lunes, 12 de abril de 2010
PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN
No es necesaria una larga experiencia de la existencia humana y menos todavía de la vida espiritual para saber que estamos presos en un mundo inmerso en un desorden casi sin arreglo: pecados, desequilibrios emocionales, heridas no cicatrizadas, costumbres malsanas, etc. Todo esto constituye las impurezas de nuestro corazón.
Continuamente vemos que el lenguaje de nuestro corazón está situado al nivel de las emociones. Todos los desequilibrios que acabo de enumerar se convierten en emociones fuera de lo normal; aparecen casi sin que nos demos cuenta, nos mandan, nos destruyen, nos cierran a Dios, nos unen a una especie de automatismo del mal. Y todo esto viene de nuestro corazón.
“Lo que sale de la boca proviene del corazón y eso es lo que ensucia al hombre. Del corazón provienen las malas intenciones, los asesinatos… Esas son las cosas que manchan al hombre” (Mt 15, 18-20).
Si quiero quitar la suciedad de mi ser, primero tengo que purificar mi corazón.
Ante esta urgente necesidad de rectificación, normalmente acudimos a lo que podemos llamar la “ascesis clásica”. Es una técnica probada y practicada por numerosas generaciones de monjes cristianos, hombres de buena voluntad, decididos a liberarse de la esclavitud en la que estamos apresados. Es una forma de accionar que apela a todos los recursos de nuestra voluntad, de nuestra energía y de nuestra perseverancia iluminados por la fe y el amor. La ascesis tiene sus méritos y no hay por que abandonarla, pero también tiene sus límites.
En particular, en lo que se refiere a la auténtica purificación del corazón, hay que ir más allá de las técnicas humanas. Releamos la invitación que hace San Bruno a su amigo Raúl:
“¿Qué hacer entonces, querido amigo? ¿Qué hacer sino creer en los consejos divinos, creer en la verdad que nunca engaña? Efectivamente ésta avisa a todo el mundo: “Venid a mi todos los agobiados y yo os aliviaré”. ¿No es cierto que es una pena horrible e inútil estar atormentados por los propios deseos, castigarse sin piedad por las preocupaciones y las penas, el miedo y el dolor que dan vida a esos deseos? ¿Qué carga más aplastante que ésta puede haber, cuyo peso rebaja el espíritu injustamente de su sublime dignidad hasta lo más bajo de este mundo?” (A Raúl, 9).
Existe pues una manera de purificación donde, antes que cualquier otra, hay que dirigirse a Jesús, llegar a él con el fin de recibir alivio. Él nos dirige esta invitación justo después de habernos dicho que teníamos que renunciar a ser sabios e inteligentes para convertirnos en pequeños. Entrar en el camino del corazón es reconocer que la única pureza verdadera es un don de Jesús.
“Tomad mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis alivio en vuestras fatigas” (Mt 11,29).
La purificación fundamental se produce a partir del momento en que las impurezas y los desequilibrios que me afectan los ponemos cara a cara con Jesús. Esto no es una tarea más difícil que la ascesis clásica pero es más eficaz porque nos obliga a establecernos en la verdad: la verdad sobre nosotros mismos que nos obliga a abrir los ojos sobre la realidad de nuestro pecado; la verdad de Jesús que es el verdadero salvador de nuestras almas no solo de manera general y lejana sino porque también entra en contacto inmediato y concreto con cada una de las suciedades que nos afectan. Es necesario, pues, que aprenda a ofrecerme a él, a entregarme a él sin esperar nada, en medio de las circunstancias o a través de un movimiento profundo de mi corazón que quiere por fin re-encontrarse con su verdadera libertad.
Cada vez que constato en mi la presencia de uno de esos lazos que me paralizan, me convenzo a mí mismo de que lo más necesario no es declarar la guerra a esta servidumbre porque en la mayoría de los casos no haría más que cortar las ramas sin llegar a la raíz. Lo más importante es sacar fuera esas raíces, ponerlas a la luz del día, aunque resulten muy feas y muy desagradables. Se trata precisamente de asumirlas tal y como son y poder ofrecerlas al Señor con un gesto libre y consciente. Desde esta perspectiva, la clásica invocación: “Jesús, Hijo del Dios, ten piedad de mí, pecador”, no corre el riesgo de convertirse en una repetición vana. Es la constatación indefinidamente renovada de que va a producirse un nuevo encuentro entre el corazón purificador de Jesús y mi sucio corazón.
Es evidente que en este proceso hay un elemento de pura psicología humana pero ¿qué es entonces lo chocante? ¿No actúa siempre la gracia sobre las estructuras de la naturaleza? En este caso se convierte en soporte de la Redención que realiza en mi corazón la transformación y cicatrización de las heridas por el encuentro personal con el Jesús resucitado. Así nos acostumbramos poco a poco a dirigirnos a Él siempre, sobre todo cuando se trata de lo que hay de oscuro, tenebroso e inquietante dentro de nosotros.
Esta actitud del corazón en el principio asusta. Demasiadas veces nos han enseñado que lo único que se le puede ofrecer al Señor son actuaciones buenas y bellas. Todo lo demás no forma parte de las virtudes así que no se le puede presentar. Pero esto ¿no va en contra del Evangelio? El mismo Jesús afirma que ha venido no para curar a los sanos sino a los enfermos. Habrá que aprender pues, sin falsa vergüenza, a ser auténticos enfermos delante del medico divino que reconocen lealmente todo lo tienen de falso, engañoso y contrario a Dios. El es el único que nos puede curar.
por un cartujo
Continuamente vemos que el lenguaje de nuestro corazón está situado al nivel de las emociones. Todos los desequilibrios que acabo de enumerar se convierten en emociones fuera de lo normal; aparecen casi sin que nos demos cuenta, nos mandan, nos destruyen, nos cierran a Dios, nos unen a una especie de automatismo del mal. Y todo esto viene de nuestro corazón.
“Lo que sale de la boca proviene del corazón y eso es lo que ensucia al hombre. Del corazón provienen las malas intenciones, los asesinatos… Esas son las cosas que manchan al hombre” (Mt 15, 18-20).
Si quiero quitar la suciedad de mi ser, primero tengo que purificar mi corazón.
Ante esta urgente necesidad de rectificación, normalmente acudimos a lo que podemos llamar la “ascesis clásica”. Es una técnica probada y practicada por numerosas generaciones de monjes cristianos, hombres de buena voluntad, decididos a liberarse de la esclavitud en la que estamos apresados. Es una forma de accionar que apela a todos los recursos de nuestra voluntad, de nuestra energía y de nuestra perseverancia iluminados por la fe y el amor. La ascesis tiene sus méritos y no hay por que abandonarla, pero también tiene sus límites.
En particular, en lo que se refiere a la auténtica purificación del corazón, hay que ir más allá de las técnicas humanas. Releamos la invitación que hace San Bruno a su amigo Raúl:
“¿Qué hacer entonces, querido amigo? ¿Qué hacer sino creer en los consejos divinos, creer en la verdad que nunca engaña? Efectivamente ésta avisa a todo el mundo: “Venid a mi todos los agobiados y yo os aliviaré”. ¿No es cierto que es una pena horrible e inútil estar atormentados por los propios deseos, castigarse sin piedad por las preocupaciones y las penas, el miedo y el dolor que dan vida a esos deseos? ¿Qué carga más aplastante que ésta puede haber, cuyo peso rebaja el espíritu injustamente de su sublime dignidad hasta lo más bajo de este mundo?” (A Raúl, 9).
Existe pues una manera de purificación donde, antes que cualquier otra, hay que dirigirse a Jesús, llegar a él con el fin de recibir alivio. Él nos dirige esta invitación justo después de habernos dicho que teníamos que renunciar a ser sabios e inteligentes para convertirnos en pequeños. Entrar en el camino del corazón es reconocer que la única pureza verdadera es un don de Jesús.
“Tomad mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallaréis alivio en vuestras fatigas” (Mt 11,29).
La purificación fundamental se produce a partir del momento en que las impurezas y los desequilibrios que me afectan los ponemos cara a cara con Jesús. Esto no es una tarea más difícil que la ascesis clásica pero es más eficaz porque nos obliga a establecernos en la verdad: la verdad sobre nosotros mismos que nos obliga a abrir los ojos sobre la realidad de nuestro pecado; la verdad de Jesús que es el verdadero salvador de nuestras almas no solo de manera general y lejana sino porque también entra en contacto inmediato y concreto con cada una de las suciedades que nos afectan. Es necesario, pues, que aprenda a ofrecerme a él, a entregarme a él sin esperar nada, en medio de las circunstancias o a través de un movimiento profundo de mi corazón que quiere por fin re-encontrarse con su verdadera libertad.
Cada vez que constato en mi la presencia de uno de esos lazos que me paralizan, me convenzo a mí mismo de que lo más necesario no es declarar la guerra a esta servidumbre porque en la mayoría de los casos no haría más que cortar las ramas sin llegar a la raíz. Lo más importante es sacar fuera esas raíces, ponerlas a la luz del día, aunque resulten muy feas y muy desagradables. Se trata precisamente de asumirlas tal y como son y poder ofrecerlas al Señor con un gesto libre y consciente. Desde esta perspectiva, la clásica invocación: “Jesús, Hijo del Dios, ten piedad de mí, pecador”, no corre el riesgo de convertirse en una repetición vana. Es la constatación indefinidamente renovada de que va a producirse un nuevo encuentro entre el corazón purificador de Jesús y mi sucio corazón.
Es evidente que en este proceso hay un elemento de pura psicología humana pero ¿qué es entonces lo chocante? ¿No actúa siempre la gracia sobre las estructuras de la naturaleza? En este caso se convierte en soporte de la Redención que realiza en mi corazón la transformación y cicatrización de las heridas por el encuentro personal con el Jesús resucitado. Así nos acostumbramos poco a poco a dirigirnos a Él siempre, sobre todo cuando se trata de lo que hay de oscuro, tenebroso e inquietante dentro de nosotros.
Esta actitud del corazón en el principio asusta. Demasiadas veces nos han enseñado que lo único que se le puede ofrecer al Señor son actuaciones buenas y bellas. Todo lo demás no forma parte de las virtudes así que no se le puede presentar. Pero esto ¿no va en contra del Evangelio? El mismo Jesús afirma que ha venido no para curar a los sanos sino a los enfermos. Habrá que aprender pues, sin falsa vergüenza, a ser auténticos enfermos delante del medico divino que reconocen lealmente todo lo tienen de falso, engañoso y contrario a Dios. El es el único que nos puede curar.
por un cartujo
VER A TRAVÉS DEL CORAZÓN

¿Qué camino debemos tomar para llegar a ese encuentro con el Padre al que aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a nuestra disposición para esto? ¿Será la inteligencia, como capacidad de conocer y de reflexionar? Escuchemos la respuesta de Jesús:
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien” (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me “lleve o contamine” el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
“Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo” (Mt 11,27).
“Todo me lo ha dado el Padre”. Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo… y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser “pequeño”: expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo “ver con el corazón”: aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
por un cartujo
La Oración del Corazón
Por un Cartujo
PRÓLOGO
Hace ya unos años que me habías pedido que te hablara de la oración del corazón aunque yo te contesté que no quería lanzarme a hablar sobre un tema que no conocía suficientemente. Desde entonces ha pasado tiempo. He adquirido cierta experiencia basada en lo que he podido constatar en los demás y a partir de los descubrimientos que he podido hacer en mi propia búsqueda del Señor. Te voy a confiar pues unas reflexiones pidiéndote que no les atribuyas demasiada importancia.
Ya sabes que la oración del corazón es fruto de la larga experiencia de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Lo que voy a decir yo tiene seguramente puntos en común con esta tradición aunque soy consciente de que tengo una manera demasiado personal de hacerlo. Por eso, de lo que te voy a hablar, a lo mejor no es la verdadera oración del corazón.
Mi intención no es dibujar un cuadro rígido o una estructura estable. Es más bien una dirección que quisiera indicar, un camino hacia el que hay que dirigirse sin prever por adelantado exactamente dónde vas a llegar. La oración del corazón no es un objetivo a obtener, sino una forma de ser, una forma de ponerse a la escucha y de avanzar.
Antes de empezar a leer, si estás de acuerdo, ponte a rezar y pide al Espíritu del Señor que nos ilumine a los dos porque mi único deseo es ayudarle a que alumbre nuestros corazones.
ABBA, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuando me pongo a rezar no me dirijo al Dios de los filósofos, ni siquiera, en un cierto sentido, al Dios de los teólogos. Me dirijo a mi Padre o mejor dicho a nuestro Padre. Aun más exactamente me dirijo a quien Jesús en plena intimidad llamaba: Abba. Cuando los discípulos pidieron al Señor que les enseñara a rezar, él les dijo sencillamente: “Cuando oréis, decid: Abba.”
Llamar así a Dios significa tener la certeza de que nos quiere. Una certeza que no forma parte de ideas muy sabias, sino de una convicción muy íntima. Tenemos la impresión de haber llegado a esta certeza, a la fe, al término de una serie de reflexiones, meditaciones y voces interiores pero, al fin y a cabo, esta certeza es un don. Creemos en el amor en nuestro corazón porque es el mismo Padre quien ha enviado a su Espíritu y desde entonces su Hijo está glorificado.
Porque el Padre me ama, yo puedo dirigirme a él con plena seguridad y confianza. No me presento respaldado por mis méritos o razones sino que confío en la ternura infinita del Abba de Jesús por su Hijo que es también mi Abba.
Él es el Padre. ¿Qué significa esto? Que da la vida. Pero no la da como un objeto diferente de él mismo. La da entregándose a sí mismo. El único regalo que puede hacer es su propia persona y el resultado de este regalo es su Hijo, un hijo al que quiere infinitamente, por el cual siente ternura y a quien el Hijo en respuesta también siente lo mismo por su padre.
Ese es el Abba a quien me dirijo yo. El único que me puede dar una vida que es copia exacta de la suya; él me exige que sea su propia imagen y semejanza en este momento y no por una cierta apariencia exterior a mi mismo sino porque él me ha engendrado a partir de su propia subsistencia.
Eso es lo que quiero decir cuando le pido: “Santificado sea tu nombre, Abba”. Que seas tú mismo, Abba, dentro de mí. Que tu nombre de Padre se realice a la perfección en la relación que se establece entre nosotros. Abba, te pido que seas mi Padre, que me engendres a tu imagen y semejanza por puro amor para que yo en respuesta pueda llegar a ser, por pura gratuidad tuya, ternura hacia ti.
La oración del corazón consiste simplemente en encontrar el camino que me permita tener respecto al Padre una actitud gracias a la cual él mismo pueda santificar su nombre en mí. En mi y en todos sus hijos. En su único hijo compuesto de sí mismo y de todos sus hermanos.
Rezar es acoger al Padre, participar en esta vida que él nos da por gracia. Acoger al Padre es permitirle engendrar al Hijo y hacer nacer su reino en mi corazón. De esta manera, el Espíritu podrá establecer entre yo y el Padre lazos que no se pueden destruir, relaciones de unidad que se extenderán a todos mis hermanos.
PRÓLOGO
Hace ya unos años que me habías pedido que te hablara de la oración del corazón aunque yo te contesté que no quería lanzarme a hablar sobre un tema que no conocía suficientemente. Desde entonces ha pasado tiempo. He adquirido cierta experiencia basada en lo que he podido constatar en los demás y a partir de los descubrimientos que he podido hacer en mi propia búsqueda del Señor. Te voy a confiar pues unas reflexiones pidiéndote que no les atribuyas demasiada importancia.
Ya sabes que la oración del corazón es fruto de la larga experiencia de la espiritualidad de la Iglesia Oriental. Lo que voy a decir yo tiene seguramente puntos en común con esta tradición aunque soy consciente de que tengo una manera demasiado personal de hacerlo. Por eso, de lo que te voy a hablar, a lo mejor no es la verdadera oración del corazón.
Mi intención no es dibujar un cuadro rígido o una estructura estable. Es más bien una dirección que quisiera indicar, un camino hacia el que hay que dirigirse sin prever por adelantado exactamente dónde vas a llegar. La oración del corazón no es un objetivo a obtener, sino una forma de ser, una forma de ponerse a la escucha y de avanzar.
Antes de empezar a leer, si estás de acuerdo, ponte a rezar y pide al Espíritu del Señor que nos ilumine a los dos porque mi único deseo es ayudarle a que alumbre nuestros corazones.
ABBA, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuando me pongo a rezar no me dirijo al Dios de los filósofos, ni siquiera, en un cierto sentido, al Dios de los teólogos. Me dirijo a mi Padre o mejor dicho a nuestro Padre. Aun más exactamente me dirijo a quien Jesús en plena intimidad llamaba: Abba. Cuando los discípulos pidieron al Señor que les enseñara a rezar, él les dijo sencillamente: “Cuando oréis, decid: Abba.”
Llamar así a Dios significa tener la certeza de que nos quiere. Una certeza que no forma parte de ideas muy sabias, sino de una convicción muy íntima. Tenemos la impresión de haber llegado a esta certeza, a la fe, al término de una serie de reflexiones, meditaciones y voces interiores pero, al fin y a cabo, esta certeza es un don. Creemos en el amor en nuestro corazón porque es el mismo Padre quien ha enviado a su Espíritu y desde entonces su Hijo está glorificado.
Porque el Padre me ama, yo puedo dirigirme a él con plena seguridad y confianza. No me presento respaldado por mis méritos o razones sino que confío en la ternura infinita del Abba de Jesús por su Hijo que es también mi Abba.
Él es el Padre. ¿Qué significa esto? Que da la vida. Pero no la da como un objeto diferente de él mismo. La da entregándose a sí mismo. El único regalo que puede hacer es su propia persona y el resultado de este regalo es su Hijo, un hijo al que quiere infinitamente, por el cual siente ternura y a quien el Hijo en respuesta también siente lo mismo por su padre.
Ese es el Abba a quien me dirijo yo. El único que me puede dar una vida que es copia exacta de la suya; él me exige que sea su propia imagen y semejanza en este momento y no por una cierta apariencia exterior a mi mismo sino porque él me ha engendrado a partir de su propia subsistencia.
Eso es lo que quiero decir cuando le pido: “Santificado sea tu nombre, Abba”. Que seas tú mismo, Abba, dentro de mí. Que tu nombre de Padre se realice a la perfección en la relación que se establece entre nosotros. Abba, te pido que seas mi Padre, que me engendres a tu imagen y semejanza por puro amor para que yo en respuesta pueda llegar a ser, por pura gratuidad tuya, ternura hacia ti.
La oración del corazón consiste simplemente en encontrar el camino que me permita tener respecto al Padre una actitud gracias a la cual él mismo pueda santificar su nombre en mí. En mi y en todos sus hijos. En su único hijo compuesto de sí mismo y de todos sus hermanos.
Rezar es acoger al Padre, participar en esta vida que él nos da por gracia. Acoger al Padre es permitirle engendrar al Hijo y hacer nacer su reino en mi corazón. De esta manera, el Espíritu podrá establecer entre yo y el Padre lazos que no se pueden destruir, relaciones de unidad que se extenderán a todos mis hermanos.
miércoles, 7 de abril de 2010
Carta de una hermana de clausura
Fragmentos
... Hace ya un mes que estoy en la clausura. La Madre se apiadó de mi debilidad y me deja escribir un poco. Se que estos permisos se irán espaciando. Cada vez me alejaré mas del mundo aunque misteriosamente me lo iré trayendo a la celda.
Me ha impactado el jardín, no puede ser mas bonito. Está cubierto de flores y florcitas por donde vaya la vista. El claustro lo rodea y es como si lo preservara. No me ha tocado todavía pero también lo tendré a mi cuidado. El corazón se me afloja y me vuelvo devota de solo andar por sus senderos. Tiene un árbol alto en cada esquina y un pino hacia el centro que cobija a La Virgen. Allí me voy cada vez que puedo. Es umbroso y a la vez colorido.
No puedo describirte mi contento de estarme en el banco haciendo la lectio en plena siesta, colmada de sombra fresca y con el sol por arriba sin tocarme. Me gustan los bichitos, la humedad de los ladrillos y el rumor de la ciudad que llega sin convertirse en ruido.
Como puedo dar gracias ya no lo sé, no puedo ser mas feliz y hasta siento culpa por tanta dicha que no merezco. Tu sabes como he deseado esto y que algo me ha costado. Estoy en su casa, junto a Él y donde voy lo tengo y su bondad me enamora.
Se que te gustaría la capilla, es amplia, luminosa, austera y muy cuidada. No hay detalle que este al acaso, en todo se pone la devoción. Las hermanas son muy atentas y amables y aunque no se habla me siento acompañada.
Me resulta muy provechosa la oración comunitaria. Eso de recitar a coro y de allanarse al ritmo ya por ellas creado, ni rápido ni lento, nunca nada extremado es la consigna que nos inculca la Madre.
El jueves me tocó orientación y me dijo que eligiera intenciones y que viera que ofrendaba por ellas y me habló de las cruces y de cómo cargar dolores sobre mí para dejar a otros libres de ellos. Me contó como se repartían los pedidos de oración que les llegaban y como se iban cargando con medida para no caer en desconsuelo.
Pero hay tantos por quién pedir y tan poco es lo que puedo ofrendar. Me dijo que no me arrebate que los santos se hacen cada día y no por exagerar.
Me han dado el lustre del piso en el claustro. Lo hago con oración mental y atenta a no divagar. Elena empieza de una punta y yo de la otra y nos vamos acercando hasta encontrarnos en medio. No puedo evitar alegrarme de su cercanía y nos siento un poco niñas cuando sonreímos. Ella está muy contenta también y hasta mi llegada era la única sin velo.
Tengo poco tiempo porque me gasté mucho escribiendo a Mamá. ¡La extraño horrores! pero cada vez que me aprieta la angustia le digo a Jesús que la tome de ofrenda, por ella y por todas las madres. Yo sé que está bien cuidada pero me impacta pensar que ya nunca viviremos juntas.
Que mas contarte…la Eucaristía es el centro de nuestra vida y me ha regocijado ver comulgar a las mas ancianas, porque las veo con unción y para nada adormiladas. Por este mes oficia y confiesa un Padre viejito, da ternura por como camina y con la voz cascada. Pero está muy lúcido y resuelto. José se llama y es diocesano.
Se me olvidaba contarte como me han costado los viernes de ayuno, que aunque lo sabía y me preparaba no me han sido fáciles. Ese saber que nada comería hasta el día siguiente es lo que da hambre, que es mas de la mente que de la barriga. La pasé con el rosario y diciéndole al Señor que viera lo débil que soy que no me hiciera faltar Su misericordia.
Sabes que te quiero mucho y que te guardo en el corazón y que no hay manera que te salgas de allí.
Siempre te recuerdo y te siento junto, a los pies de la Cruz.
Fragmentos de carta personal
Hna. Javiera del Sagrado Corazón
http://hesiquia.wordpress.com/2010/03/11/desde-la-clausura/
... Hace ya un mes que estoy en la clausura. La Madre se apiadó de mi debilidad y me deja escribir un poco. Se que estos permisos se irán espaciando. Cada vez me alejaré mas del mundo aunque misteriosamente me lo iré trayendo a la celda.
Me ha impactado el jardín, no puede ser mas bonito. Está cubierto de flores y florcitas por donde vaya la vista. El claustro lo rodea y es como si lo preservara. No me ha tocado todavía pero también lo tendré a mi cuidado. El corazón se me afloja y me vuelvo devota de solo andar por sus senderos. Tiene un árbol alto en cada esquina y un pino hacia el centro que cobija a La Virgen. Allí me voy cada vez que puedo. Es umbroso y a la vez colorido.
No puedo describirte mi contento de estarme en el banco haciendo la lectio en plena siesta, colmada de sombra fresca y con el sol por arriba sin tocarme. Me gustan los bichitos, la humedad de los ladrillos y el rumor de la ciudad que llega sin convertirse en ruido.
Como puedo dar gracias ya no lo sé, no puedo ser mas feliz y hasta siento culpa por tanta dicha que no merezco. Tu sabes como he deseado esto y que algo me ha costado. Estoy en su casa, junto a Él y donde voy lo tengo y su bondad me enamora.
Se que te gustaría la capilla, es amplia, luminosa, austera y muy cuidada. No hay detalle que este al acaso, en todo se pone la devoción. Las hermanas son muy atentas y amables y aunque no se habla me siento acompañada.
Me resulta muy provechosa la oración comunitaria. Eso de recitar a coro y de allanarse al ritmo ya por ellas creado, ni rápido ni lento, nunca nada extremado es la consigna que nos inculca la Madre.
El jueves me tocó orientación y me dijo que eligiera intenciones y que viera que ofrendaba por ellas y me habló de las cruces y de cómo cargar dolores sobre mí para dejar a otros libres de ellos. Me contó como se repartían los pedidos de oración que les llegaban y como se iban cargando con medida para no caer en desconsuelo.
Pero hay tantos por quién pedir y tan poco es lo que puedo ofrendar. Me dijo que no me arrebate que los santos se hacen cada día y no por exagerar.
Me han dado el lustre del piso en el claustro. Lo hago con oración mental y atenta a no divagar. Elena empieza de una punta y yo de la otra y nos vamos acercando hasta encontrarnos en medio. No puedo evitar alegrarme de su cercanía y nos siento un poco niñas cuando sonreímos. Ella está muy contenta también y hasta mi llegada era la única sin velo.
Tengo poco tiempo porque me gasté mucho escribiendo a Mamá. ¡La extraño horrores! pero cada vez que me aprieta la angustia le digo a Jesús que la tome de ofrenda, por ella y por todas las madres. Yo sé que está bien cuidada pero me impacta pensar que ya nunca viviremos juntas.
Que mas contarte…la Eucaristía es el centro de nuestra vida y me ha regocijado ver comulgar a las mas ancianas, porque las veo con unción y para nada adormiladas. Por este mes oficia y confiesa un Padre viejito, da ternura por como camina y con la voz cascada. Pero está muy lúcido y resuelto. José se llama y es diocesano.
Se me olvidaba contarte como me han costado los viernes de ayuno, que aunque lo sabía y me preparaba no me han sido fáciles. Ese saber que nada comería hasta el día siguiente es lo que da hambre, que es mas de la mente que de la barriga. La pasé con el rosario y diciéndole al Señor que viera lo débil que soy que no me hiciera faltar Su misericordia.
Sabes que te quiero mucho y que te guardo en el corazón y que no hay manera que te salgas de allí.
Siempre te recuerdo y te siento junto, a los pies de la Cruz.
Fragmentos de carta personal
Hna. Javiera del Sagrado Corazón
http://hesiquia.wordpress.com/2010/03/11/desde-la-clausura/
El monje interior.
La vida exterior que tienes es el reflejo de tu vida interior.
Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.
Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.
Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.
Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.
Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.
Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.
¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?
Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.
No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.
Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.
Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.
Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.
Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.
Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.
Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.
Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.
El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.
Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.
Continúa en El primer monje
Fragmento de carta de Padre Vasily* a Mario
http://hesiquia.wordpress.com/2009/07/28/unificacion/
Pero, debes tener en cuenta, que esto se da con un cierto retardo. Mas precisamente, la vida que tienes en lo exterior, es el reflejo de la vida interior que tenías, hace un tiempo.
Si cambias en tu interior, si se produce en ti la metanoia; esto llevará a que cambie tu vida exterior, toda tu exterioridad, mas temprano que tarde.
Pero muchas veces buscamos el cambio fuera para que repercuta dentro y eso no es muy eficaz, porque la propia interioridad termina tiñendo o contaminando el nuevo medio con las viejas miradas.
Es cierto, no lo niego, que lo que pasa fuera de nosotros nos influye, pero solo en la periferia de nuestro Ser, no nos determina.
Lo mas importante es crear el Monje interior, porque si este nace y se fortalece terminará generándose la exterioridad adecuada, la vida que necesitas, el medio favorable al desarrollo de este hombre nuevo.
Y ¿qué es el Monje interior? Es la unificación de los deseos.
¿Quieres vivir centrado en Dios? ¿quieres permanecer en Su Presencia? ¿te gustaría que tu vida se pareciese al Edén y pudieran escucharse Sus pasos?
Entonces debes querer eso, solo desear eso y no aquella otra cuestión por más justificada que se halle. No es ese libro que quieres comprar el que te iluminará, ni ese viaje, ni esa entrevista o encuentro el que te lo permitirá… ni ese trabajo mas tranquilo, ni esa nueva casa o aquél monasterio o que te encarguen otra función.
No hace falta ninguna condición previa para encontrarle, solo es preciso unificar los deseos.
Dios no se esconde, es más, esta a la vista, a toda hora y en cada lugar. Pero nosotros atendemos a otras cosas. No abandonamos los intereses que nos alejan de Él. Siempre tenemos requisitos o pre requisitos o problemas que solucionar antes.
Me estoy refiriendo antes que nada a una cuestión de la atención. No de la conducta, que cambiará por si sola o luego del cambio atencional. ¿A que cosas le prestas atención? Eso es lo importante.
Esta muy bien que cada quién atienda a lo que le parezca, pero si quieres ser monje, monje interior antes que nada. Y ¿Por qué quieres ser monje? Porque sientes un movimiento interno que te impulsa, que te lleva hacia eso. Eso es un llamado, una tendencia del corazón.
Ser monje es Ser Uno como la palabra lo indica y esa unificación nos lleva a Su presencia permanente.
Negarse a si mismo, es dejar de lado tus apetencias particulares.
Cuando centras tu deseo en Él empieza a serte manifiesto; se nota Su presencia, Su acción, Su providencia inestimable.
Pero debes pedir esta gracia y no esas cuarenta y cinco otras cuestiones. Se vive en un constante ruido interior, un parloteo incesante, un divagar continuo…se mira sin mirar, se habla sin hablar, no hay autentica vida porque estamos rumiando apetencias dentro.
El Señor es la fuente de todas las delicias y de esas que no terminan, no tiene dones efímeros. Quererlo solo a Él esa es la clave para unificarse.
Te contaré la historia del primer monje, eso te servirá y le servirá a tu nuevo amigo que pregunta. El primero de los primeros, no si el de Siria o el de Sinaí, o si en Egipto en realidad o si en India o Persia. Te contaré la historia del monje primitivo, de quién fue monje sin saberlo.
Continúa en El primer monje
Fragmento de carta de Padre Vasily* a Mario
http://hesiquia.wordpress.com/2009/07/28/unificacion/
sábado, 3 de abril de 2010
viernes, 26 de marzo de 2010
Grados de Amor de Dios

los grados de esta escala de amor, por donde el alma de uno a otro va subiendo a Dios, son diez.
El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente.
El alma encuentra a Dios, y queda prendada de su hermosura.
En este grado de amor habla la Esposa cuando dice: Conjúroos hijas de Jerusalén, que, si encontráredes a mi Amado, le digáis que estoy enferma de amor.
El segundo grado hace al alma buscar sin cesar a Dios.
De donde cuando la Esposa dice que, buscándole de noche en su lecho (cuando, según el primer grado de amor, estaba desfallecida) y no, le halló, dijo: Levantarme he, y buscaré al que "ama mi alma". Lo cual, como decimos, el alma hace sin cesar, como lo aconseja David diciendo: "Buscad siempre la cara de Dios y, buscándole en todas las cosas, en ninguna reparad hasta hallarle".
Como la Esposa, que, en preguntando por él a las guardas, luego pasó y las dejó. María Magdalena, ni aun en los ángeles del sepulcro reparó.
Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en todas las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa luego piensa en el Amado; en cuanto habla, en todos cuantos negocios se ofrece, luego es hablar y tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquiera cosa, todo su cuidado es en el Amado...
El tercero grado de la escala amorosa es el que hace al alma obrar y le pone calor para no faltar.
De éste dice el Real Profeta: "Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque en sus mandamientos codicia obrar mucho", Donde si el temor, por ser hijo del amor, le hace esta obra de codicia, ¿qué hará el mismo amor? En este grado, las obras grandes por el Amado tiene por pequeñas; las muchas, por pocas; el largo tiempo en que le sirve, por corto; por el incendio de amor, en que ya va ardiendo...
El cuarto grado de esta escala de amor es en el cual se causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin fatigarse. Porque, como dice San Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas, casi ningunas y muy ligeras las hace el amor. En este grado hablaba la Esposa cuando, deseando ya verse en el último, dijo al Esposo : Ponme como señal en tu corazón, como señal en tu brazo; porque la dilección, esto es, el acto y obra del amor, es fuerte como la muerte, y dura emulación y porfía como el infierno: * El espíritu aquí tiene tanta fuerza, que tiene tan sujeta a la carne, y la tiene tan en poco, como el árbol a una de sus hojas...
El quinto grado de esta escala de amor hace al alma apetecer y codiciar a Dios impaciente mente. En este grado, la amante, tanta es la vehemencia que tiene por comprender al Amado y unirse con El que toda dilación, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre piensa que halla al Amado; y cuando ve frustrado su deseo (lo cual es casi a cada paso), desfallece en su codicia, según, hablando en este grado, lo dice el Salmista: "Codicia y desfallece mi alma a las moradas del Señor."
En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama, o morir, en el cual Raquel, por la gran codicia que a los hijos tenia, dijo a Jacob, su esposo: "Dame hijos; si no, yo moriré".
Aquí se ceba el alma en amor, porque según la hambre es la hartura...
El sexto grado hace correr al alma ligeramente a Dios; y así, sin desfallecer, corre por la esperanza, que aquí el amor que la ha fortificado le hace volar ligera.
El séptimo grado de esta escala hace atrever al alma con vehemencia. Aquí el amor no se aprovecha del juicio para esperar, ni usa del consejo para se retirar, ni con vergüenza; se puede enfrenar; porque el favor que ya Dios hace aquí al alma la hace atrever con vehemencia.
El octavo grado de amor hace al alma asir y apretar sin soltar, según la Esposa dice de esta manera : Hallé al que ama mi corazón y ánima; túvele, y no le soltaré. * En este grado de unión satisface el alma su deseo, mas no de continuo, porque algunas llegan a poner el pie y luego le vuelven a quitar, porque, si durase, seria cierta manera de gloria en esta vida, y así muy pocos espacios pasa el alma en él.
El nono grado de amor hace arder al alma con suavidad.
Este grado es el de los perfectos, los cuales arden ya en Dios suavemente. Porque este ardor suave y deleitoso les causa el Espíritu Santo por razón de la unión que tienen con Dios. Por eso dice San Gregorío de los Apóstoles que cuando el Espíritu Santo visiblemente vino sobre ellos, que interiormente ardieron por amor, suavemente. De los bienes y riquezas de Dios que el alma goza en este grado, no se puede hablar, porque, si de ello se escribieron muchos libros, quedaría lo más por decir...
El décimo y último grado de esta escala secreta de amor hace al alma asimilarse totalmente a Dios, por razón de la clara visión de Dios que luego posee inmediatamente el alma, que, habiendo llegado en esta vida al nono grado, sale de la carne. Porque estos, que son pocos, por cuanto ya por el amor están purgadisimos, no entran en el purgatorio...
Esta es la escala secreta que aquí dice el alma, porque muchos se le descubre el amor, por los grandes efectos que en ella hace...
Noche oscura San Juan de la Cruz .San Bernardo
miércoles, 24 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Fondo elevante
Mis amigos. En esta continua renovación y conversión, el espíritu se eleva en todo tiempo por encima de sí mismo, como jamás águila alguna haya volado a encontrarse con el sol. Se levanta hasta el cielo, como el fuego jamás lo ha conseguido. Es entonces cuando el espíritu se lanza a las tinieblas divinas, según advierte Job: «A un hombre cuyo camino está cerrado ya quien Dios por todas partes ha cercado» (Job 3, 23). Se arroja, pues, el espíritu a las tinieblas de lo divino desconocido, allí donde está Dios, por encima de todo lo que se le puede atribuir, sin nombre, sin forma, sin representación. Por encima de todos los seres limitados, de todas las esencias. Estas, mis amigos, son las verdaderas conversiones. El tiempo de la noche y su silencio le son muy favorables al espíritu, gran ayuda para estas conversiones. Al despertar del largo sueño, para acudir a maitines, el monje debe dar libertad a los sentidos y las otras facultades. Luego, concluidos, sumérjanse bien hondo, láncense por encima de imágenes y formas. Olviden las propias facultades. Al verse tan pequeño, no debe preocuparle acercarse a las nobles tinieblas. Un santo ha escrito de ellas: «Dios es una oscuridad más allá de toda luz». Impenetrable misterio. Podrán verlo los ciegos.
Que el hombre se abandone simplemente, nada pida, exija nada. Se contente con tener en Dios su pensamiento, su amor. Arroja, pues, todas tus cosas en este Dios desconocido, también tus defectos y pecados, y todo cuanto puedas proyectar con tus acciones. Ponlo todo en El con gran fervor. En la oscura, desconocida voluntad de tu Señor. Fuera de aquí, un tal hombre no debe jamás perseguir nada, ni querer de algún modo reposar o actividad, ni esto ni aquello, ni tal estado ni el otro. Sólo abandonarse simplemente en la desconocida voluntad de Dios.
Tauler
Que el hombre se abandone simplemente, nada pida, exija nada. Se contente con tener en Dios su pensamiento, su amor. Arroja, pues, todas tus cosas en este Dios desconocido, también tus defectos y pecados, y todo cuanto puedas proyectar con tus acciones. Ponlo todo en El con gran fervor. En la oscura, desconocida voluntad de tu Señor. Fuera de aquí, un tal hombre no debe jamás perseguir nada, ni querer de algún modo reposar o actividad, ni esto ni aquello, ni tal estado ni el otro. Sólo abandonarse simplemente en la desconocida voluntad de Dios.
Tauler
Fondo dinámico
San Pablo apremia: debéis renovaros en el espíritu, en el impulso substancial. Si el impulso substancial está en perfecta disposición, hay en él constante inclinación a replegarse hacia el fondo del alma, donde mora la imagen de Los Tres, más allá de las potencias superiores. La actividad del impulso substancial sobrepasa en nobleza y altura las otras facultades, más que un odre lleno de vino a una sola gota de agua. En este impulso substancial es donde el hombre debe renovarse, replegándose continuamente hasta su hondón, de cara a Dios, sin estorbo de otros medios, en caridad operante, fijos los ojos en él. Este poder de conversión es propio del impulso substancial, que puede orientarse sin ninguna interrupción, mientras que las potencias del alma no pueden constantemente estar unidas a su Dios.
Así debe hacerse la renovación en el impulso substancial. Puesto que Dios es espíritu, el espíritu creado debe concentrarse en Dios, elevarse, dilatarse luego en el espíritu increado, como en una fuga del mismo impulso substancial. El hombre anterior a la creación era Dios en Dios. Así debe aquí esforzarse para volver a entrar en El completamente, con toda su naturaleza ahora creada.
Se preguntan los doctores si el espíritu del hombre muere cada vez que deliberadamente se orienta hacia las cosas que perecen. La mayoría responde que sí. Mas un noble y grande doctor dice: «Desde el momento que el hombre se vuelva con el impulso substancial y plena voluntad a juntar su espíritu con el espíritu de Dios trascendiéndolo todo tiempo, en ese mismo instante, todo lo perdido se recobra». Si esta conversión se pudiese realizar mil veces al día otras tantas sería el hombre renovado. Es esta interna operación la más noble, la más pura renovación que pueda darse: «Yo te he engendrado hoy» (Sal, 2,7).
Cada vez que el espíritu, con todo lo que él tiene, se sumerge plenamente en este fondo, para levantarse a lo más íntimo de Dios, será recreado y renovado. Dios inunda y sobreinforma entonces el espíritu, tanto más cuanto que éste, con mayor fidelidad y pureza haya seguido el camino, teniendo en Dios exclusivamente la intención. Dios se expande en él como el sol se difunde por el aire. La luz se extiende y penetra hasta tal punto que no hay quien perciba y discierna dónde una termina y sigue el otro. ¿Quién, pues, podrá establecer separación en esta sobrenatural, divina unión en unidad, donde el espíritu es atraído y absorbido en el abismo del principio? Si alguien pudiese ver el espíritu en tal estado, divinizado, creería sin duda alguna haber visto al mismo Dios.
Tauler
Así debe hacerse la renovación en el impulso substancial. Puesto que Dios es espíritu, el espíritu creado debe concentrarse en Dios, elevarse, dilatarse luego en el espíritu increado, como en una fuga del mismo impulso substancial. El hombre anterior a la creación era Dios en Dios. Así debe aquí esforzarse para volver a entrar en El completamente, con toda su naturaleza ahora creada.
Se preguntan los doctores si el espíritu del hombre muere cada vez que deliberadamente se orienta hacia las cosas que perecen. La mayoría responde que sí. Mas un noble y grande doctor dice: «Desde el momento que el hombre se vuelva con el impulso substancial y plena voluntad a juntar su espíritu con el espíritu de Dios trascendiéndolo todo tiempo, en ese mismo instante, todo lo perdido se recobra». Si esta conversión se pudiese realizar mil veces al día otras tantas sería el hombre renovado. Es esta interna operación la más noble, la más pura renovación que pueda darse: «Yo te he engendrado hoy» (Sal, 2,7).
Cada vez que el espíritu, con todo lo que él tiene, se sumerge plenamente en este fondo, para levantarse a lo más íntimo de Dios, será recreado y renovado. Dios inunda y sobreinforma entonces el espíritu, tanto más cuanto que éste, con mayor fidelidad y pureza haya seguido el camino, teniendo en Dios exclusivamente la intención. Dios se expande en él como el sol se difunde por el aire. La luz se extiende y penetra hasta tal punto que no hay quien perciba y discierna dónde una termina y sigue el otro. ¿Quién, pues, podrá establecer separación en esta sobrenatural, divina unión en unidad, donde el espíritu es atraído y absorbido en el abismo del principio? Si alguien pudiese ver el espíritu en tal estado, divinizado, creería sin duda alguna haber visto al mismo Dios.
Tauler
Anudamiento con Dios
Proclo, un filósofo pagano, lo llama sueño, silencio, reposo divino, y dice: «Hay en nosotros una búsqueda secreta del Uno, que sobrepasa mucho la razón y la inteligencia. Si el alma se recoge en este búsqueda, se hace divina y divinamente vive».
El hombre, por el contrario, se ocupa de las cosas exteriores y sensibles, está en actividad, no puede saber nada de esa búsqueda y ni siquiera cree que existe en él este tesoro. El impulso substancial, la raíz, está puesta en nosotros de tal modo que es planta con fuerza eterna de arrastre y atracción. El impulso substancial tiene inclinación eterna, profunda, de volver a su origen. Inclinación que no se extingue jamás, ni siquiera en el infierno. Esto constituye el mayor sufrimiento de los condenados, porque nunca pueden lograr satisfacer la radical tendencia de ir a Dios.
Tauler
El hombre, por el contrario, se ocupa de las cosas exteriores y sensibles, está en actividad, no puede saber nada de esa búsqueda y ni siquiera cree que existe en él este tesoro. El impulso substancial, la raíz, está puesta en nosotros de tal modo que es planta con fuerza eterna de arrastre y atracción. El impulso substancial tiene inclinación eterna, profunda, de volver a su origen. Inclinación que no se extingue jamás, ni siquiera en el infierno. Esto constituye el mayor sufrimiento de los condenados, porque nunca pueden lograr satisfacer la radical tendencia de ir a Dios.
Tauler
Dentro del alma
Dentro del alma
La búsqueda interna, en cambio, es muy superior a ésta. Consiste en que el hombre entre en su propio fondo, en lo más íntimo de sí mismo, y busque al Señor de la manera que nos ha sido indicada cuando El dijo: «El Reino de los cielos está dentro de vosotros)) (Lc 17,21). El que quiere encontrar el Reino, que no es otro que Dios con todas sus riquezas, y su propia esencia y naturaleza, le debe buscar donde se halla, es decir, en el fondo más íntimo, profundo centro, donde El está mucho más íntimamente junto al alma, mucho más presente que ella lo es a sí misma. Este fondo debe ser buscado y encontrado. Debe el hombre entrar en esta casa renunciando a sus sentidos, a todo lo que le sea sensible, a todas las imágenes y formas particulares que los sentidos le hayan dejado impresas. Impresiones de la imaginación y sentidos. Sí. Incluso sobrepasar las representaciones racionales, operaciones de la razón, que sigue las leyes de la naturaleza y propia actividad.
Cuando el hombre entra en esta mansión, y allí busca a Dios, el Señor es quien cambia el alma de arriba a abajo.
Tauler
La búsqueda interna, en cambio, es muy superior a ésta. Consiste en que el hombre entre en su propio fondo, en lo más íntimo de sí mismo, y busque al Señor de la manera que nos ha sido indicada cuando El dijo: «El Reino de los cielos está dentro de vosotros)) (Lc 17,21). El que quiere encontrar el Reino, que no es otro que Dios con todas sus riquezas, y su propia esencia y naturaleza, le debe buscar donde se halla, es decir, en el fondo más íntimo, profundo centro, donde El está mucho más íntimamente junto al alma, mucho más presente que ella lo es a sí misma. Este fondo debe ser buscado y encontrado. Debe el hombre entrar en esta casa renunciando a sus sentidos, a todo lo que le sea sensible, a todas las imágenes y formas particulares que los sentidos le hayan dejado impresas. Impresiones de la imaginación y sentidos. Sí. Incluso sobrepasar las representaciones racionales, operaciones de la razón, que sigue las leyes de la naturaleza y propia actividad.
Cuando el hombre entra en esta mansión, y allí busca a Dios, el Señor es quien cambia el alma de arriba a abajo.
Tauler
Desasimiento
Desasimiento
¿En qué consiste la desnudez espiritual? Consiste para el hombre en separarse por completo de todo lo que no es pura y simplemente Dios, ver si Dios sólo es el objeto de su intención. Si descubre algún otro deseo no relacionado con Dios, que lo corte y eche fuera. Esto, por lo demás, no es exclusivo del hombre noble y consagrado a la vida interior. Es deber de toda persona honrada. Hay, en verdad, muchas y honradísimas gentes que hacen cosas muy laudables, pero que no saben nada de la vida interior. Tienen asimismo obligación de examinar aquello que les podría separar de Dios a fin de abandonarlo por completo. Tal desapego es absolutamente necesario para quien desee recibir al Espíritu y sus dones. No ha de buscarse más que a Dios y desasirse de todo aquello que le desagrade.
Tauler
¿En qué consiste la desnudez espiritual? Consiste para el hombre en separarse por completo de todo lo que no es pura y simplemente Dios, ver si Dios sólo es el objeto de su intención. Si descubre algún otro deseo no relacionado con Dios, que lo corte y eche fuera. Esto, por lo demás, no es exclusivo del hombre noble y consagrado a la vida interior. Es deber de toda persona honrada. Hay, en verdad, muchas y honradísimas gentes que hacen cosas muy laudables, pero que no saben nada de la vida interior. Tienen asimismo obligación de examinar aquello que les podría separar de Dios a fin de abandonarlo por completo. Tal desapego es absolutamente necesario para quien desee recibir al Espíritu y sus dones. No ha de buscarse más que a Dios y desasirse de todo aquello que le desagrade.
Tauler
Contemplación
Contemplación
Dios es unidad indivisible. Podemos, sin embargo, distinguir en El atributos y contemplar sucesivamente su realidad y bondad trascendente, la intimidad misteriosa de su naturaleza, su soledad y sus tinieblas. Moises dijo: "Escucha, Israel, Yahveh es nuestro Dios, sólo Yahveh". En Dios no hay pluralidad, pero podemos sacar provecho de los nombres especiales, particulares y distintivos que atribuimos a Dios y su Ser, al comparar con El nuestra nada. Lo he dicho muchas veces: mientras que al principio el hombre debe dar a la meditación un contenido temporal enteramente, como el Nacimiento, las obras, la vida y ejemplos de Nuestro Señor, ahora tiene que levantar su espíritu y aprender a volar por encima del tiempo, en vida eterna.
El hombre puede reflejar en su alma eficazmente los atributos de Dios. Hay que considerar que El es el Ser puro; Ser de los seres sin identificarse con ninguno de ellos; Dios; lo que es en todo aquello que es ser y bondad. San Agustín dice: "Si ves a un hombre bueno, un Angel bueno, un cielo hermoso; prescinde del hombre, del Angel y del cielo. Lo que queda es la esencia del bien; es Dios. El está en todas las cosas y muy por encima de todo. Las criaturas contienen, sin duda, un elemento de bondad y de amor, de todo lo que se puede llamar Ser, que el hombre puede desear".
Tauler
Dios es unidad indivisible. Podemos, sin embargo, distinguir en El atributos y contemplar sucesivamente su realidad y bondad trascendente, la intimidad misteriosa de su naturaleza, su soledad y sus tinieblas. Moises dijo: "Escucha, Israel, Yahveh es nuestro Dios, sólo Yahveh". En Dios no hay pluralidad, pero podemos sacar provecho de los nombres especiales, particulares y distintivos que atribuimos a Dios y su Ser, al comparar con El nuestra nada. Lo he dicho muchas veces: mientras que al principio el hombre debe dar a la meditación un contenido temporal enteramente, como el Nacimiento, las obras, la vida y ejemplos de Nuestro Señor, ahora tiene que levantar su espíritu y aprender a volar por encima del tiempo, en vida eterna.
El hombre puede reflejar en su alma eficazmente los atributos de Dios. Hay que considerar que El es el Ser puro; Ser de los seres sin identificarse con ninguno de ellos; Dios; lo que es en todo aquello que es ser y bondad. San Agustín dice: "Si ves a un hombre bueno, un Angel bueno, un cielo hermoso; prescinde del hombre, del Angel y del cielo. Lo que queda es la esencia del bien; es Dios. El está en todas las cosas y muy por encima de todo. Las criaturas contienen, sin duda, un elemento de bondad y de amor, de todo lo que se puede llamar Ser, que el hombre puede desear".
Tauler
Calma en la tempestad
Debemos estar, además, prevenidos sobre esto: el hombre que busca puramente a Dios experimenta a veces cierta angustia y tristeza. Teme que sus esfuerzos y trabajos sean perdidos. Esto proviene a veces de temperamento melancólico, clima, impresiones ingratas. También del enemigo, que busca por todos los medios turbar la paz de hombres tan nobles. Hace falta entonces armarse de paciencia. Algunos se hacen violencia por desechar la tristeza, hasta causarse dolores de cabeza. Otros acuden a médicos y a los amigos de Dios en busca de consejo.
Tratan de evadirse y liberarse y no consiguen más que aumentar la turbación. Cuando estalla una terrible tempestad en el alma, el hombre deber proceder como hace la gente en las tormentas de lluvia y granizo, se refugian en cobertizos hasta que pase el mal tiempo. Así debe hacer el hombre que tiene realmente conciencia de no querer ni desear algo fuera de Dios. En la hora de la tentación y hasta hallar su calma, ha de evadirse prudentemente de sí mismo, refugiarse en abandono y esperar a Dios en la angustia. ¡Quién sabe dónde y en qué forma le agradará a Dios venir y darle sus dones! Que el hombre se mantenga, pues, en dulce paciencia, en el puerto de la divina voluntad.
Tauler
Tratan de evadirse y liberarse y no consiguen más que aumentar la turbación. Cuando estalla una terrible tempestad en el alma, el hombre deber proceder como hace la gente en las tormentas de lluvia y granizo, se refugian en cobertizos hasta que pase el mal tiempo. Así debe hacer el hombre que tiene realmente conciencia de no querer ni desear algo fuera de Dios. En la hora de la tentación y hasta hallar su calma, ha de evadirse prudentemente de sí mismo, refugiarse en abandono y esperar a Dios en la angustia. ¡Quién sabe dónde y en qué forma le agradará a Dios venir y darle sus dones! Que el hombre se mantenga, pues, en dulce paciencia, en el puerto de la divina voluntad.
Tauler
Silencio del alma
A ese sosiego del espíritu se refiere el cántico de la Misa que comienza: "Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía" (Sb 18,14). En pleno silencio, toda la creación callaba en la más alta paz de media noche. Entonces, oh Señor, la palabra omnipotente dejó su trono por acampar en nuestra tienda.
Ser entonces, en el cenit del silencio, cuando todas las cosas quedan sumergidas en la calma, sólo entonces se hará sentir la realidad de esta Palabra. Porque, si quieres que Dios hable, hace falta que tú calles. Para que El entre, todas las cosas deberán haber salido.
J Tauler
Ser entonces, en el cenit del silencio, cuando todas las cosas quedan sumergidas en la calma, sólo entonces se hará sentir la realidad de esta Palabra. Porque, si quieres que Dios hable, hace falta que tú calles. Para que El entre, todas las cosas deberán haber salido.
J Tauler
Al encuentro del Señor
Así nos habremos dispuesto para salir al encuentro del Señor. Salgamos ahora fuera y avancemos por encima de nosotros mismos hasta Dios. Se necesita renunciar a todo querer, desear o actuar propio. Nada más que la intención pura y desnuda de buscar sólo a Dios, sin el mínimo deseo de buscarse a sí mismo ni cosa alguna que pueda redundar en su provecho. Con voluntad plena de ser exclusivamente para Dios, de concederle la morada más digna, la más íntima para que El nazca allí y lleve a cabo su obra en nosotros, sin sufrir impedimento alguno.
En efecto, para que dos cosas se fusionen es necesario que una sea paciente y la otra se comporte como agente. Unicamente cuando est limpio el ojo podrá ver un cuadro colgado en la pared o cualquier otro objeto. Imposible si hubiera otra pintura grabada en la retina. Eso mismo ocurre con el oído: mientras que un ruido le ocupa est impedido para captar otro. En conclusión, el recipiente es tanto más útil cuanto más puro y vacío.
A esto se refiere San Agustín cuando dice: "Vacíate para llenarte, sal para entrar". Y en otro lugar: "Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera a quien est plena y manifiestamente dentro de ti? Eres partícipe de la naturaleza divina ¿por qué, pues, esclavizarte a las criaturas? ¿qué tienes tú que ver con ellas?".
J. Tauler
En efecto, para que dos cosas se fusionen es necesario que una sea paciente y la otra se comporte como agente. Unicamente cuando est limpio el ojo podrá ver un cuadro colgado en la pared o cualquier otro objeto. Imposible si hubiera otra pintura grabada en la retina. Eso mismo ocurre con el oído: mientras que un ruido le ocupa est impedido para captar otro. En conclusión, el recipiente es tanto más útil cuanto más puro y vacío.
A esto se refiere San Agustín cuando dice: "Vacíate para llenarte, sal para entrar". Y en otro lugar: "Oh tú, alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera a quien est plena y manifiestamente dentro de ti? Eres partícipe de la naturaleza divina ¿por qué, pues, esclavizarte a las criaturas? ¿qué tienes tú que ver con ellas?".
J. Tauler
La vida contemplativa y solitaria
No tienes otro “dónde” ni “lugar” que el Señor. La vida solitaria y contemplativa que buscas es ÉL mismo. Y no la buscaras si Él no te la diera y regalara. Nada hallarás fuera… .P. Alberto Justo
Permanecer en la celda interior
Es necesario permanecer lo más posible en la celda: Siempre que uno se aleja de ella para vagar por el exterior, al volver le parecerá algo nuevo y desabrido. Más aún, se encontrará como descentrado y lleno de turbación, como si empezara a habitarla. No podrá recobrar sin trabajo y dolor aquella aplicación de espíritu que había conseguido morando fielmente en su recinto, pues ha dado rienda suelta a la dispersión.
Juan Casiano
Juan Casiano
La victoria es el silencio
Abba Poimen dijo: En cualquier pena que tengas, la victoria es el silencio.
La via real
"La vía real es la del vacío, del despojamiento, de la desnudez. No creo que uno pueda instalarse ahí; uno solo está ahí de paso. La ascesis consiste, según veo, en no ceder a la tristeza. Aceptar la total soledad y vivirla dichosamente en el interior, sin pensar ni siquiera una fracción de segundo que uno pudiera situarse en una línea fronteriza. Las cumbres están vacías. Incluso los pájaros no viven allí."
Marie Madeleine Davy
Marie Madeleine Davy
El alma virtuosa
El alma razonable y virtuosa se da a conocer en su modo de mirar, de caminar, de hablar, de sonreír, de discutir, de conversar... Ésta transforma y corrige todo de la manera más digna. Y ello sucede porque el intelecto, ocupado por el amor de Dios es un custodio sobrio, que obstaculiza el acceso a los malos y turbios pensamientos.
Antonio el Grande, La Filocalia
Antonio el Grande, La Filocalia
viernes, 19 de marzo de 2010
A ti te honramos San Jose santo del Silencio
miércoles, 17 de marzo de 2010
Del vicio de la avaricia espiritual
De algunas imperfecciones que suelen tener algunos de éstos acerca del segundo vicio capital, que es la avaricia, espiritualmente hablando.
1. Tienen muchos de estos principiantes también a veces mucha avaricia espiritual, porque apenas les verán contentos en el espíritu que Dios les da; andan muy desconsolados y quejosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Muchos no se acaban de hartar de oír consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y váseles más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben. Porque, a más de esto, se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya toman otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de esta manera, ya de esotra, aficionándose más a esta cruz que a aquélla, por ser más curiosa. Y veréis a otros arreados de "agnusdeis" y reliquias y nóminas, como los niños de dijes.
En lo cual yo condeno la propiedad de corazón y el asimiento que tienen al modo, multitud y curiosidad de cosas, por cuanto es muy contra la pobreza de espíritu, que sólo mira en la sustancia de la devoción, aprovechándose sólo de aquello que basta para ella, y cansándose de esotra multiplicidad y de la curiosidad de ella; pues que la verdadera devoción ha de salir del corazón, sólo en la verdad y sustancia de lo que representan las cosas espirituales, y todo lo demás es asimiento y propiedad de imperfección, que, para pasar a alguna manera de perfección, es necesario que se acabe el tal apetito.
2. Yo conocí una persona que más de diez años se aprovechó de una cruz hecha toscamente de un ramo bendito, clavada con un alfiler retorcida alrededor, y nunca la había dejado, trayéndola consigo hasta que yo se la tomé; y no era persona de poca razón y entendimiento. Y vi otra que rezaba por cuentas que eran de huesos de las espinas del pescado, cuya devoción es cierto que por eso no era de menos quilates delante de Dios; pues se ve claro que éstos no la tenían en la hechura y valor.
Los que van, pues, bien encaminados desde estos principios, no se asen a los instrumentos visibles, ni se cargan de ellos, ni se les da nada de saber más de lo que conviene saber para obrar; porque sólo ponen los ojos en ponerse bien con Dios y agradarle, y en esto es su codicia. Y así con gran largueza dan cuanto tienen, y su gusto es saberse quedar sin ello por Dios y por la caridad del prójimo, no me da más que sean cosas espirituales que temporales; porque, como digo, sólo ponen los ojos en las veras de la perfección interior: dar a Dios gusto, y no a sí mismo en nada.
3. Pero de estas imperfecciones tampoco, como de las demás, no se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga en la pasiva purgación de aquella oscura noche que luego diremos. Mas conviene al alma, en cuanto pudiere, procurar de su parte hacer por perfeccionarse, porque merezca que Dios le ponga en aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y de la manera que habemos de decir.
1. Tienen muchos de estos principiantes también a veces mucha avaricia espiritual, porque apenas les verán contentos en el espíritu que Dios les da; andan muy desconsolados y quejosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Muchos no se acaban de hartar de oír consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y váseles más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben. Porque, a más de esto, se cargan de imágenes y rosarios bien curiosos; ahora dejan unos, ya toman otros; ahora truecan, ahora destruecan; ya los quieren de esta manera, ya de esotra, aficionándose más a esta cruz que a aquélla, por ser más curiosa. Y veréis a otros arreados de "agnusdeis" y reliquias y nóminas, como los niños de dijes.
En lo cual yo condeno la propiedad de corazón y el asimiento que tienen al modo, multitud y curiosidad de cosas, por cuanto es muy contra la pobreza de espíritu, que sólo mira en la sustancia de la devoción, aprovechándose sólo de aquello que basta para ella, y cansándose de esotra multiplicidad y de la curiosidad de ella; pues que la verdadera devoción ha de salir del corazón, sólo en la verdad y sustancia de lo que representan las cosas espirituales, y todo lo demás es asimiento y propiedad de imperfección, que, para pasar a alguna manera de perfección, es necesario que se acabe el tal apetito.
2. Yo conocí una persona que más de diez años se aprovechó de una cruz hecha toscamente de un ramo bendito, clavada con un alfiler retorcida alrededor, y nunca la había dejado, trayéndola consigo hasta que yo se la tomé; y no era persona de poca razón y entendimiento. Y vi otra que rezaba por cuentas que eran de huesos de las espinas del pescado, cuya devoción es cierto que por eso no era de menos quilates delante de Dios; pues se ve claro que éstos no la tenían en la hechura y valor.
Los que van, pues, bien encaminados desde estos principios, no se asen a los instrumentos visibles, ni se cargan de ellos, ni se les da nada de saber más de lo que conviene saber para obrar; porque sólo ponen los ojos en ponerse bien con Dios y agradarle, y en esto es su codicia. Y así con gran largueza dan cuanto tienen, y su gusto es saberse quedar sin ello por Dios y por la caridad del prójimo, no me da más que sean cosas espirituales que temporales; porque, como digo, sólo ponen los ojos en las veras de la perfección interior: dar a Dios gusto, y no a sí mismo en nada.
3. Pero de estas imperfecciones tampoco, como de las demás, no se puede el alma purificar cumplidamente hasta que Dios le ponga en la pasiva purgación de aquella oscura noche que luego diremos. Mas conviene al alma, en cuanto pudiere, procurar de su parte hacer por perfeccionarse, porque merezca que Dios le ponga en aquella divina cura, donde sana el alma de todo lo que ella no alcanzaba a remediarse; porque, por más que el alma se ayude, no puede ella activamente purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purga en aquel fuego oscuro para ella, cómo y de la manera que habemos de decir.
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De algunas imperfecciones espirituales que tienen los principiantes acerca del hábito de la soberbia. San Juan de la cruz
1. Como estos principiantes se sienten tan fervorosos y diligentes en las cosas espirituales y ejercicios devotos, de esta propiedad (aunque es verdad que las cosas santas de suyo humillan) por su imperfección les nace muchas veces cierto ramo de soberbia oculta, de donde vienen a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos. Y de aquí también les nace cierta gana algo vana, y a veces muy vana, de hablar cosas espirituales delante de otros, y aun a veces de enseñarlas más que de aprenderlas, y condenan en su corazón a otros cuando no los ven con la manera de devoción que ellos querrían, y aun a veces lo dicen de palabra, pareciéndose en esto al fariseo, que se jactaba alabando a Dios sobre las obras que hacía, y despreciando al publicano (Lc. 18, 1112).
2. A estos muchas veces los acrecienta el demonio el fervor y gana de hacer más estas y otras obras porque les vaya creciendo la soberbia y presunción. Porque sabe muy bien el demonio que todas estas obras y virtudes que obran, no solamente no les valen nada, mas antes se les vuelven en vicio. Y a tanto mal suelen llegar algunos de éstos, que no querrían que pareciese bueno otro sino ellos; y así, con la obra y palabra, cuando se ofrece, les condenan y detraen, mirando la motica en el ojo de su hermano, y no considerando la viga que está en el suyo (Mt.7,37); cuelan el mosquito ajeno y tráganse su camello (Mt. 23, 24).
3. A veces también, cuando sus maestros espirituales, como son confesores y prelados, no les aprueban su espíritu y modo de proceder (porque tienen gana que estimen y alaben sus cosas), juzgan que no los entienden el espíritu, o que ellos no son espirituales, pues no aprueban aquello y condescienden con ello. Y así, luego desean y procuran tratar con otro que cuadre con su gusto; porque ordinariamente desean tratar su espíritu con aquellos que entienden que han de alabar y estimar sus cosas, y huyen, como de la muerte, de aquellos que se los deshacen para ponerlos en camino seguro, y aun a veces toman ojeriza con ellos. Presumiendo, suelen proponer mucho y hacen muy poco. Tienen algunas veces gana de que los otros entiendan su espíritu y su devoción, y para esto a veces hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, en público más que en secreto, a los cuales les ayuda el demonio, y tienen complacencia en que les entiendan aquello, y muchas veces codicia.
4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de aquí les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir sus pecados desnudos porque no los tengan sus confesores en menos, y vanlos coloreando porque no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decir lo malo porque el otro no piense que tienen nada malo, sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a veces por términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana de que le parezca bueno, como quiera que fuera más humildad, como lo diremos, deshacerlo y tener gana que ni él ni nadie lo tuviesen en algo.
5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección. Tienen muchas veces grandes ansias con Dios porque les quite sus imperfecciones y faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que por Dios; no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y amigos que los alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son semejantes a las vírgenes locas, que, teniendo sus lámparas muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8).
6. De estas imperfecciones algunos llegan a tener muchas muy intensamente, y a mucho mal en ellas; pero algunos tienen menos, algunos más, y algunos solos primeros movimientos o poco más; y apenas hay algunos de estos principiantes que al tiempo de estos fervores no caigan en algo de esto.
Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra manera proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se aprovechan y edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí; a todos los demás tienen por muy mejores, y les suelen tener una santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos; porque, cuanto más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios merece y lo poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto más hacen, tanto menos se satisfacen. Que tanto es lo que de caridad y amor querrían hacer por él, que todo lo que hacen no les parezca nada; y tanto les solicita, ocupa y embebe este cuidado de amor, que nunca advierten en si los demás hacen o no hacen; y si advierten, todo es, como digo, creyendo que todos los demás son muy mejores que ellos. De donde, teniéndose en poco, tienen gana también que los demás los tengan en poco y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y tienen más, que, aunque se los quieran alabar y estimar, en ninguna manera lo pueden creer, y les parece cosa extraña decir de ellos aquellos bienes.
7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran deseo que les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria cosa de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían ellos enseñar todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellos mismos toman la palabra de la boca como que ya se lo saben. Pero éstos, estando muy lejos de querer ser maestros de nadie, están muy prontos de caminar y echar por otro camino del que llevan, si se lo mandaren, porque nunca piensan que aciertan en nada. De que alaben a los demás se gozan; sólo tienen pena de que no sirven a Dios como ellos.
No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan poco, que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas, pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de ellas. Más gana tienen de decir sus faltas y pecados, o que los entiendan, que no sus virtudes; y así se inclinan más a tratar su alma con quien en menos tienen sus cosas y su espíritu, lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy agradable a Dios. Porque, como mora en estas humildes almas el espíritu sabio de Dios, luego las mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros en secreto y echar afuera sus males. Porque da Dios a los humildes, junto con las demás virtudes, esta gracia, así como a los soberbios la niega (Sab. 4, 6).
8. Darán éstos la sangre de su corazón a quien sirve a Dios, y ayudarán, cuanto esto es en sí, a que le sirvan. En las imperfecciones que se ven caer, con humildad se sufren, y con blandura de espíritu y temor amoroso de Dios, esperando en él.
Pero almas que al principio caminen con esta manera de perfección, entiendo son, como queda dicho, las menos y muy pocas; que ya nos contentaríamos que no cayesen en las cosas contrarias. Que, por eso, como después diremos, pone Dios en la noche oscura a los que quiere purificar de todas estas imperfecciones para llevarlos adelante.
2. A estos muchas veces los acrecienta el demonio el fervor y gana de hacer más estas y otras obras porque les vaya creciendo la soberbia y presunción. Porque sabe muy bien el demonio que todas estas obras y virtudes que obran, no solamente no les valen nada, mas antes se les vuelven en vicio. Y a tanto mal suelen llegar algunos de éstos, que no querrían que pareciese bueno otro sino ellos; y así, con la obra y palabra, cuando se ofrece, les condenan y detraen, mirando la motica en el ojo de su hermano, y no considerando la viga que está en el suyo (Mt.7,37); cuelan el mosquito ajeno y tráganse su camello (Mt. 23, 24).
3. A veces también, cuando sus maestros espirituales, como son confesores y prelados, no les aprueban su espíritu y modo de proceder (porque tienen gana que estimen y alaben sus cosas), juzgan que no los entienden el espíritu, o que ellos no son espirituales, pues no aprueban aquello y condescienden con ello. Y así, luego desean y procuran tratar con otro que cuadre con su gusto; porque ordinariamente desean tratar su espíritu con aquellos que entienden que han de alabar y estimar sus cosas, y huyen, como de la muerte, de aquellos que se los deshacen para ponerlos en camino seguro, y aun a veces toman ojeriza con ellos. Presumiendo, suelen proponer mucho y hacen muy poco. Tienen algunas veces gana de que los otros entiendan su espíritu y su devoción, y para esto a veces hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, en público más que en secreto, a los cuales les ayuda el demonio, y tienen complacencia en que les entiendan aquello, y muchas veces codicia.
4. Muchos quieren preceder y privar con los confesores, y de aquí les nacen mil envidias y desquietudes. Tienen empacho de decir sus pecados desnudos porque no los tengan sus confesores en menos, y vanlos coloreando porque no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decir lo malo porque el otro no piense que tienen nada malo, sino bueno; y así, siempre gustan de decirle lo bueno, y a veces por términos que parezca antes más de lo que es que menos, con gana de que le parezca bueno, como quiera que fuera más humildad, como lo diremos, deshacerlo y tener gana que ni él ni nadie lo tuviesen en algo.
5. También algunos de éstos tienen en poco sus faltas, y otras veces se entristecen demasiado de verse caer en ellas, pensando que ya habían de ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección. Tienen muchas veces grandes ansias con Dios porque les quite sus imperfecciones y faltas, más por verse sin la molestia de ellas en paz que por Dios; no mirando que, si se las quitase, por ventura se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a otros y amigos que los alaben, y a veces lo pretenden; en lo cual son semejantes a las vírgenes locas, que, teniendo sus lámparas muertas, buscaban óleo por de fuera (Mt. 25, 8).
6. De estas imperfecciones algunos llegan a tener muchas muy intensamente, y a mucho mal en ellas; pero algunos tienen menos, algunos más, y algunos solos primeros movimientos o poco más; y apenas hay algunos de estos principiantes que al tiempo de estos fervores no caigan en algo de esto.
Pero los que en este tiempo van en perfección, muy de otra manera proceden y con muy diferente temple de espíritu; porque se aprovechan y edifican mucho con la humildad, no sólo teniendo sus propias cosas en nada, mas con muy poca satisfacción de sí; a todos los demás tienen por muy mejores, y les suelen tener una santa envidia, con gana de servir a Dios como ellos; porque, cuanto más fervor llevan y cuantas más obras hacen y gusto tienen en ellas, como van en humildad, tanto más conocen lo mucho que Dios merece y lo poco que es todo cuanto hacen por él; y así, cuanto más hacen, tanto menos se satisfacen. Que tanto es lo que de caridad y amor querrían hacer por él, que todo lo que hacen no les parezca nada; y tanto les solicita, ocupa y embebe este cuidado de amor, que nunca advierten en si los demás hacen o no hacen; y si advierten, todo es, como digo, creyendo que todos los demás son muy mejores que ellos. De donde, teniéndose en poco, tienen gana también que los demás los tengan en poco y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y tienen más, que, aunque se los quieran alabar y estimar, en ninguna manera lo pueden creer, y les parece cosa extraña decir de ellos aquellos bienes.
7. Estos, con mucha tranquilidad y humildad, tienen gran deseo que les enseñe cualquiera que los pueda aprovechar; harta contraria cosa de la que tienen los que habemos dicho arriba, que lo querrían ellos enseñar todo, y aun cuando parece les enseñan algo, ellos mismos toman la palabra de la boca como que ya se lo saben. Pero éstos, estando muy lejos de querer ser maestros de nadie, están muy prontos de caminar y echar por otro camino del que llevan, si se lo mandaren, porque nunca piensan que aciertan en nada. De que alaben a los demás se gozan; sólo tienen pena de que no sirven a Dios como ellos.
No tienen gana de decir sus cosas, porque las tienen en tan poco, que aun a sus maestros espirituales tienen vergüenza de decirlas, pareciéndoles que no son cosas que merezcan hacer lenguaje de ellas. Más gana tienen de decir sus faltas y pecados, o que los entiendan, que no sus virtudes; y así se inclinan más a tratar su alma con quien en menos tienen sus cosas y su espíritu, lo cual es propiedad de espíritu sencillo, puro y verdadero, y muy agradable a Dios. Porque, como mora en estas humildes almas el espíritu sabio de Dios, luego las mueve e inclina a guardar adentro sus tesoros en secreto y echar afuera sus males. Porque da Dios a los humildes, junto con las demás virtudes, esta gracia, así como a los soberbios la niega (Sab. 4, 6).
8. Darán éstos la sangre de su corazón a quien sirve a Dios, y ayudarán, cuanto esto es en sí, a que le sirvan. En las imperfecciones que se ven caer, con humildad se sufren, y con blandura de espíritu y temor amoroso de Dios, esperando en él.
Pero almas que al principio caminen con esta manera de perfección, entiendo son, como queda dicho, las menos y muy pocas; que ya nos contentaríamos que no cayesen en las cosas contrarias. Que, por eso, como después diremos, pone Dios en la noche oscura a los que quiere purificar de todas estas imperfecciones para llevarlos adelante.
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martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
La experiencia del renacimiento espiritual.Edith Stein
"Existe un estado de reposo en Dios, de total suspensión de todas las actividades de la mente, en el cual ya no se pueden hacer planes, ni tomar decisiones, ni hacer nada, pero en el cual, entregado el propio porvenir a la voluntad divina, uno se abandona al propio destino. Yo he experimentado un poco este estado, como consecuencia de una experiencia que, sobrepasando mis fuerzas, consumió totalmente mis energías espirituales y me quitó cualquier posibilidad de acción. Comparado con la suspensión de actividad propia de la falta de vigor vital, el reposo en Dios es algo completamente nuevo e irreductible. Antes era el silencio de la muerte. En su lugar se experimenta un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que es preocupación, obligación, responsabilidad en lo que se refiere a la acción. Y mientras me abandono a este sentimiento, poco a poco una vida nueva empieza a colmarme y - sin tensión alguna de mi voluntad - a invitarme a nuevas realizaciones. Este flujo vital parece brotar de una actividad y una fuerza que no son las mías, y que, sin ejercer sobre ellas violencia alguna, se hacen activas en mí. El único presupuesto necesario para un renacimiento espiritual de esta índole parece ser esa capacidad pasiva de recepción que se encuentra en el fondo de la estructura de la persona."
Dedicado a mi padre
Cantar del alma que se goza de conocer a Dios por fe
San Juan de la Cruz
Que bien sé yo la fuente que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella Eterna fuente está escondida,
que bien sé yo dó tiene su manida,
aunque es de noche. 5
Su origen no lo sé que pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della, 10
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida 15
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes
que infiernos cielos riegan y a las gentes,
aunque es de noche. 20
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y tan potente,
aunque es de noche.
Aquesta Eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida, 25
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas
porque desta agua se harten aunque a oscuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo 30
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
San Juan de la Cruz
Que bien sé yo la fuente que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella Eterna fuente está escondida,
que bien sé yo dó tiene su manida,
aunque es de noche. 5
Su origen no lo sé que pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della, 10
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida 15
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosas sus corrientes
que infiernos cielos riegan y a las gentes,
aunque es de noche. 20
El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y tan potente,
aunque es de noche.
Aquesta Eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida, 25
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas
porque desta agua se harten aunque a oscuras,
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo 30
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
Cuando vayas a orar
“Cuando vayas a orar, entra en tu cuarto y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá, en lo secreto...” Mateo 6,6
¡Qué difícil nos resulta entrar en el silencio de nuestro cuarto como nos pide el Evangelio! Con esta lectura comienzo generalmente los retiros que dirijo para la Escuela de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami. Es a través de estas experiencias que me he dado cuenta de que, de un modo u otro, a todos se nos dificulta entrar en ese cuarto interior, es decir, en nuestro centro, el lugar donde Dios ha hecho su morada (Juan 14, 23).
Creo que el problema radica en nuestra manera de imaginarnos este cuarto. Algunos me comentan que al cerrar los ojos y quedar en silencio, les vienen a la mente todas sus fallas, sus pecados, el mal que creen haber hecho. Creo que éstos no están en su cuarto, sino en la lavandería (el laundry room) donde se encuentra toda la ropa sucia. Otros se quejan de que los recuerdos del pasado, tristes o alegres, no les permiten concentrarse. Tal vez este grupo se ha quedado en el ático o en algún clóset donde se guarda algún álbum de fotografías viejas, o algún cofrecito lleno de recuerdos. Para ciertas personas, entrar en su “cuarto interior” es revisar listas de todo lo que tienen que hacer ese día o esa semana. Me parece que se han metido en la cocina y están leyendo la lista del supermercado o de los múltiples quehaceres de la casa.
La gran pregunta es, entonces: ¿Qué es este cuarto y qué voy a encontrar en él?
Hace dos semanas tuve la oportunidad de participar en un retiro en el Cenacle Spiritual Life Center, en Lantana, dirigido por el Padre William Sheehan, OMI. El Padre Sheehan, que por un tiempo sirvió con nosotros en la Oficina de Ministerios Laicos, está dedicado a retiros y charlas espirituales en las que presenta el método conocido como Oración Centrante, enseñado magistralmente por el monje Thomas Keating. Las preguntas que me he hecho, y que otros como yo también se hacen, fueron respondidas ampliamente durante este fin de semana de oración contemplativa.
La primera pregunta nos dice: ¿Por qué entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta? Interpreto que es desde nuestro interior donde Dios puede transformarnos “de adentro hacia fuera”. Todos sabemos que las heridas que cierran en falso nos dan problemas serios más tarde o más temprano. Tenemos que dejar que Dios trabaje en nosotros en lo más profundo, no solamente en la superficie.
En segundo lugar nos cuestionamos: ¿Qué pasará y qué encontraré en este cuarto? Ante todo, no es un qué, sino un Quién al que vamos a encontrar. Nos dice San Pablo en la primera Carta a los Corintios, 3,16: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Dios; hemos sido amados con locura por el Creador, y aún después de dar su vida por nosotros, escoge hacer su morada en nuestros corazones. No es una noción simplista el asegurar que el Creador del universo, el que cubrió a María con su sombra, y el que venció a la muerte y al pecado, ha puesto su morada dentro de nosotros, en “nuestro cuarto”. Esta unión del Espíritu Santo con nuestro espíritu no puede romperse aunque no le prestemos atención. ¡Somos uno con Dios, ésta es nuestra verdad más profunda!
Al entrar en nuestro cuarto, le decimos a Dios: “Aquí estoy, Señor. Voy a dejarme amar por ti, voy a permitirte ser Tú y revelarme tu amor incondicional como lo hiciera Jesús”. Una vez, hace más de dos mil años, otros como nosotros le preguntaron a Jesús: “Háblanos de Dios para que podamos creer en Él”. Jesús contestó con parábolas, historias imaginarias que contenían una gran enseñanza. Nos habló de un padre que, aunque fue traicionado por un hijo y acusado por el otro, salió en busca de ambos. Nos contó de un empresario que pagó la cantidad máxima, tanto a aquellos que habían trabajado desde temprano, como a los que llegaron al final del día.
El Dios que Jesús nos reveló se relacionaba con pecadores, con prostitutas, con cobradores de impuestos, con leprosos, con poseídos, con extranjeros. Éste es el Dios que ha puesto su morada en nosotros, y a quien encontraremos si nos permitimos entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta.
En momentos de incertidumbres, de guerras, de desempleo, no hay que temer. Como diría el P. Sheehan: “El Dios a quien tanto buscamos está más cerca de nosotros de lo que nosotros estamos de nosotros mismos”.
Adele González
¡Qué difícil nos resulta entrar en el silencio de nuestro cuarto como nos pide el Evangelio! Con esta lectura comienzo generalmente los retiros que dirijo para la Escuela de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami. Es a través de estas experiencias que me he dado cuenta de que, de un modo u otro, a todos se nos dificulta entrar en ese cuarto interior, es decir, en nuestro centro, el lugar donde Dios ha hecho su morada (Juan 14, 23).
Creo que el problema radica en nuestra manera de imaginarnos este cuarto. Algunos me comentan que al cerrar los ojos y quedar en silencio, les vienen a la mente todas sus fallas, sus pecados, el mal que creen haber hecho. Creo que éstos no están en su cuarto, sino en la lavandería (el laundry room) donde se encuentra toda la ropa sucia. Otros se quejan de que los recuerdos del pasado, tristes o alegres, no les permiten concentrarse. Tal vez este grupo se ha quedado en el ático o en algún clóset donde se guarda algún álbum de fotografías viejas, o algún cofrecito lleno de recuerdos. Para ciertas personas, entrar en su “cuarto interior” es revisar listas de todo lo que tienen que hacer ese día o esa semana. Me parece que se han metido en la cocina y están leyendo la lista del supermercado o de los múltiples quehaceres de la casa.
La gran pregunta es, entonces: ¿Qué es este cuarto y qué voy a encontrar en él?
Hace dos semanas tuve la oportunidad de participar en un retiro en el Cenacle Spiritual Life Center, en Lantana, dirigido por el Padre William Sheehan, OMI. El Padre Sheehan, que por un tiempo sirvió con nosotros en la Oficina de Ministerios Laicos, está dedicado a retiros y charlas espirituales en las que presenta el método conocido como Oración Centrante, enseñado magistralmente por el monje Thomas Keating. Las preguntas que me he hecho, y que otros como yo también se hacen, fueron respondidas ampliamente durante este fin de semana de oración contemplativa.
La primera pregunta nos dice: ¿Por qué entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta? Interpreto que es desde nuestro interior donde Dios puede transformarnos “de adentro hacia fuera”. Todos sabemos que las heridas que cierran en falso nos dan problemas serios más tarde o más temprano. Tenemos que dejar que Dios trabaje en nosotros en lo más profundo, no solamente en la superficie.
En segundo lugar nos cuestionamos: ¿Qué pasará y qué encontraré en este cuarto? Ante todo, no es un qué, sino un Quién al que vamos a encontrar. Nos dice San Pablo en la primera Carta a los Corintios, 3,16: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Dios; hemos sido amados con locura por el Creador, y aún después de dar su vida por nosotros, escoge hacer su morada en nuestros corazones. No es una noción simplista el asegurar que el Creador del universo, el que cubrió a María con su sombra, y el que venció a la muerte y al pecado, ha puesto su morada dentro de nosotros, en “nuestro cuarto”. Esta unión del Espíritu Santo con nuestro espíritu no puede romperse aunque no le prestemos atención. ¡Somos uno con Dios, ésta es nuestra verdad más profunda!
Al entrar en nuestro cuarto, le decimos a Dios: “Aquí estoy, Señor. Voy a dejarme amar por ti, voy a permitirte ser Tú y revelarme tu amor incondicional como lo hiciera Jesús”. Una vez, hace más de dos mil años, otros como nosotros le preguntaron a Jesús: “Háblanos de Dios para que podamos creer en Él”. Jesús contestó con parábolas, historias imaginarias que contenían una gran enseñanza. Nos habló de un padre que, aunque fue traicionado por un hijo y acusado por el otro, salió en busca de ambos. Nos contó de un empresario que pagó la cantidad máxima, tanto a aquellos que habían trabajado desde temprano, como a los que llegaron al final del día.
El Dios que Jesús nos reveló se relacionaba con pecadores, con prostitutas, con cobradores de impuestos, con leprosos, con poseídos, con extranjeros. Éste es el Dios que ha puesto su morada en nosotros, y a quien encontraremos si nos permitimos entrar en nuestro cuarto y cerrar la puerta.
En momentos de incertidumbres, de guerras, de desempleo, no hay que temer. Como diría el P. Sheehan: “El Dios a quien tanto buscamos está más cerca de nosotros de lo que nosotros estamos de nosotros mismos”.
Adele González
viernes, 12 de febrero de 2010
"El arte de aprovechar nuestras faltas"
Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida.
… El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre camino.
… -San Francisco de Sales- Siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria Humana, miseria humana –repetía-, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades!...¿que se puede esperar de nosotros sino caídas?” (…) veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros.
… En efecto, la fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.
…Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.
…“Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas”.
… El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso.
“Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.
De ordinario –dice el P. Grou-, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones.
Las Almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, a la mitad del camino.
Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar.
José Tissot
Extraído de : "El arte de aprovechar nuestras faltas"
Décima edición - Ed. Palabra S.A. - Madrid 1985
… El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre camino.
… -San Francisco de Sales- Siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria Humana, miseria humana –repetía-, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades!...¿que se puede esperar de nosotros sino caídas?” (…) veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros.
… En efecto, la fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.
…Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.
…“Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas”.
… El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso.
“Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.
De ordinario –dice el P. Grou-, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones.
Las Almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, a la mitad del camino.
Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar.
José Tissot
Extraído de : "El arte de aprovechar nuestras faltas"
Décima edición - Ed. Palabra S.A. - Madrid 1985
viernes, 5 de febrero de 2010
VER A TRAVÉS DEL CORAZÓN. Un Cartujo - La oración del corazón
¿Qué camino debemos tomar para llegar a ese encuentro con el Padre al que aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a nuestra disposición para esto? ¿Será la inteligencia, como capacidad de conocer y de reflexionar? Escuchemos la respuesta de Jesús:
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien" (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me "lleve o contamine" el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
"Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo" (Mt 11,27).
"Todo me lo ha dado el Padre". Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. "Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo". Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo... y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser "pequeño": expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo "ver con el corazón": aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien" (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me "lleve o contamine" el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
"Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo" (Mt 11,27).
"Todo me lo ha dado el Padre". Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. "Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo". Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo... y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser "pequeño": expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo "ver con el corazón": aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
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jueves, 4 de febrero de 2010
¿Qué más se necesita para orar bien?

Fe. Recuerda san Agustín: "si la fe falta, la oración es imposible. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe". (Catena Aurea).
Humildad. Háblale al Señor como los pobres y enfermos del Evangelio. No como el fariseo, sino como el publicano pecador, diciéndole: ¡Dios mío, ayúdame, que no sé rezar, que soy un pobre pecador"... y estarás empezando a rezar.
Confianza. Acude al Señor con la seguridad de que te oye, y que quizás está esperando que seas tenaz y constante en tu oración, como la “viuda inoportuna” de la que habla el Evangelio, que pedía y oraba sin desfallecer, para concederte lo que le pides, si es conveniente.
Sinceridad. Háblale al Señor como un hijo habla a su padre.
Valentía. Pregúntale, sin miedo: Dios mío, ¿Qué quieres de mí?
Generosidad: La oración generosa lleva a estar dispuesto a hacer la Voluntad de Dios.
Perseverancia. Conviene rezar un día y otro, sin desanimarse, sabiendo que Dios nos escucha siempre.
El silencio y la oracion. Madre Teresa de Calcuta
El silencio es lo más
importante para orar.
Las almas de oración son
almas de profundo silencio.
Y lo necesitamos para poder
ponernos verdaderamente
en presencia de Dios
y escuchar lo que
nos quiere decir.
Este silencio debe ser
tanto exterior como interior,
dejando de lado nuestras
preocupaciones.
Debemos acostumbrarnos
al silencio del corazón,
de los ojos y de la lengua.
El silencio de la lengua
nos ayuda a hablarle a Dios.
El de los ojos, a ver a Dios.
Y el silencio del corazón,
como el de la Virgen, a conservar
todo en nuestro corazón.
Dios es amigo del silencio,
que nos da una visión nueva de las cosas.
No es esencial lo que nosotros
decimos, sino lo que Dios nos dice
y dice a través de nosotros.
El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.
Madre Teresa de Calcuta
importante para orar.
Las almas de oración son
almas de profundo silencio.
Y lo necesitamos para poder
ponernos verdaderamente
en presencia de Dios
y escuchar lo que
nos quiere decir.
Este silencio debe ser
tanto exterior como interior,
dejando de lado nuestras
preocupaciones.
Debemos acostumbrarnos
al silencio del corazón,
de los ojos y de la lengua.
El silencio de la lengua
nos ayuda a hablarle a Dios.
El de los ojos, a ver a Dios.
Y el silencio del corazón,
como el de la Virgen, a conservar
todo en nuestro corazón.
Dios es amigo del silencio,
que nos da una visión nueva de las cosas.
No es esencial lo que nosotros
decimos, sino lo que Dios nos dice
y dice a través de nosotros.
El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.
Madre Teresa de Calcuta
El Maestro Eckhart, s.XIV
Monje alemán, ganó por concurso en la Universidad de París la cátedra de Teología que en otro tiempo tuvo Tomás de Aquino. En sus enseñanzas distinguía entre el "hombre natural" y el "hombre nacido de Dios". Este último era su ideal de cristiano. Para convertirse en hijo de Dios había que ser capaz de permitir a Dios nacer en nuestro interior. Decía que de nada nos sirve que Dios nazca mil veces en Belén, si no nace también en nuestro corazón. Hablaba de que este nacimiento ocurre sólo por la gracia de Dios, pero que debemos estar preparados para recibir esa gracia. La preparación se realiza a través de la práctica de la oración del silencio, la recolección, el abandono, la pobreza de espíritu y la desintelectualización. Esta práctica nos prepara para el nacimiento de Dios en nuestro corazón y para empezar a ver a Dios en todo lo que nos rodea y nos ocurre en la vida diaria. Empezamos a vivir a través de Dios.
martes, 2 de febrero de 2010
Libre
"El verdadero monjes es un ser humano
perfectamente libre.
Libre ¿para qué?
Libre para amar a Dios.
- Thomas Merthon. OCSO -
perfectamente libre.
Libre ¿para qué?
Libre para amar a Dios.
- Thomas Merthon. OCSO -
viernes, 22 de enero de 2010
LA CONTEMPLACIÓN
Contemplar no es mirar, no es pasividad ni arrobamiento. Simplemente es un modo de oración. Es un camino y un proceso al cual , con la gracia de Dios, podemos llegar si hemos meditado con frecuencia, orientándonos con amor hacia Jesucristo y buscando la unión con Él. El recorrido no es sencillo, pues el medio para hacerlo es la fe, la cual es oscura para el entendimiento. La contemplación es un camino para llegar al conocimiento de Dios. Santa Teresa de Ávila nos dice que “procuremos esforzar la fe”, dejándonos claro que la fe necesita ejercitarse, pues es el medio para llegar a la contemplación. Contemplar es detenerse con amor en algo relacionado con Jesucristo y que se ha meditado una y otra vez. Es dejarse inundar por el fuego abrasador de Dios y dejarse guiar por Él.
FECUNDIDAD DE LA ORACIÓN
Si en la oración buscamos a Cristo , los frutos serán fecundos. ¿Qué sería del mundo sin la oración? ¿Cuántos acontecimientos malos ha evitado la oración? ¿Cuántas maravillas ha producido la fuerza de la oración? En el mundo de hoy falta fe y esperanza, por lo tanto la alegría es escasa. Sin la alegría, es muy difícil valorar las maravillas que existen. Al contrario, se ve sólo lo malo. El ser humano se desmoraliza y no lucha para mejorarlo. Si intensificamos la oración, habrá más amor, más esperanza, justicia, paz, pues la oración siempre tiende al Bien y a lo que trasciende.
MEDITACIÓN

Es una búsqueda constante para conocer y amar cada día más a nuestro Señor. La meditación hace intervenir el pensamiento, el deseo, la imaginación, la emoción. Es fundamental que esté orientada hacia el conocimiento del amor de Jesucristo y hacia la unión con Él. La meditación puede ser sobre una oración o un pasaje del Evangelio. Pero lo importante no es detenerse a desglosar un hecho con la inteligencia y quedar éste flotando sólo en el intelecto. Santa Teresa de Ávila nos dirá que “la cuestión no está en pensar mucho sino en amar mucho”, pues la oración no es un ejercicio mental sino un tú a tú con quien sabemos que nos ama. Si hay distracciones extremas o sólo es el intelecto quien trabaja, tal vez es recomendable redoblar la oración vocal, es decir, rezar con más continuidad el rosario y las diferentes oraciones. Por muy elevada que sea la oración de alguien, jamás debe dejar el rezo del rosario y las demás oraciones.
DELICADEZA DE ALMA

Consiste, entre otras cosas, en tener conciencia que cualquier acto malo, por pequeño que sea, es motivo de gran pena por el daño que podemos causarle a alguien y por lo que podemos herir a Dios. Estos actos negativos, antes de emprender el camino de la oración, eran nimiedades, pues los considerábamos normales. No se trata de escrúpulos sino de finura, de ofrecer lo mejor nuestro al Señor y al prójimo. También apunta a hacer nuestros deberes, por sencillos y cotidianos que sean, con cariño, con profesionalismo y perfección, para contentar al Señor, para contentar a quienes nos rodean y para mejorar nuestro entorno.
viernes, 15 de enero de 2010
Para que Dios descanse en el almase ha de pacificar siempre el corazón en cualquier inquietud
Has de saber que es tu alma el centro, la morada y reino de Dios; pero para que el gran rey descanse en ese trono de tu alma, has de procurar tenerla limpia, quieta, vacía y pacífica. Limpia de culpas y defectos, quieta de temores, vacía de afectos, deseos y pensamientos, y pacífica en las tentaciones y tribulaciones.
Debes, pues, tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin ningún tipo de alteración cuanto el Señor considere enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu provecho espiritual, Dios ha de permitir al envidioso enemigo que turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.
Sé constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Entra allá adentro en tu interior para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti pelea. Si un hombre tiene una fortaleza segura, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque al entrar allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar sobre tus enemigos visibles e invisibles, y sobre todas tus acechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la ayuda divina y el socorro soberano; entra allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.
Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el soberano rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo por medio del recogimiento interior . Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la divina presencia. Cuando te vieres más combatido, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando estés más temeroso, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.
Finalmente, no te aflijas ni desconfíes cuando estés temeroso; él vuelve a aquietarte siempre que te alteres, porque esto es todo lo que quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de su corazón, por medio del recogimiento interior y con su gracia divina, el silencio en el bullicio, la soledad en la compañía, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Debes, pues, tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin ningún tipo de alteración cuanto el Señor considere enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu provecho espiritual, Dios ha de permitir al envidioso enemigo que turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.
Sé constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Entra allá adentro en tu interior para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti pelea. Si un hombre tiene una fortaleza segura, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque al entrar allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar sobre tus enemigos visibles e invisibles, y sobre todas tus acechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la ayuda divina y el socorro soberano; entra allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.
Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el soberano rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo por medio del recogimiento interior . Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la divina presencia. Cuando te vieres más combatido, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando estés más temeroso, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.
Finalmente, no te aflijas ni desconfíes cuando estés temeroso; él vuelve a aquietarte siempre que te alteres, porque esto es todo lo que quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de su corazón, por medio del recogimiento interior y con su gracia divina, el silencio en el bullicio, la soledad en la compañía, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
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pacificar el alma
No se ha de inquietar el alma por verse rodeada de tinieblas,
Hay dos formas de tinieblas: unas infelices y otras felices. Las primeras son las que nacen del pecado, y éstas son desdichadas, porque conducen al cristiano al precipicio eterno. Las segundas son las que el Señor permite en el alma para fundarla y establecerla en la virtud; y éstas son dichosas, porque la iluminan, la fortalecen y ocasionan mayor luz; por lo tanto, no has de turbarte, afligirte ni desconsolarte por verte en oscuridad y tinieblas, ni pienses que te falta Dios o la luz que antes experimentabas; antes bien, debes entonces perseverar con constancia en la oración , porque esta es una clara señal que Dios por su misericordia quiere introducirte a la senda interior y el camino dichoso del Paraíso. ¡Oh qué dichoso serás si te aferras a ella con paz y resignación, como instrumentos de la quietud perfecta, de la luz verdadera y de tu todo bien espiritual!
Sabe, pues, que el camino de las tinieblas es de los avanzados y es el más perfecto, seguro y derecho, porque en ellas tiene su trono el Señor: Y puso las tinieblas como refugio suyo (Sal 18:11). Por ellas crece y se hace grande la luz sobrenatural que Dios infunde en el alma. En medio de ellas se engendra la sabiduría y el amor fuerte. Por ellas se aniquila el alma y se consumen las especies que estorban la vista derecha de la verdad divina. Por este medio introduce Dios al alma por el camino interior en oración de quietud y contemplación perfecta, experimentada por tan pocos. Por ellas, finalmente, el Señor purifica los sentidos y sensibilidades que estorban el camino místico.
Mira entonces si no se han de estimar y abrazar las tinieblas; lo que debes hacer en medio de ellas es creer que estás delante del Señor y en su presencia; pero ha de ser con una atención suave y quieta. No quieras saber nada, ni busques regalos, ternuras, ni devociones sensibles, ni quieras hacer otra cosa que el divino beneplácito, porque de otro modo no harás en toda tu vida otra cosa que dar vueltas en círculos y no darás un paso en la perfección.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Sabe, pues, que el camino de las tinieblas es de los avanzados y es el más perfecto, seguro y derecho, porque en ellas tiene su trono el Señor: Y puso las tinieblas como refugio suyo (Sal 18:11). Por ellas crece y se hace grande la luz sobrenatural que Dios infunde en el alma. En medio de ellas se engendra la sabiduría y el amor fuerte. Por ellas se aniquila el alma y se consumen las especies que estorban la vista derecha de la verdad divina. Por este medio introduce Dios al alma por el camino interior en oración de quietud y contemplación perfecta, experimentada por tan pocos. Por ellas, finalmente, el Señor purifica los sentidos y sensibilidades que estorban el camino místico.
Mira entonces si no se han de estimar y abrazar las tinieblas; lo que debes hacer en medio de ellas es creer que estás delante del Señor y en su presencia; pero ha de ser con una atención suave y quieta. No quieras saber nada, ni busques regalos, ternuras, ni devociones sensibles, ni quieras hacer otra cosa que el divino beneplácito, porque de otro modo no harás en toda tu vida otra cosa que dar vueltas en círculos y no darás un paso en la perfección.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
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tinieblas en el alma.
La Pureza del Corazón
“El Hombre interior es un hombre nocturno, punto de partida de la pureza del corazón”.
Deseo iniciar esta ponencia compartiéndoles una experiencia de los Santos Padres, y dice así.
Se trataba de dos ermitaños que vivían en un par de islas diversas. Un ermitaño era joven y se había hecho muy famoso y gozaba de gran reputación, en tanto que el otro era anciano y un gran desconocido. Un día, el anciano tomó una barca y se desplazó hasta la isla del joven y famoso ermitaño. Lo saludo con educación y honores y le pidió un consejo espiritual. El joven le entregó una formula, un mantra como oración de repetición, y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su isla, mientras que el joven eremita, se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente por aquel anciano, En tanto el anciano se sentía muy feliz con el mantra.
El anciano, era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó compungido, y le dijo:
Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Verdad, si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su isla caminando sobre las aguas.
Queridos hermanos y hermanas, yo soy sólo un lector apasionado de los Santos Padres antiguos y vengo a compartirles una experiencia de lectio sobre el tema de la “pureza del corazón”, muy seguramente no les diré nada nuevo o que, quizás, ustedes no conozcan.
Como saben, soy un monje y como tal sigo el camino de la tradición antigua de la Iglesia, en lo que se refiere a la búsqueda de la Verdad, como identificación con el Señor; sabiendo que el fin de la vida monástica, como la definen los Santos Padres antiguos, es la Pureza del Corazón.
La vida anacorética, como específico y particular camino monástico, tiene como fin el anonadamiento de una vida escondida que es el fruto de la Pureza del Corazón del que se ha identificado con Dios, el que está recorriendo el camino de retorno al lugar de partida, a la casa del Eterno Padre. Con esto defino lo que creo que es la Pureza del Corazón, un camino y mucho más, es El Camino que se hace vida en el orante, en el buscador de Uno y Trino, del Eterno Dios.
Y es Camino, porque Cristo es Camino Verdad y Vida y Él para decirlo con el Pobre de Asís es el Único Puro. Ciertamente me pueden decir y quien no es monje o anacoreta qué hace, y es aquí donde decimos que la Pureza del corazón es el camino kenótico ofrecido por el señor para todo bautizado, si para cada uno de nosotros allí donde Dios nos ha puesto, en nuestra particular vocación.
Es por esto que hemos de afirmar que la Pureza de Corazón es una total aceptación de nosotros y de nuestra situación y condición, tal como soy, tal como estoy, podríamos decir tal como he llegado, como querido por Dios.
Esto significa la renuncia a todas las ilusiones sobre nosotros mismos, toda estima exagerada de nuestras propias capacidades, para obedecer a la voluntad de Dios como se nos presenta en los momentos difíciles de la vida, en su verdad exacta, donde la pureza del corazón es el reconocimiento iluminado del hombre nuevo, como opuesto a las complejas y lamentables fantasías del hombre viejo.
¿Acaso Dios impone un sentido para mi vida desde fuera, a través de los acontecimientos, la costumbre, la rutina, la ley, un sistema, el impacto de aquellos con los que vivo en sociedad? ¿O bien estoy llamado a crearme desde dentro, con Él, con su gracia, un sentido que refleje su verdad y que me haga su “palabra” hablada libremente en mi situación personal?
Mi verdadera identidad subyace en la llamada de Dios a mi libertad y en mi respuesta a Él y este es el medio en donde se desarrolla la Pureza del Corazón, como camino de deificación…
Padre Juan B. Romano MSC
Monje de La Santa Cruz
Deseo iniciar esta ponencia compartiéndoles una experiencia de los Santos Padres, y dice así.
Se trataba de dos ermitaños que vivían en un par de islas diversas. Un ermitaño era joven y se había hecho muy famoso y gozaba de gran reputación, en tanto que el otro era anciano y un gran desconocido. Un día, el anciano tomó una barca y se desplazó hasta la isla del joven y famoso ermitaño. Lo saludo con educación y honores y le pidió un consejo espiritual. El joven le entregó una formula, un mantra como oración de repetición, y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su isla, mientras que el joven eremita, se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente por aquel anciano, En tanto el anciano se sentía muy feliz con el mantra.
El anciano, era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó compungido, y le dijo:
Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Verdad, si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su isla caminando sobre las aguas.
Queridos hermanos y hermanas, yo soy sólo un lector apasionado de los Santos Padres antiguos y vengo a compartirles una experiencia de lectio sobre el tema de la “pureza del corazón”, muy seguramente no les diré nada nuevo o que, quizás, ustedes no conozcan.
Como saben, soy un monje y como tal sigo el camino de la tradición antigua de la Iglesia, en lo que se refiere a la búsqueda de la Verdad, como identificación con el Señor; sabiendo que el fin de la vida monástica, como la definen los Santos Padres antiguos, es la Pureza del Corazón.
La vida anacorética, como específico y particular camino monástico, tiene como fin el anonadamiento de una vida escondida que es el fruto de la Pureza del Corazón del que se ha identificado con Dios, el que está recorriendo el camino de retorno al lugar de partida, a la casa del Eterno Padre. Con esto defino lo que creo que es la Pureza del Corazón, un camino y mucho más, es El Camino que se hace vida en el orante, en el buscador de Uno y Trino, del Eterno Dios.
Y es Camino, porque Cristo es Camino Verdad y Vida y Él para decirlo con el Pobre de Asís es el Único Puro. Ciertamente me pueden decir y quien no es monje o anacoreta qué hace, y es aquí donde decimos que la Pureza del corazón es el camino kenótico ofrecido por el señor para todo bautizado, si para cada uno de nosotros allí donde Dios nos ha puesto, en nuestra particular vocación.
Es por esto que hemos de afirmar que la Pureza de Corazón es una total aceptación de nosotros y de nuestra situación y condición, tal como soy, tal como estoy, podríamos decir tal como he llegado, como querido por Dios.
Esto significa la renuncia a todas las ilusiones sobre nosotros mismos, toda estima exagerada de nuestras propias capacidades, para obedecer a la voluntad de Dios como se nos presenta en los momentos difíciles de la vida, en su verdad exacta, donde la pureza del corazón es el reconocimiento iluminado del hombre nuevo, como opuesto a las complejas y lamentables fantasías del hombre viejo.
¿Acaso Dios impone un sentido para mi vida desde fuera, a través de los acontecimientos, la costumbre, la rutina, la ley, un sistema, el impacto de aquellos con los que vivo en sociedad? ¿O bien estoy llamado a crearme desde dentro, con Él, con su gracia, un sentido que refleje su verdad y que me haga su “palabra” hablada libremente en mi situación personal?
Mi verdadera identidad subyace en la llamada de Dios a mi libertad y en mi respuesta a Él y este es el medio en donde se desarrolla la Pureza del Corazón, como camino de deificación…
Padre Juan B. Romano MSC
Monje de La Santa Cruz
Hacer la voluntad de Dios.
Había fuerte tormenta. El viento me parecía por momentos amenazante. Permanecimos dentro varias horas.
P. Vasily, lo mas tranquilo, lijaba una madera en la que luego pintaría un icono de la Madre de Dios. Se suscitó un interesante diálogo que he reconstruido en base a las notas que tomé y a la memoria de frases que me impactaron y esclarecieron.
- Todo ocurre por su voluntad o como resultado de las leyes que El ha creado. La existencia que tenemos es Su voluntad y los aconteceres que en ella vivimos derivan de Su voluntad o de nuestras acciones interactuando con esos aconteceres.
- Pero a esta altura de mi vida vivo seguramente lejos de Su voluntad, he metido muchas veces mi propio interés en medio de los sucesos.
- Si. Por eso, lo primero que debes hacer si quieres adecuarte exactamente a la intención divina, es dejar de hacer. Ya no intervenir en aquello que no te requiera.
Es simple. Las cosas van pasando, ante tus ojos se van suscitando una serie de hechos, de eventos. Gente que hace o dice cosas, aconteceres muy diversos que ocurren. Debes permanecer concentrado en la oración interior y no intervenir.
No dejar que tus deseos traten de modificar lo que acontece. Si permaneces atento, notarás que ante cada suceso estas deseando algo. De cada cosa queremos algo, de cada persona; que se calle o que hable o que haga esto o aquello y esos deseos se manifiestan en nuestro actuar en cada momento.
Siempre lo que deseamos que ocurra se filtra en lo que hacemos, estamos tratando de que pase lo que nosotros queremos que suceda. Por lo cual te digo que no hay nada que hacer. Nuestro deseo único ha de ser no obstaculizar Su voluntad, no intervenir tratando de adaptar la realidad a nuestras apetencias.
No hacer, porque nuestro hacer es deseoso, egoísta, manipulador de la realidad para nuestros fines.
- Pero entonces, ¿cómo vivir? Porque la situación es que a cada momento los hechos de un modo o de otro me requieren, piden que yo intervenga.
- Veamos. Hay distintas posibilidades. La primera es que los demás se dirijan a mí, me pregunten algo o me ordenen algo, situaciones por el estilo. La realidad por así decirlo viene hacia mi.
Otra situación se relaciona con momentos donde nadie se dirige a mí, pero los hechos parecen reclamar mi intervención, como si desde mi propio interior surgiera una urgencia por intervenir que de algún modo siento legítima. Supongamos por caso que observas a una persona que está por dañar a otra.
Y existiría una tercera posibilidad que se manifiesta cuando ni me requieren, ni algo en mi pide intervenir. Quedo ajeno sin dificultad.
En los tres casos actúo teniendo en cuenta la presencia de Dios. Respondo sabiendo que Dios me escucha, me mira, está junto a mí. No me refiero a actuar por temor a su castigo, ni para agradarle; me pongo aparte de todas esas caracterizaciones humanas, de todos esos atributos que nosotros proyectamos sobre Él; simplemente actúo atento a Su presencia.
Porque aunque mis sentidos no lo perciban habitualmente, aunque no siempre siento lo sagrado a mi alrededor, sabemos que Él está. Porque si dejara de sostener nuestra existencia un solo instante esta desaparecería.
Debes actuar ante el principio más elevado de tu propia conciencia. Como si dijéramos…si fueras ahora el mejor que has soñado ser, el mejor que quieres ser, ¿cómo actuarías? Es lo mismo. Si Cristo mismo estuviera sentado aquí a un costado, ¿de qué modo respondería yo a este requerimiento? Imagina que estás ante Aquél que es el origen de todo lo existente…la sustancia madre del universo, ¿no pondrías lo mejor que tienes en la acción, como acto de agradecimiento?
Siempre comportarme teniéndolo sentado en la habitación, en Su presencia. Porque actuar como uno cree que a Él le agradaría es actuar como nos agrada a nosotros en nuestro ser profundo, detrás de la capa de deseos que nos manipulan.
Ya sabemos nosotros que nada sabemos de Dios, que somos muy pequeños para saber de Él, que se encuentra en “La nube del no saber” ¿verdad? Suponemos que no es como nosotros somos, bipolares, que padecemos agrado y desagrado, enojo o alegría; suponemos que está mucho mas allá de eso y lejos de nuestra comprensión. Pese a ello actúo tratando de agradarle, devolverle lo mejor que tengo.
Por eso, debemos vivir aceptando la existencia en la que nos ha inmerso, en la que estamos sumergidos y dejar que en ella se manifieste completamente Su voluntad. No es difícil. No hago nada que a mi se me ocurra y cuando debo actuar impelido por las situaciones, lo hago atento a Su presencia.
En el segundo caso, cuando el impulso para actuar deriva de mi propio interior y no puedo discernir si ese impulso se corresponde o no a Su voluntad, ¿Qué hacer? Porque pueden darse situaciones en las que aún poniendo Al Señor como medida, no resuelvas. Son casos en los que te parece que una y otra opción son como neutras, dudosas, no puedes afirmar nada.
Lo que te sugiero en ese momento es poner en marcha alguna acción de acuerdo al impulso que te motiva y luego esperar. Es como si tomaras muestras para revisar. Activas la iniciativa y descansas, esperas para ver lo que se ha producido. Si las cosas empiezan a desarrollarse favorablemente sin demasiado esfuerzo, tienes el indicador que este requerimiento interno era acertado.
En suma: actuar en la Presencia de Dios, orando continuamente y sin hacer según nuestros deseos. En el caso de una fuerte moción interior, activar un poco y observar, no forzar las cosas.
Y esto viene a permitir el reacomodo de la propia vida a la intención de Cristo.Porque si tus deseos han construido circunstancias que son resultado de tus particulares apetencias, mantenerte en esta conducta que te digo va a restablecer tu dirección hacia donde fue destinada. Llevará mas o menos tiempo, pero todo se va a ordenar como fue ordenado en su origen.
- Si, esta muy bien y es algo muy aliviador ubicarse allí, Padre… quisiera que me hable un poco de esas leyes con que el mundo esta hecho y con las cuales nos vinculamos a través de los deseos y un poco de la oración también.
- También es muy simple. Supón que intervienes en una situación como resultado de tu ambición, eso tarde o temprano no te va a servir, no va a resultar. Lo que ambicionabas no va a salir bien o algo vendrá a salir de modo que lo ambicionado, aún logrado, no te va a satisfacer.
Las cosas están hechas de manera que aquello que pongas recibas. Uno siembra lo que lo motiva y cosecha según eso. Si actúas por temor cosecharás temor, si desconfianza, eso recogerás. El hacer ideal es el hacer por amor, pero eso implica una ausencia de egoísmo de la que estamos lejos, por lo cual, actuar solo en Su Presencia viene a ser lo mejor para nuestro estado ambiguo en esta tierra.
El ejemplo más fácil que me viene a la mente de acuerdo a mi propia experiencia es este: El que quiere quedar bien, queda mal. En cambio, si actúas por un motivo superior y te desinteresas de cómo quedes ante los demás…Todo lo que hemos sembrado con la semilla de nuestros deseos, es mala cosecha por venir. Apartarnos de todo eso, no ir a cosechar; permanecer sin hacer o cuando debamos hacer actuar en Su presencia, corregirá rápidamente tu vida.
Lo único que debemos hacer en cada momento es orar. La oración continua e ininterrumpida o retomada cuando nos damos cuenta de haberla interrumpido, es nuestra verdadera construcción. Sea que te encuentres en la circunstancia que te encuentres debes mantener la repetición interior del nombre de Jesucristo o la forma de oración a la que estés habituado.
Solo debes darte cuenta de que no hay nada que hacer con la mente. Ella resulta de los movimientos del cuerpo y de los deseos múltiples y en eso anda siempre. Casi todo lo que hace es analizar cómo obtener más placer.
Por eso la oración continua silencia la mente y cuando ella se silencia podemos sentir y escuchar al Espíritu Santo, que siempre está con nosotros. No creo que el Espíritu se manifieste cuando rogamos lo suficiente, sino que de tanto concentrarnos se silencia nuestro ruido interno y entonces podemos escucharlo. Y ya actuar en Su presencia deja de ser un recurso para ser una sensación viva de lo sagrado envolviéndonos.
Reza siempre hijo, repite todo el tiempo el Santo nombre y verás que el jardín del edén esta aquí mismo y que El Señor camina por el y que podemos escuchar sus pasos.
- Bendígame Padre! dije, arrodillándome y bajando la cabeza.
- ¡Que el señor Jesucristo te proteja y te guarde siempre!
(Diálogo entre el Monje hesicasta (Padre Vasily)* y Mario)
*Padre Vasily es un nombre ficticio que se usa para preservar el anonimato que el eremita ha puesto como pre condición a los diálogos sostenidos y su publicación.
¿Qué es un stárets?
El stárets… es el que convierte vuestra alma y vuestra voluntad a su alma y su voluntad. Después de elegido el stárets, renunciáis a la voluntad propia y se la entregáis a él con plena obediencia, con cumplida abnegación.
A esa prueba, a esa terrible escuela de vida, sométese el individuo espontáneamente, con la esperanza de vencerse, tras larga experiencia, a sí mismo; dominarse hasta el extremo de poder, finalmente, alcanzar mediante el sometimiento de toda su vida, la libertad completa, es decir, la liberación de sus inercias; evitando la suerte de aquellos que consumieron toda su existencia sin hallar el verdadero ser en si mismos.
Esta innovación, es decir, la del stárchestvo…, no tiene nada de teórica, sino que se introdujo en oriente contando ya un milenio de práctica. La sumisión al stárets es otra cosa que la habitual obediencia que siempre se ha observado entre nuestros monasterios rusos.
Aquí se reconoce la eterna confesión de todos los actuantes al stárerts y lo indisoluble del lazo que une al que obliga y al obligado.
…
Del stártes Zósima decían muchos que, al recibir por espacio de tantos años seguidos a cuantos iban a desahogar con él su corazón y ansiosos de escuchar su consejo y su medicinal palabra…, hasta tal punto recogiera en su alma confidencias, secretos y contriciones; que a lo último había adquirido una penetración tan fina, que a la primera mirada al rostro de un desconocido que se llegase a él podía ya adivinar a que había ido allí, qué era lo que necesitaba y hasta de que índole fuese el dolor que torturaba su conciencia.
Así asombraba, desconcertaba y casi asustaba a veces al visitante con tal conocimiento de su secreto antes de pronunciar él una palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósima llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial.
…
¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del monje es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración… Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual.
¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el opulento aislado espiritualmente o el monje que se ha liberado de la tiranía de las costumbres?
Se censura al Monje su aislamiento. «Al retirarte al eremitorio o a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se den cuenta…
de “Los hermanos Karamazov”
de Fedor Dostoyevski
A esa prueba, a esa terrible escuela de vida, sométese el individuo espontáneamente, con la esperanza de vencerse, tras larga experiencia, a sí mismo; dominarse hasta el extremo de poder, finalmente, alcanzar mediante el sometimiento de toda su vida, la libertad completa, es decir, la liberación de sus inercias; evitando la suerte de aquellos que consumieron toda su existencia sin hallar el verdadero ser en si mismos.
Esta innovación, es decir, la del stárchestvo…, no tiene nada de teórica, sino que se introdujo en oriente contando ya un milenio de práctica. La sumisión al stárets es otra cosa que la habitual obediencia que siempre se ha observado entre nuestros monasterios rusos.
Aquí se reconoce la eterna confesión de todos los actuantes al stárerts y lo indisoluble del lazo que une al que obliga y al obligado.
…
Del stártes Zósima decían muchos que, al recibir por espacio de tantos años seguidos a cuantos iban a desahogar con él su corazón y ansiosos de escuchar su consejo y su medicinal palabra…, hasta tal punto recogiera en su alma confidencias, secretos y contriciones; que a lo último había adquirido una penetración tan fina, que a la primera mirada al rostro de un desconocido que se llegase a él podía ya adivinar a que había ido allí, qué era lo que necesitaba y hasta de que índole fuese el dolor que torturaba su conciencia.
Así asombraba, desconcertaba y casi asustaba a veces al visitante con tal conocimiento de su secreto antes de pronunciar él una palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósima llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial.
…
¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del monje es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración… Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual.
¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el opulento aislado espiritualmente o el monje que se ha liberado de la tiranía de las costumbres?
Se censura al Monje su aislamiento. «Al retirarte al eremitorio o a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se den cuenta…
de “Los hermanos Karamazov”
de Fedor Dostoyevski
Silencio exterior
Es el silencio en su primer acepción, la ausencia de ruidos molestos, o simplemente la ausencia de ruidos o sonidos inarmónicos, o de un volumen superior al nivel de captación normal del oído humano.
Porque hay sonidos que no interrumpen el silencio: como son los sonidos creados por Dios en la misma naturaleza. La mera ausencia de sonidos (el mutismo) no es garantía de silencio, porque éste es “el aliado inseparable de la palabra… Las momias son mudas, no silenciosas. Los monjes son silenciosos, no mudos; se pasan largas horas hablando con Dios recitando salmos.
Una casa es silenciosa, no precisamente cuando está deshabitada, sino cuando palpita de vida consciente sometida al espíritu. Tibi silentium laus (Salmo 65,2) ( Hélene Lubienska de Lenval, El silencio a la sombra de la Palabra, p. 8, Centro de Estudios San Jerónimo, Santa Fe, 1994).
No hablaremos del daño físico que produce el ruido, tanto en plantas y animales como en el hombre; es algo ya muy estudiado. Basta nombrar los daños en el oído y en el cerebro. ( El derecho del hombre al silencio, UNESCO ) Pero hablemos de los problemas causados por el ruido a nivel psicosomático, que es el ámbito propio de las pasiones, y por tanto el de la conducta.
P. Fr. Rafael Maria Rossi O.P
El silencio y la purificación de las pasiones
Porque hay sonidos que no interrumpen el silencio: como son los sonidos creados por Dios en la misma naturaleza. La mera ausencia de sonidos (el mutismo) no es garantía de silencio, porque éste es “el aliado inseparable de la palabra… Las momias son mudas, no silenciosas. Los monjes son silenciosos, no mudos; se pasan largas horas hablando con Dios recitando salmos.
Una casa es silenciosa, no precisamente cuando está deshabitada, sino cuando palpita de vida consciente sometida al espíritu. Tibi silentium laus (Salmo 65,2) ( Hélene Lubienska de Lenval, El silencio a la sombra de la Palabra, p. 8, Centro de Estudios San Jerónimo, Santa Fe, 1994).
No hablaremos del daño físico que produce el ruido, tanto en plantas y animales como en el hombre; es algo ya muy estudiado. Basta nombrar los daños en el oído y en el cerebro. ( El derecho del hombre al silencio, UNESCO ) Pero hablemos de los problemas causados por el ruido a nivel psicosomático, que es el ámbito propio de las pasiones, y por tanto el de la conducta.
P. Fr. Rafael Maria Rossi O.P
El silencio y la purificación de las pasiones
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Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.
Espacios dedicados a Dios.
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VATICAN MUSEUMS 1/3Hace 8 años
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