Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios

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Basilica San Pedro , Vaticano

Amigos que Dios trae a este rincon de la red.

viernes, 16 de abril de 2010

CUARTO GRADO: LA JACTANCIA

Si a la vanidad le da por tomar cuerpo y sigue inflándose la vejiga, se llega a un grado de dilatación tal que se precisa un orificio mayor. De lo contrario, podría reventar. Esto ocurre en el monje que rebasa la vana alegría. Ya no le basta el simple agujero de la risa o de los gestos; y prorrumpe con la exclamación de Eliú: Mi seno es como vino sin escape que hace reventar los odres nuevos. Si no habla, revienta. Está cargado de verborrea, y el aire de su vientre le constriñe. Anda hambriento y sediento de un auditorio al que pueda lanzar sus vanidades, arrojar todo lo que siente y darse a conocer en lo que es y vale. A la primera ocasión, si la temática versa sobre ciencias, saca a colación sentencias antiguas y nuevas ensarta una perorata con el eco de palabras ampulosas. Se adelanta a las preguntas; responde incluso a quien no le pregunta. Propone cuestiones; las resuelve él mismo, y corta a su interlocutor, sin dejarle terminar lo que había empezado a decir. Cuando suena la señal y se precisa interrumpir la conversación, la hora larga transcurrida le parece un instante. Pide permiso para volver a sus historias fuera del tiempo señalado. Claro que no lo hace para edificar a nadie, sino para cantar su ciencia. Podría edificar, pero eso ni lo pretende. No trata de enseñarte o aprovecharse de tus conocimientos, sino de demostrarte que sabe algo.
Si la conversación versa sobre religión, en seguida saca a relucir visiones y sueños. Luego elogia el ayuno, recomienda las vigilias y se hace lenguas de la oración. Diserta ampliamente sobre la paciencia, la humildad y sobre cada una de las virtudes con una ligereza pasmosa. Si tú le escuchas, dirías que de lo, rebosa del corazón lo habla por la boca; y que el hombre bueno saca cosas buenas de su almacén de bondad.

Si la conversación declina en mera diversión, entonces se muestra como un fenómeno de locuacidad que domina la materia a las mil maravillas. Si le oyes, dirás que su boca es todo un torrente de vanidad, un alud de chocarrerías, hasta el punto de provocar la ligereza incluso en las personas más sensatas v recatadas. Resumiendo en breve todo lo dicho: En el mucho hablar se descubre la jactancia. A lo largo de estas líneas tienes descrito y enumerado el cuarto grado. Huye de él, pero recuerda su contenido. Con esta advertencia pasemos ya al quinto; lo titulo "la singularidad


TERCER GRADO: LA ALEGRIA TONTA

Es característico de los soberbios suspirar siempre por los acontecimientos bullangueros y ahuyentar los tristes, según aquello de que el corazón del tonto está donde hay jolgorio. El monje, una vez bajados los dos primeros grados de soberbia, llega, por la curiosidad, a la ligereza de espíritu. Se siente incapaz de soportar la humillante experiencia de un gozo que tanto anhela, pero siempre bañado en tristeza, cuando constata el bien de los demás. Busca entonces el subterfugio de un falso consuelo. Reprime la curiosidad para rehusar la evidencia de su bajeza y la nobleza de los otros. Se inclina hacia el lado opuesto. Pone de relieve aquello en que cree sobresalir y atenúa con disimulo las excelentes cualidades de los demás. Así pretende cegar lo que considera fuente de su tristeza y vivir en una incesante alegría fingida. Fluctuando entre el gozo la tristeza, cae al fin en el cebo de la alegría tonta. Aquí planto yo el tercer grado de soberbia.
Con esto tienes ya suficientes indicios para saber si este grado se da en ti o en otros. A estos tales nunca les verás gimiendo o llorando. Si te fijas un momento, pensarás que se han olvidado de sí mismos, o que se han lavado de sus pecados. Pero sus gestos reflejan ligereza; su semblante, esta alegría tonta; y su forma de andar, vanidad. Son propensos alas chanzas; fáciles e inclinados a la risa. Como han borrado de su memoria todo cuanto les puede humillar y entristecer, sueñan y se representan todos los valores que se imaginan tener. No piensan más que en lo que les agrada, y son incapaces de contener la risa y de disimular la alegría tonta.


LA LIGEREZA DE ESPIRITU

El monje que no cuida de sí mismo, controla curiosamente a los demás. A los que ve superiores a él, los estima un poco; pero a los que considera inferiores, los desprecia. En los primeros ve cosas por las que se come de envidia; en los segundos, actitudes que le provocan irrisión. De aquí se sigue que el espíritu, zarandeado por esa incesante movilidad de los ojos, y totalmente ajeno al cuidado de sí mismo unas veces quiere encumbrarse por la soberbia y otras queda abatido hasta lo más profundo por la envidia. Tan pronto está lleno de maldad y se consume de envidia, para después reírse como un niño ante su propia gloria. La primera actitud respira maldad; la segunda, vanidad ; y ambas, soberbia. Porque el amor de la propia gloria es lo que le hace sentir dolor por lo que le supera y alegría de sentirse superior.
Estos cambios de espíritu los manifiesta en el modo de hablar: unas veces es lacónico y mordaz; otras, locuaz y vano. Ahora revienta de risa, luego estalla en llanto, y siempre es un irreflexivo. Si quieres, compara estos dos grados de soberbia con los últimos de humildad fíjate cómo en el último se cercena la curiosidad; y en el penúltimo, la ligereza. Lo mismo observarás en los restantes grados si los comparas entre sí. Pero pasemos ya a explicar e tercer grado sin caer en él.

PRIMER GRADO DE SOBERBIA : LA CURIOSIDAD

El primer grado de soberbia es la curiosidad. Puedes detectarla a través de una serie de indicios. Si ves a un monje que gozaba ante ti de excelente reputación, pero que ahora, en cualquier lugar donde se encuentra, en pie, andando o sentado, no hace más que mirar a todas partes con la cabeza siempre alzada, aplicando los oídos a cualquier rumor, puedes colegir, por estos gestos del hombre exterior, que interiormente este hombre ha sufrido un cambio. El hombre perverso y malvado guiña el ojo, mueve los pies y señala con el dedo. Por este inhabitual movimiento del cuerpo puedes descubrir la incipiente enfermedad del alma. Y el alma que, por su dejadez, se va entorpeciendo para cuidar de sí misma, se vuelve curiosa en los asuntos de los demás. Se desconoce a sí misma. Por eso es arrojada fuera para que apaciente a los cabritos. Con acierto llámanse cabritos, símbolos del pecado, a los ojos y a los oídos; porque, lo mismo que la muerte entró en el mundo por el pecado, así penetra por estas ventanas en el alma.

El curioso se entretiene en apacentar a estos cabritos, mientras que no se preocupa de conocer su estado interior. Si cuidas con suma atención de ti mismo, difícil será que pienses en cualquier otra cosa. ¡Curioso!, escucha a Salomón. Escucha, necio, al sabio: Por encima de todo guarda tu corazón; y todos tus sentidos vigilarán para guardar aquello de donde brota la vida. ¡Curioso!, ¿adónde vas cuando te alejas de ti?; ¿a quién te confías durante ese tiempo?; ¿cómo te atreves a levantar los ojos al cielo, tú que pecaste contra el cielo? Clava tus ojos en tierra para que te conozcas. La tierra te dará tu propia imagen; porque eres tierra y a la tierra has de volver.

Los grados del orgullo . San BERNARDO DE CLARAVAL

PRIMER GRADO DE SOBERBIA : LA CURIOSIDAD


SEGUNDO GRADO: LA LIGEREZA DE ESPÍRITU

TERCER GRADO: LA ALEGRÍA TONTA


CUARTO GRADO: LA JACTANCIA


QUINTO GRADO: LA SINGULARIDAD

SEXTO GRADO: LA ARROGANCIA


SÉPTIMO GRADO: LA PRESUNCIÓN


OCTAVO GRADO: LA EXCUSA DE LOS PECADOS


NOVENO GRADO: LA CONFESIÓN FINGIDA


DÉCIMO GRADO: LA REBELIÓN


UNDÉCIMO GRADO: LA LIBERTAD DE PECAR



DUODÉCIMO GRADO: LA COSTUMBRE DE PECAR

jueves, 15 de abril de 2010

El amor racional y espiritual , Segundo y Tercer grado del amor.

– El amor racional y espiritual

Aunque baste para la salvación, el amor “carnal” a Cristo ha de ser trascendido, porque en su unión con el Señor, el alma se une con la Persona divina del Verbo. Bernardo afirma esto con vigor, a pesar de que siempre y de principio a fin llevó consigo el recuerdo de la Pasión. Este paso de lo visible a lo invisible está simbolizado en el misterio de la Ascensión, cuando Cristo desapega a sus apóstoles de su presencia corporal diciéndoles: si me amarais, os alegraría que me vaya con el Padre (Jn 14,28). Y comenta Bernardo: “le amaban dulcemente, pero sin prudencia; le amaban carnalmente, pero no racionalmente; le amaban con todo el corazón, pero no con toda el alma” (SCant 20, IV,5). Conviene que el Cristo carnal se vaya al cielo, para que descienda el Espíritu, y con él otro nivel más elevado de amor: si antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así (2Cor 5,6).

El amor racional pasa, como antes hemos visto, del amor al Verbo-Carne al amor al Verbo-Sabiduría, al Verbo-Verdad, Santidad, Justicia y Virtud, porque Cristo se ha hecho para nosotros todo eso: Sabiduría, Justicia, Santificación y Redención (1Cor 1,30). Es decir, ama y se configura con las cualidades éticas y espirituales que caracterizan la personalidad interna de Cristo. A diferencia de aquel l amor que se conmueve por el recuerdo de la pasión, éste arde siempre por el celo de la justicia, emula en toda ocasión lo verdadero, siente ansias por alcanzar la sabiduría, ama la santidad de vida y la moral de sus costumbres, se avergüenza de toda jactancia, aborrece la detracción, desconoce la envidia, detesta la soberbia, no sólo huye de toda gloria humana, sino que le fastidia y la desprecia, abomina extremosamente y persigue en sí mismo toda impureza de la carne y del corazón, deshecha con toda naturalidad todo mal y se adhiere a todo lo que es bueno (SCant VI,8).

Por tanto, este amor apunta a la realización moral de la persona, a la configuración con el Cristo ético, con la doctrina evangélica, que establece la virtud misma de Cristo en el alma y deja atrás las pasiones y los apetitos carnales. Mientras el amor afectivo a veces es ambiguo y puede llevar al subjetivismo y a desviaciones religiosas, en el sentido de un iluminismo o un engaño diabólico (SCant 20,9), éste es prudente, juicioso, circunspecto, y se deja guiar por la razón y la regla de la fe. Bernardo piensa sin duda en las herejías teológicas y espirituales de su tiempo, como por ejemplo los cátaros, con las que tuvo que confrontarse:

Será racional -este amor- si en todo lo que debemos sentir de Cristo se mantienen con tal firmeza las bases de la fe, que ninguna apariencia de verdad, ninguna desviación herética o diabólica serán capaces de apartarnos jamás de sentir limpiamente con la Iglesia. Esta misma cautela debemos observar en la propia conducta, de modo que nunca sobrepase el límite de la discreción, con ninguna clase de superstición, ligereza o vehemencia del fervor, bajo pretexto de una mayor devoción (SCant VI,9).

Como es lógico, este amor no sólo requiere discernimiento en la inteligencia, sino también fortaleza, valor y constancia en la voluntad, para que ésta se convierta y se configure enteramente con la virtud de Cristo, y así pueda amarle también con todas las fuerzas. Este amor con todas las fuerzas es el amor espiritual, que no tiene con el anterior más que una diferencia de plenitud, dado que la santidad no es otra cosa que la plenitud de la Virtud de Cristo en el alma por el Espíritu Santo:

Amaremos a Dios con todas las fuerzas y el amor será espiritual, si con la ayuda del Espíritu llega a tal vigor que no se abandona la justicia, ni por la coacción de los sufrimientos o tormentos, ni siquiera por miedo a la muerte. Creo que merece ser llamado así porque goza de esta prerrogativa que es su característica: la plenitud del Espíritu (SCant VI,9).

Ahora bien, el hecho de que el amor del corazón deba trascenderse no significa que deba abandonarse. Un amor que sólo tuviera como apoyo una meditación exclusivamente espiritual, iría contra la naturaleza corporal y espiritual del hombre en esta vida, que no podría sostener tal tensión, y si pretendiera mantenerse mediante su esfuerzo en esa cima, vería entibiarse su amor a Dios y languidecer. Por eso:

Éstas son las manzanas y las flores (recuerdo de la pasión, etc.) que la esposa pide para alimentarse y fortificarse. Pienso que ella teme que se enfríe y languidezca fácilmente el ímpetu de su amor si no la reaniman con estos estímulos (testimonios sensibles de amor) (AmD III,10).

O puede derivar en orgullo espiritual; por eso siente que un día Cristo le dice: “No pretendas grandezas que superan tu capacidad; contempla apaciblemente mis heridas y todo lo que he sufrido en mi carne” (SCant 45,4). Y también: Ne irreverens scrutator majestatis opprimatur a gloria (SCant 32,3).

El recuerdo del amor de Dios manifestado en Cristo seguirá siempre excitando el corazón del hombre, hacía la plenitud de la presencia en el cielo. “El recuerdo pertenece al tiempo presente, la presencia al Reino de los Cielos” (AmD III,10). No perdamos nunca de vista que es el propio Dios el que se manifiesta y da prueba de su amor en el misterio de la Encarnación y de la Pasión. Cuando amo a Cristo, es al Verbo de Dios a quien alcanza mi amor. Amar así a Cristo es realizar el aprendizaje del amor-caridad. Aquel que se ha hecho incapaz de gustar otra cosa que los goces sensibles y carnales, tendría que elevarse espiritualmente para poder salir de esos goces, y reencontrar en este orden espiritual un objeto que, por su transparencia, le abriera al mundo del espíritu. “Por eso, escribe san Bernardo, el Verbo ofreció su carne a los que gustan de la carne, para que aprendieran a gustar el espíritu” (Idem 6,3).

lunes, 12 de abril de 2010

LA ORACIÓN TEOLOGAL

La oración del corazón no es más que la introducción a un tema muy amplio, demasiado amplio tal vez, porque es algo muy sencillo y siempre nos cuesta identificar y formular las cosas sencillas. Hoy me gustaría hablarte de la oración teologal que es, en realidad, otra forma de acercarnos a la oración del corazón.

¿Que significa la fórmula “oración teologal”? La fórmula “oración teologal” evoca a una orientación del corazón que se apoya en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Supongo que esto es algo bastante preciso; las virtudes teologales son, en resumen, las capacidades que nos da Dios gratis para poder llegar a él directamente, mientras que las demás virtudes, las morales, tienen que ver con los medios que nos ayudan a caminar hacia Dios.

Nos reencontramos aquí con una orientación esencial de la oración del corazón que apunta directamente al corazón de Dios. Es lo más profundo de mi corazón quien está en la búsqueda de un encuentro directo con Dios. No solamente es un encuentro afectivo para experimentar la ternura divina que viene a satisfacer mis necesidades más íntimas y secretas, de probar la bondad de Dios siendo una persona hu-mana, sino también la oportunidad que me ha sido ofrecida por el Padre: es él quien viene a mi y, más allá de todos los medios o intermediarios, este encuentro se realiza porque él está de acuerdo y me da esta oportunidad.

En este momento me pregunto si tú no querrás interrumpirme para decirme: “¿Por qué insistir en algo que parece más que evidente? Rezar es buscar a Dios, es ir al encuentro más inmediato entre él y yo en el amor”.

Efectivamente, me parece que muy a me-nudo en lugar de rezar así, gastamos el tiempo y la energía en actividades que tal vez solo se parecen a la oración. Ya no es Dios sino el yo de cada uno el que se convierte en el centro de interés de semejante actuación. Esto lo experimentamos todos pero quizás no sacamos las conclusiones que conlleva. Permíteme que te cuente algo de mi vida para ilustrar lo dicho.

En la evolución de mi oración, he vivido una aventura y sé que muchos han pasado por una experiencia análoga; por eso creo útil decir unas palabras sobre lo que ha golpeado y orientado el resto de mi existencia. Cuando yo era adolescente, un día, aparentemente por casualidad, encontré un volumen de las obras de la gran santa Teresa. Y esta lectura transformó mi vida. En cierto modo ella hizo surgir instantáneamente de lo más profundo de mi corazón una fuente cuyo contenido me seria difícil de describir aunque yo sabia que esta lectura estaba estableciendo un vinculo infinitamente profundo y verdadero entre mi corazón y Dios.

Esta fuente era lo suficientemente abundante como para regar toda mi vida; ella me llevó a mi celda de la Cartuja donde respondía a todas mis necesidades tanto las de soledad como las de liturgia. Sin ni siquiera hacerme preguntas, podía volver a mi fuente que nunca me decepcionó.

No obstante, un día se matizó cuando se me presentó una duda. ¿Qué es lo que me daba esta fuente? ¿Respondía de verdad a los deseos íntimos de mi corazón? Dicho de otra manera ¿era Dios lo que encontraba en ella? ¿O tal vez -y es ahí donde se hacía dolorosa la pregunta- no era, en última instancia, donde yo me encontraba a mí mismo aunque fuera a través de ella, como me llegaba el reflejo de Dios que me cautivaba desde hace años? La cuestión se hacía cada vez más clara: esta fuente no era Dios y yo sólo tenía sed de él. Debería pues abandonar a mi querida fuente. Si esto había sido posible, ahora yo la había secado y obstruido pues empezaba a sentirla como un obstáculo porque ocupaba el lugar de Dios en mi corazón. Entonces fue cuando descubrí la necesidad de encontrar el medio, la actitud del corazón a través de la cual abriría la puerta directamente a quien desde hacía tanto tiempo estaba llamando en vano porque en mi oración, de lo primero que me ocupaba era de mí mismo.

He contado este episodio para dar un ejemplo de lo que me parece que es una trampa inevitable de la soledad: bajo el pretexto de buscar a Dios, al final acaba uno encontrándose a sí mismo, de manera muy piadosa, y en esto consiste su felicidad. ¿Cómo escapar a esta emboscada?
de un cartujo

ENTRAR EN EL SILENCIO

Siguiendo el camino del que estoy hablando es normal que, progresivamente, la actividad intelectual se apacigüe durante el tiempo de oración; en la medida en que las emociones del corazón están canalizadas, cualquier distracción o divagación pierde su razón de ser. Es decir, que la oración del corazón, de un movimiento casi espontáneo, nos orienta hacia el silencio. Algunos días esta sensación es más fuerte y resulta inevitable no encontrarse expuesto, por así decirlo, a la “tentación del silencio”.

El silencio es un bien que seduce el corazón desde el momento en que haya tenido una agradable experiencia. Pero hay muchas formas de silencio y no todas son buenas. La mayoría incluso se pueden considerar deformaciones antes que auténtica oración de silencio.

La primera tentación es hacer del silencio una actuación a pesar de estar convencido íntimamente de lo contrario. Bajo el pretexto de que la inteligencia está parada y que el corazón parece estar en reposo, nos imaginamos que hemos llegado al verdadero silencio del ser. En realidad, este silencio, aunque posea una indiscutible autenticidad, es el resultado de una tensión de la voluntad que al fin y a cabo es lo más sutil pero también lo más pernicioso. En lugar de tener nuestro corazón disponible, eso nos mantiene en un estado que nos impone una actitud artificial que, en última instancia, no ofrece al Señor una acogida porque nos estamos apoyando en nuestras propias fuerzas. En el caso de personas con una voluntad enérgica, esto puede representar mayor obstáculo para una verdadera disponibilidad al Señor. Hablando materialmente, el silencio es grande pero es un silencio replegado sobre sí mismo, y apoyado en sí mismo.

Otra tentación representa el deseo de hacer del silencio un fin. Nos imaginamos que la razón de ser de la oración del corazón e incluso de cualquier existencia contemplativa es el silencio. Estamos en una realidad material. No nos paramos en la persona del Padre o en la de su Hijo, ni en la del Espíritu. Es mi estado el que cuenta y no la relación real de amor y de disponibilidad que tengo respecto a Dios. Ya no es una oración sino una contemplación de mi mismo.

Una tentación análoga a la anterior consiste en hacer del silencio una realidad en sí misma. El silencio es suficiente. A partir del momento en que todos los ruidos de los sentidos, de la inteligencia, de la imaginación han sido calmados, se instala en nosotros un auténtico placer y esto es suficiente. No necesitamos nada más. Nos negamos a buscar otra cosa. Todo lo que introduciría una nueva idea, aunque sea sobre el Señor, aunque venga de él parece un obstáculo. La única realidad divina en aquel momento es el silencio. Ya no hay oración; estamos creando un ídolo llamado silencio.

No digo que el auténtico silencio no sea una realidad muy importante a la cual hay que atribuir su gran precio. Pero si queremos entrar en el auténtico silencio habrá que renunciar al silencio en el fondo del corazón. O sea, no hay que deshonrarle, ni despreciarle, ni siquiera renunciar a buscarle sino evitar convertirle en un fin.

Sobre todo hay que evitar creer que el verdadero silencio es el resultado de mi esfuerzo personal. No tengo por qué construir el silencio pieza a pieza como si fuera un producto de fábrica. Demasiado a menudo nos imaginamos que el silencio consiste únicamente en establecer la paz en las facultades intelectuales, imaginativas y sensuales. Si, esto es un aspecto del silencio pero no es todo el silencio. Además, es necesario que nuestro corazón profundo, en la medida en que se identifique con la voluntad, esté él mismo en silencio y que esté calmado cualquier otro deseo distinto al de hacer la voluntad del Padre. Es decir, que mi deseo en lugar de estar dispuesto a imponerse al resto del ser humano, permanezca en pura disponibilidad, a la escucha y acogedor. Entonces aparece la posibilidad de entrar en un auténtico silencio del ser entero ante Dios, un silencio que nace de la conformidad real de mi ser profundo con el Padre, del que es imagen y semejanza.

Sólo Dios basta. Lo demás es nada. El auténtico silencio es la manifestación de esta realidad fundamental de cualquier oración. Hay un verdadero silencio en el corazón a partir del momento en que han desaparecido todas las impurezas que se oponen al Reino del Padre. El verdadero silencio se establece únicamente en un corazón puro, en un corazón que haya llegado a ser parecido al de Dios.

Por esta razón, un corazón puro de verdad puede guardar un silencio completo hasta cuando está sumergido en diferentes actividades porque ya no hay desacuerdo entre él y Dios. Incluso si su inteligencia y su sensibilidad están en actividad, por estar en conformidad con la voluntad de Dios, el auténtico silencio continúa reinado en ese corazón.

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

MI DEBILIDAD, LUGAR PARA DESCUBRIR Y ENCONTRAR LA Ternura del PADRE

El reflejo espontáneo del ser humano es tener miedo de sus propias debilidades. En el momento en que constatamos que no siempre podemos contar con nuestras propias fuerzas, una cierta inquietud nos invade y corremos el riesgo de acabar angustiados. De hecho, todo lo escrito hasta aquí nos lleva a perder la seguridad personal que tenemos, sacando a la vista nuestra vulnerabilidad, nuestros desequilibrios escondidos, los límites de nuestra condición de criaturas, etc. Y cada vez decimos: sólo hay una solución que consiste en reconocer la verdad de lo que somos y entregarla al Señor para que se ocupe de ella.

Acordémonos del episodio de la tormenta calmada. Los apóstoles están asustados por la tempestad que sacude el barco y despiertan a Jesús que les pregunta sorprendido: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Luego, con un solo gesto calma las olas.

¿Por qué tener miedo de mis debilidades? Existen. Durante mucho tiempo me he negado a mirarlas a la cara. Poco a poco he empezado a domesticarías. Estoy obligado a reconocer que forman parte de mi mismo. No son un efecto exterior del cual podré deshacerme definitivamente un día. Aún más: si tuviera la tendencia a olvidarlas, el Padre se encargaría rápidamente de recordármelas. Me permitirá algún error, ante el cual no podré negar mi naturaleza de pecador. Dejará que la salud me falle de tal forma que tendré que declararme vencido y entregarme sin defensa al amor del Padre. Así me hará comprobar, sin posibilidad de duda alguna, la gran limitación de mis facultades.

Pero lo nuevo en todo esto es que a partir de ahí, en lugar de representar un peligro para mí, mis propias debilidades se convertirán en una oportunidad para ponerme en contacto con Dios. Por esta razón tengo que dejarme domesticar por ellas; dejar de considerarlas como un lado inquietante de mi personalidad para verlas como una dimensión deseada o aceptada por el Padre. Esto no supone un paso atrás sino una estructura fundamental de la vida divina tal y como me ha sido dada. Cuando me veo inesperadamente enfrente de una nueva debilidad de mi carácter que todavía no había descubierto, mi primera reacción debería ser intentar ver al Padre en ella en lugar de asustarme.

Entonces, ¿cómo no plantear una pregunta? La transformación de la debilidad -parecida en todo a un fracaso- en victoria del amor ¿podría ser una especie de recuperación a través de la cual Dios transforma el mal en bien? o, al contrario ¿no estaríamos en presencia de una dimensión fundamental del orden divino?

Muchas cosas se podrían decir sobre este punto. Conformémonos con comprobar simplemente que incluso en la naturaleza todo auténtico amor es una victoria de la debilidad. Amar no consiste en dominar, poseer o imponerse. Amar quiere decir acoger al otro sin pensar en defensa o protección, teniendo, por tanto, la certeza de ser acogido de todo corazón por el otro sin ser juzgado, condenado y, aún menos, comparado. No hay pruebas entre dos seres que se aman. Hay una especie de inteligencia mutua interior gracias a la cual no se teme ningún mal que venga del otro.

Esta experiencia, aunque nunca llega a ser perfecta, es bastante convincente. Y por lo tanto es solo un reflejo de la realidad divina.

A partir del momento en que empezamos a creer de verdad, con el corazón, en la ternura infinita del Padre, nos sentimos en cierto grado

obligados a ir bajando -cada vez más y más- hacia una aceptación positiva y alegre del hecho de no tener, no saber, no poder. En esto no hay ninguna autohumillación malsana. Simplemente estamos penetrando en el mundo del amor y de la confianza. Y así, casi sin darnos cuenta, entramos en comunión con la vida divina. Las relaciones del Padre y el Hijo en el Espíritu son, a un nivel que desborda totalmente nuestra capacidad de comprender, la encarnación perfecta de esta debilidad plenamente asumida en la comunión.

De manera más cercana a nosotros, se manifiesta la ternura íntima del tres veces Santo en la relación del Hijo encarnado con su Padre. ¿Cómo no asombrarse de la serenidad y de la infinita seguridad con la que Jesús declara tranquilamente que él no tiene nada suyo, que no puede hacer nada por si mismo si no fuera por el Padre? ¿Qué hombre aceptaría semejante desposesión? Por lo tanto ¿no es ésta la dirección que estamos obligados a seguir si queremos realmente vivir en la profundidad de nuestro corazón tal y como lo ha creado el Padre y tal y como lo ha transformado a través de la muerte y la resurrección de su Hijo?

María nos orienta en el mismo sentido. El Magnificat es a la vez un cántico de triunfo y el reconocimiento de un desprendimiento total.

Ambos van a la par. Desde el principio ella reconoció y aceptó su completa debilidad y así fue capaz de acoger al Hijo que el Padre le da. Ella se convirtió en la Madre de Dios porque es la que está más cerca de la pobreza de Dios
por un cartujo

EL MISMO ESPÍRITU ORA EN MÍ

Estamos hablando de oración. ¿Pero sabemos rezar? Me pregunto si incluso sé en qué consiste la verdadera oración. Sinceramente tengo que admitir que no. Siento en mí un llamamiento profundo en un sentido, pero sigo en la oscuridad. Felizmente:

“El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad; pues no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. El que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu porque conforme a la voluntad de Dios intercede por nosotros” (Rm 8, 26-27).

La oración está en mi corazón. Brota de mi corazón. Y, por tanto, no es obra de mí solo. El Espíritu que me ha sido dado, ocupa enteramente mi corazón y es el que reza en mi. El Espíritu viene del corazón de Dios deseando encender en mi propio corazón la misma llama que en el suyo.
por un cartujo

Conocemos todos los pasajes de san Pablo que nos repiten lo mismo pero ¿no tenemos demasiada tendencia a considerarlos como algo puramente teórico? O, por expresarnos de manera más noble, como “verdades de la fe” es decir algo de lo que se habla con convicción pero que lo vivimos en total oscuridad.

Esta presencia del Espíritu en mi corazón seria algo que se situaría únicamente al nivel de Dios y con la cual no podría yo comunicarme más que a través de fórmulas intelectuales. La misma realidad escaparía totalmente de mi experiencia. ¿Es esto lo que verdaderamente quiere decir san Pablo?

En reacción ante lo que esta actitud tiene de excesiva, ¿es necesario exigir que toda existencia cristiana auténtica sea una experiencia de Espíritu, como la de los Apóstoles cuando recibieron las lenguas de fuego el día de Pentecostés? Esto nunca lo ha enseñado así la Iglesia. Pero, entre los dos extremos, se sitúa una actitud verdadera, accesible a todos los cristianos, en la que la presencia del Espíritu en nuestras vidas es una realidad que tiene una influencia directa sobre nuestra manera de ser, sobre nuestras relaciones de amor con nuestros hermanos y sobre nuestra oración.

Si retomamos las diferentes etapas de las que hemos hablado, constatamos una progresión. Renunciar a considerar el centro de nuestra actividad de oración al nivel de la cabeza, de las representaciones, de los sistemas de pensar, entrar en nuestro corazón, y descubrir todo un mundo desordenado de emociones y heridas que emanan de nuestro corazón y que tienen necesidad de ser purificadas. Tenemos que descubrir que hay una posibilidad efectiva de integrar todas las heridas de nuestro corazón en el movimiento de la redención, sacándolas a la luz, de manera que las podamos ofrecer conscientemente a la acción redentora de Jesús.

De esta manera y sin haberlo dicho, hemos conseguido hablar del movimiento del Espíritu en nosotros. Podemos realizar lo que acabo de decir, o sea que, realmente, el Espíritu del Señor actúe en nosotros, que nos permita desenredar, en la compleja red de nuestras emociones, lo que podemos ofrecer con paciencia y perseverancia a la gracia de purificación y de resurrección del Salvador. Todo lo que hemos hablado es ya obra del Espíritu.

Sigamos el mismo camino. Más allá de todos los movimientos caóticos del corazón y sobre todo a partir del momento en que Jesús empieza a restablecer el orden en él, observamos movimientos menos confusos que progresivamente acaban siendo ordenados y así sin más cuidado, el fondo de nuestro corazón aprende a volverse espontáneamente hacia el Señor. Y únicamente más tarde, observando lo ocurrido, nos damos cuenta de que, en verdad, el Espíritu del Señor ha estado actuando en lo más profundo de nuestro corazón en pleno silencio y con mucha discreción. A medida que la paz se instala, nace un cierto dinamismo misterioso con el que tenemos que aprender a cooperar.

De esta manera nos acostumbramos a asumir todos los movimientos de nuestro corazón, los buenos, los menos buenos y los malos, para orientarlos hacia Dios. Unos provienen directamente del Padre y vuelven a él. Otros necesitan estar transformados y asumidos por la muerte y la resurrección de Jesús. Todos piden estar integrados conscientemente en este dinamismo del Espíritu extendido en nuestros corazones. Se trata de aprender a estar atentos a los movimientos de nuestro corazón para llegar a unirlos voluntaria y conscientemente a la acción del Espíritu Santo que mora en nosotros.

Todo esto no supone ninguna “gracia mística”. Es cuestión únicamente de darse cuenta, con ayuda de la ternura y de la simplicidad, de que nuestro corazón sigue vivo y que esta vida la podemos ofrecer al Espíritu Santo para que él la lleve en su movimiento hacia el Padre.

San Pedro dice que el Espíritu nos habla con susurros difíciles de expresar. Esto último merece que le prestemos atención. La acción normal del Espíritu no es darnos ideas claras, ni iluminarnos, ni nada de esto. La acción del Espíritu consiste en llevarnos hacia el Padre.

“Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Porque no habéis recibido el espíritu de esclavos para caer en el temor; si no que se os ha dado un Espíritu de hijos adoptivos que os hace gritar: “¡Abba! Padre!” El Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios”.

El Espíritu es un testigo, un dinamismo que nos arrastra. No busquemos para nada atraparle, identificarle, asirle con el fin de poder controlarle. Esto significaría expulsarle de nuestro corazón y apagarle. Dejémosle libertad plena para orar en nosotros con su manera velada, oculta y misteriosa que valoraremos luego por los resultados. Cuando empecemos a constatar que estamos aprendiendo a rezar y que, sin saber por qué, somos capaces de pedir a Dios y ser acogidos, podríamos considerar que a pesar de todas nuestras debilidades evidentes, el Espíritu ora en nosotros.

PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

No es necesaria una larga experiencia de la existencia humana y menos todavía de la vida espiritual para saber que estamos presos en un mundo inmerso en un desorden casi sin arreglo: pecados, desequilibrios emocionales, heridas no cicatrizadas, costumbres malsanas, etc. Todo esto constituye las impurezas de nuestro corazón.

Continuamente vemos que el lenguaje de nuestro corazón está situado al nivel de las emociones. Todos los desequilibrios que acabo de enumerar se convierten en emociones fuera de lo normal; aparecen casi sin que nos demos cuenta, nos mandan, nos destruyen, nos cierran a Dios, nos unen a una especie de automatismo del mal. Y todo esto viene de nuestro corazón.

“Lo que sale de la boca proviene del corazón y eso es lo que ensucia al hombre. Del corazón provienen las malas intenciones, los asesinatos… Esas son las cosas que manchan al hombre” (Mt 15, 18-20).

Si quiero quitar la suciedad de mi ser, primero tengo que purificar mi corazón.

Ante esta urgente necesidad de rectificación, normalmente acudimos a lo que podemos llamar la “ascesis clásica”. Es una técnica probada y practicada por numerosas generaciones de monjes cristianos, hombres de buena voluntad, decididos a liberarse de la esclavitud en la que estamos apresados. Es una forma de accionar que apela a todos los recursos de nuestra voluntad, de nuestra energía y de nuestra perseverancia iluminados por la fe y el amor. La ascesis tiene sus méritos y no hay por que abandonarla, pero también tiene sus límites.

En particular, en lo que se refiere a la auténtica purificación del corazón, hay que ir más allá de las técnicas humanas. Releamos la invitación que hace San Bruno a su amigo Raúl:

“¿Qué hacer entonces, querido amigo? ¿Qué hacer sino creer en los consejos divinos, creer en la verdad que nunca engaña? Efectivamente ésta avisa a todo el mundo: “Venid a mi todos los agobiados y yo os aliviaré”. ¿No es cierto que es una pena horrible e inútil estar atormentados por los propios deseos, castigarse sin piedad por las preocupaciones y las penas, el miedo y el dolor que dan vida a esos deseos? ¿Qué carga más aplastante que ésta puede haber, cuyo peso rebaja el espíritu injustamente de su sublime dignidad hasta lo más bajo de este mundo?” (A Raúl, 9).

Existe pues una manera de purificación donde, antes que cualquier otra, hay que dirigirse a Jesús, llegar a él con el fin de recibir alivio. Él nos dirige esta invitación justo después de habernos dicho que teníamos que renunciar a ser sabios e inteligentes para convertirnos en pequeños. Entrar en el camino del corazón es reconocer que la única pureza verdadera es un don de Jesús.

“Tomad mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis alivio en vuestras fatigas” (Mt 11,29).

La purificación fundamental se produce a partir del momento en que las impurezas y los desequilibrios que me afectan los ponemos cara a cara con Jesús. Esto no es una tarea más difícil que la ascesis clásica pero es más eficaz porque nos obliga a establecernos en la verdad: la verdad sobre nosotros mismos que nos obliga a abrir los ojos sobre la realidad de nuestro pecado; la verdad de Jesús que es el verdadero salvador de nuestras almas no solo de manera general y lejana sino porque también entra en contacto inmediato y concreto con cada una de las suciedades que nos afectan. Es necesario, pues, que aprenda a ofrecerme a él, a entregarme a él sin esperar nada, en medio de las circunstancias o a través de un movimiento profundo de mi corazón que quiere por fin re-encontrarse con su verdadera libertad.

Cada vez que constato en mi la presencia de uno de esos lazos que me paralizan, me convenzo a mí mismo de que lo más necesario no es declarar la guerra a esta servidumbre porque en la mayoría de los casos no haría más que cortar las ramas sin llegar a la raíz. Lo más importante es sacar fuera esas raíces, ponerlas a la luz del día, aunque resulten muy feas y muy desagradables. Se trata precisamente de asumirlas tal y como son y poder ofrecerlas al Señor con un gesto libre y consciente. Desde esta perspectiva, la clásica invocación: “Jesús, Hijo del Dios, ten piedad de mí, pecador”, no corre el riesgo de convertirse en una repetición vana. Es la constatación indefinidamente renovada de que va a producirse un nuevo encuentro entre el corazón purificador de Jesús y mi sucio corazón.

Es evidente que en este proceso hay un elemento de pura psicología humana pero ¿qué es entonces lo chocante? ¿No actúa siempre la gracia sobre las estructuras de la naturaleza? En este caso se convierte en soporte de la Redención que realiza en mi corazón la transformación y cicatrización de las heridas por el encuentro personal con el Jesús resucitado. Así nos acostumbramos poco a poco a dirigirnos a Él siempre, sobre todo cuando se trata de lo que hay de oscuro, tenebroso e inquietante dentro de nosotros.

Esta actitud del corazón en el principio asusta. Demasiadas veces nos han enseñado que lo único que se le puede ofrecer al Señor son actuaciones buenas y bellas. Todo lo demás no forma parte de las virtudes así que no se le puede presentar. Pero esto ¿no va en contra del Evangelio? El mismo Jesús afirma que ha venido no para curar a los sanos sino a los enfermos. Habrá que aprender pues, sin falsa vergüenza, a ser auténticos enfermos delante del medico divino que reconocen lealmente todo lo tienen de falso, engañoso y contrario a Dios. El es el único que nos puede curar.

por un cartujo

VER A TRAVÉS DEL CORAZÓN




¿Qué camino debemos tomar para llegar a ese encuentro con el Padre al que aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a nuestra disposición para esto? ¿Será la inteligencia, como capacidad de conocer y de reflexionar? Escuchemos la respuesta de Jesús:

“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Mt 11, 25-26).

Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.

Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?

Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.

Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.

Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me “lleve o contamine” el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.

Jesús nos sigue enseñando:

“Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo” (Mt 11,27).

“Todo me lo ha dado el Padre”. Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.

Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo… y con todos mis hermanos.

Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser “pequeño”: expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!

Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo “ver con el corazón”: aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.

por un cartujo

La Oración del Corazón

Por un Cartujo

PRÓLOGO

Hace ya unos años que me habías pedido que te hablara de la oración del corazón aunque yo te contesté que no quería lanzarme a hablar sobre un tema que no conocía suficientemente. Desde entonces ha pasado tiempo. He adquirido cierta experiencia basada en lo que he podido constatar en los demás y a partir de los descubrimientos que he podido hacer en mi propia búsqueda del Señor. Te voy a confiar pues unas reflexiones pidiéndote que no les atribuyas demasiada importancia.

Ya sabes que la oración del corazón es fruto de la larga experiencia de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Lo que voy a decir yo tiene seguramente puntos en común con esta tradición aunque soy consciente de que tengo una manera demasiado personal de hacerlo. Por eso, de lo que te voy a hablar, a lo mejor no es la verdadera oración del corazón.

Mi intención no es dibujar un cuadro rígido o una estructura estable. Es más bien una dirección que quisiera indicar, un camino hacia el que hay que dirigirse sin prever por adelantado exactamente dónde vas a llegar. La oración del corazón no es un objetivo a obtener, sino una forma de ser, una forma de ponerse a la escucha y de avanzar.

Antes de empezar a leer, si estás de acuerdo, ponte a rezar y pide al Espíritu del Señor que nos ilumine a los dos porque mi único deseo es ayudarle a que alumbre nuestros corazones.

ABBA, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Cuando me pongo a rezar no me dirijo al Dios de los filósofos, ni siquiera, en un cierto sentido, al Dios de los teólogos. Me dirijo a mi Padre o mejor dicho a nuestro Padre. Aun más exactamente me dirijo a quien Jesús en plena intimidad llamaba: Abba. Cuando los discípulos pidieron al Señor que les enseñara a rezar, él les dijo sencillamente: “Cuando oréis, decid: Abba.”

Llamar así a Dios significa tener la certeza de que nos quiere. Una certeza que no forma parte de ideas muy sabias, sino de una convicción muy íntima. Tenemos la impresión de haber llegado a esta certeza, a la fe, al término de una serie de reflexiones, meditaciones y voces interiores pero, al fin y a cabo, esta certeza es un don. Creemos en el amor en nuestro corazón porque es el mismo Padre quien ha enviado a su Espíritu y desde entonces su Hijo está glorificado.

Porque el Padre me ama, yo puedo dirigirme a él con plena seguridad y confianza. No me presento respaldado por mis méritos o razones sino que confío en la ternura infinita del Abba de Jesús por su Hijo que es también mi Abba.

Él es el Padre. ¿Qué significa esto? Que da la vida. Pero no la da como un objeto diferente de él mismo. La da entregándose a sí mismo. El único regalo que puede hacer es su propia persona y el resultado de este regalo es su Hijo, un hijo al que quiere infinitamente, por el cual siente ternura y a quien el Hijo en respuesta también siente lo mismo por su padre.

Ese es el Abba a quien me dirijo yo. El único que me puede dar una vida que es copia exacta de la suya; él me exige que sea su propia imagen y semejanza en este momento y no por una cierta apariencia exterior a mi mismo sino porque él me ha engendrado a partir de su propia subsistencia.

Eso es lo que quiero decir cuando le pido: “Santificado sea tu nombre, Abba”. Que seas tú mismo, Abba, dentro de mí. Que tu nombre de Padre se realice a la perfección en la relación que se establece entre nosotros. Abba, te pido que seas mi Padre, que me engendres a tu imagen y semejanza por puro amor para que yo en respuesta pueda llegar a ser, por pura gratuidad tuya, ternura hacia ti.

La oración del corazón consiste simplemente en encontrar el camino que me permita tener respecto al Padre una actitud gracias a la cual él mismo pueda santificar su nombre en mí. En mi y en todos sus hijos. En su único hijo compuesto de sí mismo y de todos sus hermanos.

Rezar es acoger al Padre, participar en esta vida que él nos da por gracia. Acoger al Padre es permitirle engendrar al Hijo y hacer nacer su reino en mi corazón. De esta manera, el Espíritu podrá establecer entre yo y el Padre lazos que no se pueden destruir, relaciones de unidad que se extenderán a todos mis hermanos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Carta de una hermana de clausura

Fragmentos

... Hace ya un mes que estoy en la clausura. La Madre se apiadó de mi debilidad y me deja escribir un poco. Se que estos permisos se irán espaciando. Cada vez me alejaré mas del mundo aunque misteriosamente me lo iré trayendo a la celda.

Me ha impactado el jardín, no puede ser mas bonito. Está cubierto de flores y florcitas por donde vaya la vista. El claustro lo rodea y es como si lo preservara. No me ha tocado todavía pero también lo tendré a mi cuidado. El corazón se me afloja y me vuelvo devota de solo andar por sus senderos. Tiene un árbol alto en cada esquina y un pino hacia el centro que cobija a La Virgen. Allí me voy cada vez que puedo. Es umbroso y a la vez colorido.

No puedo describirte mi contento de estarme en el banco haciendo la lectio en plena siesta, colmada de sombra fresca y con el sol por arriba sin tocarme. Me gustan los bichitos, la humedad de los ladrillos y el rumor de la ciudad que llega sin convertirse en ruido.

Como puedo dar gracias ya no lo sé, no puedo ser mas feliz y hasta siento culpa por tanta dicha que no merezco. Tu sabes como he deseado esto y que algo me ha costado. Estoy en su casa, junto a Él y donde voy lo tengo y su bondad me enamora.

Se que te gustaría la capilla, es amplia, luminosa, austera y muy cuidada. No hay detalle que este al acaso, en todo se pone la devoción. Las hermanas son muy atentas y amables y aunque no se habla me siento acompañada.

Me resulta muy provechosa la oración comunitaria. Eso de recitar a coro y de allanarse al ritmo ya por ellas creado, ni rápido ni lento, nunca nada extremado es la consigna que nos inculca la Madre.

El jueves me tocó orientación y me dijo que eligiera intenciones y que viera que ofrendaba por ellas y me habló de las cruces y de cómo cargar dolores sobre mí para dejar a otros libres de ellos. Me contó como se repartían los pedidos de oración que les llegaban y como se iban cargando con medida para no caer en desconsuelo.

Pero hay tantos por quién pedir y tan poco es lo que puedo ofrendar. Me dijo que no me arrebate que los santos se hacen cada día y no por exagerar.

Me han dado el lustre del piso en el claustro. Lo hago con oración mental y atenta a no divagar. Elena empieza de una punta y yo de la otra y nos vamos acercando hasta encontrarnos en medio. No puedo evitar alegrarme de su cercanía y nos siento un poco niñas cuando sonreímos. Ella está muy contenta también y hasta mi llegada era la única sin velo.

Tengo poco tiempo porque me gasté mucho escribiendo a Mamá. ¡La extraño horrores! pero cada vez que me aprieta la angustia le digo a Jesús que la tome de ofrenda, por ella y por todas las madres. Yo sé que está bien cuidada pero me impacta pensar que ya nunca viviremos juntas.

Que mas contarte…la Eucaristía es el centro de nuestra vida y me ha regocijado ver comulgar a las mas ancianas, porque las veo con unción y para nada adormiladas. Por este mes oficia y confiesa un Padre viejito, da ternura por como camina y con la voz cascada. Pero está muy lúcido y resuelto. José se llama y es diocesano.

Se me olvidaba contarte como me han costado los viernes de ayuno, que aunque lo sabía y me preparaba no me han sido fáciles. Ese saber que nada comería hasta el día siguiente es lo que da hambre, que es mas de la mente que de la barriga. La pasé con el rosario y diciéndole al Señor que viera lo débil que soy que no me hiciera faltar Su misericordia.

Sabes que te quiero mucho y que te guardo en el corazón y que no hay manera que te salgas de allí.

Siempre te recuerdo y te siento junto, a los pies de la Cruz.

Fragmentos de carta personal

Hna. Javiera del Sagrado Corazón
http://hesiquia.wordpress.com/2010/03/11/desde-la-clausura/

El monje interior.

La vida exterior que tienes es el reflejo de tu vida interior.

Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.

Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.

Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.

Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.

Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.

Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.

¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?

Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.

No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.

Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.

Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.

Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.

Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.

Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.

Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.

Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.

El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.

Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.

Continúa en El primer monje

Fragmento de carta de Padre Vasily* a Mario
http://hesiquia.wordpress.com/2009/07/28/unificacion/

viernes, 26 de marzo de 2010

Grados de Amor de Dios




los grados de esta escala de amor, por donde el alma de uno a otro va subiendo a Dios, son diez.


El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente.
El alma encuentra a Dios, y queda prendada de su hermosura.
En este grado de amor habla la Esposa cuando dice: Conjúroos hijas de Jerusalén, que, si encontráredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor.


El segundo grado hace al alma buscar sin cesar a Dios.
De donde cuando la Esposa dice que, buscándole de noche en su lecho (cuando, según el primer grado de amor, estaba desfallecida) y no, le halló, dijo: Levantarme he, y buscaré al que "ama mi alma". Lo cual, como decimos, el alma hace sin cesar, como lo aconseja David diciendo: "Buscad siempre la cara de Dios y, buscándole en todas las cosas, en ninguna reparad hasta hallarle".
Como la Esposa, que, en preguntando por él a las guardas, luego pasó y las dejó. María Magdalena, ni aun en los ángeles del sepulcro reparó.
Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en todas las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa luego piensa en el Amado; en cuanto habla, en todos cuantos negocios se ofrece, luego es hablar y tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquiera cosa, todo su cuidado es en el Amado...
El tercero grado de la escala amorosa es el que hace al alma obrar y le pone calor para no faltar.
De éste dice el Real Profeta: "Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque en sus mandamientos codicia obrar mucho", Donde si el temor, por ser hijo del amor, le hace esta obra de codicia, ¿qué hará el mismo amor? En este grado, las obras grandes por el Amado tiene por pequeñas; las muchas, por pocas; el largo tiempo en que le sirve, por corto; por el incendio de amor, en que ya va ardiendo...
El cuarto grado de esta escala de amor es en el cual se causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin fatigarse. Porque, como dice San Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi ningunas y muy ligeras las hace el amor. En este grado hablaba la Esposa cuando, deseando ya verse en el último, dijo al Esposo : Ponme como señal en tu corazón, como señal en tu brazo; porque la dilección, esto es, el acto y obra del amor, es fuerte como la muerte, y dura emulación y porfía como el infierno: * El espíritu aquí tiene tanta fuerza, que tiene tan sujeta a la carne, y la tiene tan en poco, como el árbol a una de sus hojas...
El quinto grado de esta escala de amor hace al alma apetecer y codiciar a Dios impaciente mente. En este grado, la amante, tanta es la vehemencia que tiene por comprender al Amado y unirse con El que toda dilación, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre piensa que halla al Amado; y cuando ve frustrado su deseo (lo cual es casi a cada paso), desfallece en su codicia, según, hablando en este grado, lo dice el Salmista: "Codicia y desfallece mi alma a las moradas del Señor."
En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama, o morir, en el cual Raquel, por la gran codicia que a los hijos tenia, dijo a Jacob, su esposo: "Dame hijos; si no, yo moriré".
Aquí se ceba el alma en amor, porque según la hambre es la hartura...
El sexto grado hace correr al alma ligeramente a Dios; y así, sin desfallecer, corre por la esperanza, que aquí el amor que la ha fortificado le hace volar ligera.
El séptimo grado de esta escala hace atrever al alma con vehemencia. Aquí el amor no se aprovecha del juicio para esperar, ni usa del consejo para se retirar, ni con vergüenza; se puede enfrenar; porque el favor que ya Dios hace aquí al alma la hace atrever con vehemencia.
El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar sin soltar, según la Esposa dice de esta manera : Hallé al que ama mi corazón y ánima; túvele, y no le soltaré. * En este grado de unión satisface el alma su deseo, mas no de continuo, porque algunas llegan a poner el pie y luego le vuelven a quitar, porque, si durase, seria cierta manera de gloria en esta vida, y así muy pocos espacios pasa el alma en él.
El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad.
Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente. Porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la unión que tienen con Dios. Por eso dice San Gregorío de los Apóstoles que cuando el Espíritu Santo visiblemente vino sobre ellos, que interiormente ardieron por amor, suavemente. De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en este grado, no se puede hablar, porque, si de ello se escribieron muchos libros, quedaría lo más por decir...
El décimo y último grado de esta escala secreta de amor hace al alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida al nono grado, sale de la carne. Porque estos, que son pocos, por cuanto ya por el amor están purgadisimos, no entran en el purgatorio...
Esta es la escala secreta que aquí dice el alma, porque muchos se le descubre el amor, por los grandes efectos que en ella hace...

Noche oscura San Juan de la Cruz .San Bernardo

martes, 23 de marzo de 2010

Fondo elevante

Mis amigos. En esta continua renovación y conversión, el espíritu se eleva en todo tiempo por encima de sí mismo, como jamás águila alguna haya volado a encontrarse con el sol. Se levanta hasta el cielo, como el fuego jamás lo ha conseguido. Es entonces cuando el espíritu se lanza a las tinieblas divinas, según advierte Job: «A un hombre cuyo camino está cerrado ya quien Dios por todas partes ha cercado» (Job 3, 23). Se arroja, pues, el espíritu a las tinieblas de lo divino desconocido, allí donde está Dios, por encima de todo lo que se le puede atribuir, sin nombre, sin forma, sin representación. Por encima de todos los seres limitados, de todas las esencias. Estas, mis amigos, son las verdaderas conversiones. El tiempo de la noche y su silencio le son muy favorables al espíritu, gran ayuda para estas conversiones. Al despertar del largo sueño, para acudir a maitines, el monje debe dar libertad a los sentidos y las otras facultades. Luego, concluidos, sumérjanse bien hondo, láncense por encima de imágenes y formas. Olviden las propias facultades. Al verse tan pequeño, no debe preocuparle acercarse a las nobles tinieblas. Un santo ha escrito de ellas: «Dios es una oscuridad más allá de toda luz». Impenetrable misterio. Podrán verlo los ciegos.

Que el hombre se abandone simplemente, nada pida, exija nada. Se contente con tener en Dios su pensamiento, su amor. Arroja, pues, todas tus cosas en este Dios desconocido, también tus defectos y pecados, y todo cuanto puedas proyectar con tus acciones. Ponlo todo en El con gran fervor. En la oscura, desconocida voluntad de tu Señor. Fuera de aquí, un tal hombre no debe jamás perseguir nada, ni querer de algún modo reposar o actividad, ni esto ni aquello, ni tal estado ni el otro. Sólo abandonarse simplemente en la desconocida voluntad de Dios.

Tauler

Fondo dinámico

San Pablo apremia: debéis renovaros en el espíritu, en el impulso substancial. Si el impulso substancial está en perfecta disposición, hay en él constante inclinación a replegarse hacia el fondo del alma, donde mora la imagen de Los Tres, más allá de las potencias superiores. La actividad del impulso substancial sobrepasa en nobleza y altura las otras facultades, más que un odre lleno de vino a una sola gota de agua. En este impulso substancial es donde el hombre debe renovarse, replegándose continuamente hasta su hondón, de cara a Dios, sin estorbo de otros medios, en caridad operante, fijos los ojos en él. Este poder de conversión es propio del impulso substancial, que puede orientarse sin ninguna interrupción, mientras que las potencias del alma no pueden constantemente estar unidas a su Dios.

Así debe hacerse la renovación en el impulso substancial. Puesto que Dios es espíritu, el espíritu creado debe concentrarse en Dios, elevarse, dilatarse luego en el espíritu increado, como en una fuga del mismo impulso substancial. El hombre anterior a la creación era Dios en Dios. Así debe aquí esforzarse para volver a entrar en El completamente, con toda su naturaleza ahora creada.

Se preguntan los doctores si el espíritu del hombre muere cada vez que deliberadamente se orienta hacia las cosas que perecen. La mayoría responde que sí. Mas un noble y grande doctor dice: «Desde el momento que el hombre se vuelva con el impulso substancial y plena voluntad a juntar su espíritu con el espíritu de Dios trascendiéndolo todo tiempo, en ese mismo instante, todo lo perdido se recobra». Si esta conversión se pudiese realizar mil veces al día otras tantas sería el hombre renovado. Es esta interna operación la más noble, la más pura renovación que pueda darse: «Yo te he engendrado hoy» (Sal, 2,7).

Cada vez que el espíritu, con todo lo que él tiene, se sumerge plenamente en este fondo, para levantarse a lo más íntimo de Dios, será recreado y renovado. Dios inunda y sobreinforma entonces el espíritu, tanto más cuanto que éste, con mayor fidelidad y pureza haya seguido el camino, teniendo en Dios exclusivamente la intención. Dios se expande en él como el sol se difunde por el aire. La luz se extiende y penetra hasta tal punto que no hay quien perciba y discierna dónde una termina y sigue el otro. ¿Quién, pues, podrá establecer separación en esta sobrenatural, divina unión en unidad, donde el espíritu es atraído y absorbido en el abismo del principio? Si alguien pudiese ver el espíritu en tal estado, divinizado, creería sin duda alguna haber visto al mismo Dios.

Tauler

Anudamiento con Dios

Proclo, un filósofo pagano, lo llama sueño, silencio, reposo divino, y dice: «Hay en nosotros una búsqueda secreta del Uno, que sobrepasa mucho la razón y la inteligencia. Si el alma se recoge en este búsqueda, se hace divina y divinamente vive».

El hombre, por el contrario, se ocupa de las cosas exteriores y sensibles, está en actividad, no puede saber nada de esa búsqueda y ni siquiera cree que existe en él este tesoro. El impulso substancial, la raíz, está puesta en nosotros de tal modo que es planta con fuerza eterna de arrastre y atracción. El impulso substancial tiene inclinación eterna, profunda, de volver a su origen. Inclinación que no se extingue jamás, ni siquiera en el infierno. Esto constituye el mayor sufrimiento de los condenados, porque nunca pueden lograr satisfacer la radical tendencia de ir a Dios.
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Dentro del alma

Dentro del alma

La búsqueda interna, en cambio, es muy superior a ésta. Consiste en que el hombre entre en su propio fondo, en lo más íntimo de sí mismo, y busque al Señor de la manera que nos ha sido indicada cuando El dijo: «El Reino de los cielos está dentro de vosotros)) (Lc 17,21). El que quiere encontrar el Reino, que no es otro que Dios con todas sus riquezas, y su propia esencia y naturaleza, le debe buscar donde se halla, es decir, en el fondo más íntimo, profundo centro, donde El está mucho más íntimamente junto al alma, mucho más presente que ella lo es a sí misma. Este fondo debe ser buscado y encontrado. Debe el hombre entrar en esta casa renunciando a sus sentidos, a todo lo que le sea sensible, a todas las imágenes y formas particulares que los sentidos le hayan dejado impresas. Impresiones de la imaginación y sentidos. Sí. Incluso sobrepasar las representaciones racionales, operaciones de la razón, que sigue las leyes de la naturaleza y propia actividad.

Cuando el hombre entra en esta mansión, y allí busca a Dios, el Señor es quien cambia el alma de arriba a abajo.
Tauler

Desasimiento

Desasimiento

¿En qué consiste la desnudez espiritual? Consiste para el hombre en separarse por completo de todo lo que no es pura y simplemente Dios, ver si Dios sólo es el objeto de su intención. Si descubre algún otro deseo no relacionado con Dios, que lo corte y eche fuera. Esto, por lo demás, no es exclusivo del hombre noble y consagrado a la vida interior. Es deber de toda persona honrada. Hay, en verdad, muchas y honradísimas gentes que hacen cosas muy laudables, pero que no saben nada de la vida interior. Tienen asimismo obligación de examinar aquello que les podría separar de Dios a fin de abandonarlo por completo. Tal desapego es absolutamente necesario para quien desee recibir al Espíritu y sus dones. No ha de buscarse más que a Dios y desasirse de todo aquello que le desagrade.

Tauler

Contemplación

Contemplación

Dios es unidad indivisible. Podemos, sin embargo, distinguir en El atributos y contemplar sucesivamente su realidad y bondad trascendente, la intimidad misteriosa de su naturaleza, su soledad y sus tinieblas. Moises dijo: "Escucha, Israel, Yahveh es nuestro Dios, sólo Yahveh". En Dios no hay pluralidad, pero podemos sacar provecho de los nombres especiales, particulares y distintivos que atribuimos a Dios y su Ser, al comparar con El nuestra nada. Lo he dicho muchas veces: mientras que al principio el hombre debe dar a la meditación un contenido temporal enteramente, como el Nacimiento, las obras, la vida y ejemplos de Nuestro Señor, ahora tiene que levantar su espíritu y aprender a volar por encima del tiempo, en vida eterna.

El hombre puede reflejar en su alma eficazmente los atributos de Dios. Hay que considerar que El es el Ser puro; Ser de los seres sin identificarse con ninguno de ellos; Dios; lo que es en todo aquello que es ser y bondad. San Agustín dice: "Si ves a un hombre bueno, un Angel bueno, un cielo hermoso; prescinde del hombre, del Angel y del cielo. Lo que queda es la esencia del bien; es Dios. El está en todas las cosas y muy por encima de todo. Las criaturas contienen, sin duda, un elemento de bondad y de amor, de todo lo que se puede llamar Ser, que el hombre puede desear".


Tauler

Calma en la tempestad

Debemos estar, además, prevenidos sobre esto: el hombre que busca puramente a Dios experimenta a veces cierta angustia y tristeza. Teme que sus esfuerzos y trabajos sean perdidos. Esto proviene a veces de temperamento melancólico, clima, impresiones ingratas. También del enemigo, que busca por todos los medios turbar la paz de hombres tan nobles. Hace falta entonces armarse de paciencia. Algunos se hacen violencia por desechar la tristeza, hasta causarse dolores de cabeza. Otros acuden a médicos y a los amigos de Dios en busca de consejo.

Tratan de evadirse y liberarse y no consiguen más que aumentar la turbación. Cuando estalla una terrible tempestad en el alma, el hombre deber proceder como hace la gente en las tormentas de lluvia y granizo, se refugian en cobertizos hasta que pase el mal tiempo. Así debe hacer el hombre que tiene realmente conciencia de no querer ni desear algo fuera de Dios. En la hora de la tentación y hasta hallar su calma, ha de evadirse prudentemente de sí mismo, refugiarse en abandono y esperar a Dios en la angustia. ¡Quién sabe dónde y en qué forma le agradará a Dios venir y darle sus dones! Que el hombre se mantenga, pues, en dulce paciencia, en el puerto de la divina voluntad.
Tauler

Silencio del alma

A ese sosiego del espíritu se refiere el cántico de la Misa que comienza: "Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía" (Sb 18,14). En pleno silencio, toda la creación callaba en la más alta paz de media noche. Entonces, oh Señor, la palabra omnipotente dejó su trono por acampar en nuestra tienda.

Ser entonces, en el cenit del silencio, cuando todas las cosas quedan sumergidas en la calma, sólo entonces se hará sentir la realidad de esta Palabra. Porque, si quieres que Dios hable, hace falta que tú calles. Para que El entre, todas las cosas deberán haber salido.


J Tauler

Al encuentro del Señor

Así nos habremos dispuesto para salir al encuentro del Señor. Salgamos ahora fuera y avancemos por encima de nosotros mismos hasta Dios. Se necesita renunciar a todo querer, desear o actuar propio. Nada más que la intención pura y desnuda de buscar sólo a Dios, sin el mínimo deseo de buscarse a sí mismo ni cosa alguna que pueda redundar en su provecho. Con voluntad plena de ser exclusivamente para Dios, de concederle la morada más digna, la más íntima para que El nazca allí y lleve a cabo su obra en nosotros, sin sufrir impedimento alguno.

En efecto, para que dos cosas se fusionen es necesario que una sea paciente y la otra se comporte como agente. Unicamente cuando est limpio el ojo podrá ver un cuadro colgado en la pared o cualquier otro objeto. Imposible si hubiera otra pintura grabada en la retina. Eso mismo ocurre con el oído: mientras que un ruido le ocupa est impedido para captar otro. En conclusión, el recipiente es tanto más útil cuanto más puro y vacío.

A esto se refiere San Agustín cuando dice: "Vacíate para llenarte, sal para entrar". Y en otro lugar: "Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera a quien est plena y manifiestamente dentro de ti? Eres partícipe de la naturaleza divina ¿por qué, pues, esclavizarte a las criaturas? ¿qué tienes tú que ver con ellas?".


J. Tauler

La vida contemplativa y solitaria

No tienes otro “dónde” ni “lugar” que el Señor. La vida solitaria y contemplativa que buscas es ÉL mismo. Y no la buscaras si Él no te la diera y regalara. Nada hallarás fuera… .P. Alberto Justo

Permanecer en la celda interior

Es necesario permanecer lo más posible en la celda: Siempre que uno se aleja de ella para vagar por el exterior, al volver le parecerá algo nuevo y desabrido. Más aún, se encontrará como descentrado y lleno de turbación, como si empezara a habitarla. No podrá recobrar sin trabajo y dolor aquella aplicación de espíritu que había conseguido morando fielmente en su recinto, pues ha dado rienda suelta a la dispersión.

Juan Casiano

La victoria es el silencio

Abba Poimen dijo: En cualquier pena que tengas, la victoria es el silencio.

La via real

"La vía real es la del vacío, del despojamiento, de la desnudez. No creo que uno pueda instalarse ahí; uno solo está ahí de paso. La ascesis consiste, según veo, en no ceder a la tristeza. Aceptar la total soledad y vivirla dichosamente en el interior, sin pensar ni siquiera una fracción de segundo que uno pudiera situarse en una línea fronteriza. Las cumbres están vacías. Incluso los pájaros no viven allí."

Marie Madeleine Davy

El alma virtuosa

El alma razonable y virtuosa se da a conocer en su modo de mirar, de caminar, de hablar, de sonreír, de discutir, de conversar... Ésta transforma y corrige todo de la manera más digna. Y ello sucede porque el intelecto, ocupado por el amor de Dios es un custodio sobrio, que obstaculiza el acceso a los malos y turbios pensamientos.

Antonio el Grande, La Filocalia

viernes, 19 de marzo de 2010

A ti te honramos San Jose santo del Silencio



San Jose enseñanos a guardar silencio para ver, escuchar y contemplar a Dios en todas las creaturas y cosas.
amen

ADRI

miércoles, 17 de marzo de 2010

Del vicio de la avaricia espiritual

De algunas imperfecciones que suelen tener algunos de éstos acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia, espiritualmente hablando.
1. Tienen muchos de estos principiantes también a veces mucha avaricia espiritual, porque apenas les verán contentos en el espíritu que Dios les da; andan muy desconsolados y quejosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Muchos no se acaban de hartar de oír consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y váseles más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben. Porque, a más de esto, se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya toman otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de esta manera, ya de esotra, aficionándose más a esta cruz que a aquélla, por ser más curiosa. Y veréis a otros arreados de "agnusdeis" y reliquias y nóminas, como los niños de dijes.
En lo cual yo condeno la propiedad de corazón y el asimiento que tienen al modo, multitud y curiosidad de cosas, por cuanto es muy contra la pobreza de espíritu, que sólo mira en la sustancia de la devoción, aprovechándose sólo de aquello que basta para ella, y cansándose de esotra multiplicidad y de la curiosidad de ella; pues que la verdadera devoción ha de salir del corazón, sólo en la verdad y sustancia de lo que representan las cosas espirituales, y todo lo demás es asimiento y propiedad de imperfección, que, para pasar a alguna manera de perfección, es necesario que se acabe el tal apetito.
2. Yo conocí una persona que más de diez años se aprovechó de una cruz hecha toscamente de un ramo bendito, clavada con un alfiler retorcida alrededor, y nunca la había dejado, trayéndola consigo hasta que yo se la tomé; y no era persona de poca razón y entendimiento. Y vi otra que rezaba por cuentas que eran de huesos de las espinas del pescado, cuya devoción es cierto que por eso no era de menos quilates delante de Dios; pues se ve claro que éstos no la tenían en la hechura y valor.
Los que van, pues, bien encaminados desde estos principios, no se asen a los instrumentos visibles, ni se cargan de ellos, ni se les da nada de saber más de lo que conviene saber para obrar; porque sólo ponen los ojos en ponerse bien con Dios y agradarle, y en esto es su codicia. Y así con gran largueza dan cuanto tienen, y su gusto es saberse quedar sin ello por Dios y por la caridad del prójimo, no me da más que sean cosas espirituales que temporales; porque, como digo, sólo ponen los ojos en las veras de la perfección interior: dar a Dios gusto, y no a sí mismo en nada.
3. Pero de estas imperfecciones tampoco, como de las demás, no se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga en la pasiva purgación de aquella oscura noche que luego diremos. Mas conviene al alma, en cuanto pudiere, procurar de su parte hacer por perfeccionarse, porque merezca que Dios le ponga en aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y de la manera que habemos de decir.

De algunas imperfecciones espirituales que tienen los principiantes acerca del hábito de la soberbia. San Juan de la cruz

1. Como estos principiantes se sienten tan fervorosos y diligentes en las cosas espirituales y ejercicios devotos, de esta propiedad (aunque es verdad que las cosas santas de suyo humillan) por su imperfección les nace muchas veces cierto ramo de soberbia oculta, de donde vienen a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos. Y de aquí también les nace cierta gana algo vana, y a veces muy vana, de hablar cosas espirituales delante de otros, y aun a veces de enseñarlas más que de aprenderlas, y condenan en su corazón a otros cuando no los ven con la manera de devoción que ellos querrían, y aun a veces lo dicen de palabra, pareciéndose en esto al fariseo, que se jactaba alabando a Dios sobre las obras que hacía, y despreciando al publicano (Lc. 18, 11­12).
2. A estos muchas veces los acrecienta el demonio el fervor y gana de hacer más estas y otras obras porque les vaya creciendo la soberbia y presunción. Porque sabe muy bien el demonio que todas estas obras y virtudes que obran, no solamente no les valen nada, mas antes se les vuelven en vicio. Y a tanto mal suelen llegar algunos de éstos, que no querrían que pareciese bueno otro sino ellos; y así, con la obra y palabra, cuando se ofrece, les condenan y detraen, mirando la motica en el ojo de su hermano, y no considerando la viga que está en el suyo (Mt.7,37); cuelan el mosquito ajeno y tráganse su camello (Mt. 23, 24).
3. A veces también, cuando sus maestros espirituales, como son confesores y prelados, no les aprueban su espíritu y modo de proceder (porque tienen gana que estimen y alaben sus cosas), juzgan que no los entienden el espíritu, o que ellos no son espirituales, pues no aprueban aquello y condescienden con ello. Y así, luego desean y procuran tratar con otro que cuadre con su gusto; porque ordinariamente desean tratar su espíritu con aquellos que entienden que han de alabar y estimar sus cosas, y huyen, como de la muerte, de aquellos que se los deshacen para ponerlos en camino seguro, y aun a veces toman ojeriza con ellos. Presumiendo, suelen proponer mucho y hacen muy poco. Tienen algunas veces gana de que los otros entiendan su espíritu y su devoción, y para esto a veces hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, en público más que en secreto, a los cuales les ayuda el demonio, y tienen complacencia en que les entiendan aquello, y muchas veces codicia.
4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de aquí les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir sus pecados desnudos porque no los tengan sus confesores en menos, y vanlos coloreando porque no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decir lo malo porque el otro no piense que tienen nada malo, sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a veces por términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana de que le parezca bueno, como quiera que fuera más humildad, como lo diremos, deshacerlo y tener gana que ni él ni nadie lo tuviesen en algo.
5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección. Tienen muchas veces grandes ansias con Dios porque les quite sus imperfecciones y faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que por Dios; no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y amigos que los alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son semejantes a las vírgenes locas, que, teniendo sus lámparas muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8).
6. De estas imperfecciones algunos llegan a tener muchas muy intensamente, y a mucho mal en ellas; pero algunos tienen menos, algunos más, y algunos solos primeros movimientos o poco más; y apenas hay algunos de estos principiantes que al tiempo de estos fervores no caigan en algo de esto.
Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra manera proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se aprovechan y edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí; a todos los demás tienen por muy mejores, y les suelen tener una santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos; porque, cuanto más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios merece y lo poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto más hacen, tanto menos se satisfacen. Que tanto es lo que de caridad y amor querrían hacer por él, que todo lo que hacen no les parezca nada; y tanto les solicita, ocupa y embebe este cuidado de amor, que nunca advierten en si los demás hacen o no hacen; y si advierten, todo es, como digo, creyendo que todos los demás son muy mejores que ellos. De donde, teniéndose en poco, tienen gana también que los demás los tengan en poco y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y tienen más, que, aunque se los quieran alabar y estimar, en ninguna manera lo pueden creer, y les parece cosa extraña decir de ellos aquellos bienes.
7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran deseo que les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria cosa de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían ellos enseñar todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellos mismos toman la palabra de la boca como que ya se lo saben. Pero éstos, estando muy lejos de querer ser maestros de nadie, están muy prontos de caminar y echar por otro camino del que llevan, si se lo mandaren, porque nunca piensan que aciertan en nada. De que alaben a los demás se gozan; sólo tienen pena de que no sirven a Dios como ellos.
No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan poco, que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas, pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de ellas. Más gana tienen de decir sus faltas y pecados, o que los entiendan, que no sus virtudes; y así se inclinan más a tratar su alma con quien en menos tienen sus cosas y su espíritu, lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy agradable a Dios. Porque, como mora en estas humildes almas el espíritu sabio de Dios, luego las mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros en secreto y echar afuera sus males. Porque da Dios a los humildes, junto con las demás virtudes, esta gracia, así como a los soberbios la niega (Sab. 4, 6).
8. Darán éstos la sangre de su corazón a quien sirve a Dios, y ayudarán, cuanto esto es en sí, a que le sirvan. En las imperfecciones que se ven caer, con humildad se sufren, y con blandura de espíritu y temor amoroso de Dios, esperando en él.
Pero almas que al principio caminen con esta manera de perfección, entiendo son, como queda dicho, las menos y muy pocas; que ya nos contentaríamos que no cayesen en las cosas contrarias. Que, por eso, como después diremos, pone Dios en la noche oscura a los que quiere purificar de todas estas imperfecciones para llevarlos adelante.

lunes, 8 de marzo de 2010

La experiencia del renacimiento espiritual.Edith Stein

"Existe un estado de reposo en Dios, de total suspensión de todas las actividades de la mente, en el cual ya no se pueden hacer planes, ni tomar decisiones, ni hacer nada, pero en el cual, entregado el propio porvenir a la voluntad divina, uno se abandona al propio destino. Yo he experimentado un poco este estado, como consecuencia de una experiencia que, sobrepasando mis fuerzas, consumió totalmente mis energías espirituales y me quitó cualquier posibilidad de acción. Comparado con la suspensión de actividad propia de la falta de vigor vital, el reposo en Dios es algo completamente nuevo e irreductible. Antes era el silencio de la muerte. En su lugar se experimenta un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que es preocupación, obligación, responsabilidad en lo que se refiere a la acción. Y mientras me abandono a este sentimiento, poco a poco una vida nueva empieza a colmarme y - sin tensión alguna de mi voluntad - a invitarme a nuevas realizaciones. Este flujo vital parece brotar de una actividad y una fuerza que no son las mías, y que, sin ejercer sobre ellas violencia alguna, se hacen activas en mí. El único presupuesto necesario para un renacimiento espiritual de esta índole parece ser esa capacidad pasiva de recepción que se encuentra en el fondo de la estructura de la persona."

Dedicado a mi padre

Cantar del alma que se goza de conocer a Dios por fe
San Juan de la Cruz

Que bien sé yo la fuente que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella Eterna fuente está escondida,
que bien sé yo dó tiene su manida,
aunque es de noche. 5
Su origen no lo sé que pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della, 10
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida 15
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes
que infiernos cielos riegan y a las gentes,
aunque es de noche. 20
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y tan potente,
aunque es de noche.
Aquesta Eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida, 25
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas
porque desta agua se harten aunque a oscuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo 30
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.

Cuando vayas a orar

“Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto...” Mateo 6,6

¡Qué difícil nos resulta entrar en el silencio de nuestro cuarto como nos pide el Evangelio! Con esta lectura comienzo generalmente los retiros que dirijo para la Escuela de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami. Es a través de estas experiencias que me he dado cuenta de que, de un modo u otro, a todos se nos dificulta entrar en ese cuarto interior, es decir, en nuestro centro, el lugar donde Dios ha hecho su morada (Juan 14, 23).

Creo que el problema radica en nuestra manera de imaginarnos este cuarto. Algunos me comentan que al cerrar los ojos y quedar en silencio, les vienen a la mente todas sus fallas, sus pecados, el mal que creen haber hecho. Creo que éstos no están en su cuarto, sino en la lavandería (el laundry room) donde se encuentra toda la ropa sucia. Otros se quejan de que los recuerdos del pasado, tristes o alegres, no les permiten concentrarse. Tal vez este grupo se ha quedado en el ático o en algún clóset donde se guarda algún álbum de fotografías viejas, o algún cofrecito lleno de recuerdos. Para ciertas personas, entrar en su “cuarto interior” es revisar listas de todo lo que tienen que hacer ese día o esa semana. Me parece que se han metido en la cocina y están leyendo la lista del supermercado o de los múltiples quehaceres de la casa.

La gran pregunta es, entonces: ¿Qué es este cuarto y qué voy a encontrar en él?

Hace dos semanas tuve la oportunidad de participar en un retiro en el Cenacle Spiritual Life Center, en Lantana, dirigido por el Padre William Sheehan, OMI. El Padre Sheehan, que por un tiempo sirvió con nosotros en la Oficina de Ministerios Laicos, está dedicado a retiros y charlas espirituales en las que presenta el método conocido como Oración Centrante, enseñado magistralmente por el monje Thomas Keating. Las preguntas que me he hecho, y que otros como yo también se hacen, fueron respondidas ampliamente durante este fin de semana de oración contemplativa.

La primera pregunta nos dice: ¿Por qué entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta? Interpreto que es desde nuestro interior donde Dios puede transformarnos “de adentro hacia fuera”. Todos sabemos que las heridas que cierran en falso nos dan problemas serios más tarde o más temprano. Tenemos que dejar que Dios trabaje en nosotros en lo más profundo, no solamente en la superficie.

En segundo lugar nos cuestionamos: ¿Qué pasará y qué encontraré en este cuarto? Ante todo, no es un qué, sino un Quién al que vamos a encontrar. Nos dice San Pablo en la primera Carta a los Corintios, 3,16: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Dios; hemos sido amados con locura por el Creador, y aún después de dar su vida por nosotros, escoge hacer su morada en nuestros corazones. No es una noción simplista el asegurar que el Creador del universo, el que cubrió a María con su sombra, y el que venció a la muerte y al pecado, ha puesto su morada dentro de nosotros, en “nuestro cuarto”. Esta unión del Espíritu Santo con nuestro espíritu no puede romperse aunque no le prestemos atención. ¡Somos uno con Dios, ésta es nuestra verdad más profunda!

Al entrar en nuestro cuarto, le decimos a Dios: “Aquí estoy, Señor. Voy a dejarme amar por ti, voy a permitirte ser Tú y revelarme tu amor incondicional como lo hiciera Jesús”. Una vez, hace más de dos mil años, otros como nosotros le preguntaron a Jesús: “Háblanos de Dios para que podamos creer en Él”. Jesús contestó con parábolas, historias imaginarias que contenían una gran enseñanza. Nos habló de un padre que, aunque fue traicionado por un hijo y acusado por el otro, salió en busca de ambos. Nos contó de un empresario que pagó la cantidad máxima, tanto a aquellos que habían trabajado desde temprano, como a los que llegaron al final del día.

El Dios que Jesús nos reveló se relacionaba con pecadores, con prostitutas, con cobradores de impuestos, con leprosos, con poseídos, con extranjeros. Éste es el Dios que ha puesto su morada en nosotros, y a quien encontraremos si nos permitimos entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta.

En momentos de incertidumbres, de guerras, de desempleo, no hay que temer. Como diría el P. Sheehan: “El Dios a quien tanto buscamos está más cerca de nosotros de lo que nosotros estamos de nosotros mismos”.

Adele González

viernes, 12 de febrero de 2010

"El arte de aprovechar nuestras faltas"

Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida.

… El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre camino.

… -San Francisco de Sales- Siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria Humana, miseria humana –repetía-, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades!...¿que se puede esperar de nosotros sino caídas?” (…) veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros.

… En efecto, la fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.

…Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.

…“Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas”.

… El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso.

“Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.

De ordinario –dice el P. Grou-, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones.

Las Almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, a la mitad del camino.

Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar.



José Tissot
Extraído de : "El arte de aprovechar nuestras faltas"
Décima edición - Ed. Palabra S.A. - Madrid 1985

"No debáis nada a nadie, sólo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .
Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.