, afirma que es también su padre aquel cuya casa y pueblo debe echarse en olvido.
Este olvido tiene lugar cuando, muertos con Cristo a los elementos de este mundo, no contemplamos ya, según la palabra del Apóstol, «las cosas visibles, sino las invisibles; pues las visibles son temporales, las invisibles, eternas» [2]14. Se realiza asimismo cuando, renunciando de corazón a esta morada temporal y visible, dirigimos la mirada del alma hacia aquélla, donde habitaremos eternamente.
Este estado será el nuestro desde el momento en que, a pesar de vivir en la carne, no obraremos ya según la carne, pues empezaremos a militar en las filas del Señor. Entonces podremos con toda verdad realizar aquella palabra de San Pablo: «Somos ya ciudadanos del cielo», 15.
***
A estas tres renuncias corresponden exactamente los tres libros de Salomón. A la primera convienen los Proverbios, que nos enseñan a desechar los bienes terrenos y los vicios de la carne. A la segunda, el Eclesiastés, donde se afirma que todo cuanto se hace en el haz de la tierra es vanidad. A la tercera, el Cántico de los Cánticos, en el cual el alma, trascendiendo las cosas visibles, se une ya, por la contemplación de las celestiales, al Verbo de Dios.
VII. Mal podríamos hacer la primera renuncia, aunque fuera con una fe a toda prueba, si no pusiéramos por obra la segunda con igual ardor e intensidad. El cumplimiento de ésta nos dará la posibilidad de llevar a cabo la tercera.
Esta tercera consiste, como he dicho, en abandonar la morada de nuestro primer padre-nuestro padre lo fue, como sabemos, según el hombre viejo, desde nuestro nacimiento, cuando «éramos por naturaleza hijos de ira, como el resto de los hombres» [3]16°. Entonces, despojados de este afecto, nuestra mirada se concentrará únicamente en el cielo.
De este padre habla Dios a Jerusalén, que había despreciado a su verdadero Padre celestial: «Tu padre es un amorreo y tu madre una jetea» 17. Y también en el Evangelio: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» 1g.
Dejando, pues, a ese primer padre, y salvando la distancia de las realidades visibles a las invisibles, podremos decir con el Apóstol: «Sabemos que si la tienda de nuestra mansión terrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos» 19. Y lo que poco ha hemos citado: «Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos al Salvador y Señor Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso»[4] 2°. Y todavía estas palabras de David: «Soy peregrino en la tierra, un advenedizo, como todos mis padres» 21. Para que seamos semejantes a aquellos de quienes el Señor, en el Evangelio, dice a su Padre: «Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» 22. Y otra vez a sus mismos apóstoles: «Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» 2 3.
Cuando no quede ya en nuestra alma vestigio alguno de esa especie de crasitud propia de la vida animal con que se sentía agravada, mereceremos llegar realmente a la perfección de esta tercera renuncia. Es señal entonces de que una mano hábil ha desbastado y limado en ella todas las disposiciones y afectos terrenos.
Por los demás, la meditación constante de las cosas de Dios y el ejercicio de la contemplación la fijan de tal manera en la esfera de lo invisible, que, atenta sólo a las realidades celestiales e incorpóreas, olvida el efímero ropaje de su carne frágil y no tiene ya conciencia del lugar que ocupa su cuerpo en el espacio. Siguen ahora arrobamientos y transportes inefables. El oído permanece insensible a la voz de lo que ocurre en torno. Ni la imagen fugaz de los que pasan y discurren ante ella solicitan siquiera su atención. ¿Qué digo? Junto a ella, frente a ella, se levantan los mismos objetos y aun masas imponentes, sin que pueda percatarse de ello con los ojos de la carne.
La verdad y grandeza de estas sublimidades sólo podrá captarlas quien tenga experiencia de ello. A este tal el Señor le ha apartado los ojos del corazón de todas las cosas de la tierra. Tanto es así que las juzga no sólo perecederas, sino como carentes de existencia, desvanecidas en la nada como vana humareda. Íntimamente unido a Dios, al igual que Enoc, vive abstraído de la vida y ajeno a cuanto le rodea. Sólo media una diferencia: que en el personaje bíblico la elevación fue también física, como nos lo enseña el pasaje del Génesis: «Y anduvo Enoc en la presencia de Dios, y había desaparecido; no se le encontraba, porque se lo llevó Dios»[5] 2'. Y el Apóstol dice a su vez: «Por la fe fue trasladado Enoc, sin pasar por la muerte» 25. Esta muerte de la cual el Señor dice en el Evangelio: «Quien vive y cree en mí, no morirá eternamente» 2°.
Apresurémonos, pues, si queremos alcanzar la verdadera perfección, a abandonar de veras -como lo hemos hecho físicamente-a los padres, la patria, las riquezas y los deleites de este mundo. Y no se nos ocurra desandar después el camino, ambicionando de nuevo lo que hemos dejado, como hicieron otrora los hebreos. Moisés les había sacado de Egipto. Y ellos retrocedieron, no materialmente, es cierto, pero sí con el corazón. Dios les había librado de la esclavitud prodigando para ello sus signos y prodigios, y en retorno le abandonaron para adorar otra vez los ídolos egipcios que habían despreciado. Así se expresa la Escritura: «Y con sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: haznos dioses que vayan delante de nosotros»[6] 2r. También nosotros nos haríamos reos de la misma condenación que Dios fulminó contra ellos cuando, después de haber gustado el maná, deploraron la falta de aquellos viles manjares, cayendo en los repugnantes vicios a que allí se habían abandonado. Y nos haríamos asimismo solidarios de su murmuración: «Mejor ciertamente nos iba cuando estábamos en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos cebollas, ajos, cohombros y melones» 28.
Aunque todo esto sucedió en figura en aquel pueblo, no obstante, vemos que la realidad se cumple a diario en nuestra vida y profesión. Cualquiera que, habiendo renunciado al mundo, vuelve a sus gustos y tendencias pasadas, yendo otra vez en pos de sus deseos y apetitos, repite tácitamente con sus obras y sus pensamientos lo que dijeron entonces los israelitas: «Mucha mejor me iba a mí en Egipto». Me temo que los monjes de tal laya no sean menos en número que aquella multitud que prevaricó en tiempo de Moisés. Porque de los seiscientos tres mil hombres que se contaron, dispuestos a tomar las armas, al salir de Egipto [7]29, sólo dos entraron en la tierra prometida I'. Razón por la cual debemos apresurarnos a seguir los ejemplos de virtud del pequeño número, de esa minoría escogida que sobresale entre los leales. El mismo Evangelio sintoniza también con esa figura de que hablábamos del pueblo judío, al decir que «muchos son los llamados y pocos los escogidos» 31.
De nada, pues, nos servirá una renuncia corporal y local. Significaría tanto como salir de Egipto tan sólo exteriormente. Es preciso asociar la renuncia del corazón, que es la más elevada de las dos, y ciertamente la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol: «Si repartiere toda mi hacienda para sustento de los pobres y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» 32. El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que muchos, después de haber distribuido a los pobres todos sus bienes, serían impotentes para escalar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón, sin afán de purificarse, los vicios y costumbres inmortificadas contraídos en su vida primera. Estas cosas constituyen un grave obstáculo que les impide arribar, a aquella caridad que permanece para siempre. Ahora bien, si somos incapaces de llevar a cabo la segunda renuncia, más difícil nos será practicar la tercera, que es muy superior a aquélla.
Considerad asimismo el hecho de que el Apóstol no ha dicho simplemente: «Si repartiere mi hacienda». Podría creerse en este caso que habla de aquellos que, no cumpliendo el precepto evangélico, se reservan una parte de su fortuna, como hacen algunos tibios. Pero dice: «Si repartiere todos mis bienes para sustento de los pobres», es decir, aunque renunciara perfectamente a los bienes de la tierra. A esta renuncia total añade otra de más quilates, al decir: «Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas, no teniendo caridad, nada me aprovecha.» Como si dijera: «Aunque distribuyera todos mis bienes para sustentar a los pobres»-según el precepto del Evangelio que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos»[8] "-hasta no reservarme
nada de ellos, todo eso es inútil sin la caridad. Y si a esta liberalidad añadiera yo el martirio de fuego, dando mi vida por Cristo; pero sigo siendo impaciente, irascible, envidioso o soberbio; o si la injuria me indigna y hace montar en cólera; si busco mi interés, si soy mal intencionado o peor sufrido; la renuncia y el martirio del hombre exterior no me reportarán ventaja alguna, porque el hombre interior quedará aún cautivo en los vicios pasados. En vano habré despreciado-movido por los primeros fervores de mi conversación-los bienes inocentes de este mundo que de suyo ni son buenos ni malos, sino indiferentes, si no he despreciado al mismo tiempo las riquezas de un corazón vicioso, que de por sí son malas. Por eso no llegaré nunca a aquella divina caridad, que es paciente y benigna, que no es envidiosa ni arrogante, que no se irrita, ni es descortés ni interesada, que no piensa mal; antes bien, todo lo sufre, todo lo tolera [9]34, que, en fin, no permite que los que la buscan fielmente sean suplantados por la astucia del pecado.
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DE TRES GÉNEROS DE VOCACIÓN
III. Entonces dijo el santo abad Pafnucio: Hay tres géneros de vocación y hay asimismo tres modos de renuncia. Las tres son necesarias al monje, sea cual fuere el rango de su vocación.
En primer lugar, digo, hay tres géneros de llamamiento. Uno, cuando nos llama Dios directamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres, y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad. Examinemos esto con detención.
Si reconocemos que fuimos llamados directamente por El a su culto, tendremos que ordenar toda nuestra vida de modo que esté en consonancia con la alteza de esa vocación. Porque de nada servirían los bellos comienzos si el fin no respondiera a los principios.
Supongamos, en cambio, que Dios nos ha segregado del mundo por una vocación de rango más humilde, llamados par los hombres o por la necesidad. En tal caso, cuanto menos gloriosos sean los comienzos con que inauguramos la vida monástica, tanto más deberemos avivar nuestro fervor para consolidarnos en ella y tener un buen fin en nuestra carrera.
Por lo que atañe a las tres renuncias, conviene que las conozcamos también a fondo. La perfección nos sería en un todo inaccesible, si ignorásemos la índole de esas renuncias, o si, conociéndolas, no intentáramos en realidad ponerlas por obra.
IV. Para poner en claro estos tres modos de vocación y sus notas distintivas, repitamos que el primero es de Dios, el segundo se produce por intermediaria humano y el tercero es hijo de la necesidad.
La vocación viene directamente de Dios, siempre que envía a nuestro corazón alguna inspiración. Esta nos sorprende a veces sumidos como en un profundo sueño. Nos sacude, despierta en nosotros el desea de la vida y de la salvación eternas, y nos empuja, merced a la compunción saludable que origina en el alma, a seguirla, manteniéndonos adheridos a sus preceptos. Así leemos en las Sagradas Escrituras que Abraham fue llamado por la voz divina lejos de su patria natal, de sus deudos y de la casa de su padre: «Sal de tu tierra, le dice el Señor, y de tu parentela, y de la casa de tu padre» [1]
Sabemos que tal fue la vocación del bienaventurado Antonio. Sólo a Dios era deudor de su conversión. Pues habiendo entrado un día en el templo, oyó estas palabras del Señor en el Evangelio: «Aquel que no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a su mujer, sus campos y su propia vida, éste tal no puede ser mi discípulo»[2] `. Y: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» s. Le pareció como si este consejo fuera dirigido personalmente a él. Penetrado de este sentimiento, abrazó el consejo con gran compunción de corazón, e inmediatamente renunció a todo y se fue en pos de Cristo. Como se ve, ningún consejo, ninguna enseñanza humana tuvo el menor influjo en su decisión, sino sólo la palabra divina oída en el Evangelio.
La segunda clase de vocación es aquella en que, según hemos dicho, media la intervención de los hombres. En tal caso nos sentimos movidos por las exhortaciones y ejemplos de los santos, y se enciende en nosotros el deseo de salvación. De esta manera me acuerdo haber sido yo llamado, por gracia del Señor. Movido por los consejos del santo abad Antonio y vivamente impresionado por sus virtudes, me incliné a seguir este estilo de vida consagrándome a la profesión monástica. De este modo, como nos dice la Escritura, libró Dios a los hijos de Israel de la cautividad de Egipto, por ministerio de Moisés[3] 6.
El tercer género de vocación nace de la necesidad. Sucede cuando, cautivos en las riquezas y en los placeres de este mundo, sobreviene de pronto la tentación y se cierne sobre nosotros. Unas veces será cuando nos amenaza el peligro de muerte, otras cuando la pérdida de los bienes o la proscripción asesta un duro golpe a nuestra existencia, y otras cuando nos atenaza el dolor de ver morir a los que amamos. Entonces la desgracia nos obliga, tal vez a pesar nuestro, a echarnos en los brazos de Aquel a quien no quisimos seguir en la prosperidad.
De esta vocación que motiva la necesidad, encontramos también frecuentes ejemplos en la Escritura. Así, cuando el Señor entregaba en manos de sus enemigos en castigo de sus pecados a los hijos de Israel, bajo la cautividad y cruel tiranía que los oprimía, se volvían clamando hacia Dios. «Y el Señor-se nos dice- les suscitó un libertador, llamado Aod, hijo de Guera, hijo de la tribu de Benjamín, el cual era zurdo»[4]7. Y de nuevo-afirma-«clamaron al Señor, quien les suscitó un salvador que los libertó; a saber, Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb» 8. He aquí las palabras de los salmos que hacen alusión a casos semejantes: «Cuando los hería de muerte, le buscaban, se convertían y se volvían a Dios. Y se acordaban que era Dios su amparo, y el Dios altísimo, su Redentor»9. Y también: «Y clamaron al Señor en sus peligros, y los libró de sus angustias» lo.
V. De estas tres vocaciones, las dos primeras parecen fundarse en un principio y origen más noble. No obstante, hemos visto a algunos que, partiendo de ese tercer llamamiento-que es en apariencia de menos estima y propio de los tibios--, se mostraron perfectos y excitaron nuestra admiración por su fervor y gran espíritu. Incluso llegaron a equipararse a aquellos que, habiendo tenido mejores principios en su vocación, perseveraron en este fervor lo restante de su vida. Muchos, al contrario, después de haber sido favorecidos por más alto llamamiento, se enfriaron poco a poco bajo la desidia y la tibieza y tuvieron un fin desgraciado. Así como a los primeros, convertidos por la necesidad más que por propia iniciativa, no perdieron nada, pues vemos que el Señor, en su bondad, les dió igualmente ocasión de arrepentirse, así también de nada les sirvió a los segundos el haber tenido tan hermosos comienzos, por no haber conformado con ellos. el resto de su vida.
Nada faltó al abad Moisés, que vivió en este desierto, en la zona llamada Cálamo, para ser un gran santo. Bien es verdad que por el temor de la pena de muerte, a que había sido condenado por homicidio, se refugió en el monasterio. Pero supo sacar provecho de esta conversión forzosa, convirtiéndola con su entusiasmo en una donación voluntaria, que le llevó a las más altas cumbres de la perfección. ¡Cuántos, al contrario, cuyo nombre no puedo aducir aquí, no han aprovechado en la santidad, a pesar de haber tenido comienzos más honrosos en el servicio de Dios! Una vida anquilosada en la tibieza fue suplantando las buenas disposiciones, y les vimos caer en una indiferencia fatal hasta precipitarse en el abismo de la muerte.
Cosa pareja vemos que aconteció en la vocación de los apóstoles. ¿De qué le sirvió a Judas el haber abrazado voluntariamente aquella sublime dignidad, al igual que Pedro y los demás discípulos? Porque, dando a tan esclarecidos principios un fin abominable, se entregó a la pasión de la avaricia [5]11 y llegó hasta la traición de su Maestro, perpetrando el más cruel de los parricidios.
Y he aquí a San Pablo. Cegado súbitamente por el Señor, es como arrastrado a su pesar al camino de salvación. ¿Dónde está aquí la desventaja? Sigue desde luego al Señor con un amor y una fe insobornables. Y trocando la coacción primera por un sacrificio libre y espontáneo de sí mismo, corona con un fin incomparable una vida gloriosa, cuajada de ejemplos de virtud.
Todo estriba, pues, en el fin. Es posible que después de haber uno comenzado su conversión de la manera más laudable, descienda por su negligencia al más bajo nivel de vida. Y no es menos posible que, arrastrado a la vida monástica acuciado por la necesidad, vaya elevándose, merced al temor de Dios y a un celo santo, hasta la perfección.
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Aba Moises . Colaciones de Casiano
La discreción
La discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes
Abad Antonio
Pureza de corazon sea nuestro objetivo
Abracémonos, pues, con todas nuestras energías a lo que puede encaminamos a lograr el objetivo de la pureza del corazón; evitemos, por el contraria, como funesto y malsano, lo que nos apartaría de él. Esta pureza es cabalmente la razón de ser de todas nuestras acciones y de todos nuestros sacrificios. Por ella, y para poder conservarla siempre intacta, hemos dejado a los padres, la patria, los honores, las riquezas. Todas las delicias y placeres del mundo nos parecen cosa deleznable.
Si nos proponemos esta meta, nuestros actos y nuestros pensamientos irán constantemente derechos a alcanzarla. Pero si no es ésta nuestra constante intención, nuestros esfuerzos, vanos e inciertos, se malograrán lamentablemente sin poder cosechar fruto alguno. Además, veremos surgir en nosotros un mundo de pensamientos que luchan entre sí. Porque es inevitable que el alma, que no tiene un lugar a donde ir y fijarse en él con preferencia, cambie a todas horas, a merced de las circunstancias, y viva al albur de los pensamientos que cruzan par ella. Así, convertida en juguete de las influencias del ambiente, cede a la primera impresión, variando de continuo según el sesgo que toman los acontecimientos.
Aba Moises . Colaciones de Casiano
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Hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio
«Cheremón nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud» 3`. Y más claramente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que es la renuncia por la cual nos alejamos del mal, y otro, positivo, que es la oración y la contemplación, por la cual practicamos el bien y nos unimos a Dios.
sábado, 8 de enero de 2011
EL CORAZÓN DE CRISTO
Por eso puede decirse que el Corazón del mundo está así maravillosamente simbolizado por el sol, al que igualmente se ha considerado corazón del mundo; lo hace por ejemplo el neoplatónico Proclo: «Dispensador de luz –exclama dirigiéndose al astro–, oh señor que tienes la llave de la fuente que mantiene la vida... que ocupas por encima del Éter el trono de en medio y que tienes por imagen un círculo deslumbrante que es el Corazón del mundo, tú lo llenas todo de una providencia capaz de hacer despertar la inteligencia» (4). Esta asimilación está basada en la analogía entre la posición central del astro y su función en el mundo y las del corazón en el cuerpo humano: «El sol –dice Plutarco– con la fuerza de un corazón dispersa y difunde fuera de sí mismo el calor y la luz, como si fuese la sangre y el aliento» (5). Y lo mismo Macrobio: «El nombre de Inteligencia del mundo que se da al sol responde al de Corazón del cielo; el sol, fuente de la luz etérea, es para este fluido lo que el corazón para el ser dotado de vida» (6). Y el citado Al-Jîlî consideraba igualmente que el corazón es a las demás facultades lo que el sol es a los planetas: del sol reciben su luz y su impulso:
El Corazón de Cristo es llamado en las Letanías «Hoguera ardiente de caridad», y así se apareció en 1674 a Santa Margarita María Alacoque en su segunda revelación: «Este corazón divino –escribe– se me apareció como en un trono de fuego y llamas más radiante que un sol y transparente como el cristal». Ya Santa Matilde había visto el Corazón de Cristo resplandeciente de luz (7). Toda esta simbología del centro y del sol está maravillosamente inscrita en el famoso mármol de la cartuja de Orques (Sarthe) (ver ilustración de cabecera). Es una prueba extraordinaria de la profundidad intelectual, en el verdadero sentido de la palabra, a la que habían llegado los monjes de San Bruno en la comprensión del misterio del Corazón. Este mármol representa el Corazón irradiante en medio de dos círculos, concéntricos con respecto a él, el círculo de los planetas, que es el más interior, y el círculo del zodíaco, que es el más exterior. Señalemos de paso que en la India, donde el sol también es llamado «corazón del mundo» u «ojo del mundo», a veces lo representan en el centro de la rueda zodiacal, como en Orques. Se expresa así, todo al mismo tiempo, la idea de que el Corazón de Cristo está en el centro del mundo y la de que ilumina y da vida como el sol.
PERLAS DE SABIDURÍA
*
Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.El alma debe sustraerse a la dispersión del mundo; es la cualidad de interioridad. Después la voluntad debe vencer a la pasividad de la vida; es la cualidad de actualidad. Por último, el espíritu debe trascender la inconsciencia del ego; es la cualidad de simplicidad. Percibir intelectualmente la Substancia, más allá del estrépito de los accidentes, es realizar la simplicidad. Ser uno es ser simple; pues la simplicidad es al Uno lo que la interioridad es al centro y lo que la actualidad es al presente.
En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.
El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad, después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan el Verdad y el Bien.
La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.
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FRITHJOF SCHUON
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PERLAS DE SABIDURÍA
jueves, 6 de enero de 2011
viernes, 31 de diciembre de 2010
QUÉ ES LA ACEDIA
De la acedia no se suele hablar actualmente. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de algunos manuales y diccionarios de moral. Ni siquiera de todos.
Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez oyeron nombrar la acedia y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.
Sin embargo la acedia existe y abunda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: tentación, pecado actual, hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia por lo cual parece conveniente ocuparse de ella..
Definición y ejemplos bíblicos
Para dar una idea de lo que es la acedia expondremos primero sus definiciones y después daremos una serie de ejemplos bíblicos.
La acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia O sea que es una especie de tristeza
Santo Tomás de Aquino, la define como: "tristeza por el bien divino del que goza la caridad". O sea, envidia a Dios; tristeza envidiosa por los bienes espirituales, por las personas, funciones, signos, símbolos sagrados, sacramentos, efectos de gracia, dones y carismas....
Es, propiamente, el afecto demoníaco, del que nace el pecado demoníaco.
El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la define así: "La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino" (CIC 2094).
El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) ubica la acedia entre los pecados contra la Caridad: 1º) indiferencia, 2º) ingratitud, 3º) tibieza, 4º) acedia y 5º) odio a Dios. La acedia se manifiesta en forma de indiferencia, ingratitud y tibieza. Su culminación es el odio a Dios.
La acedia es, pues, tristeza por un bien y por lo tanto es una especie de envidia. )Qué la distingue de la envidia en general? Que mientras la envidia es tristeza por cualquier bien terreno y genérico de la creatura, la acedia es tristeza por el bien divino, ya sea en Dios mismo ya en sus creaturas. Es, en una palabra una envidia opuesta al objeto de las virtudes teologales y a los bienes propios de la virtud de religión, entre los cuales son los principales las Personas divinas y las personas humanas que están en comunión con ellas.
La acedia es igualmente enfriamiento o entibiamiento del fervor de la caridad. Como se dice en el Apocalipsis: "tengo contra ti que has perdido tu amor de antes" (Apoc. 2,4); "puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc. 3,16).
Acedia en las Sagradas Escrituras
Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas estas formas, que van desde la indiferencia, pasando por la tibieza, la ingratitud y la burla, hasta llegar al odio.
Nos dan también pistas para comprender la naturaleza de la acedia. Nos ayudan para reconocerla en sus formas históricas y actuales. Nos permiten comprender mejor su mecanismo espiritual. En los casos clínicos bíblicos se ve cuáles son las causas y los síntomas de la acedia.
1) La acedia de Judas se pone de manifiesto cuando critica a María como exagerada por haber derramado toda la libra de perfume de nardo puro sobre Jesús. Es propio de la acedia en esta forma, oponer razones aparentemente sensatas a las obras del amor, desprestigiándolas como excesivas o exageradas. “¡Qué desperdicio!” se oye decir cuando un joven o una joven quieren seguir la vocación sacerdotal o religiosa y derramar su vida como un gesto de amor. Ni está lejos del sentir de Judas el escándalo por las “riquezas del Vaticano”.
Las razones de Judas implican un menos-precio del amor a Jesús, y de las conductas de los que lo aman, y en el fondo de Jesús mismo, que se irá manifestando durante la Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más menosprecio.
2) La Acedia de Mikal, Esposa de David: se manifiesta como irritación y menosprecio viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslación. La danza de David era una manifestación del gozo de la caridad. La irritación de Mikal por la devoción de David es acedia. (2 Samuel 6, 14-23). Los que menosprecian a los romeros, peregrinos, promesantes y a cuantos expresan físicamente su alegría religiosa están tentados con esta forma de acedia.
3) La Acedia de los Hijos de Jeconías: El Arca de la Alianza fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue por eso duramente castigada. He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: "ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia". (Ver 1 Samuel 6,13-21). Los hijos de Jeconías consideran que la irrupción de Dios en plena tarea de la cosecha, era, por lo menos inoportuna. La solicitud excesiva por las cosas de esta vida, es otra forma y raíz de la acedia, que impide alegrarse en la fiesta y el culto. Los que dicen no tener tiempo para el culto debido a las urgencias de la vida, adolecen de este tipo de acedia.
4) El Menosprecio de un Profeta: Los niños que se mofan del profeta Eliseo, gritándole "(Sube, calvo! (Sube, calvo!", burlándose de su tonsura religiosa, y que a consecuencia de una maldición del profeta, son destrozados por los osos, reflejan una ignorancia religiosa y un menosprecio recibido de sus mayores. (2 Reyes 2,23-24).
El relato quiere inculcar el respeto a los profetas, a un pueblo que, por acedia, se inclinaba a rechazarlos y aún a matarlos. En efecto, la persecución a los profetas, y en general a los justos, empieza con burlas pero tiende a terminar en sangre. Eliseo ve, en ese menosprecio, más que una inocentada infantil, la manifestación de un pecado social, nacional. La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay en Israel piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo de la caridad o acedia.
Nuestros catequistas chocan continuamente, aún en nuestros colegios católicos, con la indiferencia, el desinterés y hasta la burla y el menosprecio de sus alumnos por la doctrina de la fe. El fenómeno es semejante. Porque muy a menudo la indiferencia de los niños es un puro reflejo de la tibieza de sus mayores.
5) Esaú menosprecia la Primogenitura Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de guiso. Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio - y consiguiente postergación y pérdida - de los bienes espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito de la carne. La civilización de la acedia abunda en ejemplos de estas actitudes de acedia, como desprecio de la vida eterna debido a las urgencias de esta vida. (Génesis 25,29-34).
6) "Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado." (Lucas 7, 31-35). La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, o sea un no a las alegrías de Dios y a su oferta de comunicarla y participarla, la ilustran las parábolas de Reino como un Banquete al que se niegan a acudir los invitados. (Mateo 22,1-14; ver también 8,11-12; Lucas 14,16-24). No es otra cosa lo que hace la civilización de la acedia rechazando la alegría del culto divino.
7) San Clemente romano explica el mal de acedia que padecen los corintios como un caso particular de la acedia que él considera como el drama propio de toda la historia de la salvación: "Ya veis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio [Abel a manos de Caín]. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José fuera perseguido hasta punto de muerte y llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su misma tribu: ')Quién te ha constituido árbitro y juez entre nosotros? )Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste ayer al egipcio?'. Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés. Por celos no sólo tuvo David que sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Saúl, rey de Israel" (San Clemente romano, A los Corintios 4,7-13).
Uno se pregunta si la enumeración de San Clemente no refleja la enseñanza de Jesús a los de Emaús, cuando les explicaba las Escrituras por el camino. Por acedia mataron a Jesús los príncipes del pueblo elegido, que era la aristocracia religiosa del mundo antiguo.
Las Sagradas Escrituras no sólo nos ofrecen ejemplos de acedia; nos enseñan que la acedia es el drama mismo que las recorre. Y el libro de la Sabiduría podrá afirmar que la acedia es el pecado fontal de todos los pecados de todos los tiempos: "Por acedia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24).
Al recuento de San Clemente romano agregaré solamente dos episodios de acedia que lo completan:
8) El menosprecio de la Tierra Prometida: "Despreciaron una Tierra envidiable" (Sal 105(106),24; Números Caps. 13-14 y Deuteronomio 1,19-46). El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos exploradores, testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. Prefirió creer al testimonio de los malos exploradores, testigos falsos.
A esta forma de acedia, corresponde, en la dispensación del Nuevo Testamento, el menosprecio de la vida eterna de la que Jesús es el explorador y testigo: “En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al decires cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre”. (Juan 3,11-13)
9) La Acedia de Pedro ante la Cruz: Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la cruz. Por eso se hace acreedor del nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de escándalo (Mateo 16,18), no sólo para los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo (Mateo 16,23).
Ya se ve la importancia que tiene el pecado de acedia en toda la Sagrada Escritura. Si se ignora lo que es la acedia no se puede entender la Escritura ni el drama de Jesús. La acedia es ceguera para el bien de Dios y confusión espiritual del mal por bien y del bien por mal. Es lo que muestran los dos ayes proféticos que siguen.
Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia: nos enseñan que la acedia es apercepción y dispercepción del bien divino:
1) Acedia como ceguera o a-percepción: "(Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su corazón! Es como el tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga" (Jeremías 17, 5-6).En cambio: "los rectos lo ven y se alegran" (Salmo 106,42) "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Ábreme Señor los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios" (Salmo 49,23)..
2) Acedia como dis-percepción: "(Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!" (Isaías 5,20-21). Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien, dar lo dulce por agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas.
P. Horacio Bojorge
jueves, 16 de diciembre de 2010
Silencios positivos
Los silencios positivos son también muy variados y sólo vamos a recordar unos pocos:
Silencio de humildad: Es el silencio del respeto. Proporcionamos a una persona que nos visita este silencio para interesarnos por sus noticias. Oímos en silencio lo que nos propone. Acogemos a la persona con nuestro interés. Es justo hacerlo así. Ofrecer a cada uno el gesto de nuestro silencio para que la escucha se dé desde la intimidad.
Silencio de admiración: Es otro silencio que tiene gran calidad. Algo de esa persona atrae nuestra mirada y despierta este silencio que tanto beneficio acarrea. Este silencio es necesario para recuperar este sentido.
Silencio de asombro: Son maravillosos los asombros. Me quedo sin palabras. Es importante que se dé este silencio pero para ello es necesario el «no saber». Se inicia con el no saber. Con un vaciamiento de todo conocimiento. Sin referencias. Como un niño pequeño ante lo nuevo y lo desconocido. Este silencio se rompe cuando preguntamos. Se rompe al indagar. ¿Por qué? No hace falta la pregunta. La vida es maravillosa en sí. Hay que asombrarse continuamente ante ella sin preguntar más. Los niños se entregan a ella y tienen una gran capacidad de asombro. «Si no os hacéis como niños..., no entraréis en el reino del Asombro».
Silencio de la alegría: Cuando uno alcanza la cumbre de la alegría se le colma el corazón y sobra la palabra. Cuando te quedas extasiado, boquiabierto, no eres capaz de pronunciar palabra. Es el silencio de la felicidad.
Silencio del amor: Es el silencio de la comunión. Cuando miramos a una persona con amor ya no es necesario pronunciar palabra. El milagro de una pupila hace innecesario hablar. A la persona amada se la siente y no más. ¡Qué gusto es estar en casa sin hablar! . La presencia todo lo llena. Todo lo colma.
Muy cercano a este último silencio está el que pide Jesús en la oración.
Silencio de humildad: Es el silencio del respeto. Proporcionamos a una persona que nos visita este silencio para interesarnos por sus noticias. Oímos en silencio lo que nos propone. Acogemos a la persona con nuestro interés. Es justo hacerlo así. Ofrecer a cada uno el gesto de nuestro silencio para que la escucha se dé desde la intimidad.
Silencio de admiración: Es otro silencio que tiene gran calidad. Algo de esa persona atrae nuestra mirada y despierta este silencio que tanto beneficio acarrea. Este silencio es necesario para recuperar este sentido.
Silencio de asombro: Son maravillosos los asombros. Me quedo sin palabras. Es importante que se dé este silencio pero para ello es necesario el «no saber». Se inicia con el no saber. Con un vaciamiento de todo conocimiento. Sin referencias. Como un niño pequeño ante lo nuevo y lo desconocido. Este silencio se rompe cuando preguntamos. Se rompe al indagar. ¿Por qué? No hace falta la pregunta. La vida es maravillosa en sí. Hay que asombrarse continuamente ante ella sin preguntar más. Los niños se entregan a ella y tienen una gran capacidad de asombro. «Si no os hacéis como niños..., no entraréis en el reino del Asombro».
Silencio de la alegría: Cuando uno alcanza la cumbre de la alegría se le colma el corazón y sobra la palabra. Cuando te quedas extasiado, boquiabierto, no eres capaz de pronunciar palabra. Es el silencio de la felicidad.
Silencio del amor: Es el silencio de la comunión. Cuando miramos a una persona con amor ya no es necesario pronunciar palabra. El milagro de una pupila hace innecesario hablar. A la persona amada se la siente y no más. ¡Qué gusto es estar en casa sin hablar! . La presencia todo lo llena. Todo lo colma.
Muy cercano a este último silencio está el que pide Jesús en la oración.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
PERLAS DE SABIDURÍA FRITHJOF SCHUON
El alma debe sustraerse a la dispersión del mundo; es la cualidad de interioridad. Después la voluntad debe vencer a la pasividad de la vida; es la cualidad de actualidad. Por último, el espíritu debe trascender la inconsciencia del ego; es la cualidad de simplicidad. Percibir intelectualmente la Substancia, más allá del estrépito de los accidentes, es realizar la simplicidad. Ser uno es ser simple; pues la simplicidad es al Uno lo que la interioridad es al centro y lo que la actualidad es al presente.
En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.
*
El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad, después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan el Verdad y el Bien.
*
La percepción de la belleza, que es una adecuación rigurosa y no una ilusión subjetiva, implica esencialmente, por una parte, una satisfacción de la inteligencia y, por otra, un sentimiento a la vez de seguridad, de infinidad y de amor. De seguridad: porque la belleza es unitiva y excluye, con una suerte de evidencia musical, las fisuras de la duda y de la inquietud; de infinidad: porque la belleza, por su propia musicalidad, hace que se fundan los endurecimientos y los límites y libera; así, al ama de sus estrecheces; de amor: porque la belleza llama al amor, es decir, invita a la unión y por lo tanto a la extinción unitiva.
*
La virtud es la conformidad del alma al Modelo divino y a la obra espiritual; conformidad o participación. La esencia de las virtudes es el vacío ante Dios, el cual permite a las Cualidades divinas entrar en el corazón e irradiar en el alma. La virtud es la exteriorización del corazón puro.
*
Esforzarse hacia la perfección: no porque queremos ser perfectos para nuestra gloria, sino porque la perfección es bella y la imperfección es fea; o porque la virtud es evidente, es decir, conforme a lo Real.
*
La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.
*
Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.
*
El fundamento de la ascensión espiritual es que Dios es puro Espíritu y que el hombre se le asemeja fundamentalmente por la inteligencia; el hombre va hacia Dios mediante lo que, en él, es más conforme a Dios, a saber, el intelecto, que es a la vez penetración y contemplación y cuyo contenido (sobrenaturalmente natural) es lo Absoluto, que ilumina y libera.
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En lugar de amar el mundo hay que estar enamorado de lo interior, que está más allá de las cosas, más allá de lo múltiple, más allá de la existencia. Asimismo, hay que estar enamorado del puro Ser, que está más allá de la acción y más allá del pensamiento.
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El amor de Dios es en primer lugar la adhesión de la inteligencia a la Verdad, después la adhesión de la voluntad al Bien, y por último la adhesión del alma a la Paz que dan el Verdad y el Bien.
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La percepción de la belleza, que es una adecuación rigurosa y no una ilusión subjetiva, implica esencialmente, por una parte, una satisfacción de la inteligencia y, por otra, un sentimiento a la vez de seguridad, de infinidad y de amor. De seguridad: porque la belleza es unitiva y excluye, con una suerte de evidencia musical, las fisuras de la duda y de la inquietud; de infinidad: porque la belleza, por su propia musicalidad, hace que se fundan los endurecimientos y los límites y libera; así, al ama de sus estrecheces; de amor: porque la belleza llama al amor, es decir, invita a la unión y por lo tanto a la extinción unitiva.
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La virtud es la conformidad del alma al Modelo divino y a la obra espiritual; conformidad o participación. La esencia de las virtudes es el vacío ante Dios, el cual permite a las Cualidades divinas entrar en el corazón e irradiar en el alma. La virtud es la exteriorización del corazón puro.
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Esforzarse hacia la perfección: no porque queremos ser perfectos para nuestra gloria, sino porque la perfección es bella y la imperfección es fea; o porque la virtud es evidente, es decir, conforme a lo Real.
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La virtud separada de Dios se convierte en orgullo, como la belleza separada de Dios se convierte en ídolo; y la virtud vinculada a Dios se convierte en santidad, como la belleza vinculada a Dios se convierte en sacramento.
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Cuando Dios está ausente, el orgullo llena el vacío.
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El fundamento de la ascensión espiritual es que Dios es puro Espíritu y que el hombre se le asemeja fundamentalmente por la inteligencia; el hombre va hacia Dios mediante lo que, en él, es más conforme a Dios, a saber, el intelecto, que es a la vez penetración y contemplación y cuyo contenido (sobrenaturalmente natural) es lo Absoluto, que ilumina y libera.
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miércoles, 1 de diciembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
Ermitaños EN PIEDECUESTA, SANTANDER, ESTÁ LA ÚNICA HERMANDAD DE ERMITAÑOS DE COLOMBIA Y SURAMÉRICA.LA INTEGRAN RELIGIOSOS Y MONJAS CATÓLICOS DE LA COMUNIDAD OPUS PATRIS,
FUNDADA POR EL SACERDOTE BELGA ANTONIO LOOTENS. TODOS ABANDONARON LAS COMODIDADES DE LA VIDA URBANA Y SE INTERNARON EN LA MONTAÑA A ORAR POR LA HUMANIDAD.
Texto y fotos: Julián Lineros
Texto y fotos: Julián Lineros
viernes, 19 de noviembre de 2010
miércoles, 17 de noviembre de 2010
según la enseñanza del padre Serafín del Monte Athos
Cuando X, un joven filósofo, llegó al Monte Athos, había leído ya un cierto número de libros sobre la espiritualidad ortodoxa, particularmente la pequeña filocalia de la oración del corazón en los relatos del peregrino ruso. Estaba seducido sin estar verdaderamente convencido. Una liturgia vivida en su ciudad le había inspirado el deseo de pasar algunos días en el Monte Athos, con ocasión de sus vacaciones en Grecia, para saber un poco más sobre el método de la oración de los hesicastas, esos silenciosos a la búsqueda de "hesychia", es decir, de paz interior.
Contar con detalle cómo llegó al padre Serafín, que vivía en un eremitorio próximo a San Pantaleón, sería demasiado largo. Digamos únicamente que el joven filósofo estaba un poco cansado. No encontraba a los monjes a la altura de sus libros. Digamos también que, si bien había leído varios libros sobre la meditación y la oración, no había rezado verdaderamente ni practicado una forma particular de meditación y lo que pedía en el fondo no era un discurso más sobre la oración o la meditación sino una "iniciación" que le permitiera vivirlas y conocerlas desde dentro por experiencia y no sólo de "oídas".
El padre Serafín tenía una reputación ambigua entre los monjes de su entorno. Algunos le acusaban de levitar, otros de que gritaba y gemía, algunos le consideraban como un campesino ignorante, otros como un venerable staretz inspirado por el Espíritu Santo y capaz de dar profundos consejos así como de leer en los corazones.
Cuando se llegaba a la puerta de su eremitorio, el padre Serafín tenía la costumbre de observar al recién llegado de la manera más impertinente: de la cabeza a los pies, durante cinco largos minutos, sin dirigirle ni una palabra. Aquéllos a quienes ese examen no hacía huir, podían escuchar el áspero diagnóstico del monje:
En usted no ha descendido más abajo del mentón.
De usted, no hablemos. Ni siquiera ha entrado.
Usted... no es posible... que maravilla. Ha bajado hasta sus rodillas...
Hablaba del Espíritu Santo y de su descenso más o menos profundo en el hombre. Algunas veces a la cabeza, pero no siempre al corazón ni a las entrañas... Así es como juzgaba la santidad de alguien, según su grado de encarnación del espíritu. El hombre perfecto, el hombre transfigurado era para él, el habitado todo entero por la presencia del Espíritu Santo de la cabeza a los pies. "Esto no lo he visto sino una vez en el staretz Silvano, decía, era verdaderamente un hombre de Dios, lleno de humildad y de majestad".
El joven filósofo no estaba aún ahí. El Espíritu Santo sólo había encontrado paso en él "hasta el mentón". Cuando pidió al padre Serafín que le hablase de la oración del corazón y de la oración pura según Evagiro Póntico, el padre Serafín comenzó a gemir. Esto no desanimó al joven, que insistió. Entonces el padre Serafín le dijo: "Antes de hablar de la oración del corazón, aprende primero a meditar como la montaña...". Y le mostró una enorme roca: "Pregúntale cómo hace para rezar. Después vuelve a verme".
Contar con detalle cómo llegó al padre Serafín, que vivía en un eremitorio próximo a San Pantaleón, sería demasiado largo. Digamos únicamente que el joven filósofo estaba un poco cansado. No encontraba a los monjes a la altura de sus libros. Digamos también que, si bien había leído varios libros sobre la meditación y la oración, no había rezado verdaderamente ni practicado una forma particular de meditación y lo que pedía en el fondo no era un discurso más sobre la oración o la meditación sino una "iniciación" que le permitiera vivirlas y conocerlas desde dentro por experiencia y no sólo de "oídas".
El padre Serafín tenía una reputación ambigua entre los monjes de su entorno. Algunos le acusaban de levitar, otros de que gritaba y gemía, algunos le consideraban como un campesino ignorante, otros como un venerable staretz inspirado por el Espíritu Santo y capaz de dar profundos consejos así como de leer en los corazones.
Cuando se llegaba a la puerta de su eremitorio, el padre Serafín tenía la costumbre de observar al recién llegado de la manera más impertinente: de la cabeza a los pies, durante cinco largos minutos, sin dirigirle ni una palabra. Aquéllos a quienes ese examen no hacía huir, podían escuchar el áspero diagnóstico del monje:
En usted no ha descendido más abajo del mentón.
De usted, no hablemos. Ni siquiera ha entrado.
Usted... no es posible... que maravilla. Ha bajado hasta sus rodillas...
Hablaba del Espíritu Santo y de su descenso más o menos profundo en el hombre. Algunas veces a la cabeza, pero no siempre al corazón ni a las entrañas... Así es como juzgaba la santidad de alguien, según su grado de encarnación del espíritu. El hombre perfecto, el hombre transfigurado era para él, el habitado todo entero por la presencia del Espíritu Santo de la cabeza a los pies. "Esto no lo he visto sino una vez en el staretz Silvano, decía, era verdaderamente un hombre de Dios, lleno de humildad y de majestad".
El joven filósofo no estaba aún ahí. El Espíritu Santo sólo había encontrado paso en él "hasta el mentón". Cuando pidió al padre Serafín que le hablase de la oración del corazón y de la oración pura según Evagiro Póntico, el padre Serafín comenzó a gemir. Esto no desanimó al joven, que insistió. Entonces el padre Serafín le dijo: "Antes de hablar de la oración del corazón, aprende primero a meditar como la montaña...". Y le mostró una enorme roca: "Pregúntale cómo hace para rezar. Después vuelve a verme".
jueves, 11 de noviembre de 2010
Conversión del alma al amor de Dios. Enrique Herp
En lo que sigue es nuestro propósito presentar doctrina que nos capacite para conseguir la perseverante y amorosa unión con Dios directamente, sin que nada se interponga entre El y nuestras potencias.
Para ello es preciso conocer algo más, aunque ya queda suficiente doctrina expuesta en los capítulos precedentes. Pues, como la piedra cae por inercia, así el alma mortificada, rotos todos los lazos que la sujetan, vuela hasta la unión con Dios, sin intermedio alguno; porque Dios es el centro natural del alma, para quien fue creada, a fin de reposar en Él y disfrutar eternamente.
Es necesario morir a nosotros mismos, si queremos vivir para el Señor; pero necesitamos aprender a vivir y hallar la paz en Dios por una comunicación vital de lo divino, que nos una a El. Sin esto, no aprenderemos a morir a nosotros mismos y lograr la pretendida unión. Cuanto más avancemos en lo uno tanto más aprovecharemos en lo otro, porque ambos son inseparables. Dos, en efecto, son los términos: Dios y nosotros. Nuestra voluntad está en el medio. Por tanto, si la voluntad se convierte a El por amor, el mismo amor la lleva a separarse de nosotros. La voluntad se entrega del todo y se desprende hasta el desprecio de nosotros mismos. El proceso inverso es paralelo: a medida que la voluntad gira en torno nuestro se aparta de Dios. La conversión a nosotros mismos puede resultar tan grande que se desprecie a Dios por completo. Así, pues, el desprendimiento de toda criatura, incluidos nosotros mismos, y la conversión a Dios se cumplen por igual en una misma acción, aunque nosotros hayamos preferido exponerlo en dos puntos diferentes para entenderlo mejor.
Dios
Adentrándonos en esta segunda parte, tengamos en cuenta que Dios es el origen de donde brotaron todas las cosas, pero de modo particular la criatura racional. Esta vino a ser el coronamiento de toda la creación. Dios es también causa final, es decir: todas las cosas han de ser orientadas a Él, cada cual conforme a su modo de ser.
El hombre, señor de las cosas
Todas las demás criaturas fueron ordenadas a subvenir las necesidades del hombre. Para que le sirvan de ayuda e instrumento encaminándole hacia Dios. Pensemos, por ejemplo, en distintos modos de alimentar, vestir, corregir e instruir al hombre. Cómo las criaturas pregonan el nombre de Dios, su infinita grandeza, sabiduría, belleza, dulzura, sutileza, bondad, y otros modos infinitos en que la naturaleza, los sentidos exteriores y la razón se pueden ejercitar.
Sentidos externos y potencias interiores
Consiguientemente, los sentidos exteriores han sido ordenados para servir y estar sometidos a los internos. Estas potencias internas, a su vez, están al servicio de las espirituales, creadas para vivir siempre en amor de Dios. Como los rayos solares necesitan estar siempre unidos al sol, si quieren permanecer en su ser. Por tanto, el alma que quiere llegar a la perfección necesita proceder de modo semejante con Dios. Se apresure siempre a injertarse en Él con sus tres potencias, por medio de la gracia divina y la propia voluntad. Esto es propiamente lo que pretendo enseñar aquí: la manera de conseguirlo.
Los escrúpulos y su origen.Enrique Herp
La décima es la mortificación de todo escrúpulo de conciencia, mediante una filial confianza en Dios. Hay algunos, efectivamente, que son incapaces de tranquilizar sus conciencias. Tienen sincera contrición, se confiesan frecuentemente y hacen grandes penitencias, pero no tienen paz. Viven con cierta ansiedad y temor, sin verdadera esperanza ni confianza en Dios.
Origen de los escrúpulos
Sienten grandes escrúpulos de conciencia y se confiesan repetidas veces; sin embargo, no trabajan seriamente en corregir los defectos de donde les viene la ansiedad y remordimiento.
Esto es señal de que los escrúpulos radican en el temor del castigo de Dios y no precisamente en el deseo de perfección. Se considera pecado lo que de suyo no lo es, y esto por dos motivos. Primeramente el desordenado amor propio, pues de ahí procede un temor excesivo a cualquier cosa que le pueda contrariar. Por lo cual, aunque estos aparecen exteriormente como fieles observantes de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, en realidad no cumplen el precepto de la caridad. Porque todo cuanto hacen no lo hacen por amor, sino coaccionados por el temor, para no condenarse. Por tanto, obran por egoísmo y no por amor de Dios. No pueden, pues, confiar en el Señor, porque no son fieles a Dios; antes bien, toda su vida interior es temor y temblor, trabajos y miserias. Todos sus ejercicios de oración, trabajo, penitencias, obras de misericordia. Todo lo hacen para echar de si algún temor. De nada les sirve eso. Cuanto más se aman a sí mismos, tanto mayor es el miedo a la muerte, juicio y penas del Infierno.
Causa del temor desordenado
Puede concluirse de aquí que la causa del temor desordenado es el amor de sí mismos con que cada uno busca la felicidad, aunque sea infiel a quien puede hacerle feliz.
Otro motivo de escrúpulos es la tacañería o amor calculado para con Dios, pues del poco amor se sigue escasa confianza. Sólo el amor de Dios lleva al hombre a la verdadera esperanza y confianza en la divina misericordia, bondad, liberalidad y gracia. Cuando falta amor, ninguna virtud, por grande que fuere, ni siquiera la penitencia, es capaz de crear la confianza.
Confianza en Dios
Nada hay tan necesario como una gran esperanza y confianza en Dios, para aquel que quiere llegar a la perfección. ¡Oh santa esperanza! ¡Oh dichosa confianza en Dios, con tal que no arrastre a nadie a la negligencia y pereza para enmendarse! La esperanza bien entendida induce a una gratitud más digna y al deseo de adquirir más perfectamente la gracia, caridad y perfección de todas las virtudes. Incita a desechar todo lo sensual, a procurar lo que sirve para mortificación de sí mismos y a sufrir alegremente cualquier adversidad. Esta esperanza es verdaderamente necesaria y saludable. Porque cuanto más espere tanto más agradecido se muestra y más se reforma a sí mismo.
La dulzura del amor de Dios desecha la amargura del corazón
La séptima es la perfecta mortificación de toda amargura del corazón.
Cosas que crean un corazón amargado
Notemos que la amargura del corazón radica en una de estas cinco causas. Ante todo, la presunción de las propias obras virtuosas: muchas penitencias, prácticas piadosas u otras que parecen buenas a juicio de los hombres, pero que se originan de un corazón propietario, soberbio, inmortificado. Son en realidad mortificaciones falsas, repugnantes a los ojos de Dios. Sirven para enorgullecerse y despreciar fácilmente a los demás juzgándolos en el corazón y quizá con palabras como el fariseo: «No soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano» (Lc 18,11). No hay nadie en peor situación que éstos, porque sus propias virtudes les perjudican y ellos crean fácilmente discordia entre los demás, pensando y juzgándolos falsamente, como dice San Gregorio: «El hombre perfecto se inclina a compasión fácilmente, pero quien lo es sólo en apariencia no puede tolerar las flaquezas humanas ni a los pecadores. Esto es señal de una conciencia amargada, altanera e intranquila, como dice San Juan Crisóstomo: El que critica las cosas ajenas con severidad, esto es, los defectos de los demás, nunca merecerá el perdón de sus delitos, mientras no cambie de actitud». Pero si esto lo ha hecho costumbre, apenas tendrá esperanza de enmendarse.
En segundo lugar, esta amargura procede de la negligencia en la propia mortificación. Esta acrimonia se manifiesta principalmente contra los prelados y superiores, cuando niegan lo que se les pide o mandan hacer lo contrario.
Los murmurantes
Yo te advierto de verdad que los hombres no cometen cosa más reprensible ante Dios que la murmuración, especialmente cuando se ataca a prelados y superiores. Porque, como advierte San Agustín, el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento ofendió a Dios principalmente murmurando contra El. Es decir: contra Moisés y Aarón, los jefes que Él les había dado. Lo refiere Moisés con estas palabras: «No van contra nosotros vuestras murmuraciones, sino contra Yahvé» (Ex 16,16). Por lo demás, apenas hay esperanza de que éstos progresen en la virtud.
La murmuración, hija del Infierno
En efecto, la murmuración es hija única de los demonios infernales. Ellos la tomaron por esposa y la mandaron apacentar todos los monasterios. ¡Oh pecado maldito! ¡Oh bestia aborrecible! Tú devoras las obras buenas. Tú eres quien atiza el fuego infernal. Tú haces a la pobre alma demoniforme, no deiforme. Por merecer tú la ira divina fue necesario que Datán y Abirón con sus descendientes bajaran vivos a los infiernos en cuerpo y alma. Por tu culpa Coré con otros doscientos cincuenta hombres perecieron en terribles llamas y quedaron sepultados con cuerpo y alma en los abismos (Núm 16,31-33).
Tercero. Esta amargura nace de la envidia que brota contra otros, debido a que han tenido para ellos ciertas palabras, hechos, signos o gestos displicentes. Lo exageran mucho interpretándolo todo en el peor sentido, aunque las cosas no sean malas de por sí. Esto procede de que quieren ver en el otro solamente lo vituperable y difamante y lo que pueda ocasionarle daño.
Hay que evitarlo a toda costa, porque procede de un fondo de odio y envidia.
La amargura tiene una cuarta causa: el deseo de la propia complacencia. Porque quieren ser vistos, amados y alabados; que los superiores o aquellos con quienes tratan, incluso los seglares, los tengan por buenos. Cuando ven que uno se va superando cada día y que merece estima y honor de la gente, entonces se concentra la envidia en él y se empeñan en humillarle y quitarle la fama por detracción y otros medios parecidos.
Una quinta causa de esta amargura radica en la propia perversidad, y esto por dos razones: primeramente por mala, intranquila y amarga conciencia, con lo cual el murmurante se vuelve tan fastidioso que se hace insoportable para los compañeros; se convierte en copa rebosante de todas las faltas. Perverso por sí con los mismos ojos mira a los demás y todo lo interpreta en el peor de los sentidos. Como cuentan de los basiliscos, que hieren mortalmente con su veneno a cuantos alcanzan con la vista. Así son aquellos que no aciertan a juzgar a otros más que con el rasero de su propia mezquindad.
Ceguera ante la gracia de Dios
La segunda razón es porque, como ellos siguen siendo tan malos y poco mortificados, sienten envidia de que la gracia divina produzca tan notables virtudes en los demás. Querrían privar de tanto bien a los hombres virtuosos, humildes y devotos, para caer en los mismos defectos que ellos tienen. Como no lo pueden conseguir, se burlan de ellos y, enojados, los persiguen con palabras y con hechos. Pecan contra el Espíritu Santo.
Conclusión
Es preciso superar toda acrimonia y consumirla en el fuego del amor de Dios, si queremos progresar en las virtudes. Hay que estar dispuestos a abrazar a nuestros enemigos y perseguidores con sincero corazón, como si fueran los mejores amigos que podemos tener. Lo son en realidad, aunque no por el afecto. Pues aquellos que nos persiguen nos acarrean un mérito mayor y una más preciosa corona de gloria.
Desarraigo del amor propio. La triple intención
La segunda mortificación tiene por objeto rectificar todo deseo de buscarse a sí mismos al practicar el bien o absteniéndose del mal, porque proviene del amor servil con que se aman a si mismos y en todas las cosas buscan más su provecho que el beneplácito divino. Por eso Dios tiene en poco sus buenas obras y ellos mismos se reprueban justamente. Conviene tener en cuenta que las obras del amor filial y del amor servil son aparentemente iguales, como los cabellos de la misma cabeza, pero el amor filial difiere mucho del servil en la intención.
Amor filial
La principal intención del amor filial, al hacer cualquier bien o rechazar el mal, está en aplacar a Dios, conocer, agradar, alabar, dar gracias, honrar y cumplir su voluntad de beneplácito.
Tres modos de conocer el amor servil
En cambio, el amor servil se conoce primeramente porque en todos los pecados que se evitan o en las obras virtuosas y ejercicios que tratan de poner en práctica se buscan a si mismos. Huyen de toda mortificación, por ejemplo, humillaciones, reprensiones, pérdida de bienes temporales, remordimiento de conciencia, penas del infierno o purgatorio y cosas semejantes. Buscan el provecho propio, como alabanzas, honras y glorias humanas, riquezas, bienes espirituales, gracias sensibles, devoción, dulzura, visiones y cosas por el estilo. Aun la misma vida eterna. En todo esto procuran la utilidad personal más que complacer a Dios. Emprenden cosas grandes, voluntaria, decidida y alegremente; desprecian el mundo, la sensualidad, amigos y parientes; practican penitencias serias, entran en monasterios, observan rigurosamente ordenanzas, estatutos, silencio, ayunos, disciplinas y cosas semejantes. Pero de nada les sirve todo cuanto hacen, porque ni entienden ni cumplen el precepto del amor de Dios.
El amor servil puede conocerse, además, porque consideran importantes sus buenas obras y grandes prácticas piadosas más bien apoyándose en la esperanza y méritos personales que en la libertad de los hijos de Dios, redimidos por la preciosísima sangre de Jesucristo (Rom 8,32; Ap 1,5). Por eso, cualquier gracia sensible, devoción, dulzura o visión que reciben queda al instante empañada por su culpa. La propia complacencia y vanagloria los hace caer en soberbia, imaginando que son algo y en realidad «siendo nada» (Gál 6,3). Consiguientemente caen en avaricia, ansiosos de mayor dulzura, devoción, revelaciones y visiones.
En tercer lugar faltan por gula espiritual, o sea, se deleitan en las cosas precedentes sólo por el gusto natural que ellas proporcionan. Por último, cometen adulterio espiritual, o sea, se complacen en las cosas sólo por el gusto natural que ellas proporcionan. Por último, cometen adulterio espiritual, es decir, se empeñan de tal modo en conseguirlo de Dios, recrearse y descansar en ello, que vienen a olvidarse del mismo Dios y su beneplácito. Esto lo podrás advertir, porque, al sentirse privados de devoción, se vuelven insoportables, pierden la paz, caen en tibieza y llegan a ser negligentes y perversos. Entonces buscan su consuelo en las criaturas por obras, palabras, pensamientos y deseos. Se puede concluir, por tanto, que nunca servirían a Dios con fidelidad, si supieran que no iban a recibir de Él recompensa alguna, ni temporal ni eterna, por ejemplo: gracias sensibles, devoción, consuelos y la gloria futura. Los que así proceden se hallan en muy mal estado, porque se sirven de los dones del Cielo para mayor daño propio.
Mortificación del amor propio. Intención recta. Los rectos de corazón
Es necesario purificar la intención para librarnos del amor propio al practicar el bien y abstenemos del mal. Para lograrlo se ponen aquí los tres grados siguientes: intención recta, intención simple e intención deiforme.
Se procede con recta intención cuando se hace el bien o se deja de hacer el mal principalmente porque así lo quiere Dios. Refiriéndose a esta intención dice San Gregorio en Los Morales: «Recto es aquel que no cede en la adversidad, los bienes terrenos no le doblegan, se eleva plenamente a las cosas superiores y acata sin reserva la voluntad de Dios».
Esta intención, por recta que sea, no basta para la perfección, porque no es todavía espiritual o simple, sino que versa sobre la vida activa y la multiplicidad; gira en torno a las muchas cosas en que se distrae y altera, aunque tenga a Dios como fin de sus actividades.
Intención simple
La intención simple toca más directamente al alma, porque se llega a Dios sin medio alguno y es propia de la vida contemplativa. Obra o deja de obrar ante todo para agradar a Dios, honrarle, alabarle y proclamar su gloria. Más aún: hace que todas las obras y ejercicios vayan ordenados a Dios, o sea, contribuyan a disfrutar plenamente de la presencia de Dios en abrazo amoroso. Esto quiere decir simple: que no sólo es recta en el sentido de fijarse directamente en los actos virtuosos con referencia a Dios, sino que se orienta primaria y exclusivamente a Él, centrándose totalmente en El, sin ninguna dispersión a la multiplicidad exterior. Porque la intención simple es una cierta inclinación amorosa del espíritu interior hacia Dios, iluminada por el conocimiento divino, adornada con la fe, esperanza y caridad. Constituye el fundamento interno de la vida espiritual. Así, pues, esta intención se endereza a Dios inmediatamente, en cuanto es posible, teniendo como fin primario el agradarle, amarle y honrarle. Pero nótese que no es únicamente por amor de Dios, porque aún mantiene algo propio, como es el hecho de que también en su ejercicio gusta de consuelos y devoción espiritual. Es verdad que algunos no lo pretenden propiamente hablando; pero se sienten contrariados cuando se les priva de toda devoción y dulzura, o no las reciben con abundancia, o les visita la adversidad en lugar del favor, desprecios en vez de honores y así de otras pruebas.
Intención deiforme
Sólo sabrán superarlo todo cuando lleguen al tercer grado, que se llama intención deiforme, porque ésta se ha unido y asimilado con Dios de tal forma que busca y ama solamente el honor, la voluntad, gloria y beneplácito divino, lo mismo en lo adverso que en lo próspero. Feliz aquel que ha llegado hasta aquí, pues, como dice San Bernardo, disponer la voluntad con tal pureza de intención equivale a unirse con Dios, transformarse en Él y gozar de Dios en Dios.
Enrique Herp
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