viernes, 30 de abril de 2010
EL MONACATO INTERIORIZADO
La opacidad deriva de nuestra retención o "pulsión de apropiación", que revienta la comunión porque queremos absorberla.. La "pulsión de apropiación" deriva del instinto de supervivencia de nuestra existencia biológica y de nuestro yo psíquico individualizado. Fue éste, precisamente, el error de los Orígenes: querer ser dioses a costa o al margen de Dios (Gn 3). Los Primeros Padres hablaban de que si bien fuimos creados "a imagen y semejanza de Dios", al dejarnos llevar por la pulsión de apropiación, perdimos la semejanza (Gn 1,26), pero no la imagen (icono), que es la huella -o semilla- divina presente en todo ser humano. La tarea de todo ser humano es la de restaurar la semejanza con Dios: pasar de la pulsión de apropiación a la actitud de donación. Por otro lado, dice el texto bíblico que "Dios creó al ser humano a imagen suya, lo creo a imagen de Dios, hombre y mujer lo creó (Gn 1, 27). Así, la masculinidad y la feminidad son aspectos de Dios y de la realidad (animus et anima, el yin y el yang, actividad y pasividad...) que hay que aprender a armonizar.
Otra forma de hablar de esta restauración de la semejanza es la "cristificación" o "divinización" (Ef 4, 12-13), término este último, poco frecuente en la teología occidental. La divinización implica al mismo tiempo una unificación, que integra tres dimensiones simultáneas: unión con Dios, unión con los otros y unificación interior. Esta tarea no es un lujo reservado a algunos, sino que es camino de humanización indispensable para todo el mundo.
El teólogo ruso Paul Eudokimov se ha referido a esta vocación del hombre contemporáneo con la expresión monacato interiorizado. (1) Monachos viene de "monos", "uno", "único", en griego. Es decir, "monje" es aquel o aquella que está unificado: unificado con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo que lo rodea. Pero para estar unido a ellos, al mismo tiempo está "apartado". Se trata de una difícil presencia-distancia respecto de sí mismo, de los demás y del mundo, para vivir sin devorar, sino entregando. Monacato interiorizado porque nosotros somos "urbanitas", es decir, habitantes de la ciudad. Nuestro desierto, nuestro monasterio, es la vida hiperurbana. Éste ha de ser el lugar de nuestro encuentro con Dios, porque éste es el escenario de nuestra donación. Se trata de ir alcanzando aquello que dijo San Serafín de Sarov, monje ruso del siglo XIX: "Encuentra la paz y miles de personas a tu alrededor se salvarán".
1.1 Sospechas y dificultades ante la tarea de la transformación interior
Para entrar en este camino, hay que superar la dicotomía ética-mística y descubrir que se necesitan mutuamente. Contraponerlas comporta debilitarlas. La ética es la carne de la mística; la mística, el alma de la ética. José María Valverde, para solidarizarse con la expulsión de Aranguren dijo: "Nulla aesthetica sine ethica". Nosotros podríamos decir hoy: "Nulla mystica sine ethica", pero también: "Nulla ethica sine mystica". Porque la solidaridad no puede comerse a la interioridad, del mismo modo que el criterio de verificación de la interioridad es la solidaridad. Ésta no puede concebirse en modo alguno como algo exterior a la experiencia espiritual, sino como algo profundamente interior: la comunión es con todo, puesto que sólo tenemos un corazón.
Pere Casaldàliga es testigo de esta integración:
La vida sobre ruedas o a caballo,
Yendo y viniendo de misión cumplida,
Árbol entre los árboles me callo
Y oigo cómo se acerca tu venida.
Cuanto menos Te encuentro, más te hallo,
Libres los dos de nombre y de medida.
Dueño del miedo que Te doy vasallo,
Vivo de la esperanza de Tu vida.
Al acecho del reino diferente,
Voy amando las cosas y la gente,
Ciudadano de todo y extranjero.
Y me llama tu paz como un abismo
Mientras cruzo las sombras, guerrillero
Del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo.
Sonetos Neobíblicos precisamente(2)
En la primera estrofa se percibe la agitación del hombre contemporáneo ("la vida sobre ruedas o a caballo/yendo y viniendo de misión cumplida"), pero también su capacidad contemplativa ("árbol entre los árboles me callo/y oigo cómo se acerca tu venida"). Las tres segundas estrofas expresan la búsqueda, la presencia y las ausencias de Dios en el revolucionario y el ermitaño que todos llevamos dentro: "Al acecho del Reino diferente/voy amando las cosas y la gente/ciudadano de todo y extranjero./ Y me llama tu paz como un abismo..."
Precisamente, el otro reto al que tiene que hacer frente la tarea de unificación integral es nuestro desbarajuste, nuestra agitación como "urbanitas" que somos. ¿Cuál es la espiritualidad posible -la vida en el Espíritu- para un habitante de la ciudad? En el denominado Primer Mundo, nunca el ser humano había tenido que afrontar tanta dispersión de estímulos, tanta inmediatez de posibilidades de consumo, tanta simultaneidad de ámbitos, tanto anonimato... Todo ello parece incompatible con la vida del Espíritu. Pero al igual que los Padres del Desierto convirtieron el hambre, la falta de sueño y las enfermedades (los elementos adversos de su cultura) en medios espirituales, también nosotros estamos llamados a descubrir cómo transformar los actuales elementos perturbadores. Ésta es precisamente la tarea de la espiritualidad. Tarea que, sin duda, es un combate ("guerrillero de mí mismo", decía el poema de Casaldáliga).
De hecho, se dan dos caminos simultáneos.: la búsqueda de la interioridad (en-stasis) en la condición urbana y el desprendimiento de la solidaridad (ex -stasis). Más que nunca, la solidaridad está llamada a ser descubierta como un camino ético y místico al mismo tiempo: dejar que el rostro desfigurado del otro se revele como el "sacramento del hermano". Este desprendimiento (kenosis) es camino de libertad, otro nombre para la más que nunca necesaria austeridad en una sociedad esclavizada por el consumo, que lleva a la divinización (Fil 2,5-9). La estructura de la experiencia mística cristiana pasa por el movimiento:kenosis-teosis. Éste es su criterio de verificación.
ITINERARIO HACIA UNA VIDA EN DIOS
Javier Melloni
Todas las criaturas buscan la Unidad,
lunes, 26 de abril de 2010
miércoles, 21 de abril de 2010
Entrevista a una Carmelita Descalza. Vida contemplativa

La vida contemplativa no tiene sentido para muchas personas y pasa desapercibida, ¿tiene sentido vivir ocultamente alejada del mundo? ¿están verdaderamente ajenas de el? estas son preguntas muy frecuentes en muchas personas que ven la vida contemplativa como un misterio, poco entendida su servicio a la iglesia, pero esa vida oculta y silenciosa se encuentra en "el Corazón de la Iglesia", Santa Teresa de Lisieux veía la Iglesia como el Cuerpo místico, sacerdotes, misioneros, laicos eran como los miembros, como las extremidades que hacen las acciones del "cuerpo", ella describe la vida contemplativa como el "amor" dentro de la Iglesia.
Esta vida oculta dentro del cuerpo místico se convierte en el verdadero motor para toda la iglesia.
Para dar a conocer más acerca de la vida contemplativa comparto con ustedes parte de la entrevista que realizó una revista a una Carmelita Descalza, ella la compartió conmigo, me parece muy interesante:
Maria Elena de la Cruz
Priora de las Carmelitas Descalzas de León
¿Cuál es la identidad de la vida contemplativa?
Yo pienso que el sentido mas hondo hay que verlo desde el corazón y desde la fe porque humanamente esto no tiene sentido, incluso diría que para nosotras tampoco lo tendría si no hubiera un misterio que nos ha tocado. El sentido más grande es un Amor, que ha salido a nuestro encuentro. Es un sentido de mucha gratuidad y es un don para Dios pero a la vez es como un signo profético. Dios merece ser amado y de esa relación con Dios viene el darse a los demás. Unas vidas dedicadas solo a Dios son testimonios del mundo. Todo se basa en una experiencia de Dios, si no hubiese una experiencia, humanamente… nosotras somos personas como los demás.
¿Por eso hay quien crea que ustedes viven ajenas al mundo?
Hay un ejemplo muy grafico: las raíces de los árboles. Hay una raíz, oculta, que da vida. Hay una misión oculta en la iglesia y que da sentido porque nosotras no somos miembros aislados. El misterio es que no es eficaz todo lo que se ve o todo lo que se hace. Una vida entregada en lo oculto también tiene un sentido. Además nosotras somos conscientes de que no vivimos para nosotras. De hecho, la patrona de las misiones es una mujer en clausura: Santa Teresa del Niño Jesús. Nosotras tenemos una experiencia de vivir los problemas del mundo, de vivir las preocupaciones de la humanidad de una forma, más honda y más real que incluso cuando estábamos fuera. Estamos más informadas, en sentido profundo, del dolor del mundo. Y en este momento la vida contemplativa tiene un papel muy importante: entender que una vida en actitud hacia lo absoluto… produce una felicidad muy grande porque la vida tiene un sentido. Es una relación de Amor.
¿Cuál es el presente y el futuro de la vida contemplativa?
Esperanza porque esto es una obra de Dios y en la Iglesia no puede faltar porque es una misión que expresa lo que es la Iglesia. Nosotras participamos del Misterio de la Iglesia. Es verdad que en España y en Europa hay mas carencia de vocaciones sin embargo no tenemos por qué temer porque la Iglesia es Universal. La vida contemplativa se mantendrá porque es un don del Espíritu.
¿Cuál es el carisma de las Carmelitas Descalzas?
Concretamente la oración. Cuando Santa Teresa hizo esta reforma del Carmelo, creó un grupo pequeño -12 y con la priora, 13- al que ella llamaba pequeño colegio de Cristo, para que todas en oración, por a Iglesia, entregáramos nuestra vida desde unos votos. Y ahí dice: escondidas, ocultas, luchar, entregarnos por la Iglesia, por todos. La Carmelita tiene un matiz eremítico, desde el principio, pero también Santa Teresa quiso incluir la vida comunitaria, por eso tenemos dos horas de oración comunitariamente, por la mañana y por la noche. Es una vida orante en silencio.
¿Y el silencio es un lenguaje?
Yo pienso que sí porque es una plenitud. Es algo muy positivo porque la persona es capaz de reflexionar y de encontrarse consigo misma. El silencio es una terapia muy buena y necesaria para el mundo de hoy. Y además, el silencio nos hace muy felices.
+Iglesia Leon (España)
http://vocacionescristotellama.blogspot.com/2009/03/la-vida-contemplativa-en-el-corazon-de.html
domingo, 18 de abril de 2010
viernes, 16 de abril de 2010
DUODÉCIMO GRADODE SOBERBIA: LA COSTUMBRE DE PECAR
En fin, lo mismo que el justo, después de haber subido todos estos grados, corre hacia la vida con un corazón gozoso y sin trabajo, en alas de la buena costumbre, así el impío, cuando ha bajado todos los grados correspondientes, ya no se rige por la razón ni se domina con el freno del temor; los malos hábitos se lo impiden, y se lanza temerariamente hacia la muerte. Entre estos dos extremos están los que se esfuerzan y angustian ; aquellos que, atormentados por el miedo del infierno o embarazados por sus antiguas malas costumbres, se debaten sufriendo continuos altibajos.
Solamente corren sin tropiezos y sin fatiga los que están en el grado supremo o en el ínfimo. Unos van veloces hacia la muerte, y otros hacia la vida. Estos caminan con alegría; aquéllos se abocan vertiginosamente. A los primeros, la caridad les estimula. A los segundos, la pasión les arrastra. Unos y otros no sienten el peso de la vida; pues tanto el amor perfecto como la iniquidad consumada echan fuera todo temor. La verdad da seguridad a unos; la ceguera, a otros. En consecuencia, el duodécimo grado puede ser denominado costumbre de pecar; costumbre en la que se pierde el temor de Dios y se incurre en desprecio.UNDÉCIMO GRADO:DE SOBERBIA LA LIBERTAD DE PECAR
DÉCIMO GRADO: LA REBELION
Tengamos en cuenta que todos estos grados, doce en total, pueden reducirse a tres. Los seis primeros se refieren al desprecio a los hermanos; los cuatro siguientes, al desprecio del maestro; los dos restantes, al desprecio de Dios. No olvidemos tampoco que estos dos últimos grados de soberbia corresponden inversamente a los dos primeros de humildad y que deben subirse antes de comprometerse en la vida comunitaria.
Por esta misma razón son dos grados a los que nunca debe llegar hermano alguno. La Regla misma presupone que deben subirse previamente, según leemos en el tercer grado de humildad: EI tercer grado, dice, consiste en someterse por amor de Dios al superior con una obediencia sin límite. Si se coloca la sumisión en el tercer grado, el novicio la adquiere cuando se asocia a la comunidad. Se supone, por tanto, que ya ha subido los dos grados anteriores. En fin, cuando el monje desprecia la concordia de los hermanos y las órdenes del maestro, ¿qué está haciendo en el monasterio sino fomentar el escándalo?
NOVENO GRADO: LA CONFESION FINGIDA
Ante la reputación de los hombres prefiere naufragar en la verdad antes que en la humildad; pero ante Dios naufraga en las dos. Si la culpa es tan clara que no puede taparse con estratagema alguna, entonces hace suya la voz del penitente, pero no el corazón; con esta voz borra la mancha, pero no la culpa. Así, la ignorancia de una clarísima transgresión queda contrarrestada con el noble gesto de una confesión pública.
En cambio, el que se acusa con fingimiento, puesto a prueba por una injuria incluso insignificante, o por un minúsculo castigo, se siente incapaz de aparentar humildad y disimular el fingimiento. Murmura, brama de furor, le invade la ira y no da señal alguna de encontrarse en el cuarto grado de humildad. Más bien pone de manifiesto su situación en el noveno grado de soberbia, que, según lo descrito, puede ser llamado, en sentido pleno, confesión fingida. ¡Qué confusión tan enorme bulle en el corazón del soberbio! Cuando se descubre el fraude pierde la paz, se va marchitando la reputación y, mientras, queda intacta la culpa. En fin, todos le señalan con el dedo; todos le condenan, y la indignación sube de tono cuanto más descubren el engaño del que hasta ahora eran víctimas. El superior debe mantenerse firme; y piense que, si le perdona, ofendería a todos los demás.
OCTAVO GRADO: LA EXCUSA DE LOS PECADOS
SÉPTIMO GRADO: LA PRESUNCION
Es imposible acertar siempre, especialmente el que con tanta temeridad mete sus narices en todo, más por temeridad que por espontaneidad. Compete al superior corregir al que falta; pero ¿cómo va a confesar su culpa uno que ni piensa que es culpable ni tolera que le tengan por tal? Por eso, cuando se le culpa de algo, no se libera de ello, lo agrava. Si al ser corregido ves que su corazón reacciona ron expresiones zahirientes, caerás en la cuenta de que ha incurrido en el octavo grado, denominado "la excusa de los pecados".
SEXTO GRADO: LA ARROGANCIA
QUINTO GRADO: LA SINGULARIDAD
En fin, vive siempre al acecho de sus propios intereses v es indolente en los asuntos comunes. Vela en cama y duerme en el coro. Se pasa adormilado toda la noche durante el canto de las vigilias. Después, mientras los demás respiran el sosiego del claustro, él se queda solo en el oratorio; carraspea y tose; y desde el rincón donde se encuentra aturde con sus gemidos y suspiros a los que están fuera sentados. Con todas estas rarezas carentes de mérito, se acredita un excelente prestigio ante los más ingenuos, que tienen por cierto lo que ven y no se paran a pensar de dónde procede tal rumor santo, aplicado a ese individuo; e incurren en engaño.
CUARTO GRADO: LA JACTANCIA
Si la conversación versa sobre religión, en seguida saca a relucir visiones y sueños. Luego elogia el ayuno, recomienda las vigilias y se hace lenguas de la oración. Diserta ampliamente sobre la paciencia, la humildad y sobre cada una de las virtudes con una ligereza pasmosa. Si tú le escuchas, dirías que de lo, rebosa del corazón lo habla por la boca; y que el hombre bueno saca cosas buenas de su almacén de bondad.
Si la conversación declina en mera diversión, entonces se muestra como un fenómeno de locuacidad que domina la materia a las mil maravillas. Si le oyes, dirás que su boca es todo un torrente de vanidad, un alud de chocarrerías, hasta el punto de provocar la ligereza incluso en las personas más sensatas v recatadas. Resumiendo en breve todo lo dicho: En el mucho hablar se descubre la jactancia. A lo largo de estas líneas tienes descrito y enumerado el cuarto grado. Huye de él, pero recuerda su contenido. Con esta advertencia pasemos ya al quinto; lo titulo "la singularidad
TERCER GRADO: LA ALEGRIA TONTA
Con esto tienes ya suficientes indicios para saber si este grado se da en ti o en otros. A estos tales nunca les verás gimiendo o llorando. Si te fijas un momento, pensarás que se han olvidado de sí mismos, o que se han lavado de sus pecados. Pero sus gestos reflejan ligereza; su semblante, esta alegría tonta; y su forma de andar, vanidad. Son propensos alas chanzas; fáciles e inclinados a la risa. Como han borrado de su memoria todo cuanto les puede humillar y entristecer, sueñan y se representan todos los valores que se imaginan tener. No piensan más que en lo que les agrada, y son incapaces de contener la risa y de disimular la alegría tonta.
LA LIGEREZA DE ESPIRITU
Estos cambios de espíritu los manifiesta en el modo de hablar: unas veces es lacónico y mordaz; otras, locuaz y vano. Ahora revienta de risa, luego estalla en llanto, y siempre es un irreflexivo. Si quieres, compara estos dos grados de soberbia con los últimos de humildad fíjate cómo en el último se cercena la curiosidad; y en el penúltimo, la ligereza. Lo mismo observarás en los restantes grados si los comparas entre sí. Pero pasemos ya a explicar e tercer grado sin caer en él.
PRIMER GRADO DE SOBERBIA : LA CURIOSIDAD
El curioso se entretiene en apacentar a estos cabritos, mientras que no se preocupa de conocer su estado interior. Si cuidas con suma atención de ti mismo, difícil será que pienses en cualquier otra cosa. ¡Curioso!, escucha a Salomón. Escucha, necio, al sabio: Por encima de todo guarda tu corazón; y todos tus sentidos vigilarán para guardar aquello de donde brota la vida. ¡Curioso!, ¿adónde vas cuando te alejas de ti?; ¿a quién te confías durante ese tiempo?; ¿cómo te atreves a levantar los ojos al cielo, tú que pecaste contra el cielo? Clava tus ojos en tierra para que te conozcas. La tierra te dará tu propia imagen; porque eres tierra y a la tierra has de volver.
Los grados del orgullo . San BERNARDO DE CLARAVAL
SEGUNDO GRADO: LA LIGEREZA DE ESPÍRITU
TERCER GRADO: LA ALEGRÍA TONTA
CUARTO GRADO: LA JACTANCIA
QUINTO GRADO: LA SINGULARIDAD
SEXTO GRADO: LA ARROGANCIA
SÉPTIMO GRADO: LA PRESUNCIÓN
OCTAVO GRADO: LA EXCUSA DE LOS PECADOS
NOVENO GRADO: LA CONFESIÓN FINGIDA
DÉCIMO GRADO: LA REBELIÓN
UNDÉCIMO GRADO: LA LIBERTAD DE PECAR
DUODÉCIMO GRADO: LA COSTUMBRE DE PECAR
jueves, 15 de abril de 2010
El amor racional y espiritual , Segundo y Tercer grado del amor.
Aunque baste para la salvación, el amor “carnal” a Cristo ha de ser trascendido, porque en su unión con el Señor, el alma se une con la Persona divina del Verbo. Bernardo afirma esto con vigor, a pesar de que siempre y de principio a fin llevó consigo el recuerdo de la Pasión. Este paso de lo visible a lo invisible está simbolizado en el misterio de la Ascensión, cuando Cristo desapega a sus apóstoles de su presencia corporal diciéndoles: si me amarais, os alegraría que me vaya con el Padre (Jn 14,28). Y comenta Bernardo: “le amaban dulcemente, pero sin prudencia; le amaban carnalmente, pero no racionalmente; le amaban con todo el corazón, pero no con toda el alma” (SCant 20, IV,5). Conviene que el Cristo carnal se vaya al cielo, para que descienda el Espíritu, y con él otro nivel más elevado de amor: si antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así (2Cor 5,6).
El amor racional pasa, como antes hemos visto, del amor al Verbo-Carne al amor al Verbo-Sabiduría, al Verbo-Verdad, Santidad, Justicia y Virtud, porque Cristo se ha hecho para nosotros todo eso: Sabiduría, Justicia, Santificación y Redención (1Cor 1,30). Es decir, ama y se configura con las cualidades éticas y espirituales que caracterizan la personalidad interna de Cristo. A diferencia de aquel l amor que se conmueve por el recuerdo de la pasión, éste arde siempre por el celo de la justicia, emula en toda ocasión lo verdadero, siente ansias por alcanzar la sabiduría, ama la santidad de vida y la moral de sus costumbres, se avergüenza de toda jactancia, aborrece la detracción, desconoce la envidia, detesta la soberbia, no sólo huye de toda gloria humana, sino que le fastidia y la desprecia, abomina extremosamente y persigue en sí mismo toda impureza de la carne y del corazón, deshecha con toda naturalidad todo mal y se adhiere a todo lo que es bueno (SCant VI,8).
Por tanto, este amor apunta a la realización moral de la persona, a la configuración con el Cristo ético, con la doctrina evangélica, que establece la virtud misma de Cristo en el alma y deja atrás las pasiones y los apetitos carnales. Mientras el amor afectivo a veces es ambiguo y puede llevar al subjetivismo y a desviaciones religiosas, en el sentido de un iluminismo o un engaño diabólico (SCant 20,9), éste es prudente, juicioso, circunspecto, y se deja guiar por la razón y la regla de la fe. Bernardo piensa sin duda en las herejías teológicas y espirituales de su tiempo, como por ejemplo los cátaros, con las que tuvo que confrontarse:
Será racional -este amor- si en todo lo que debemos sentir de Cristo se mantienen con tal firmeza las bases de la fe, que ninguna apariencia de verdad, ninguna desviación herética o diabólica serán capaces de apartarnos jamás de sentir limpiamente con la Iglesia. Esta misma cautela debemos observar en la propia conducta, de modo que nunca sobrepase el límite de la discreción, con ninguna clase de superstición, ligereza o vehemencia del fervor, bajo pretexto de una mayor devoción (SCant VI,9).
Como es lógico, este amor no sólo requiere discernimiento en la inteligencia, sino también fortaleza, valor y constancia en la voluntad, para que ésta se convierta y se configure enteramente con la virtud de Cristo, y así pueda amarle también con todas las fuerzas. Este amor con todas las fuerzas es el amor espiritual, que no tiene con el anterior más que una diferencia de plenitud, dado que la santidad no es otra cosa que la plenitud de la Virtud de Cristo en el alma por el Espíritu Santo:
Amaremos a Dios con todas las fuerzas y el amor será espiritual, si con la ayuda del Espíritu llega a tal vigor que no se abandona la justicia, ni por la coacción de los sufrimientos o tormentos, ni siquiera por miedo a la muerte. Creo que merece ser llamado así porque goza de esta prerrogativa que es su característica: la plenitud del Espíritu (SCant VI,9).
Ahora bien, el hecho de que el amor del corazón deba trascenderse no significa que deba abandonarse. Un amor que sólo tuviera como apoyo una meditación exclusivamente espiritual, iría contra la naturaleza corporal y espiritual del hombre en esta vida, que no podría sostener tal tensión, y si pretendiera mantenerse mediante su esfuerzo en esa cima, vería entibiarse su amor a Dios y languidecer. Por eso:
Éstas son las manzanas y las flores (recuerdo de la pasión, etc.) que la esposa pide para alimentarse y fortificarse. Pienso que ella teme que se enfríe y languidezca fácilmente el ímpetu de su amor si no la reaniman con estos estímulos (testimonios sensibles de amor) (AmD III,10).
O puede derivar en orgullo espiritual; por eso siente que un día Cristo le dice: “No pretendas grandezas que superan tu capacidad; contempla apaciblemente mis heridas y todo lo que he sufrido en mi carne” (SCant 45,4). Y también: Ne irreverens scrutator majestatis opprimatur a gloria (SCant 32,3).
El recuerdo del amor de Dios manifestado en Cristo seguirá siempre excitando el corazón del hombre, hacía la plenitud de la presencia en el cielo. “El recuerdo pertenece al tiempo presente, la presencia al Reino de los Cielos” (AmD III,10). No perdamos nunca de vista que es el propio Dios el que se manifiesta y da prueba de su amor en el misterio de la Encarnación y de la Pasión. Cuando amo a Cristo, es al Verbo de Dios a quien alcanza mi amor. Amar así a Cristo es realizar el aprendizaje del amor-caridad. Aquel que se ha hecho incapaz de gustar otra cosa que los goces sensibles y carnales, tendría que elevarse espiritualmente para poder salir de esos goces, y reencontrar en este orden espiritual un objeto que, por su transparencia, le abriera al mundo del espíritu. “Por eso, escribe san Bernardo, el Verbo ofreció su carne a los que gustan de la carne, para que aprendieran a gustar el espíritu” (Idem 6,3).
lunes, 12 de abril de 2010
LA ORACIÓN TEOLOGAL
¿Que significa la fórmula “oración teologal”? La fórmula “oración teologal” evoca a una orientación del corazón que se apoya en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Supongo que esto es algo bastante preciso; las virtudes teologales son, en resumen, las capacidades que nos da Dios gratis para poder llegar a él directamente, mientras que las demás virtudes, las morales, tienen que ver con los medios que nos ayudan a caminar hacia Dios.
Nos reencontramos aquí con una orientación esencial de la oración del corazón que apunta directamente al corazón de Dios. Es lo más profundo de mi corazón quien está en la búsqueda de un encuentro directo con Dios. No solamente es un encuentro afectivo para experimentar la ternura divina que viene a satisfacer mis necesidades más íntimas y secretas, de probar la bondad de Dios siendo una persona hu-mana, sino también la oportunidad que me ha sido ofrecida por el Padre: es él quien viene a mi y, más allá de todos los medios o intermediarios, este encuentro se realiza porque él está de acuerdo y me da esta oportunidad.
En este momento me pregunto si tú no querrás interrumpirme para decirme: “¿Por qué insistir en algo que parece más que evidente? Rezar es buscar a Dios, es ir al encuentro más inmediato entre él y yo en el amor”.
Efectivamente, me parece que muy a me-nudo en lugar de rezar así, gastamos el tiempo y la energía en actividades que tal vez solo se parecen a la oración. Ya no es Dios sino el yo de cada uno el que se convierte en el centro de interés de semejante actuación. Esto lo experimentamos todos pero quizás no sacamos las conclusiones que conlleva. Permíteme que te cuente algo de mi vida para ilustrar lo dicho.
En la evolución de mi oración, he vivido una aventura y sé que muchos han pasado por una experiencia análoga; por eso creo útil decir unas palabras sobre lo que ha golpeado y orientado el resto de mi existencia. Cuando yo era adolescente, un día, aparentemente por casualidad, encontré un volumen de las obras de la gran santa Teresa. Y esta lectura transformó mi vida. En cierto modo ella hizo surgir instantáneamente de lo más profundo de mi corazón una fuente cuyo contenido me seria difícil de describir aunque yo sabia que esta lectura estaba estableciendo un vinculo infinitamente profundo y verdadero entre mi corazón y Dios.
Esta fuente era lo suficientemente abundante como para regar toda mi vida; ella me llevó a mi celda de la Cartuja donde respondía a todas mis necesidades tanto las de soledad como las de liturgia. Sin ni siquiera hacerme preguntas, podía volver a mi fuente que nunca me decepcionó.
No obstante, un día se matizó cuando se me presentó una duda. ¿Qué es lo que me daba esta fuente? ¿Respondía de verdad a los deseos íntimos de mi corazón? Dicho de otra manera ¿era Dios lo que encontraba en ella? ¿O tal vez -y es ahí donde se hacía dolorosa la pregunta- no era, en última instancia, donde yo me encontraba a mí mismo aunque fuera a través de ella, como me llegaba el reflejo de Dios que me cautivaba desde hace años? La cuestión se hacía cada vez más clara: esta fuente no era Dios y yo sólo tenía sed de él. Debería pues abandonar a mi querida fuente. Si esto había sido posible, ahora yo la había secado y obstruido pues empezaba a sentirla como un obstáculo porque ocupaba el lugar de Dios en mi corazón. Entonces fue cuando descubrí la necesidad de encontrar el medio, la actitud del corazón a través de la cual abriría la puerta directamente a quien desde hacía tanto tiempo estaba llamando en vano porque en mi oración, de lo primero que me ocupaba era de mí mismo.
He contado este episodio para dar un ejemplo de lo que me parece que es una trampa inevitable de la soledad: bajo el pretexto de buscar a Dios, al final acaba uno encontrándose a sí mismo, de manera muy piadosa, y en esto consiste su felicidad. ¿Cómo escapar a esta emboscada?
de un cartujo
ENTRAR EN EL SILENCIO
El silencio es un bien que seduce el corazón desde el momento en que haya tenido una agradable experiencia. Pero hay muchas formas de silencio y no todas son buenas. La mayoría incluso se pueden considerar deformaciones antes que auténtica oración de silencio.
La primera tentación es hacer del silencio una actuación a pesar de estar convencido íntimamente de lo contrario. Bajo el pretexto de que la inteligencia está parada y que el corazón parece estar en reposo, nos imaginamos que hemos llegado al verdadero silencio del ser. En realidad, este silencio, aunque posea una indiscutible autenticidad, es el resultado de una tensión de la voluntad que al fin y a cabo es lo más sutil pero también lo más pernicioso. En lugar de tener nuestro corazón disponible, eso nos mantiene en un estado que nos impone una actitud artificial que, en última instancia, no ofrece al Señor una acogida porque nos estamos apoyando en nuestras propias fuerzas. En el caso de personas con una voluntad enérgica, esto puede representar mayor obstáculo para una verdadera disponibilidad al Señor. Hablando materialmente, el silencio es grande pero es un silencio replegado sobre sí mismo, y apoyado en sí mismo.
Otra tentación representa el deseo de hacer del silencio un fin. Nos imaginamos que la razón de ser de la oración del corazón e incluso de cualquier existencia contemplativa es el silencio. Estamos en una realidad material. No nos paramos en la persona del Padre o en la de su Hijo, ni en la del Espíritu. Es mi estado el que cuenta y no la relación real de amor y de disponibilidad que tengo respecto a Dios. Ya no es una oración sino una contemplación de mi mismo.
Una tentación análoga a la anterior consiste en hacer del silencio una realidad en sí misma. El silencio es suficiente. A partir del momento en que todos los ruidos de los sentidos, de la inteligencia, de la imaginación han sido calmados, se instala en nosotros un auténtico placer y esto es suficiente. No necesitamos nada más. Nos negamos a buscar otra cosa. Todo lo que introduciría una nueva idea, aunque sea sobre el Señor, aunque venga de él parece un obstáculo. La única realidad divina en aquel momento es el silencio. Ya no hay oración; estamos creando un ídolo llamado silencio.
No digo que el auténtico silencio no sea una realidad muy importante a la cual hay que atribuir su gran precio. Pero si queremos entrar en el auténtico silencio habrá que renunciar al silencio en el fondo del corazón. O sea, no hay que deshonrarle, ni despreciarle, ni siquiera renunciar a buscarle sino evitar convertirle en un fin.
Sobre todo hay que evitar creer que el verdadero silencio es el resultado de mi esfuerzo personal. No tengo por qué construir el silencio pieza a pieza como si fuera un producto de fábrica. Demasiado a menudo nos imaginamos que el silencio consiste únicamente en establecer la paz en las facultades intelectuales, imaginativas y sensuales. Si, esto es un aspecto del silencio pero no es todo el silencio. Además, es necesario que nuestro corazón profundo, en la medida en que se identifique con la voluntad, esté él mismo en silencio y que esté calmado cualquier otro deseo distinto al de hacer la voluntad del Padre. Es decir, que mi deseo en lugar de estar dispuesto a imponerse al resto del ser humano, permanezca en pura disponibilidad, a la escucha y acogedor. Entonces aparece la posibilidad de entrar en un auténtico silencio del ser entero ante Dios, un silencio que nace de la conformidad real de mi ser profundo con el Padre, del que es imagen y semejanza.
Sólo Dios basta. Lo demás es nada. El auténtico silencio es la manifestación de esta realidad fundamental de cualquier oración. Hay un verdadero silencio en el corazón a partir del momento en que han desaparecido todas las impurezas que se oponen al Reino del Padre. El verdadero silencio se establece únicamente en un corazón puro, en un corazón que haya llegado a ser parecido al de Dios.
Por esta razón, un corazón puro de verdad puede guardar un silencio completo hasta cuando está sumergido en diferentes actividades porque ya no hay desacuerdo entre él y Dios. Incluso si su inteligencia y su sensibilidad están en actividad, por estar en conformidad con la voluntad de Dios, el auténtico silencio continúa reinado en ese corazón.
“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.
MI DEBILIDAD, LUGAR PARA DESCUBRIR Y ENCONTRAR LA Ternura del PADRE
Acordémonos del episodio de la tormenta calmada. Los apóstoles están asustados por la tempestad que sacude el barco y despiertan a Jesús que les pregunta sorprendido: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Luego, con un solo gesto calma las olas.
¿Por qué tener miedo de mis debilidades? Existen. Durante mucho tiempo me he negado a mirarlas a la cara. Poco a poco he empezado a domesticarías. Estoy obligado a reconocer que forman parte de mi mismo. No son un efecto exterior del cual podré deshacerme definitivamente un día. Aún más: si tuviera la tendencia a olvidarlas, el Padre se encargaría rápidamente de recordármelas. Me permitirá algún error, ante el cual no podré negar mi naturaleza de pecador. Dejará que la salud me falle de tal forma que tendré que declararme vencido y entregarme sin defensa al amor del Padre. Así me hará comprobar, sin posibilidad de duda alguna, la gran limitación de mis facultades.
Pero lo nuevo en todo esto es que a partir de ahí, en lugar de representar un peligro para mí, mis propias debilidades se convertirán en una oportunidad para ponerme en contacto con Dios. Por esta razón tengo que dejarme domesticar por ellas; dejar de considerarlas como un lado inquietante de mi personalidad para verlas como una dimensión deseada o aceptada por el Padre. Esto no supone un paso atrás sino una estructura fundamental de la vida divina tal y como me ha sido dada. Cuando me veo inesperadamente enfrente de una nueva debilidad de mi carácter que todavía no había descubierto, mi primera reacción debería ser intentar ver al Padre en ella en lugar de asustarme.
Entonces, ¿cómo no plantear una pregunta? La transformación de la debilidad -parecida en todo a un fracaso- en victoria del amor ¿podría ser una especie de recuperación a través de la cual Dios transforma el mal en bien? o, al contrario ¿no estaríamos en presencia de una dimensión fundamental del orden divino?
Muchas cosas se podrían decir sobre este punto. Conformémonos con comprobar simplemente que incluso en la naturaleza todo auténtico amor es una victoria de la debilidad. Amar no consiste en dominar, poseer o imponerse. Amar quiere decir acoger al otro sin pensar en defensa o protección, teniendo, por tanto, la certeza de ser acogido de todo corazón por el otro sin ser juzgado, condenado y, aún menos, comparado. No hay pruebas entre dos seres que se aman. Hay una especie de inteligencia mutua interior gracias a la cual no se teme ningún mal que venga del otro.
Esta experiencia, aunque nunca llega a ser perfecta, es bastante convincente. Y por lo tanto es solo un reflejo de la realidad divina.
A partir del momento en que empezamos a creer de verdad, con el corazón, en la ternura infinita del Padre, nos sentimos en cierto grado
obligados a ir bajando -cada vez más y más- hacia una aceptación positiva y alegre del hecho de no tener, no saber, no poder. En esto no hay ninguna autohumillación malsana. Simplemente estamos penetrando en el mundo del amor y de la confianza. Y así, casi sin darnos cuenta, entramos en comunión con la vida divina. Las relaciones del Padre y el Hijo en el Espíritu son, a un nivel que desborda totalmente nuestra capacidad de comprender, la encarnación perfecta de esta debilidad plenamente asumida en la comunión.
De manera más cercana a nosotros, se manifiesta la ternura íntima del tres veces Santo en la relación del Hijo encarnado con su Padre. ¿Cómo no asombrarse de la serenidad y de la infinita seguridad con la que Jesús declara tranquilamente que él no tiene nada suyo, que no puede hacer nada por si mismo si no fuera por el Padre? ¿Qué hombre aceptaría semejante desposesión? Por lo tanto ¿no es ésta la dirección que estamos obligados a seguir si queremos realmente vivir en la profundidad de nuestro corazón tal y como lo ha creado el Padre y tal y como lo ha transformado a través de la muerte y la resurrección de su Hijo?
María nos orienta en el mismo sentido. El Magnificat es a la vez un cántico de triunfo y el reconocimiento de un desprendimiento total.
Ambos van a la par. Desde el principio ella reconoció y aceptó su completa debilidad y así fue capaz de acoger al Hijo que el Padre le da. Ella se convirtió en la Madre de Dios porque es la que está más cerca de la pobreza de Dios
por un cartujo
EL MISMO ESPÍRITU ORA EN MÍ
“El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad; pues no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. El que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu porque conforme a la voluntad de Dios intercede por nosotros” (Rm 8, 26-27).
La oración está en mi corazón. Brota de mi corazón. Y, por tanto, no es obra de mí solo. El Espíritu que me ha sido dado, ocupa enteramente mi corazón y es el que reza en mi. El Espíritu viene del corazón de Dios deseando encender en mi propio corazón la misma llama que en el suyo.
por un cartujo
Conocemos todos los pasajes de san Pablo que nos repiten lo mismo pero ¿no tenemos demasiada tendencia a considerarlos como algo puramente teórico? O, por expresarnos de manera más noble, como “verdades de la fe” es decir algo de lo que se habla con convicción pero que lo vivimos en total oscuridad.
Esta presencia del Espíritu en mi corazón seria algo que se situaría únicamente al nivel de Dios y con la cual no podría yo comunicarme más que a través de fórmulas intelectuales. La misma realidad escaparía totalmente de mi experiencia. ¿Es esto lo que verdaderamente quiere decir san Pablo?
En reacción ante lo que esta actitud tiene de excesiva, ¿es necesario exigir que toda existencia cristiana auténtica sea una experiencia de Espíritu, como la de los Apóstoles cuando recibieron las lenguas de fuego el día de Pentecostés? Esto nunca lo ha enseñado así la Iglesia. Pero, entre los dos extremos, se sitúa una actitud verdadera, accesible a todos los cristianos, en la que la presencia del Espíritu en nuestras vidas es una realidad que tiene una influencia directa sobre nuestra manera de ser, sobre nuestras relaciones de amor con nuestros hermanos y sobre nuestra oración.
Si retomamos las diferentes etapas de las que hemos hablado, constatamos una progresión. Renunciar a considerar el centro de nuestra actividad de oración al nivel de la cabeza, de las representaciones, de los sistemas de pensar, entrar en nuestro corazón, y descubrir todo un mundo desordenado de emociones y heridas que emanan de nuestro corazón y que tienen necesidad de ser purificadas. Tenemos que descubrir que hay una posibilidad efectiva de integrar todas las heridas de nuestro corazón en el movimiento de la redención, sacándolas a la luz, de manera que las podamos ofrecer conscientemente a la acción redentora de Jesús.
De esta manera y sin haberlo dicho, hemos conseguido hablar del movimiento del Espíritu en nosotros. Podemos realizar lo que acabo de decir, o sea que, realmente, el Espíritu del Señor actúe en nosotros, que nos permita desenredar, en la compleja red de nuestras emociones, lo que podemos ofrecer con paciencia y perseverancia a la gracia de purificación y de resurrección del Salvador. Todo lo que hemos hablado es ya obra del Espíritu.
Sigamos el mismo camino. Más allá de todos los movimientos caóticos del corazón y sobre todo a partir del momento en que Jesús empieza a restablecer el orden en él, observamos movimientos menos confusos que progresivamente acaban siendo ordenados y así sin más cuidado, el fondo de nuestro corazón aprende a volverse espontáneamente hacia el Señor. Y únicamente más tarde, observando lo ocurrido, nos damos cuenta de que, en verdad, el Espíritu del Señor ha estado actuando en lo más profundo de nuestro corazón en pleno silencio y con mucha discreción. A medida que la paz se instala, nace un cierto dinamismo misterioso con el que tenemos que aprender a cooperar.
De esta manera nos acostumbramos a asumir todos los movimientos de nuestro corazón, los buenos, los menos buenos y los malos, para orientarlos hacia Dios. Unos provienen directamente del Padre y vuelven a él. Otros necesitan estar transformados y asumidos por la muerte y la resurrección de Jesús. Todos piden estar integrados conscientemente en este dinamismo del Espíritu extendido en nuestros corazones. Se trata de aprender a estar atentos a los movimientos de nuestro corazón para llegar a unirlos voluntaria y conscientemente a la acción del Espíritu Santo que mora en nosotros.
Todo esto no supone ninguna “gracia mística”. Es cuestión únicamente de darse cuenta, con ayuda de la ternura y de la simplicidad, de que nuestro corazón sigue vivo y que esta vida la podemos ofrecer al Espíritu Santo para que él la lleve en su movimiento hacia el Padre.
San Pedro dice que el Espíritu nos habla con susurros difíciles de expresar. Esto último merece que le prestemos atención. La acción normal del Espíritu no es darnos ideas claras, ni iluminarnos, ni nada de esto. La acción del Espíritu consiste en llevarnos hacia el Padre.
“Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de esclavos para caer en el temor; si no que se os ha dado un Espíritu de hijos adoptivos que os hace gritar: “¡Abba! Padre!” El Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios”.
El Espíritu es un testigo, un dinamismo que nos arrastra. No busquemos para nada atraparle, identificarle, asirle con el fin de poder controlarle. Esto significaría expulsarle de nuestro corazón y apagarle. Dejémosle libertad plena para orar en nosotros con su manera velada, oculta y misteriosa que valoraremos luego por los resultados. Cuando empecemos a constatar que estamos aprendiendo a rezar y que, sin saber por qué, somos capaces de pedir a Dios y ser acogidos, podríamos considerar que a pesar de todas nuestras debilidades evidentes, el Espíritu ora en nosotros.
PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN
Continuamente vemos que el lenguaje de nuestro corazón está situado al nivel de las emociones. Todos los desequilibrios que acabo de enumerar se convierten en emociones fuera de lo normal; aparecen casi sin que nos demos cuenta, nos mandan, nos destruyen, nos cierran a Dios, nos unen a una especie de automatismo del mal. Y todo esto viene de nuestro corazón.
“Lo que sale de la boca proviene del corazón y eso es lo que ensucia al hombre. Del corazón provienen las malas intenciones, los asesinatos… Esas son las cosas que manchan al hombre” (Mt 15, 18-20).
Si quiero quitar la suciedad de mi ser, primero tengo que purificar mi corazón.
Ante esta urgente necesidad de rectificación, normalmente acudimos a lo que podemos llamar la “ascesis clásica”. Es una técnica probada y practicada por numerosas generaciones de monjes cristianos, hombres de buena voluntad, decididos a liberarse de la esclavitud en la que estamos apresados. Es una forma de accionar que apela a todos los recursos de nuestra voluntad, de nuestra energía y de nuestra perseverancia iluminados por la fe y el amor. La ascesis tiene sus méritos y no hay por que abandonarla, pero también tiene sus límites.
En particular, en lo que se refiere a la auténtica purificación del corazón, hay que ir más allá de las técnicas humanas. Releamos la invitación que hace San Bruno a su amigo Raúl:
“¿Qué hacer entonces, querido amigo? ¿Qué hacer sino creer en los consejos divinos, creer en la verdad que nunca engaña? Efectivamente ésta avisa a todo el mundo: “Venid a mi todos los agobiados y yo os aliviaré”. ¿No es cierto que es una pena horrible e inútil estar atormentados por los propios deseos, castigarse sin piedad por las preocupaciones y las penas, el miedo y el dolor que dan vida a esos deseos? ¿Qué carga más aplastante que ésta puede haber, cuyo peso rebaja el espíritu injustamente de su sublime dignidad hasta lo más bajo de este mundo?” (A Raúl, 9).
Existe pues una manera de purificación donde, antes que cualquier otra, hay que dirigirse a Jesús, llegar a él con el fin de recibir alivio. Él nos dirige esta invitación justo después de habernos dicho que teníamos que renunciar a ser sabios e inteligentes para convertirnos en pequeños. Entrar en el camino del corazón es reconocer que la única pureza verdadera es un don de Jesús.
“Tomad mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis alivio en vuestras fatigas” (Mt 11,29).
La purificación fundamental se produce a partir del momento en que las impurezas y los desequilibrios que me afectan los ponemos cara a cara con Jesús. Esto no es una tarea más difícil que la ascesis clásica pero es más eficaz porque nos obliga a establecernos en la verdad: la verdad sobre nosotros mismos que nos obliga a abrir los ojos sobre la realidad de nuestro pecado; la verdad de Jesús que es el verdadero salvador de nuestras almas no solo de manera general y lejana sino porque también entra en contacto inmediato y concreto con cada una de las suciedades que nos afectan. Es necesario, pues, que aprenda a ofrecerme a él, a entregarme a él sin esperar nada, en medio de las circunstancias o a través de un movimiento profundo de mi corazón que quiere por fin re-encontrarse con su verdadera libertad.
Cada vez que constato en mi la presencia de uno de esos lazos que me paralizan, me convenzo a mí mismo de que lo más necesario no es declarar la guerra a esta servidumbre porque en la mayoría de los casos no haría más que cortar las ramas sin llegar a la raíz. Lo más importante es sacar fuera esas raíces, ponerlas a la luz del día, aunque resulten muy feas y muy desagradables. Se trata precisamente de asumirlas tal y como son y poder ofrecerlas al Señor con un gesto libre y consciente. Desde esta perspectiva, la clásica invocación: “Jesús, Hijo del Dios, ten piedad de mí, pecador”, no corre el riesgo de convertirse en una repetición vana. Es la constatación indefinidamente renovada de que va a producirse un nuevo encuentro entre el corazón purificador de Jesús y mi sucio corazón.
Es evidente que en este proceso hay un elemento de pura psicología humana pero ¿qué es entonces lo chocante? ¿No actúa siempre la gracia sobre las estructuras de la naturaleza? En este caso se convierte en soporte de la Redención que realiza en mi corazón la transformación y cicatrización de las heridas por el encuentro personal con el Jesús resucitado. Así nos acostumbramos poco a poco a dirigirnos a Él siempre, sobre todo cuando se trata de lo que hay de oscuro, tenebroso e inquietante dentro de nosotros.
Esta actitud del corazón en el principio asusta. Demasiadas veces nos han enseñado que lo único que se le puede ofrecer al Señor son actuaciones buenas y bellas. Todo lo demás no forma parte de las virtudes así que no se le puede presentar. Pero esto ¿no va en contra del Evangelio? El mismo Jesús afirma que ha venido no para curar a los sanos sino a los enfermos. Habrá que aprender pues, sin falsa vergüenza, a ser auténticos enfermos delante del medico divino que reconocen lealmente todo lo tienen de falso, engañoso y contrario a Dios. El es el único que nos puede curar.
por un cartujo
VER A TRAVÉS DEL CORAZÓN

¿Qué camino debemos tomar para llegar a ese encuentro con el Padre al que aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a nuestra disposición para esto? ¿Será la inteligencia, como capacidad de conocer y de reflexionar? Escuchemos la respuesta de Jesús:
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me “lleve o contamine” el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
“Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo” (Mt 11,27).
“Todo me lo ha dado el Padre”. Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo… y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser “pequeño”: expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo “ver con el corazón”: aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
por un cartujo
La Oración del Corazón
PRÓLOGO
Hace ya unos años que me habías pedido que te hablara de la oración del corazón aunque yo te contesté que no quería lanzarme a hablar sobre un tema que no conocía suficientemente. Desde entonces ha pasado tiempo. He adquirido cierta experiencia basada en lo que he podido constatar en los demás y a partir de los descubrimientos que he podido hacer en mi propia búsqueda del Señor. Te voy a confiar pues unas reflexiones pidiéndote que no les atribuyas demasiada importancia.
Ya sabes que la oración del corazón es fruto de la larga experiencia de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Lo que voy a decir yo tiene seguramente puntos en común con esta tradición aunque soy consciente de que tengo una manera demasiado personal de hacerlo. Por eso, de lo que te voy a hablar, a lo mejor no es la verdadera oración del corazón.
Mi intención no es dibujar un cuadro rígido o una estructura estable. Es más bien una dirección que quisiera indicar, un camino hacia el que hay que dirigirse sin prever por adelantado exactamente dónde vas a llegar. La oración del corazón no es un objetivo a obtener, sino una forma de ser, una forma de ponerse a la escucha y de avanzar.
Antes de empezar a leer, si estás de acuerdo, ponte a rezar y pide al Espíritu del Señor que nos ilumine a los dos porque mi único deseo es ayudarle a que alumbre nuestros corazones.
ABBA, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuando me pongo a rezar no me dirijo al Dios de los filósofos, ni siquiera, en un cierto sentido, al Dios de los teólogos. Me dirijo a mi Padre o mejor dicho a nuestro Padre. Aun más exactamente me dirijo a quien Jesús en plena intimidad llamaba: Abba. Cuando los discípulos pidieron al Señor que les enseñara a rezar, él les dijo sencillamente: “Cuando oréis, decid: Abba.”
Llamar así a Dios significa tener la certeza de que nos quiere. Una certeza que no forma parte de ideas muy sabias, sino de una convicción muy íntima. Tenemos la impresión de haber llegado a esta certeza, a la fe, al término de una serie de reflexiones, meditaciones y voces interiores pero, al fin y a cabo, esta certeza es un don. Creemos en el amor en nuestro corazón porque es el mismo Padre quien ha enviado a su Espíritu y desde entonces su Hijo está glorificado.
Porque el Padre me ama, yo puedo dirigirme a él con plena seguridad y confianza. No me presento respaldado por mis méritos o razones sino que confío en la ternura infinita del Abba de Jesús por su Hijo que es también mi Abba.
Él es el Padre. ¿Qué significa esto? Que da la vida. Pero no la da como un objeto diferente de él mismo. La da entregándose a sí mismo. El único regalo que puede hacer es su propia persona y el resultado de este regalo es su Hijo, un hijo al que quiere infinitamente, por el cual siente ternura y a quien el Hijo en respuesta también siente lo mismo por su padre.
Ese es el Abba a quien me dirijo yo. El único que me puede dar una vida que es copia exacta de la suya; él me exige que sea su propia imagen y semejanza en este momento y no por una cierta apariencia exterior a mi mismo sino porque él me ha engendrado a partir de su propia subsistencia.
Eso es lo que quiero decir cuando le pido: “Santificado sea tu nombre, Abba”. Que seas tú mismo, Abba, dentro de mí. Que tu nombre de Padre se realice a la perfección en la relación que se establece entre nosotros. Abba, te pido que seas mi Padre, que me engendres a tu imagen y semejanza por puro amor para que yo en respuesta pueda llegar a ser, por pura gratuidad tuya, ternura hacia ti.
La oración del corazón consiste simplemente en encontrar el camino que me permita tener respecto al Padre una actitud gracias a la cual él mismo pueda santificar su nombre en mí. En mi y en todos sus hijos. En su único hijo compuesto de sí mismo y de todos sus hermanos.
Rezar es acoger al Padre, participar en esta vida que él nos da por gracia. Acoger al Padre es permitirle engendrar al Hijo y hacer nacer su reino en mi corazón. De esta manera, el Espíritu podrá establecer entre yo y el Padre lazos que no se pueden destruir, relaciones de unidad que se extenderán a todos mis hermanos.
miércoles, 7 de abril de 2010
Carta de una hermana de clausura
... Hace ya un mes que estoy en la clausura. La Madre se apiadó de mi debilidad y me deja escribir un poco. Se que estos permisos se irán espaciando. Cada vez me alejaré mas del mundo aunque misteriosamente me lo iré trayendo a la celda.
Me ha impactado el jardín, no puede ser mas bonito. Está cubierto de flores y florcitas por donde vaya la vista. El claustro lo rodea y es como si lo preservara. No me ha tocado todavía pero también lo tendré a mi cuidado. El corazón se me afloja y me vuelvo devota de solo andar por sus senderos. Tiene un árbol alto en cada esquina y un pino hacia el centro que cobija a La Virgen. Allí me voy cada vez que puedo. Es umbroso y a la vez colorido.
No puedo describirte mi contento de estarme en el banco haciendo la lectio en plena siesta, colmada de sombra fresca y con el sol por arriba sin tocarme. Me gustan los bichitos, la humedad de los ladrillos y el rumor de la ciudad que llega sin convertirse en ruido.
Como puedo dar gracias ya no lo sé, no puedo ser mas feliz y hasta siento culpa por tanta dicha que no merezco. Tu sabes como he deseado esto y que algo me ha costado. Estoy en su casa, junto a Él y donde voy lo tengo y su bondad me enamora.
Se que te gustaría la capilla, es amplia, luminosa, austera y muy cuidada. No hay detalle que este al acaso, en todo se pone la devoción. Las hermanas son muy atentas y amables y aunque no se habla me siento acompañada.
Me resulta muy provechosa la oración comunitaria. Eso de recitar a coro y de allanarse al ritmo ya por ellas creado, ni rápido ni lento, nunca nada extremado es la consigna que nos inculca la Madre.
El jueves me tocó orientación y me dijo que eligiera intenciones y que viera que ofrendaba por ellas y me habló de las cruces y de cómo cargar dolores sobre mí para dejar a otros libres de ellos. Me contó como se repartían los pedidos de oración que les llegaban y como se iban cargando con medida para no caer en desconsuelo.
Pero hay tantos por quién pedir y tan poco es lo que puedo ofrendar. Me dijo que no me arrebate que los santos se hacen cada día y no por exagerar.
Me han dado el lustre del piso en el claustro. Lo hago con oración mental y atenta a no divagar. Elena empieza de una punta y yo de la otra y nos vamos acercando hasta encontrarnos en medio. No puedo evitar alegrarme de su cercanía y nos siento un poco niñas cuando sonreímos. Ella está muy contenta también y hasta mi llegada era la única sin velo.
Tengo poco tiempo porque me gasté mucho escribiendo a Mamá. ¡La extraño horrores! pero cada vez que me aprieta la angustia le digo a Jesús que la tome de ofrenda, por ella y por todas las madres. Yo sé que está bien cuidada pero me impacta pensar que ya nunca viviremos juntas.
Que mas contarte…la Eucaristía es el centro de nuestra vida y me ha regocijado ver comulgar a las mas ancianas, porque las veo con unción y para nada adormiladas. Por este mes oficia y confiesa un Padre viejito, da ternura por como camina y con la voz cascada. Pero está muy lúcido y resuelto. José se llama y es diocesano.
Se me olvidaba contarte como me han costado los viernes de ayuno, que aunque lo sabía y me preparaba no me han sido fáciles. Ese saber que nada comería hasta el día siguiente es lo que da hambre, que es mas de la mente que de la barriga. La pasé con el rosario y diciéndole al Señor que viera lo débil que soy que no me hiciera faltar Su misericordia.
Sabes que te quiero mucho y que te guardo en el corazón y que no hay manera que te salgas de allí.
Siempre te recuerdo y te siento junto, a los pies de la Cruz.
Fragmentos de carta personal
Hna. Javiera del Sagrado Corazón
http://hesiquia.wordpress.com/2010/03/11/desde-la-clausura/
El monje interior.
Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.
Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.
Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.
Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.
Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.
Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.
¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?
Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.
No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.
Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.
Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.
Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.
Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.
Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.
Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.
Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.
El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.
Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.
Continúa en El primer monje
Fragmento de carta de Padre Vasily* a Mario
http://hesiquia.wordpress.com/2009/07/28/unificacion/
sábado, 3 de abril de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Grados de Amor de Dios

los grados de esta escala de amor, por donde el alma de uno a otro va subiendo a Dios, son diez.
El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente.
El alma encuentra a Dios, y queda prendada de su hermosura.
En este grado de amor habla la Esposa cuando dice: Conjúroos hijas de Jerusalén, que, si encontráredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor.
El segundo grado hace al alma buscar sin cesar a Dios.
De donde cuando la Esposa dice que, buscándole de noche en su lecho (cuando, según el primer grado de amor, estaba desfallecida) y no, le halló, dijo: Levantarme he, y buscaré al que "ama mi alma". Lo cual, como decimos, el alma hace sin cesar, como lo aconseja David diciendo: "Buscad siempre la cara de Dios y, buscándole en todas las cosas, en ninguna reparad hasta hallarle".
Como la Esposa, que, en preguntando por él a las guardas, luego pasó y las dejó. María Magdalena, ni aun en los ángeles del sepulcro reparó.
Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en todas las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa luego piensa en el Amado; en cuanto habla, en todos cuantos negocios se ofrece, luego es hablar y tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquiera cosa, todo su cuidado es en el Amado...
El tercero grado de la escala amorosa es el que hace al alma obrar y le pone calor para no faltar.
De éste dice el Real Profeta: "Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque en sus mandamientos codicia obrar mucho", Donde si el temor, por ser hijo del amor, le hace esta obra de codicia, ¿qué hará el mismo amor? En este grado, las obras grandes por el Amado tiene por pequeñas; las muchas, por pocas; el largo tiempo en que le sirve, por corto; por el incendio de amor, en que ya va ardiendo...
El cuarto grado de esta escala de amor es en el cual se causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin fatigarse. Porque, como dice San Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi ningunas y muy ligeras las hace el amor. En este grado hablaba la Esposa cuando, deseando ya verse en el último, dijo al Esposo : Ponme como señal en tu corazón, como señal en tu brazo; porque la dilección, esto es, el acto y obra del amor, es fuerte como la muerte, y dura emulación y porfía como el infierno: * El espíritu aquí tiene tanta fuerza, que tiene tan sujeta a la carne, y la tiene tan en poco, como el árbol a una de sus hojas...
El quinto grado de esta escala de amor hace al alma apetecer y codiciar a Dios impaciente mente. En este grado, la amante, tanta es la vehemencia que tiene por comprender al Amado y unirse con El que toda dilación, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre piensa que halla al Amado; y cuando ve frustrado su deseo (lo cual es casi a cada paso), desfallece en su codicia, según, hablando en este grado, lo dice el Salmista: "Codicia y desfallece mi alma a las moradas del Señor."
En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama, o morir, en el cual Raquel, por la gran codicia que a los hijos tenia, dijo a Jacob, su esposo: "Dame hijos; si no, yo moriré".
Aquí se ceba el alma en amor, porque según la hambre es la hartura...
El sexto grado hace correr al alma ligeramente a Dios; y así, sin desfallecer, corre por la esperanza, que aquí el amor que la ha fortificado le hace volar ligera.
El séptimo grado de esta escala hace atrever al alma con vehemencia. Aquí el amor no se aprovecha del juicio para esperar, ni usa del consejo para se retirar, ni con vergüenza; se puede enfrenar; porque el favor que ya Dios hace aquí al alma la hace atrever con vehemencia.
El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar sin soltar, según la Esposa dice de esta manera : Hallé al que ama mi corazón y ánima; túvele, y no le soltaré. * En este grado de unión satisface el alma su deseo, mas no de continuo, porque algunas llegan a poner el pie y luego le vuelven a quitar, porque, si durase, seria cierta manera de gloria en esta vida, y así muy pocos espacios pasa el alma en él.
El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad.
Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente. Porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la unión que tienen con Dios. Por eso dice San Gregorío de los Apóstoles que cuando el Espíritu Santo visiblemente vino sobre ellos, que interiormente ardieron por amor, suavemente. De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en este grado, no se puede hablar, porque, si de ello se escribieron muchos libros, quedaría lo más por decir...
El décimo y último grado de esta escala secreta de amor hace al alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida al nono grado, sale de la carne. Porque estos, que son pocos, por cuanto ya por el amor están purgadisimos, no entran en el purgatorio...
Esta es la escala secreta que aquí dice el alma, porque muchos se le descubre el amor, por los grandes efectos que en ella hace...
Noche oscura San Juan de la Cruz .San Bernardo
miércoles, 24 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Fondo elevante
Que el hombre se abandone simplemente, nada pida, exija nada. Se contente con tener en Dios su pensamiento, su amor. Arroja, pues, todas tus cosas en este Dios desconocido, también tus defectos y pecados, y todo cuanto puedas proyectar con tus acciones. Ponlo todo en El con gran fervor. En la oscura, desconocida voluntad de tu Señor. Fuera de aquí, un tal hombre no debe jamás perseguir nada, ni querer de algún modo reposar o actividad, ni esto ni aquello, ni tal estado ni el otro. Sólo abandonarse simplemente en la desconocida voluntad de Dios.
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Fondo dinámico
Así debe hacerse la renovación en el impulso substancial. Puesto que Dios es espíritu, el espíritu creado debe concentrarse en Dios, elevarse, dilatarse luego en el espíritu increado, como en una fuga del mismo impulso substancial. El hombre anterior a la creación era Dios en Dios. Así debe aquí esforzarse para volver a entrar en El completamente, con toda su naturaleza ahora creada.
Se preguntan los doctores si el espíritu del hombre muere cada vez que deliberadamente se orienta hacia las cosas que perecen. La mayoría responde que sí. Mas un noble y grande doctor dice: «Desde el momento que el hombre se vuelva con el impulso substancial y plena voluntad a juntar su espíritu con el espíritu de Dios trascendiéndolo todo tiempo, en ese mismo instante, todo lo perdido se recobra». Si esta conversión se pudiese realizar mil veces al día otras tantas sería el hombre renovado. Es esta interna operación la más noble, la más pura renovación que pueda darse: «Yo te he engendrado hoy» (Sal, 2,7).
Cada vez que el espíritu, con todo lo que él tiene, se sumerge plenamente en este fondo, para levantarse a lo más íntimo de Dios, será recreado y renovado. Dios inunda y sobreinforma entonces el espíritu, tanto más cuanto que éste, con mayor fidelidad y pureza haya seguido el camino, teniendo en Dios exclusivamente la intención. Dios se expande en él como el sol se difunde por el aire. La luz se extiende y penetra hasta tal punto que no hay quien perciba y discierna dónde una termina y sigue el otro. ¿Quién, pues, podrá establecer separación en esta sobrenatural, divina unión en unidad, donde el espíritu es atraído y absorbido en el abismo del principio? Si alguien pudiese ver el espíritu en tal estado, divinizado, creería sin duda alguna haber visto al mismo Dios.
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Anudamiento con Dios
El hombre, por el contrario, se ocupa de las cosas exteriores y sensibles, está en actividad, no puede saber nada de esa búsqueda y ni siquiera cree que existe en él este tesoro. El impulso substancial, la raíz, está puesta en nosotros de tal modo que es planta con fuerza eterna de arrastre y atracción. El impulso substancial tiene inclinación eterna, profunda, de volver a su origen. Inclinación que no se extingue jamás, ni siquiera en el infierno. Esto constituye el mayor sufrimiento de los condenados, porque nunca pueden lograr satisfacer la radical tendencia de ir a Dios.
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Dentro del alma
La búsqueda interna, en cambio, es muy superior a ésta. Consiste en que el hombre entre en su propio fondo, en lo más íntimo de sí mismo, y busque al Señor de la manera que nos ha sido indicada cuando El dijo: «El Reino de los cielos está dentro de vosotros)) (Lc 17,21). El que quiere encontrar el Reino, que no es otro que Dios con todas sus riquezas, y su propia esencia y naturaleza, le debe buscar donde se halla, es decir, en el fondo más íntimo, profundo centro, donde El está mucho más íntimamente junto al alma, mucho más presente que ella lo es a sí misma. Este fondo debe ser buscado y encontrado. Debe el hombre entrar en esta casa renunciando a sus sentidos, a todo lo que le sea sensible, a todas las imágenes y formas particulares que los sentidos le hayan dejado impresas. Impresiones de la imaginación y sentidos. Sí. Incluso sobrepasar las representaciones racionales, operaciones de la razón, que sigue las leyes de la naturaleza y propia actividad.
Cuando el hombre entra en esta mansión, y allí busca a Dios, el Señor es quien cambia el alma de arriba a abajo.
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Desasimiento
¿En qué consiste la desnudez espiritual? Consiste para el hombre en separarse por completo de todo lo que no es pura y simplemente Dios, ver si Dios sólo es el objeto de su intención. Si descubre algún otro deseo no relacionado con Dios, que lo corte y eche fuera. Esto, por lo demás, no es exclusivo del hombre noble y consagrado a la vida interior. Es deber de toda persona honrada. Hay, en verdad, muchas y honradísimas gentes que hacen cosas muy laudables, pero que no saben nada de la vida interior. Tienen asimismo obligación de examinar aquello que les podría separar de Dios a fin de abandonarlo por completo. Tal desapego es absolutamente necesario para quien desee recibir al Espíritu y sus dones. No ha de buscarse más que a Dios y desasirse de todo aquello que le desagrade.
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Contemplación
Dios es unidad indivisible. Podemos, sin embargo, distinguir en El atributos y contemplar sucesivamente su realidad y bondad trascendente, la intimidad misteriosa de su naturaleza, su soledad y sus tinieblas. Moises dijo: "Escucha, Israel, Yahveh es nuestro Dios, sólo Yahveh". En Dios no hay pluralidad, pero podemos sacar provecho de los nombres especiales, particulares y distintivos que atribuimos a Dios y su Ser, al comparar con El nuestra nada. Lo he dicho muchas veces: mientras que al principio el hombre debe dar a la meditación un contenido temporal enteramente, como el Nacimiento, las obras, la vida y ejemplos de Nuestro Señor, ahora tiene que levantar su espíritu y aprender a volar por encima del tiempo, en vida eterna.
El hombre puede reflejar en su alma eficazmente los atributos de Dios. Hay que considerar que El es el Ser puro; Ser de los seres sin identificarse con ninguno de ellos; Dios; lo que es en todo aquello que es ser y bondad. San Agustín dice: "Si ves a un hombre bueno, un Angel bueno, un cielo hermoso; prescinde del hombre, del Angel y del cielo. Lo que queda es la esencia del bien; es Dios. El está en todas las cosas y muy por encima de todo. Las criaturas contienen, sin duda, un elemento de bondad y de amor, de todo lo que se puede llamar Ser, que el hombre puede desear".
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Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .
Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.
Espacios dedicados a Dios.
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VATICAN MUSEUMS 1/3Hace 8 años
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