viernes, 12 de febrero de 2010
"El arte de aprovechar nuestras faltas"
Es, al mismo tiempo, honra y tormento del hombre que ha caído el no poder acostumbrarse a sus faltas. Es como un príncipe destronado, sin ningún prestigio, por culpa de sus primeros padres; pero en el fondo de su alma conserva siempre el recuerdo de la nobleza de su origen y de la inocencia que tendría que ser su patrimonio. Apenas puede contener una exclamación de sorpresa en sus caídas, como si le hubiera ocurrido una desgracia inmerecida.
… El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre camino.
… -San Francisco de Sales- Siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria Humana, miseria humana –repetía-, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades!...¿que se puede esperar de nosotros sino caídas?” (…) veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros.
… En efecto, la fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.
…Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.
…“Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas”.
… El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso.
“Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.
De ordinario –dice el P. Grou-, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones.
Las Almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, a la mitad del camino.
Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar.
José Tissot
Extraído de : "El arte de aprovechar nuestras faltas"
Décima edición - Ed. Palabra S.A. - Madrid 1985
… El desaliento es la pérdida del alma; pero no podrá invadirnos, si el asombro que sigue a la falta no le abre camino.
… -San Francisco de Sales- Siempre se enternecía a la vista de las flaquezas del hombre. “Miseria Humana, miseria humana –repetía-, ¡hasta qué punto estamos rodeados de debilidades!...¿que se puede esperar de nosotros sino caídas?” (…) veía con especial claridad, sondeando con mirada profunda el abismo de miserias y de flaquezas que el pecado original había cavado en nosotros.
… En efecto, la fe nos enseña que las malas inclinaciones permanecen en nosotros, por lo menos en germen, hasta la muerte, y nadie puede, sin privilegio especial, como el que la Iglesia reconoce en la Virgen María, evitar todos los pecados veniales, al menos los no deliberados.
…Principalmente a las almas que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la perfección, San Francisco de Sales les inculca el conocimiento práctico de su flaqueza. Ellas son las que, por inexperiencia, con mayor facilidad se desconciertan cuando han caído en una falta, con las consecuencias funestas de ese desconcierto. Perturbarse y desalentarse cuando uno cae en el pecado es no conocerse a sí mismo.
…“Nuestra imperfección nos acompañará hasta el sepulcro. No podemos caminar sin tocar el suelo. Es preciso no caer y no enlodarse, pero tampoco hay que pensar en volar, porque somos polluelos y todavía no tenemos alas”.
… El alma que sube desde el pecado a la devoción se puede comparar con el alba que, al levantarse, no ahuyenta las tinieblas de repente, sino que las va disipando poco a poco; la curación que se hace lentamente es la más segura, pues las enfermedades, tanto del alma como del cuerpo, vienen a caballo y corriendo, y se van a pie y paso a paso.
“Hay, pues, que tener paciencia, y no pretender desterrar en un solo día tantos malos hábitos como hemos adquirido, por el poco cuidado que tuvimos de nuestra salud espiritual”.
De ordinario –dice el P. Grou-, nuestras caídas provienen de la rapidez de la carrera y de que el ardor que nos impulsa no nos permite tomar ciertas precauciones.
Las Almas tímidas y cautelosas, que tratan de mirar siempre dónde ponen el pie, que dan rodeos continuamente para evitar los malos pasos y tienen un temor exagerado a mancharse, no avanzan tan rápidamente como las otras, y la muerte las sorprende, a la mitad del camino.
Los más santos no son los que cometen menos faltas, sino los que tienen más valor, más generosidad, más amor, los que hacen más esfuerzos sobre sí mismos, y no tienen miedo de tropezar, ni aun de caer y mancharse un poco, con tal de avanzar.
José Tissot
Extraído de : "El arte de aprovechar nuestras faltas"
Décima edición - Ed. Palabra S.A. - Madrid 1985
viernes, 5 de febrero de 2010
VER A TRAVÉS DEL CORAZÓN. Un Cartujo - La oración del corazón
¿Qué camino debemos tomar para llegar a ese encuentro con el Padre al que aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a nuestra disposición para esto? ¿Será la inteligencia, como capacidad de conocer y de reflexionar? Escuchemos la respuesta de Jesús:
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien" (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me "lleve o contamine" el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
"Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo" (Mt 11,27).
"Todo me lo ha dado el Padre". Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. "Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo". Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo... y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser "pequeño": expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo "ver con el corazón": aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los sabios y habérselas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien" (Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino está cerrado a los inteligentes y a los que saben pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo, reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y no con mi corazón, la mantengo a distancia. La manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin dejar que me "lleve o contamine" el dinamismo que podría emanar de su corazón. Quiero permanecer libre respecto a ella. En ciertos casos, este método de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero es amar, seguro que no es éste el camino a seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
"Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo y aquel a quien el Hijo decide revelarlo" (Mt 11,27).
"Todo me lo ha dado el Padre". Esto quiere decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un misterio del que solo los iniciados pueden participar. "Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo". Nadie le conoce porque nadie le abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento del Hijo en la medida en que él vea que nuestro corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las distancias que el pensamiento y el mundo material me permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día, vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas reacciones de mi corazón. A partir de este momento tendré la oportunidad de ponerme en relación con el Padre y el Hijo... y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a expresarse según su propio modo, es decir a través de sentimientos profundos: confianza, alegría, entusiasmo, pero también miedo, a veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario, significa que tenemos que aceptar que se están desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser "pequeño": expresarse espontáneamente y dejarse querer por el que está ante nosotros. ¡Qué difícil es tener el valor de ser pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el contexto del Evangelio también encuentran su sitio en un proceso psicológico normal. Los dos niveles son evidentemente distintos, pero se completan y compenetran. Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo "ver con el corazón": aceptar que el Hijo me revela al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación, es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de ser humano, que haya en mí y en mi corazón una imagen de la relación de intimidad que existe entre el Hijo y el Padre.
Etiquetas:
cartujo,
oracion,
ver con corazon
jueves, 4 de febrero de 2010
¿Qué más se necesita para orar bien?

Fe. Recuerda san Agustín: "si la fe falta, la oración es imposible. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe". (Catena Aurea).
Humildad. Háblale al Señor como los pobres y enfermos del Evangelio. No como el fariseo, sino como el publicano pecador, diciéndole: ¡Dios mío, ayúdame, que no sé rezar, que soy un pobre pecador"... y estarás empezando a rezar.
Confianza. Acude al Señor con la seguridad de que te oye, y que quizás está esperando que seas tenaz y constante en tu oración, como la “viuda inoportuna” de la que habla el Evangelio, que pedía y oraba sin desfallecer, para concederte lo que le pides, si es conveniente.
Sinceridad. Háblale al Señor como un hijo habla a su padre.
Valentía. Pregúntale, sin miedo: Dios mío, ¿Qué quieres de mí?
Generosidad: La oración generosa lleva a estar dispuesto a hacer la Voluntad de Dios.
Perseverancia. Conviene rezar un día y otro, sin desanimarse, sabiendo que Dios nos escucha siempre.
El silencio y la oracion. Madre Teresa de Calcuta
El silencio es lo más
importante para orar.
Las almas de oración son
almas de profundo silencio.
Y lo necesitamos para poder
ponernos verdaderamente
en presencia de Dios
y escuchar lo que
nos quiere decir.
Este silencio debe ser
tanto exterior como interior,
dejando de lado nuestras
preocupaciones.
Debemos acostumbrarnos
al silencio del corazón,
de los ojos y de la lengua.
El silencio de la lengua
nos ayuda a hablarle a Dios.
El de los ojos, a ver a Dios.
Y el silencio del corazón,
como el de la Virgen, a conservar
todo en nuestro corazón.
Dios es amigo del silencio,
que nos da una visión nueva de las cosas.
No es esencial lo que nosotros
decimos, sino lo que Dios nos dice
y dice a través de nosotros.
El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.
Madre Teresa de Calcuta
importante para orar.
Las almas de oración son
almas de profundo silencio.
Y lo necesitamos para poder
ponernos verdaderamente
en presencia de Dios
y escuchar lo que
nos quiere decir.
Este silencio debe ser
tanto exterior como interior,
dejando de lado nuestras
preocupaciones.
Debemos acostumbrarnos
al silencio del corazón,
de los ojos y de la lengua.
El silencio de la lengua
nos ayuda a hablarle a Dios.
El de los ojos, a ver a Dios.
Y el silencio del corazón,
como el de la Virgen, a conservar
todo en nuestro corazón.
Dios es amigo del silencio,
que nos da una visión nueva de las cosas.
No es esencial lo que nosotros
decimos, sino lo que Dios nos dice
y dice a través de nosotros.
El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.
Madre Teresa de Calcuta
El Maestro Eckhart, s.XIV
Monje alemán, ganó por concurso en la Universidad de París la cátedra de Teología que en otro tiempo tuvo Tomás de Aquino. En sus enseñanzas distinguía entre el "hombre natural" y el "hombre nacido de Dios". Este último era su ideal de cristiano. Para convertirse en hijo de Dios había que ser capaz de permitir a Dios nacer en nuestro interior. Decía que de nada nos sirve que Dios nazca mil veces en Belén, si no nace también en nuestro corazón. Hablaba de que este nacimiento ocurre sólo por la gracia de Dios, pero que debemos estar preparados para recibir esa gracia. La preparación se realiza a través de la práctica de la oración del silencio, la recolección, el abandono, la pobreza de espíritu y la desintelectualización. Esta práctica nos prepara para el nacimiento de Dios en nuestro corazón y para empezar a ver a Dios en todo lo que nos rodea y nos ocurre en la vida diaria. Empezamos a vivir a través de Dios.
martes, 2 de febrero de 2010
Libre
"El verdadero monjes es un ser humano
perfectamente libre.
Libre ¿para qué?
Libre para amar a Dios.
- Thomas Merthon. OCSO -
perfectamente libre.
Libre ¿para qué?
Libre para amar a Dios.
- Thomas Merthon. OCSO -
viernes, 22 de enero de 2010
LA CONTEMPLACIÓN
Contemplar no es mirar, no es pasividad ni arrobamiento. Simplemente es un modo de oración. Es un camino y un proceso al cual , con la gracia de Dios, podemos llegar si hemos meditado con frecuencia, orientándonos con amor hacia Jesucristo y buscando la unión con Él. El recorrido no es sencillo, pues el medio para hacerlo es la fe, la cual es oscura para el entendimiento. La contemplación es un camino para llegar al conocimiento de Dios. Santa Teresa de Ávila nos dice que “procuremos esforzar la fe”, dejándonos claro que la fe necesita ejercitarse, pues es el medio para llegar a la contemplación. Contemplar es detenerse con amor en algo relacionado con Jesucristo y que se ha meditado una y otra vez. Es dejarse inundar por el fuego abrasador de Dios y dejarse guiar por Él.
FECUNDIDAD DE LA ORACIÓN
Si en la oración buscamos a Cristo , los frutos serán fecundos. ¿Qué sería del mundo sin la oración? ¿Cuántos acontecimientos malos ha evitado la oración? ¿Cuántas maravillas ha producido la fuerza de la oración? En el mundo de hoy falta fe y esperanza, por lo tanto la alegría es escasa. Sin la alegría, es muy difícil valorar las maravillas que existen. Al contrario, se ve sólo lo malo. El ser humano se desmoraliza y no lucha para mejorarlo. Si intensificamos la oración, habrá más amor, más esperanza, justicia, paz, pues la oración siempre tiende al Bien y a lo que trasciende.
MEDITACIÓN

Es una búsqueda constante para conocer y amar cada día más a nuestro Señor. La meditación hace intervenir el pensamiento, el deseo, la imaginación, la emoción. Es fundamental que esté orientada hacia el conocimiento del amor de Jesucristo y hacia la unión con Él. La meditación puede ser sobre una oración o un pasaje del Evangelio. Pero lo importante no es detenerse a desglosar un hecho con la inteligencia y quedar éste flotando sólo en el intelecto. Santa Teresa de Ávila nos dirá que “la cuestión no está en pensar mucho sino en amar mucho”, pues la oración no es un ejercicio mental sino un tú a tú con quien sabemos que nos ama. Si hay distracciones extremas o sólo es el intelecto quien trabaja, tal vez es recomendable redoblar la oración vocal, es decir, rezar con más continuidad el rosario y las diferentes oraciones. Por muy elevada que sea la oración de alguien, jamás debe dejar el rezo del rosario y las demás oraciones.
DELICADEZA DE ALMA

Consiste, entre otras cosas, en tener conciencia que cualquier acto malo, por pequeño que sea, es motivo de gran pena por el daño que podemos causarle a alguien y por lo que podemos herir a Dios. Estos actos negativos, antes de emprender el camino de la oración, eran nimiedades, pues los considerábamos normales. No se trata de escrúpulos sino de finura, de ofrecer lo mejor nuestro al Señor y al prójimo. También apunta a hacer nuestros deberes, por sencillos y cotidianos que sean, con cariño, con profesionalismo y perfección, para contentar al Señor, para contentar a quienes nos rodean y para mejorar nuestro entorno.
viernes, 15 de enero de 2010
Para que Dios descanse en el almase ha de pacificar siempre el corazón en cualquier inquietud
Has de saber que es tu alma el centro, la morada y reino de Dios; pero para que el gran rey descanse en ese trono de tu alma, has de procurar tenerla limpia, quieta, vacía y pacífica. Limpia de culpas y defectos, quieta de temores, vacía de afectos, deseos y pensamientos, y pacífica en las tentaciones y tribulaciones.
Debes, pues, tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin ningún tipo de alteración cuanto el Señor considere enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu provecho espiritual, Dios ha de permitir al envidioso enemigo que turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.
Sé constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Entra allá adentro en tu interior para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti pelea. Si un hombre tiene una fortaleza segura, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque al entrar allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar sobre tus enemigos visibles e invisibles, y sobre todas tus acechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la ayuda divina y el socorro soberano; entra allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.
Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el soberano rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo por medio del recogimiento interior . Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la divina presencia. Cuando te vieres más combatido, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando estés más temeroso, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.
Finalmente, no te aflijas ni desconfíes cuando estés temeroso; él vuelve a aquietarte siempre que te alteres, porque esto es todo lo que quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de su corazón, por medio del recogimiento interior y con su gracia divina, el silencio en el bullicio, la soledad en la compañía, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Debes, pues, tener siempre pacífico el corazón para conservar puro ese vivo templo de Dios, y con recta y pura intención has de obrar, orar, obedecer y sufrir sin ningún tipo de alteración cuanto el Señor considere enviarte. Porque es cierto que por el bien de tu alma y tu provecho espiritual, Dios ha de permitir al envidioso enemigo que turbe esa ciudad de quietud y trono de paz con tentaciones, sugestiones y tribulaciones, y por medio de las criaturas, con penosas molestias y grandes persecuciones.
Sé constante y pacifica tu corazón en cualquiera inquietud que te ocasionaren estas tribulaciones. Entra allá adentro en tu interior para vencerlas, que allí está la divina fortaleza que te defiende, te ampara y por ti pelea. Si un hombre tiene una fortaleza segura, no se inquieta aunque le persigan los enemigos, porque al entrar allá dentro, quedan burlados y vencidos. El castillo fuerte para triunfar sobre tus enemigos visibles e invisibles, y sobre todas tus acechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la ayuda divina y el socorro soberano; entra allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.
Tu principal y continuo ejercicio ha de ser pacificar ese trono de tu corazón para que repose en él el soberano rey. El modo de pacificarlo ha de ser entrándote dentro de ti mismo por medio del recogimiento interior . Todo tu amparo ha de ser la oración y recogimiento amoroso en la divina presencia. Cuando te vieres más combatido, retírate a esa región de paz, donde hallarás la fortaleza. Cuando estés más temeroso, recógete a ese refugio de la oración, única arma para vencer al enemigo y sosegar la tribulación. No te has de apartar de ella en la tormenta, hasta que experimentes, como otro Noé, la tranquilidad, la seguridad y serenidad, y hasta que tu voluntad se halle resignada, devota, pacífica y animosa.
Finalmente, no te aflijas ni desconfíes cuando estés temeroso; él vuelve a aquietarte siempre que te alteres, porque esto es todo lo que quiere este divino Señor de ti, para reposar en tu alma y hacer un rico trono de paz en ella, que busques dentro de su corazón, por medio del recogimiento interior y con su gracia divina, el silencio en el bullicio, la soledad en la compañía, la luz en las tinieblas, el olvido en el agravio, el aliento en la cobardía, el ánimo en el temor, la resistencia en la tentación, la paz en la guerra y la quietud en la tribulación.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Etiquetas:
pacificar el alma
No se ha de inquietar el alma por verse rodeada de tinieblas,
Hay dos formas de tinieblas: unas infelices y otras felices. Las primeras son las que nacen del pecado, y éstas son desdichadas, porque conducen al cristiano al precipicio eterno. Las segundas son las que el Señor permite en el alma para fundarla y establecerla en la virtud; y éstas son dichosas, porque la iluminan, la fortalecen y ocasionan mayor luz; por lo tanto, no has de turbarte, afligirte ni desconsolarte por verte en oscuridad y tinieblas, ni pienses que te falta Dios o la luz que antes experimentabas; antes bien, debes entonces perseverar con constancia en la oración , porque esta es una clara señal que Dios por su misericordia quiere introducirte a la senda interior y el camino dichoso del Paraíso. ¡Oh qué dichoso serás si te aferras a ella con paz y resignación, como instrumentos de la quietud perfecta, de la luz verdadera y de tu todo bien espiritual!
Sabe, pues, que el camino de las tinieblas es de los avanzados y es el más perfecto, seguro y derecho, porque en ellas tiene su trono el Señor: Y puso las tinieblas como refugio suyo (Sal 18:11). Por ellas crece y se hace grande la luz sobrenatural que Dios infunde en el alma. En medio de ellas se engendra la sabiduría y el amor fuerte. Por ellas se aniquila el alma y se consumen las especies que estorban la vista derecha de la verdad divina. Por este medio introduce Dios al alma por el camino interior en oración de quietud y contemplación perfecta, experimentada por tan pocos. Por ellas, finalmente, el Señor purifica los sentidos y sensibilidades que estorban el camino místico.
Mira entonces si no se han de estimar y abrazar las tinieblas; lo que debes hacer en medio de ellas es creer que estás delante del Señor y en su presencia; pero ha de ser con una atención suave y quieta. No quieras saber nada, ni busques regalos, ternuras, ni devociones sensibles, ni quieras hacer otra cosa que el divino beneplácito, porque de otro modo no harás en toda tu vida otra cosa que dar vueltas en círculos y no darás un paso en la perfección.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Sabe, pues, que el camino de las tinieblas es de los avanzados y es el más perfecto, seguro y derecho, porque en ellas tiene su trono el Señor: Y puso las tinieblas como refugio suyo (Sal 18:11). Por ellas crece y se hace grande la luz sobrenatural que Dios infunde en el alma. En medio de ellas se engendra la sabiduría y el amor fuerte. Por ellas se aniquila el alma y se consumen las especies que estorban la vista derecha de la verdad divina. Por este medio introduce Dios al alma por el camino interior en oración de quietud y contemplación perfecta, experimentada por tan pocos. Por ellas, finalmente, el Señor purifica los sentidos y sensibilidades que estorban el camino místico.
Mira entonces si no se han de estimar y abrazar las tinieblas; lo que debes hacer en medio de ellas es creer que estás delante del Señor y en su presencia; pero ha de ser con una atención suave y quieta. No quieras saber nada, ni busques regalos, ternuras, ni devociones sensibles, ni quieras hacer otra cosa que el divino beneplácito, porque de otro modo no harás en toda tu vida otra cosa que dar vueltas en círculos y no darás un paso en la perfección.
GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)
Etiquetas:
tinieblas en el alma.
La Pureza del Corazón
“El Hombre interior es un hombre nocturno, punto de partida de la pureza del corazón”.
Deseo iniciar esta ponencia compartiéndoles una experiencia de los Santos Padres, y dice así.
Se trataba de dos ermitaños que vivían en un par de islas diversas. Un ermitaño era joven y se había hecho muy famoso y gozaba de gran reputación, en tanto que el otro era anciano y un gran desconocido. Un día, el anciano tomó una barca y se desplazó hasta la isla del joven y famoso ermitaño. Lo saludo con educación y honores y le pidió un consejo espiritual. El joven le entregó una formula, un mantra como oración de repetición, y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su isla, mientras que el joven eremita, se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente por aquel anciano, En tanto el anciano se sentía muy feliz con el mantra.
El anciano, era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó compungido, y le dijo:
Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Verdad, si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su isla caminando sobre las aguas.
Queridos hermanos y hermanas, yo soy sólo un lector apasionado de los Santos Padres antiguos y vengo a compartirles una experiencia de lectio sobre el tema de la “pureza del corazón”, muy seguramente no les diré nada nuevo o que, quizás, ustedes no conozcan.
Como saben, soy un monje y como tal sigo el camino de la tradición antigua de la Iglesia, en lo que se refiere a la búsqueda de la Verdad, como identificación con el Señor; sabiendo que el fin de la vida monástica, como la definen los Santos Padres antiguos, es la Pureza del Corazón.
La vida anacorética, como específico y particular camino monástico, tiene como fin el anonadamiento de una vida escondida que es el fruto de la Pureza del Corazón del que se ha identificado con Dios, el que está recorriendo el camino de retorno al lugar de partida, a la casa del Eterno Padre. Con esto defino lo que creo que es la Pureza del Corazón, un camino y mucho más, es El Camino que se hace vida en el orante, en el buscador de Uno y Trino, del Eterno Dios.
Y es Camino, porque Cristo es Camino Verdad y Vida y Él para decirlo con el Pobre de Asís es el Único Puro. Ciertamente me pueden decir y quien no es monje o anacoreta qué hace, y es aquí donde decimos que la Pureza del corazón es el camino kenótico ofrecido por el señor para todo bautizado, si para cada uno de nosotros allí donde Dios nos ha puesto, en nuestra particular vocación.
Es por esto que hemos de afirmar que la Pureza de Corazón es una total aceptación de nosotros y de nuestra situación y condición, tal como soy, tal como estoy, podríamos decir tal como he llegado, como querido por Dios.
Esto significa la renuncia a todas las ilusiones sobre nosotros mismos, toda estima exagerada de nuestras propias capacidades, para obedecer a la voluntad de Dios como se nos presenta en los momentos difíciles de la vida, en su verdad exacta, donde la pureza del corazón es el reconocimiento iluminado del hombre nuevo, como opuesto a las complejas y lamentables fantasías del hombre viejo.
¿Acaso Dios impone un sentido para mi vida desde fuera, a través de los acontecimientos, la costumbre, la rutina, la ley, un sistema, el impacto de aquellos con los que vivo en sociedad? ¿O bien estoy llamado a crearme desde dentro, con Él, con su gracia, un sentido que refleje su verdad y que me haga su “palabra” hablada libremente en mi situación personal?
Mi verdadera identidad subyace en la llamada de Dios a mi libertad y en mi respuesta a Él y este es el medio en donde se desarrolla la Pureza del Corazón, como camino de deificación…
Padre Juan B. Romano MSC
Monje de La Santa Cruz
Deseo iniciar esta ponencia compartiéndoles una experiencia de los Santos Padres, y dice así.
Se trataba de dos ermitaños que vivían en un par de islas diversas. Un ermitaño era joven y se había hecho muy famoso y gozaba de gran reputación, en tanto que el otro era anciano y un gran desconocido. Un día, el anciano tomó una barca y se desplazó hasta la isla del joven y famoso ermitaño. Lo saludo con educación y honores y le pidió un consejo espiritual. El joven le entregó una formula, un mantra como oración de repetición, y le facilitó las instrucciones necesarias para la repetición del mismo. Agradecido, el anciano volvió a tomar la barca para dirigirse a su isla, mientras que el joven eremita, se sentía muy orgulloso por haber sido reclamado espiritualmente por aquel anciano, En tanto el anciano se sentía muy feliz con el mantra.
El anciano, era una persona sencilla y de corazón puro. Toda su vida no había hecho otra cosa que ser un hombre de buenos sentimientos y ahora, ya en su ancianidad, quería hacer alguna práctica metódica.
Estaba el joven ermitaño leyendo las escrituras, cuando, a las pocas horas de marcharse, el anciano regresó compungido, y le dijo:
Venerable asceta, resulta que he olvidado las palabras exactas del mantra. Siento ser un pobre ignorante. ¿Puedes indicármelo otra vez?
El joven miró al anciano con condescendencia y le repitió el mantra.
Lleno de orgullo, se dijo interiormente: “Poco podrá este pobre hombre avanzar por la senda hacia la Verdad, si ni siquiera es capaz de retener un mantra”. Pero su sorpresa fue extraordinaria cuando de repente vio que el anciano partía hacia su isla caminando sobre las aguas.
Queridos hermanos y hermanas, yo soy sólo un lector apasionado de los Santos Padres antiguos y vengo a compartirles una experiencia de lectio sobre el tema de la “pureza del corazón”, muy seguramente no les diré nada nuevo o que, quizás, ustedes no conozcan.
Como saben, soy un monje y como tal sigo el camino de la tradición antigua de la Iglesia, en lo que se refiere a la búsqueda de la Verdad, como identificación con el Señor; sabiendo que el fin de la vida monástica, como la definen los Santos Padres antiguos, es la Pureza del Corazón.
La vida anacorética, como específico y particular camino monástico, tiene como fin el anonadamiento de una vida escondida que es el fruto de la Pureza del Corazón del que se ha identificado con Dios, el que está recorriendo el camino de retorno al lugar de partida, a la casa del Eterno Padre. Con esto defino lo que creo que es la Pureza del Corazón, un camino y mucho más, es El Camino que se hace vida en el orante, en el buscador de Uno y Trino, del Eterno Dios.
Y es Camino, porque Cristo es Camino Verdad y Vida y Él para decirlo con el Pobre de Asís es el Único Puro. Ciertamente me pueden decir y quien no es monje o anacoreta qué hace, y es aquí donde decimos que la Pureza del corazón es el camino kenótico ofrecido por el señor para todo bautizado, si para cada uno de nosotros allí donde Dios nos ha puesto, en nuestra particular vocación.
Es por esto que hemos de afirmar que la Pureza de Corazón es una total aceptación de nosotros y de nuestra situación y condición, tal como soy, tal como estoy, podríamos decir tal como he llegado, como querido por Dios.
Esto significa la renuncia a todas las ilusiones sobre nosotros mismos, toda estima exagerada de nuestras propias capacidades, para obedecer a la voluntad de Dios como se nos presenta en los momentos difíciles de la vida, en su verdad exacta, donde la pureza del corazón es el reconocimiento iluminado del hombre nuevo, como opuesto a las complejas y lamentables fantasías del hombre viejo.
¿Acaso Dios impone un sentido para mi vida desde fuera, a través de los acontecimientos, la costumbre, la rutina, la ley, un sistema, el impacto de aquellos con los que vivo en sociedad? ¿O bien estoy llamado a crearme desde dentro, con Él, con su gracia, un sentido que refleje su verdad y que me haga su “palabra” hablada libremente en mi situación personal?
Mi verdadera identidad subyace en la llamada de Dios a mi libertad y en mi respuesta a Él y este es el medio en donde se desarrolla la Pureza del Corazón, como camino de deificación…
Padre Juan B. Romano MSC
Monje de La Santa Cruz
Hacer la voluntad de Dios.
Había fuerte tormenta. El viento me parecía por momentos amenazante. Permanecimos dentro varias horas.
P. Vasily, lo mas tranquilo, lijaba una madera en la que luego pintaría un icono de la Madre de Dios. Se suscitó un interesante diálogo que he reconstruido en base a las notas que tomé y a la memoria de frases que me impactaron y esclarecieron.
- Todo ocurre por su voluntad o como resultado de las leyes que El ha creado. La existencia que tenemos es Su voluntad y los aconteceres que en ella vivimos derivan de Su voluntad o de nuestras acciones interactuando con esos aconteceres.
- Pero a esta altura de mi vida vivo seguramente lejos de Su voluntad, he metido muchas veces mi propio interés en medio de los sucesos.
- Si. Por eso, lo primero que debes hacer si quieres adecuarte exactamente a la intención divina, es dejar de hacer. Ya no intervenir en aquello que no te requiera.
Es simple. Las cosas van pasando, ante tus ojos se van suscitando una serie de hechos, de eventos. Gente que hace o dice cosas, aconteceres muy diversos que ocurren. Debes permanecer concentrado en la oración interior y no intervenir.
No dejar que tus deseos traten de modificar lo que acontece. Si permaneces atento, notarás que ante cada suceso estas deseando algo. De cada cosa queremos algo, de cada persona; que se calle o que hable o que haga esto o aquello y esos deseos se manifiestan en nuestro actuar en cada momento.
Siempre lo que deseamos que ocurra se filtra en lo que hacemos, estamos tratando de que pase lo que nosotros queremos que suceda. Por lo cual te digo que no hay nada que hacer. Nuestro deseo único ha de ser no obstaculizar Su voluntad, no intervenir tratando de adaptar la realidad a nuestras apetencias.
No hacer, porque nuestro hacer es deseoso, egoísta, manipulador de la realidad para nuestros fines.
- Pero entonces, ¿cómo vivir? Porque la situación es que a cada momento los hechos de un modo o de otro me requieren, piden que yo intervenga.
- Veamos. Hay distintas posibilidades. La primera es que los demás se dirijan a mí, me pregunten algo o me ordenen algo, situaciones por el estilo. La realidad por así decirlo viene hacia mi.
Otra situación se relaciona con momentos donde nadie se dirige a mí, pero los hechos parecen reclamar mi intervención, como si desde mi propio interior surgiera una urgencia por intervenir que de algún modo siento legítima. Supongamos por caso que observas a una persona que está por dañar a otra.
Y existiría una tercera posibilidad que se manifiesta cuando ni me requieren, ni algo en mi pide intervenir. Quedo ajeno sin dificultad.
En los tres casos actúo teniendo en cuenta la presencia de Dios. Respondo sabiendo que Dios me escucha, me mira, está junto a mí. No me refiero a actuar por temor a su castigo, ni para agradarle; me pongo aparte de todas esas caracterizaciones humanas, de todos esos atributos que nosotros proyectamos sobre Él; simplemente actúo atento a Su presencia.
Porque aunque mis sentidos no lo perciban habitualmente, aunque no siempre siento lo sagrado a mi alrededor, sabemos que Él está. Porque si dejara de sostener nuestra existencia un solo instante esta desaparecería.
Debes actuar ante el principio más elevado de tu propia conciencia. Como si dijéramos…si fueras ahora el mejor que has soñado ser, el mejor que quieres ser, ¿cómo actuarías? Es lo mismo. Si Cristo mismo estuviera sentado aquí a un costado, ¿de qué modo respondería yo a este requerimiento? Imagina que estás ante Aquél que es el origen de todo lo existente…la sustancia madre del universo, ¿no pondrías lo mejor que tienes en la acción, como acto de agradecimiento?
Siempre comportarme teniéndolo sentado en la habitación, en Su presencia. Porque actuar como uno cree que a Él le agradaría es actuar como nos agrada a nosotros en nuestro ser profundo, detrás de la capa de deseos que nos manipulan.
Ya sabemos nosotros que nada sabemos de Dios, que somos muy pequeños para saber de Él, que se encuentra en “La nube del no saber” ¿verdad? Suponemos que no es como nosotros somos, bipolares, que padecemos agrado y desagrado, enojo o alegría; suponemos que está mucho mas allá de eso y lejos de nuestra comprensión. Pese a ello actúo tratando de agradarle, devolverle lo mejor que tengo.
Por eso, debemos vivir aceptando la existencia en la que nos ha inmerso, en la que estamos sumergidos y dejar que en ella se manifieste completamente Su voluntad. No es difícil. No hago nada que a mi se me ocurra y cuando debo actuar impelido por las situaciones, lo hago atento a Su presencia.
En el segundo caso, cuando el impulso para actuar deriva de mi propio interior y no puedo discernir si ese impulso se corresponde o no a Su voluntad, ¿Qué hacer? Porque pueden darse situaciones en las que aún poniendo Al Señor como medida, no resuelvas. Son casos en los que te parece que una y otra opción son como neutras, dudosas, no puedes afirmar nada.
Lo que te sugiero en ese momento es poner en marcha alguna acción de acuerdo al impulso que te motiva y luego esperar. Es como si tomaras muestras para revisar. Activas la iniciativa y descansas, esperas para ver lo que se ha producido. Si las cosas empiezan a desarrollarse favorablemente sin demasiado esfuerzo, tienes el indicador que este requerimiento interno era acertado.
En suma: actuar en la Presencia de Dios, orando continuamente y sin hacer según nuestros deseos. En el caso de una fuerte moción interior, activar un poco y observar, no forzar las cosas.
Y esto viene a permitir el reacomodo de la propia vida a la intención de Cristo.Porque si tus deseos han construido circunstancias que son resultado de tus particulares apetencias, mantenerte en esta conducta que te digo va a restablecer tu dirección hacia donde fue destinada. Llevará mas o menos tiempo, pero todo se va a ordenar como fue ordenado en su origen.
- Si, esta muy bien y es algo muy aliviador ubicarse allí, Padre… quisiera que me hable un poco de esas leyes con que el mundo esta hecho y con las cuales nos vinculamos a través de los deseos y un poco de la oración también.
- También es muy simple. Supón que intervienes en una situación como resultado de tu ambición, eso tarde o temprano no te va a servir, no va a resultar. Lo que ambicionabas no va a salir bien o algo vendrá a salir de modo que lo ambicionado, aún logrado, no te va a satisfacer.
Las cosas están hechas de manera que aquello que pongas recibas. Uno siembra lo que lo motiva y cosecha según eso. Si actúas por temor cosecharás temor, si desconfianza, eso recogerás. El hacer ideal es el hacer por amor, pero eso implica una ausencia de egoísmo de la que estamos lejos, por lo cual, actuar solo en Su Presencia viene a ser lo mejor para nuestro estado ambiguo en esta tierra.
El ejemplo más fácil que me viene a la mente de acuerdo a mi propia experiencia es este: El que quiere quedar bien, queda mal. En cambio, si actúas por un motivo superior y te desinteresas de cómo quedes ante los demás…Todo lo que hemos sembrado con la semilla de nuestros deseos, es mala cosecha por venir. Apartarnos de todo eso, no ir a cosechar; permanecer sin hacer o cuando debamos hacer actuar en Su presencia, corregirá rápidamente tu vida.
Lo único que debemos hacer en cada momento es orar. La oración continua e ininterrumpida o retomada cuando nos damos cuenta de haberla interrumpido, es nuestra verdadera construcción. Sea que te encuentres en la circunstancia que te encuentres debes mantener la repetición interior del nombre de Jesucristo o la forma de oración a la que estés habituado.
Solo debes darte cuenta de que no hay nada que hacer con la mente. Ella resulta de los movimientos del cuerpo y de los deseos múltiples y en eso anda siempre. Casi todo lo que hace es analizar cómo obtener más placer.
Por eso la oración continua silencia la mente y cuando ella se silencia podemos sentir y escuchar al Espíritu Santo, que siempre está con nosotros. No creo que el Espíritu se manifieste cuando rogamos lo suficiente, sino que de tanto concentrarnos se silencia nuestro ruido interno y entonces podemos escucharlo. Y ya actuar en Su presencia deja de ser un recurso para ser una sensación viva de lo sagrado envolviéndonos.
Reza siempre hijo, repite todo el tiempo el Santo nombre y verás que el jardín del edén esta aquí mismo y que El Señor camina por el y que podemos escuchar sus pasos.
- Bendígame Padre! dije, arrodillándome y bajando la cabeza.
- ¡Que el señor Jesucristo te proteja y te guarde siempre!
(Diálogo entre el Monje hesicasta (Padre Vasily)* y Mario)
*Padre Vasily es un nombre ficticio que se usa para preservar el anonimato que el eremita ha puesto como pre condición a los diálogos sostenidos y su publicación.
¿Qué es un stárets?
El stárets… es el que convierte vuestra alma y vuestra voluntad a su alma y su voluntad. Después de elegido el stárets, renunciáis a la voluntad propia y se la entregáis a él con plena obediencia, con cumplida abnegación.
A esa prueba, a esa terrible escuela de vida, sométese el individuo espontáneamente, con la esperanza de vencerse, tras larga experiencia, a sí mismo; dominarse hasta el extremo de poder, finalmente, alcanzar mediante el sometimiento de toda su vida, la libertad completa, es decir, la liberación de sus inercias; evitando la suerte de aquellos que consumieron toda su existencia sin hallar el verdadero ser en si mismos.
Esta innovación, es decir, la del stárchestvo…, no tiene nada de teórica, sino que se introdujo en oriente contando ya un milenio de práctica. La sumisión al stárets es otra cosa que la habitual obediencia que siempre se ha observado entre nuestros monasterios rusos.
Aquí se reconoce la eterna confesión de todos los actuantes al stárerts y lo indisoluble del lazo que une al que obliga y al obligado.
…
Del stártes Zósima decían muchos que, al recibir por espacio de tantos años seguidos a cuantos iban a desahogar con él su corazón y ansiosos de escuchar su consejo y su medicinal palabra…, hasta tal punto recogiera en su alma confidencias, secretos y contriciones; que a lo último había adquirido una penetración tan fina, que a la primera mirada al rostro de un desconocido que se llegase a él podía ya adivinar a que había ido allí, qué era lo que necesitaba y hasta de que índole fuese el dolor que torturaba su conciencia.
Así asombraba, desconcertaba y casi asustaba a veces al visitante con tal conocimiento de su secreto antes de pronunciar él una palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósima llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial.
…
¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del monje es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración… Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual.
¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el opulento aislado espiritualmente o el monje que se ha liberado de la tiranía de las costumbres?
Se censura al Monje su aislamiento. «Al retirarte al eremitorio o a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se den cuenta…
de “Los hermanos Karamazov”
de Fedor Dostoyevski
A esa prueba, a esa terrible escuela de vida, sométese el individuo espontáneamente, con la esperanza de vencerse, tras larga experiencia, a sí mismo; dominarse hasta el extremo de poder, finalmente, alcanzar mediante el sometimiento de toda su vida, la libertad completa, es decir, la liberación de sus inercias; evitando la suerte de aquellos que consumieron toda su existencia sin hallar el verdadero ser en si mismos.
Esta innovación, es decir, la del stárchestvo…, no tiene nada de teórica, sino que se introdujo en oriente contando ya un milenio de práctica. La sumisión al stárets es otra cosa que la habitual obediencia que siempre se ha observado entre nuestros monasterios rusos.
Aquí se reconoce la eterna confesión de todos los actuantes al stárerts y lo indisoluble del lazo que une al que obliga y al obligado.
…
Del stártes Zósima decían muchos que, al recibir por espacio de tantos años seguidos a cuantos iban a desahogar con él su corazón y ansiosos de escuchar su consejo y su medicinal palabra…, hasta tal punto recogiera en su alma confidencias, secretos y contriciones; que a lo último había adquirido una penetración tan fina, que a la primera mirada al rostro de un desconocido que se llegase a él podía ya adivinar a que había ido allí, qué era lo que necesitaba y hasta de que índole fuese el dolor que torturaba su conciencia.
Así asombraba, desconcertaba y casi asustaba a veces al visitante con tal conocimiento de su secreto antes de pronunciar él una palabra.
Aliocha había observado que muchos de los que acudían por primera vez a hablar con el starets Zósima llegaban con el temor y la inquietud reflejados en el semblante y que después, al marcharse, la cara antes sombría estaba radiante de satisfacción. También le sorprendía el hecho de que el starets, lejos de mostrarse severo, fuera un hombre incluso jovial.
…
¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.
La vida del monje es muy diferente. Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la oración… Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y flagelo mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría espiritual.
¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el opulento aislado espiritualmente o el monje que se ha liberado de la tiranía de las costumbres?
Se censura al Monje su aislamiento. «Al retirarte al eremitorio o a un monasterio ‑se le dice‑, desertas de la causa fraternal de la humanidad.» Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, aunque ellos no se den cuenta…
de “Los hermanos Karamazov”
de Fedor Dostoyevski
Silencio exterior
Es el silencio en su primer acepción, la ausencia de ruidos molestos, o simplemente la ausencia de ruidos o sonidos inarmónicos, o de un volumen superior al nivel de captación normal del oído humano.
Porque hay sonidos que no interrumpen el silencio: como son los sonidos creados por Dios en la misma naturaleza. La mera ausencia de sonidos (el mutismo) no es garantía de silencio, porque éste es “el aliado inseparable de la palabra… Las momias son mudas, no silenciosas. Los monjes son silenciosos, no mudos; se pasan largas horas hablando con Dios recitando salmos.
Una casa es silenciosa, no precisamente cuando está deshabitada, sino cuando palpita de vida consciente sometida al espíritu. Tibi silentium laus (Salmo 65,2) ( Hélene Lubienska de Lenval, El silencio a la sombra de la Palabra, p. 8, Centro de Estudios San Jerónimo, Santa Fe, 1994).
No hablaremos del daño físico que produce el ruido, tanto en plantas y animales como en el hombre; es algo ya muy estudiado. Basta nombrar los daños en el oído y en el cerebro. ( El derecho del hombre al silencio, UNESCO ) Pero hablemos de los problemas causados por el ruido a nivel psicosomático, que es el ámbito propio de las pasiones, y por tanto el de la conducta.
P. Fr. Rafael Maria Rossi O.P
El silencio y la purificación de las pasiones
Porque hay sonidos que no interrumpen el silencio: como son los sonidos creados por Dios en la misma naturaleza. La mera ausencia de sonidos (el mutismo) no es garantía de silencio, porque éste es “el aliado inseparable de la palabra… Las momias son mudas, no silenciosas. Los monjes son silenciosos, no mudos; se pasan largas horas hablando con Dios recitando salmos.
Una casa es silenciosa, no precisamente cuando está deshabitada, sino cuando palpita de vida consciente sometida al espíritu. Tibi silentium laus (Salmo 65,2) ( Hélene Lubienska de Lenval, El silencio a la sombra de la Palabra, p. 8, Centro de Estudios San Jerónimo, Santa Fe, 1994).
No hablaremos del daño físico que produce el ruido, tanto en plantas y animales como en el hombre; es algo ya muy estudiado. Basta nombrar los daños en el oído y en el cerebro. ( El derecho del hombre al silencio, UNESCO ) Pero hablemos de los problemas causados por el ruido a nivel psicosomático, que es el ámbito propio de las pasiones, y por tanto el de la conducta.
P. Fr. Rafael Maria Rossi O.P
El silencio y la purificación de las pasiones
El silencio

“Tibi silentium laus, Deus, in Sion” (Sal. 65, 2).
“Para Ti, el silencio es una alabanza, oh Dios, en Sión” (Sal. 65, 2) (64, 2). Comentando este texto, dice San Hilario “que el silencio es la mayor alabanza que se podía dar a Dios, como que su bondad excede todos los elogios y encarecimientos de los hombres. ‘Callen todos, cuando se trata de alabaros’. La Iglesia te aguarda en silencio para cantar tus alabanzas. Esto ha de ser en Sión, porque el Señor desecha las ofrendas que se hacen fuera de la Iglesia Católica” (Comentario a los Salmos, 65.)
“Si aceptamos la lectura del Texto Masorético tendremos una fulgurante intuición mística: “Para ti el silencio (dumijjah) es alabanza”. Es famosa la versión de S. Gerónimo en su salterio Iuxta Hebraeos: “Tibi silentium laus”, y esta idea estaba también en la base de la interpretación judaica, del Targum de Rashí, y de algunos comentadores del 800 como Delitzsch o Rosenmüller que hablaba del “silencio sagrado”, o Ehrlich que se refería al “nocturno” del Salmo 22, 3.
El silencio cegado producto del dolor, o, como quieren otros, el silencio de quien se abandona sin pedir nada, es decir el silencio de la adoración confiada, se transforma automáticamente en alabanza y plegaria. Es evidente que esta intuición basada en el silencio (Salmo 22, 3; 39, 3; 62, 2) no podía menos que estimular la búsqueda de textos paralelos sobre todo con autores místicos.
El famoso teólogo místico judío B. lbn Paquda en el siglo Xl escribía: “Como el caso de una perla de inestimable valor, todo cuanto se pueda decir del silencio no hace más que despreciarlo”. Y el célebre Moisés Maimónides le hacía eco escribiendo que “no hay verdadera plegaria si no es en el silencio”, mientras que la espiritualidad clásica de Sta. Teresa de Ávila y de S. Juan de la Cruz exaltaba esta dimensión “inefable” de la oración.
Sor Isabel de la Trinidad, carmelita de Dijón, había desarrollada así esta lectura del Texto Masorético a propósito del versículo 2: “La adoración es una palabra del cielo. Me parece que se puede definir como el éxtasis del amor; del amor abrumado por la belleza, por la fuerza, por la inmensa grandeza del objeto amado. Se cae en una especie de desfallecimiento, en un silencio pleno, profundo, aquel silencio del cual hablaba David cuando exclamaba: “el silencio es tu alabanza”. Sí, ésta es la más bella alabanza porque es la que se canta eternamente en el seno de la apacible Trinidad” (Ultimo retiro, día 8, 20).
En esta línea se mueve también el comentario “israelita” de Emmanuel: “El silencio es la más alta glorificación de Dios, porque es la expresión más pura de la pasión del alma por Dios. Por eso, no hablar más de Dios, sino callar en Dios” (Gianfranco Ravassi, I Salmi, Editrice Dehoniana, Bologna, 1999).
Dice Sto. Tomás: “A Dios se lo venera mediante el silencio, no porque no podamos decir o conocer nada de El, sino porque sabemos que somos incapaces de comprehenderlo (abarcarlo)” ( ln. Boethio, 2,13 ad. 6).
continua comentario 1
miércoles, 13 de enero de 2010
CUANDO DIOS NOS PRUEBA
¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos! &emdash;¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí! &emdash;¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? &emdash;¡Me hace caminar por un camino espinoso! &emdash;¿Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto corno lo hace, ¿podría trataros con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde esta vida.
San Claudio de la Colombière
San Claudio de la Colombière
lunes, 11 de enero de 2010
sábado, 9 de enero de 2010
martes, 22 de diciembre de 2009
EL SILENCIO
El silencio es culto de la justicia, a pesar de los cual ni siempre hay que estar en silencio ni siempre hablando. Hay un tiempo para callar y otro para hablar y así como una palabra imprudente lleva al error, un silencio indiscreto deja en el error al oyente.
Siempre tenemos que abstenernos del mal y a veces también renunciar temporalmente a lo bueno. Tal como dice el profeta: Puse un guardia en mi boca, y Me quedé callado, me humillé, y me quedé en silencio, etc.
Tenemos que refrenar constantemente nuestra lengua. no sea que nuestra religión sea inútil y vana. Por lo cual no debes estar en silencio permanentemente, sino en los tiempos fijados, para que no seamos despreciados por nuestras palabras, sino antes bien justificados. Hablad, pues, concisamente en los tiempos y lugares fijados.
No mientas, porque quien miente con su boca mata el alma, y el diablo es mentiroso desde el inicio, y es padre de la mentira.
No difames, porque quien difama a un hermano, difama la ley y juzga la ley y el Señor dice por el profeta: Perseguía a quien difamaba en secreto a su prójimo, y en otros lugar: No difames al pecador, sino ten compasión de él. No difames ni escuches al difamador, dado que son igualmente culpables el difamador y el que lo escucha.
Abstente de la discusión, porque ésta prepara las peleas y las riñas, y produce caras airadas, como dice el apóstol: Si alguno quiere levantar disputas, sepa que tal no es nuestra costumbre, ni la de la iglesia del Señor. Y de nuevo: No te tengas discursos polémicos.
No juzgues ni condenes, como dice el Señor: No juzgues y serás juzgado, no condenes y no serás condenado.
Evita la comicidad y los chistes, que de las palabras vanas dice el Señor que hemos de dar cuenta en el día del juicio.
Absteneos de la murmuración, de la adulación, de la risa y de la maldición, puesto quien guarda de estas cosas su boca, preserva su alma de la angustia. Así dice el Apóstol: No salga de vuestra boca una palabra vana. Si alguien tiene algo bueno y que edifique la fe y la gracia de los oyente, entonces que lo diga.
Regla de los monjes humillados
Siempre tenemos que abstenernos del mal y a veces también renunciar temporalmente a lo bueno. Tal como dice el profeta: Puse un guardia en mi boca, y Me quedé callado, me humillé, y me quedé en silencio, etc.
Tenemos que refrenar constantemente nuestra lengua. no sea que nuestra religión sea inútil y vana. Por lo cual no debes estar en silencio permanentemente, sino en los tiempos fijados, para que no seamos despreciados por nuestras palabras, sino antes bien justificados. Hablad, pues, concisamente en los tiempos y lugares fijados.
No mientas, porque quien miente con su boca mata el alma, y el diablo es mentiroso desde el inicio, y es padre de la mentira.
No difames, porque quien difama a un hermano, difama la ley y juzga la ley y el Señor dice por el profeta: Perseguía a quien difamaba en secreto a su prójimo, y en otros lugar: No difames al pecador, sino ten compasión de él. No difames ni escuches al difamador, dado que son igualmente culpables el difamador y el que lo escucha.
Abstente de la discusión, porque ésta prepara las peleas y las riñas, y produce caras airadas, como dice el apóstol: Si alguno quiere levantar disputas, sepa que tal no es nuestra costumbre, ni la de la iglesia del Señor. Y de nuevo: No te tengas discursos polémicos.
No juzgues ni condenes, como dice el Señor: No juzgues y serás juzgado, no condenes y no serás condenado.
Evita la comicidad y los chistes, que de las palabras vanas dice el Señor que hemos de dar cuenta en el día del juicio.
Absteneos de la murmuración, de la adulación, de la risa y de la maldición, puesto quien guarda de estas cosas su boca, preserva su alma de la angustia. Así dice el Apóstol: No salga de vuestra boca una palabra vana. Si alguien tiene algo bueno y que edifique la fe y la gracia de los oyente, entonces que lo diga.
Regla de los monjes humillados
La Xenitía . Es el santo abandono.
Es tanto una actitud interior como un estado exterior. Es ante todo una actitud interior de aislamiento que apunta a mantenernos extraños y peregrinos en camino a la ciudad celestial. En este sentido, la xenitía se expresa con: la humildad, el rechazo a toda curiosidad, el no entrometerse en lo que no nos concierne, el dejar todo juicio, el evaluar cada cosa en una continua comparación con la eternidad, la incertidumbre del mañana, la hora ignota de la muerte…
Filocalia
Concentra tu espiritu
"En cuanto a ti, tal como
te lo he dicho, siéntate, concentra tu espíritu, introdúcelo —me refiero
a tu espíritu— en la nariz;
es el camino que toma la respiración para llegar al corazón.
Empújalo, oblígale a descender hasta tu corazón
al mismo tiempo que el aire aspirado. Cuando allí llegue, verás la alegría que seguirá; no tendrás nada que lamentar.
Tal como el hombre que al volver a su casa después de una ausencia no oculta su alegría de poder encontrar a su mujer y a sus hijos, así el espíritu, una vez unido al alma, desborda de alegría y de goces inefables.
Hermano mío, acostumbra pues a tu espíritu a no apresurarse a salir de allí. Al principio, le falta ánimo, es lo menos que podemos decir, para soportar esta reclusión y este estrechamiento interiores.
Pero una vez que haya contraído la costumbre, ya no experimentará placer alguno en los circuitos exteriores. Porque "el reino de Dios está en nuestro interior" y para aquel que dirige su mirada a éste, todo el mundo exterior se torna vil y despreciable."
Nicéforo, el solitario.
(Filocalia)
te lo he dicho, siéntate, concentra tu espíritu, introdúcelo —me refiero
a tu espíritu— en la nariz;
es el camino que toma la respiración para llegar al corazón.
Empújalo, oblígale a descender hasta tu corazón
al mismo tiempo que el aire aspirado. Cuando allí llegue, verás la alegría que seguirá; no tendrás nada que lamentar.
Tal como el hombre que al volver a su casa después de una ausencia no oculta su alegría de poder encontrar a su mujer y a sus hijos, así el espíritu, una vez unido al alma, desborda de alegría y de goces inefables.
Hermano mío, acostumbra pues a tu espíritu a no apresurarse a salir de allí. Al principio, le falta ánimo, es lo menos que podemos decir, para soportar esta reclusión y este estrechamiento interiores.
Pero una vez que haya contraído la costumbre, ya no experimentará placer alguno en los circuitos exteriores. Porque "el reino de Dios está en nuestro interior" y para aquel que dirige su mirada a éste, todo el mundo exterior se torna vil y despreciable."
Nicéforo, el solitario.
(Filocalia)
Acerca de la impureza. Sentencias de los Padres
Había un hermano muy celoso de su perfección. Turbado por el demonio impuro, acudió a un anciano y le descubrió sus pensamientos. Este, después de oírle, se indignó y le dijo que era un miserable, indigno de llevar el hábito monástico el que tenía tales pensamientos. Al oír estas palabras, el hermano, desesperado, abandonó su celda y se volvió al mundo. Pero por disposición divina se encontró con el abad Apolo. Este, al verle turbado y muy triste, le preguntó:
«Hijo mío, ¿cuál es la causa de una tristeza tan grande?». El otro, avergonzado, al principio no le contestó nada. Pero ante la insistencia del anciano, por saber de qué se trataba, acabó por confesar: «Me atormentan pensamientos impuros; he hablado con tal monje y, según él, no me queda ninguna esperanza de salvación. Desesperado, me vuelvo al mundo».Al oir esto el padre Apolo, como médico sabio, le exhortaba y le rogaba con mucha fuerza: «No te extrañes, hijo mio, ni te desesperes. Yo también, a pesar de mi edad y de mí modo de vivir soy muy molestado por esa clase de pensamientos. No te desanimes por estas dificultades, que se curan, no tanto por nuestro esfuerzo como por la misericordia de Dios. Por hoy, concédeme lo que te pido y vuelve a tu celda». El hermano así lo hizo.
El abad Apolo se encaminó a la celda del anciano que le había hecho caer en desesperación. Y quedándose fuera, suplicó a Dios con muchas lágrimas: «Señor, tú que suscitas las tentaciones para nuestro provecho, traslada la lucha que padece aquel hermano a este viejo, para que aprenda por experiencia, en su vejez, lo que no le enseñaron sus muchos años, y se compadezca de los que sufren esta clase de tentaciones».Terminada su oración, vio un etíope de pie junto a la celda, que lanzaba flechas contra el viejo. Este, al ser atravesado por ellas, se puso a andar de un lado a otro como si estuviese borracho. Y como no pudiese resistir, salió de su celda y por el mismo camino que el joven monje se volvía al mundo.
El abad Apolo, sabiendo lo que pasaba, salió a su encuentro y le abordó diciendo:«¿Dónde vas, y cuál es la causa de tu turbación?». El otro sintió que el santo varón había comprendido lo que le pasaba y por vergüenza no decía nada.
El abad Apolo le dijo: «Vuelve a tu celda y de ahora en adelante reconoce tu debilidad. Y piensa en el fondo de tu corazón, o que el diablo te ha ignorado hasta ahora, o que te ha despreciado porque no has merecido luchar contra él, como los varones virtuosos. ¿Qué digo combates? Ni un sólo día has podido resistir sus ataques.
Esto te sucede porque cuando recibiste a ese joven atormentado por el enemigo común, en vez de reconfortarle en su diabólico combate con palabras de consuelo, lo sumiste en la desesperación, olvidando el sapientísimo precepto que nos manda: “Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los que son conducidos al suplicio”. (Prov. 14,11). Y también has olvidado la palabra de nuestro Salvador: “La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante” (Mar 12, 20).
Nadie podría soportar las insidias del enemigo, ni apagar o resistir los ardores de la naturaleza, sin la gracia de Dios que protege la debilidad humana. Pidámosle constantemente para que por su saludable providencia aleje de ti el azote que te ha enviado, pues es quien nos envía el sufrimiento y nos devuelve la salud. Golpea y su mano cura, humilla y levanta; mortifica y vivifica; hace bajar a los infiernos y los vuelve a sacar». (Cf. 1 Re 2). Dicho esto, el anciano se puso en oración y el viejo se vio enseguida libre de sus tentaciones. Luego el abad Apolo le aconsejó que pidiese a Dios una lengua sabia, para que supiera hablar cada palabra a su tiempo.
«Hijo mío, ¿cuál es la causa de una tristeza tan grande?». El otro, avergonzado, al principio no le contestó nada. Pero ante la insistencia del anciano, por saber de qué se trataba, acabó por confesar: «Me atormentan pensamientos impuros; he hablado con tal monje y, según él, no me queda ninguna esperanza de salvación. Desesperado, me vuelvo al mundo».Al oir esto el padre Apolo, como médico sabio, le exhortaba y le rogaba con mucha fuerza: «No te extrañes, hijo mio, ni te desesperes. Yo también, a pesar de mi edad y de mí modo de vivir soy muy molestado por esa clase de pensamientos. No te desanimes por estas dificultades, que se curan, no tanto por nuestro esfuerzo como por la misericordia de Dios. Por hoy, concédeme lo que te pido y vuelve a tu celda». El hermano así lo hizo.
El abad Apolo se encaminó a la celda del anciano que le había hecho caer en desesperación. Y quedándose fuera, suplicó a Dios con muchas lágrimas: «Señor, tú que suscitas las tentaciones para nuestro provecho, traslada la lucha que padece aquel hermano a este viejo, para que aprenda por experiencia, en su vejez, lo que no le enseñaron sus muchos años, y se compadezca de los que sufren esta clase de tentaciones».Terminada su oración, vio un etíope de pie junto a la celda, que lanzaba flechas contra el viejo. Este, al ser atravesado por ellas, se puso a andar de un lado a otro como si estuviese borracho. Y como no pudiese resistir, salió de su celda y por el mismo camino que el joven monje se volvía al mundo.
El abad Apolo, sabiendo lo que pasaba, salió a su encuentro y le abordó diciendo:«¿Dónde vas, y cuál es la causa de tu turbación?». El otro sintió que el santo varón había comprendido lo que le pasaba y por vergüenza no decía nada.
El abad Apolo le dijo: «Vuelve a tu celda y de ahora en adelante reconoce tu debilidad. Y piensa en el fondo de tu corazón, o que el diablo te ha ignorado hasta ahora, o que te ha despreciado porque no has merecido luchar contra él, como los varones virtuosos. ¿Qué digo combates? Ni un sólo día has podido resistir sus ataques.
Esto te sucede porque cuando recibiste a ese joven atormentado por el enemigo común, en vez de reconfortarle en su diabólico combate con palabras de consuelo, lo sumiste en la desesperación, olvidando el sapientísimo precepto que nos manda: “Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los que son conducidos al suplicio”. (Prov. 14,11). Y también has olvidado la palabra de nuestro Salvador: “La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante” (Mar 12, 20).
Nadie podría soportar las insidias del enemigo, ni apagar o resistir los ardores de la naturaleza, sin la gracia de Dios que protege la debilidad humana. Pidámosle constantemente para que por su saludable providencia aleje de ti el azote que te ha enviado, pues es quien nos envía el sufrimiento y nos devuelve la salud. Golpea y su mano cura, humilla y levanta; mortifica y vivifica; hace bajar a los infiernos y los vuelve a sacar». (Cf. 1 Re 2). Dicho esto, el anciano se puso en oración y el viejo se vio enseguida libre de sus tentaciones. Luego el abad Apolo le aconsejó que pidiese a Dios una lengua sabia, para que supiera hablar cada palabra a su tiempo.
Amerimnia.Ausencia completa de preocupaciones
La cueva esta bien oculta por una saliente de la roca;
esta se eleva vertical y filosa varios cientos de metros,
acentuando la sensación de aislamiento, de soledad cierta, no fingida.
Hacia poniente continúan los riscos, pero irregulares;
crecen progresivos y como desatinados hacia cumbres dispares.
Esto no es propiamente un valle sino el acogedor fondo de un abismo,
suavizado por vegetación musgosa y algo de hierba muy verde
y unos pocos árboles de formas extrañas.
El arroyo no cesa y atraviesa suavemente toda la hondonada;
cuando descansan los pájaros se lo escucha murmurar.
En esta profundidad, amanece tarde y oscurece temprano,
las estrellas brillan muy nítidas como gemas muy puras
y son tantas y tan bellas que retienen fascinada la mirada.
Es todo tan quieto y sin embargo el aire suele mover las hojas,
los grillos enuncian su peculiar ritmo y el agua gotea sutilmente
entre guijarros desiguales; pero son sonidos que no perturban,
mas bien destacan el silencio, avisan de su presencia.
En el interior de la caverna, hay un muro muy liso y limpio y seco,
con un Cristo pintado. Los colores suaves, los rasgos áureos, estilizado
y muy vivo; se lo nota respirado, orado, esmaltado con devoción.
Me dicen que los restos del eremita descansan como reliquias
bajo la sólida losa de la entrada.
Miro los ojos impasibles del Cristo y sé que,
aunque no todavía, volverá a tener compañía.
de Hesiquia
esta se eleva vertical y filosa varios cientos de metros,
acentuando la sensación de aislamiento, de soledad cierta, no fingida.
Hacia poniente continúan los riscos, pero irregulares;
crecen progresivos y como desatinados hacia cumbres dispares.
Esto no es propiamente un valle sino el acogedor fondo de un abismo,
suavizado por vegetación musgosa y algo de hierba muy verde
y unos pocos árboles de formas extrañas.
El arroyo no cesa y atraviesa suavemente toda la hondonada;
cuando descansan los pájaros se lo escucha murmurar.
En esta profundidad, amanece tarde y oscurece temprano,
las estrellas brillan muy nítidas como gemas muy puras
y son tantas y tan bellas que retienen fascinada la mirada.
Es todo tan quieto y sin embargo el aire suele mover las hojas,
los grillos enuncian su peculiar ritmo y el agua gotea sutilmente
entre guijarros desiguales; pero son sonidos que no perturban,
mas bien destacan el silencio, avisan de su presencia.
En el interior de la caverna, hay un muro muy liso y limpio y seco,
con un Cristo pintado. Los colores suaves, los rasgos áureos, estilizado
y muy vivo; se lo nota respirado, orado, esmaltado con devoción.
Me dicen que los restos del eremita descansan como reliquias
bajo la sólida losa de la entrada.
Miro los ojos impasibles del Cristo y sé que,
aunque no todavía, volverá a tener compañía.
de Hesiquia
viernes, 18 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Solamente en el silencio se puede vivir...
, pero no en el silencio de palabras y de obras..., no; es otra cosa muy difícil de explicar... Es el silencio del que quiere mucho, mucho, y no sabe qué decir, ni qué pensar, ni qué desear, ni qué hacer... Sólo Dios allá adentro, muy calladito, esperando, esperando, no sé..., es muy bueno el Señor. (Beato Rafael Arnáiz)
lunes, 7 de diciembre de 2009
Aprendiendo a hacer silencio.
El yo, mi persona, es un Yo ruidoso, una montaña de problemas: Trabajo, paro; Sociedad, violencia, roles y mores sociales; Escuela, estudios; Familia, amigos, amor, relaciones afectivas; "mi problema"... etc.
Ante este cúmulo de dificultades nos situamos muchas veces en la desesperación y reaccionamos de diversas maneras: adoramos lo que tenemos, sucumbimos; nos dejamos arrastrar por el temor; nos situamos en la duda; tendencia a huir. En general, detectamos una cierta irritabilidad en nuestro Yo-relacionado.
Aquí entra el papel de nuestra experiencia. Vamos a trabajar con una "herramienta" fundamental: EL SILENCIO, para buscar un tesoro escondido en tu yo-ruidoso. Y este trabajo no será sólo personal, sino grupal. Entre todos haremos una torre de sondeos para descubrir ese tesoro escondido: el Espíritu que habita en mi, en ti, en cada uno de nosotros.
«En lo más hondo de nuestras profundidades, estamos en continuo contacto con Dios. El Espíritu de Dios se apoderó de nosotros, tomó posesión de nosotros completamente: El se ha hecho aliento de nuestro aliento, Espíritu de nuestro Espíritu. Por así decirlo, remolca nuestro corazón, y lo vuelve hacia Dios. Es el espíritu que, según Pablo, habla sin cesar a nuestro Espíritu y da testimonio de que somos los hijos de Dios. En Efecto, constantemente el Espíritu grita en nosotros "Abba, Padre". Suplicando y suspirando con palabras que nadie sabría traducir, pero que, sin embargo, no cesan»
¿Cómo es esa herramienta? En todos los silencios hay dos vertientes: al principio se nota más lo que se deja que a lo que se llega y se traduce en sensación de vacío que puede resultar desagradable. Si persistimos llegamos a la plenitud y el bienestar.
e
jercicios de relajación
Vamos a acercarnos al mundo de las sensaciones psicofísicas. Lo haremos de la mano de Anthony de Mello.
¿Por qué empezar con estos ejercicios?
Si la oración es diálogo, requiere estar dispuesto a dialogar. Yo uso los métodos de relajación como test para saber si realmente estoy dispuesto a escuchar. No puedo empezar chillando, con ruido "corporal".
Interesa reconstruir todo el cuerpo. El sistema muscular y nervioso son dos sectores a trabajar. La técnica que utilizamos para llegar al silencio corporal es la RELAJACIÓN.
Todo intento de reconstruir mi corporeidad afecta a mi relación con el mundo y con las personas. El cuerpo es mi ámbito de mi encuentro con el mundo. El mundo es mi ámbito de encuentro con mi yo.
El silencio corporal es vivenciar mi cuerpo en armonía. (Recordemos que los místicos hablan de una fisiología de la oración).Andre Louf, El Espíritu ora en nosotros, Narcea. Madrid: 1979, p.21
Ante este cúmulo de dificultades nos situamos muchas veces en la desesperación y reaccionamos de diversas maneras: adoramos lo que tenemos, sucumbimos; nos dejamos arrastrar por el temor; nos situamos en la duda; tendencia a huir. En general, detectamos una cierta irritabilidad en nuestro Yo-relacionado.
Aquí entra el papel de nuestra experiencia. Vamos a trabajar con una "herramienta" fundamental: EL SILENCIO, para buscar un tesoro escondido en tu yo-ruidoso. Y este trabajo no será sólo personal, sino grupal. Entre todos haremos una torre de sondeos para descubrir ese tesoro escondido: el Espíritu que habita en mi, en ti, en cada uno de nosotros.
«En lo más hondo de nuestras profundidades, estamos en continuo contacto con Dios. El Espíritu de Dios se apoderó de nosotros, tomó posesión de nosotros completamente: El se ha hecho aliento de nuestro aliento, Espíritu de nuestro Espíritu. Por así decirlo, remolca nuestro corazón, y lo vuelve hacia Dios. Es el espíritu que, según Pablo, habla sin cesar a nuestro Espíritu y da testimonio de que somos los hijos de Dios. En Efecto, constantemente el Espíritu grita en nosotros "Abba, Padre". Suplicando y suspirando con palabras que nadie sabría traducir, pero que, sin embargo, no cesan»
¿Cómo es esa herramienta? En todos los silencios hay dos vertientes: al principio se nota más lo que se deja que a lo que se llega y se traduce en sensación de vacío que puede resultar desagradable. Si persistimos llegamos a la plenitud y el bienestar.
e
jercicios de relajación
Vamos a acercarnos al mundo de las sensaciones psicofísicas. Lo haremos de la mano de Anthony de Mello.
¿Por qué empezar con estos ejercicios?
Si la oración es diálogo, requiere estar dispuesto a dialogar. Yo uso los métodos de relajación como test para saber si realmente estoy dispuesto a escuchar. No puedo empezar chillando, con ruido "corporal".
Interesa reconstruir todo el cuerpo. El sistema muscular y nervioso son dos sectores a trabajar. La técnica que utilizamos para llegar al silencio corporal es la RELAJACIÓN.
Todo intento de reconstruir mi corporeidad afecta a mi relación con el mundo y con las personas. El cuerpo es mi ámbito de mi encuentro con el mundo. El mundo es mi ámbito de encuentro con mi yo.
El silencio corporal es vivenciar mi cuerpo en armonía. (Recordemos que los místicos hablan de una fisiología de la oración).Andre Louf, El Espíritu ora en nosotros, Narcea. Madrid: 1979, p.21
viernes, 27 de noviembre de 2009
TIPOS DE ORACIÓN
Los caminos de la oración son muchos. Se puede orar de varias formas. Existen muchos modos de entrar en contacto con Dios. Cada quien elegirá el suyo de acuerdo a su personalidad, a sus circunstancias personales, a lo que le llene más espiritualmente en cada momento determinado.
Las principales formas de oración son:
Oración vocal
Lectura meditada
Contemplación del Evangelio
Oración sobre la vida cotidiana
Oración de contemplación
Las principales formas de oración son:
Oración vocal
Lectura meditada
Contemplación del Evangelio
Oración sobre la vida cotidiana
Oración de contemplación
EFICACIA DE LA ORACIÓN
I. Sin oración cosa muy difícil es que nos podamos salvar; tan difícil que, como lo hemos demostrado, es del todo imposible según la ordinaria Providencia.
II. Con la oración, la salvación es segura y fácil..Porque en efecto, ¿qué se necesita para salvarnos? Que digamos: Dios mío ayudadme; Señor mío, amparadme y tened misericordia de mí. Esto basta. ¿Hay cosa más fácil? Pues, repitámoslo; que si lo decimos bien y con frecuencia, esto bastará para llevamos al cielo. San Lorenzo Justiniano nos exhorta muy encarecidamente que al principio de todas nuestras obras hagamos alguna oración. Casiano por su parte, nos recuerda el ejemplo de los antiguos padres, los cuales exhortaban a todos a que recurrieran a Dios con breves, pero frecuentes jaculatorias. San Bernardo decía: Que nadie haga poco caso de la oración, ya que el Señor la estima tanto que nos da lo que pedimos o cosa mejor, si comprende que es más útil para nuestra alma
III. Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar. En nuestras manos está el rezar siempre que queramos como lo confesaba el santo rey David: Haré para conmigo oración a Dios, autor de mi vida. Le diré al Señor.- Tú eres mi amparo. Mas de esto largamente hablaremos en la parte segunda. Allí se pondrá en claro que Dios da a todos la gracia de orar; y así con la oración podemos alcanzar los socorros divinos que necesitamos para observar los mandamientos y perseverar hasta el fin en el camino del bien. Ahora afirmo únicamente que si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado.
San Alfonso María de Ligorio - El gran medio de la oración
II. Con la oración, la salvación es segura y fácil..Porque en efecto, ¿qué se necesita para salvarnos? Que digamos: Dios mío ayudadme; Señor mío, amparadme y tened misericordia de mí. Esto basta. ¿Hay cosa más fácil? Pues, repitámoslo; que si lo decimos bien y con frecuencia, esto bastará para llevamos al cielo. San Lorenzo Justiniano nos exhorta muy encarecidamente que al principio de todas nuestras obras hagamos alguna oración. Casiano por su parte, nos recuerda el ejemplo de los antiguos padres, los cuales exhortaban a todos a que recurrieran a Dios con breves, pero frecuentes jaculatorias. San Bernardo decía: Que nadie haga poco caso de la oración, ya que el Señor la estima tanto que nos da lo que pedimos o cosa mejor, si comprende que es más útil para nuestra alma
III. Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar. En nuestras manos está el rezar siempre que queramos como lo confesaba el santo rey David: Haré para conmigo oración a Dios, autor de mi vida. Le diré al Señor.- Tú eres mi amparo. Mas de esto largamente hablaremos en la parte segunda. Allí se pondrá en claro que Dios da a todos la gracia de orar; y así con la oración podemos alcanzar los socorros divinos que necesitamos para observar los mandamientos y perseverar hasta el fin en el camino del bien. Ahora afirmo únicamente que si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado.
San Alfonso María de Ligorio - El gran medio de la oración
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Vive desde tu corazón sensible y vulnerable

Vas haciendo la ruta del silencio para encontrar el lugar de tu propio corazón. Cuando llegues entrarás en él como en tu propia casa. Has de vivir con la convicción de que tú has de ser el primero en habitarla.
Has de aprender a "estar" en ti. Vivirte intensamente. Conocerte. Sentir conscientemente. No temas sufrir: vale más el sufrimiento de un corazón sensible, que la frialdad distante de un corazón de piedra.
Sorbe con auténtica sed el agua del manantial de Vida que Cristo hace nacer en ti.
continua en comentario 1
El camino del corazón
El primer paso consiste en encontrar el camino del propio corazón. Es en él donde se realiza el encuentro profundo de silencio y de amor con la Trinidad, encuentro que se nos da como don del Espíritu Santo: es la contemplación.
Dios está presente en la naturaleza y en la vida, Dios está en todo. Ahí comienza una primera posibilidad de oración. Es una forma de orar elemental pero imprescindible. A partir de esta presencia divina de inmensidad podemos decir que orar es vivir la presencia, ser conscientes de esta presencia amorosa del Padre en la vida.
continua en comentario 1
El verdadero contemplativo
Un verdadero amor contemplativo es siempre auténticamente humilde. Está tan centrado en Dios que se vuelve ciego para todo lo demás. El contemplativo ama a Dios por ser quien es, y al prójimo porque éste es imagen de Dios y templo en que Dios habita. El secreto de ese amor reside en el hecho de que el hombre se siente naturalmente atraído por Dios por ser quien es. Es un impulso espontáneo y totalmente desinteresado. La persona ve únicamente a Dios como el todo de su propia existencia. Como cualquier otro ser vivo, busca ansiosamente aquello que le asegura su existencia. Casi da la impresión de que él mismo tiene algo que ver con el instinto de conservación personal. Tiene dos cosas sin las cuales el hombre no puede vivir: el aire, que le asegura la vida biológica, y Dios, que le asegura la vida espiritual. Cuerpo y espíritu son una sola realidad existencial en el hombre.
continua comentario 1
continua comentario 1
El camino de la contemplacion

El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El "desierto" de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la Cruz:
Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo.
continua comentario 1
lunes, 23 de noviembre de 2009
Algunos consejos a la hora de usar una imagen en la oracion
Una imagen es una obra de arte destinada a propiciar la oración y la contemplación. No es por lo tanto un objeto de decoración o de adorno.
Ha sido creada para ayudar a los creyentes en la plegaria individual, familiar o de pequeños grupos.
Mantenla oculta siempre que no estés en oración y evita que lo profanen miradas de otras personas o las tuyas propias cuando no estás orando.
No es un objeto para enseñarlo a las amistades ni una decoración exótica para la casa.
Es una evocación de lo Sagrado a través de una imagen.
continua en comentario 1
Ha sido creada para ayudar a los creyentes en la plegaria individual, familiar o de pequeños grupos.
Mantenla oculta siempre que no estés en oración y evita que lo profanen miradas de otras personas o las tuyas propias cuando no estás orando.
No es un objeto para enseñarlo a las amistades ni una decoración exótica para la casa.
Es una evocación de lo Sagrado a través de una imagen.
continua en comentario 1
Las manos en la oracion.

El cuerpo es instrumento y expresión del alma. Esta no se encuentra meramente en el cuerpo, como un hombre que está en su casa, sino que vive y obra en cada miembro y en cada fibra. Ella habla en cada línea, forma y movimiento del cuerpo. Pero en modo particular rostro y mano son instrumentos y espejo del alma.
Respecto al rostro esto es sumamente claro. Pero observa alguna vez en cualquier hombre –o en ti mismo- cómo un impulso del ánimo, alegría, sorpresa, expectación se traduce en la mano. Un rápido levantar de la mano y un leve movimiento involuntario de ella, ¿no delata a menudo más que la palabra misma? La palabra pronunciada, ¿no parece a veces grosera al lado del lenguaje delicado de la mano, tan expresivo?
Después del rostro, la mano es la parte más espiritual del cuerpo. Ciertamente firme y fuerte, instrumento de trabajo, arma de ataque y defensa, la mano es sin embargo también algo finamente hecho, articulada, movible y delicadamente atravesada por sensibles nervios. Órgano adecuado en el cual el hombre puede revelar su propia alma y recibir al alma ajena, pues lo hace con la mano. ¿O no es un recibir al alma ajena, cuando uno estrecha la mano extendida de aquél que le sale al encuentro? ¿Con todo lo que en ella expresa confianza, alegría, consentimiento, pena?
continua en comentario 1
Debemos ser hombres y mujeres todos de DIOS.

"Debemos ser hombres de Dios, y para decirlo más sencillamente, hombres de oración con el suficiente valor para arrojarnos en ese misterio de silencio que se llama Dios sin recibir aparentemente otra respuesta que la fuerza de seguir creyendo, esperando, amando y por tanto orando".
En el fondo, cuanto más se avanza en la vida de oración, más se penetra en el misterio del silencio de Dios. Uno mismo se ve reducido al silencio; no se sabe ya lo que hay que decir, e incluso pedir. Sin embargo, se está convencido en lo más hondo de que la oración es la única cosa importante, la única a la que vale la pena consagrarle la vida.
La gran cuestión es entonces la perseverancia: "Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados" "Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas".
De vez en cuando el Señor se encarga de recordarnos nuestra poca fe y nuestro miedo a la oración: Hombre de poca fe... ¡Hombre de oración! Y entonces comprendemos nuestro verdadero pecado. La fe es el único combate de la vida: seguir creyendo que el Padre nos escucha y nos atiende cuando no se ve ningún resultado.
Me gusta invocar al Espíritu, pues él penetra el fondo del corazón, conoce todos mis deseos y formula al Padre una oración y una petición que corresponden a los designios de Dios. Y luego, naturalmente, está la Virgen Santísima. Jamás he recurrido tanto a ella como en estos momentos. Cada noche me despierto hacia medianoche para rezar los misterios gozosos. Creo que el Espíritu Santo y la Virgen son mis dos grandes intercesores orantes.
Jean Lafrance
domingo, 22 de noviembre de 2009
Cómo ejercitar la oración

«Desde la mañana siembra tu semilla» -la oración- y «por la tarde que tu mano no se detenga» para no interrumpir su continuidad arriesgándote a faltar a la hora de la satisfacción «pues tú no sabes cuál de las dos te traerá la prosperidad» (Ecl 11, 6).
Por la mañana siéntate en un lugar bajo, retén el espíritu en tu corazón y mantenlo allí y, mientras tanto, laboriosamente curvado, con un vivo dolor en el pecho, las espaldas y la nuca, grita con perseverancia en tu espíritu o tu alma: «Señor Jesucristo, tened piedad de mi». Luego (no ciertamente a causa del menú único e invariable del triple nombre: pues «aquellos que me comieron tendrán todavía hambre»), transportarás tu espíritu a la segunda mitad, diciendo: «Hijo de Dios, ten piedad de mi». Repite esto un gran número de veces y cuida de no cambiar a menudo por indolencia, pues las plantas demasiadas veces trasplantadas no prenden más.
La filocalia. Gregorio el Sinaita
viernes, 20 de noviembre de 2009
LA ORACION COMO EJE DE LA VIDA . Meditacion de una hermana dominica contemplativa

Se dice de Santo Domingo en los primeros escritos de la Orden, que “su corazón alegre se reflejaba en su faz, su porte exterior siempre gozoso y afable revelaba la placidez y armonía de su Espíritu. De su ser irradiaba una luz de origen divino, expresión y reflejo de la Presencia de Dios y de su unión profunda con Él”. Esta es la clave: un hombre con un Misterio más grande que él mismo en su corazón. Un hombre en contacto con su Ser profundo.
Cuando decimos: “Busco a Dios…” es un anhelo que nosotros/as no hemos producido sino que Dios ha puesto en el corazón humano. Dios está en la esencia de mi ser esperando a que lo descubra. No hay nada tan grande ni que nos identifique tanto, que nos vuelva tan “nosotros mismos” como el Encuentro, la Relación profunda con Dios. Lo que soy, el Ser, está dentro. La primera revelación que hace la Biblia sobre el hombre y la mujer es haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Es como decir: no eres de tus sueños, no eres de ti, ni de nadie, sino enteramente de Dios. Lo que ocurre es que somos inconscientes de este tesoro. Orar es darse cuenta, tomar consciencia, es volverse lo que uno es. Demasiadas cosas nos hacen olvidarlo. En un mundo como el nuestro de tanto trasiego, falta por hacer la peregrinación al interior de uno mismo.
Cuando una persona ora es que quiere empezar a vivir desde dentro. El que nos habita es un Dios que es Vida y Fecundidad. La oración es también como una madre, con ella el mundo interior comienza a irradiarse. Poco a poco de ella podemos esperar un nuevo modo de ser y de vivir. El Silencio, la Oración es para disponerse a vivir de otra manera.
¿Cómo rezar? Cualquiera de nosotros aprendió a rezar recitando oraciones, pidiendo lo que necesitaba, dando gracias por el pan de cada día u otras mil formas de dirigirse a Dios, pero la Oración se hace eje de la vida, cuando a Dios lo descubres dentro. Entonces empiezas a darte cuenta que la unión con Dios ha de ser hecha con continuidad y profundidad, pues Dios está continuamente presente. El Silencio interior es la posibilidad que tenemos en nuestras manos.
En las Constituciones de las monjas se dice: “Hagan de su Monasterio y sobre todo de su corazón un lugar de Silencio”. Para unirse e ir a Dios el camino es el Silencio. Aprender a callar es aprender a orar. Y esto supone dar un tiempo diario exclusivamente de Oración en Silencio, de no hacer, de no actividad, donde todo calla, sólo ser y estar ahí presentes ante la Presencia. En lo secreto de nuestro corazón hay una Presencia, está Dios. Lo importante de la oración es este recogimiento. No importa no ver, no sentir. Dios no es una emoción, sino Amor.
Es un Silencio que se hace práctica, ejercicio en lo cotidiano. Un silencio interior para obrar desde ahí. “Todos cabían en la inmensa caridad de su corazón y amando a todos de todos era amado” se dice de Santo Domingo. Y también “En su trato resultaba alegre y abierto”. No es sólo silencio de palabras sino silencio de ego. El ego son todas nuestras tendencias egoístas, nuestros intereses, nuestros planes… todo nuestro protagonismo. El ego oculta a Dios. Lo importante no es hacer sino Ser y dar Vida a los demás siendo.
Purificación González (Dominica Contemplativa)
Oracion y contemplacion. Padre Mamerto Menapace. Monje Benedictino.
En una ocasión Jesús estaba rezando, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: ¡Señor, enséñanos a rezar! (Lucas 11, 1).
El Señor se iba de noche al cerro y allí pasaba las horas, rostro al Padre. Seguramente esas horas habrán sido de rumia profunda. Y lo que Cristo rumiaba era el actuar de Dios en su pueblo. La realidad que se llamaba: Reino.
Es decir, la manera cómo el Señor Dios su Padre había ido santificando su Nombre en la historia de los hombres. Cómo su voluntad se había ido realizando por esos complicados senderos de la historia de su pueblo y de todos los pueblos. Porque el Padres que estaba en los cielos había estado comprometido con todo lo que estaba pasando aquí en la tierra. Sabía que faltaba el pan; sabía que había ofensas con ofensores y ofendidos. Y que esa realidad no dividía la mundo en dos grupos, sino que era una realidad que hería a todos los hombres. Que todos tenían necesidad de perdonar y de ser perdonados. Sabía también que la tentación era una realidad que amenazaba a cada hombre, y que cada hombre necesitaba que Dios Padre interviniera para librarlo de la tentación y de las intrigas del maligno.
Allí, en las noches de silencio, en la oración y en la contemplación, Jesús se convertía en minero de la historia y de la naturaleza. Del actuar del Padre que había creado todo lo que hablaba en la noche: los grillos y las estrellas; las majadas en los cerros y la lámpara en la casa; y todo eso otro que pertenece a la vida concreta de los hombres: el ladrón que sorprende al dormido y la novia que no duerme esperando la sorpresa de su amado. Allí Jesús llegaba a la esencia profunda y sencilla de las cosas, y encontraba las imágenes primordiales para hablar del Padre a los hombres sus hermanos.
En el silencio de la noche Jesús escuchaba el lenguaje elemental de las cosas, y a través de él ese lenguaje se hacía palabra y subía al Padre en forma de oración. Y esa oración daba espesor y fuerza vital a sus palabras y a sus imágenes que luego afloraban casi espontáneamente en las parábolas. Y la gente las comprendía.
Porque la gente sencilla reconocía en ese lenguaje sencillo y grávido, el antiguo diálogo de las cosas. Reconocía ese lenguaje también escuchado por ellos en su silencio, pero aún no plenamente crecido como para ser captado como mensaje. Allí en cambio, en la boca de Jesús, el profundo lenguaje primordial de las cosas simples llegaba a hacerse comprensible. Los hombres comprendían el lenguaje del Señor porque su lenguaje había crecido en el silencio de la oración al Padre, por las noches. De la misma manera que la sangre de la tierra crece hasta pan en el silencio a la madrugada en cada mesa y que es asimilado por los hombres sin dificultad. Porque es el silencio fiel de los trigales lo que permite a la sustancia de la tierra llegar hasta el lenguaje compresible del pan.
Y pienso que es también el silencio contemplativo y fiel de nosotros, los hombres y mujeres de Dios, lo que puede permitir a las cosas y a los acontecimientos llegar a crecer hasta hacerse oración al Padre en nuestras noches, y lenguaje comprensible para nuestros hermanos en las parábolas a la luz del día.
El que tenga ojos para contemplar en la noche, que contemple. Por amor a Dios, a las cosas y a nuestro pueblo.
Libro: “La sal de la tierra”, Editora Patria Grande, Buenos Aires
(autorizada la reproducción por la Editora Patria Grande)
El Señor se iba de noche al cerro y allí pasaba las horas, rostro al Padre. Seguramente esas horas habrán sido de rumia profunda. Y lo que Cristo rumiaba era el actuar de Dios en su pueblo. La realidad que se llamaba: Reino.
Es decir, la manera cómo el Señor Dios su Padre había ido santificando su Nombre en la historia de los hombres. Cómo su voluntad se había ido realizando por esos complicados senderos de la historia de su pueblo y de todos los pueblos. Porque el Padres que estaba en los cielos había estado comprometido con todo lo que estaba pasando aquí en la tierra. Sabía que faltaba el pan; sabía que había ofensas con ofensores y ofendidos. Y que esa realidad no dividía la mundo en dos grupos, sino que era una realidad que hería a todos los hombres. Que todos tenían necesidad de perdonar y de ser perdonados. Sabía también que la tentación era una realidad que amenazaba a cada hombre, y que cada hombre necesitaba que Dios Padre interviniera para librarlo de la tentación y de las intrigas del maligno.
Allí, en las noches de silencio, en la oración y en la contemplación, Jesús se convertía en minero de la historia y de la naturaleza. Del actuar del Padre que había creado todo lo que hablaba en la noche: los grillos y las estrellas; las majadas en los cerros y la lámpara en la casa; y todo eso otro que pertenece a la vida concreta de los hombres: el ladrón que sorprende al dormido y la novia que no duerme esperando la sorpresa de su amado. Allí Jesús llegaba a la esencia profunda y sencilla de las cosas, y encontraba las imágenes primordiales para hablar del Padre a los hombres sus hermanos.
En el silencio de la noche Jesús escuchaba el lenguaje elemental de las cosas, y a través de él ese lenguaje se hacía palabra y subía al Padre en forma de oración. Y esa oración daba espesor y fuerza vital a sus palabras y a sus imágenes que luego afloraban casi espontáneamente en las parábolas. Y la gente las comprendía.
Porque la gente sencilla reconocía en ese lenguaje sencillo y grávido, el antiguo diálogo de las cosas. Reconocía ese lenguaje también escuchado por ellos en su silencio, pero aún no plenamente crecido como para ser captado como mensaje. Allí en cambio, en la boca de Jesús, el profundo lenguaje primordial de las cosas simples llegaba a hacerse comprensible. Los hombres comprendían el lenguaje del Señor porque su lenguaje había crecido en el silencio de la oración al Padre, por las noches. De la misma manera que la sangre de la tierra crece hasta pan en el silencio a la madrugada en cada mesa y que es asimilado por los hombres sin dificultad. Porque es el silencio fiel de los trigales lo que permite a la sustancia de la tierra llegar hasta el lenguaje compresible del pan.
Y pienso que es también el silencio contemplativo y fiel de nosotros, los hombres y mujeres de Dios, lo que puede permitir a las cosas y a los acontecimientos llegar a crecer hasta hacerse oración al Padre en nuestras noches, y lenguaje comprensible para nuestros hermanos en las parábolas a la luz del día.
El que tenga ojos para contemplar en la noche, que contemple. Por amor a Dios, a las cosas y a nuestro pueblo.
Libro: “La sal de la tierra”, Editora Patria Grande, Buenos Aires
(autorizada la reproducción por la Editora Patria Grande)
Madre Teresa de Calcuta . Oracion y silencio
Ella describió la experiencia espiritual que formó su vida de esta manera:
"En 1946 iba a Darjeering, para hacer mi retiro. Yo Estaba en ese tren donde escuche el llamado para dejar todo y seguir a Jesús en los barrios bajos sirviendo a los más pobres entre los pobres. Supe era Su Voluntad, y que yo Le tenía que seguir. No cabía duda que sería Su trabajo. "Aquí ella describe la conexión de oración y silencio que le ayudaron en su ministerio.
Oración es un Diálogo
La oración es un proceso de dos maneras: hablando y escuchando. Dios nos habla: nosotros escuchamos.
Hablamos a Dios: Dios escucha. Dios habla en el silencio de nuestro corazón, y
nosotros escuchamos. Entonces hablamos a Dios desde la plenitud del corazón, y Dios
escucha. Nuestras palabras son inútiles a menos que vengan del fondo de nuestro corazón.
"En 1946 iba a Darjeering, para hacer mi retiro. Yo Estaba en ese tren donde escuche el llamado para dejar todo y seguir a Jesús en los barrios bajos sirviendo a los más pobres entre los pobres. Supe era Su Voluntad, y que yo Le tenía que seguir. No cabía duda que sería Su trabajo. "Aquí ella describe la conexión de oración y silencio que le ayudaron en su ministerio.
Oración es un Diálogo
La oración es un proceso de dos maneras: hablando y escuchando. Dios nos habla: nosotros escuchamos.
Hablamos a Dios: Dios escucha. Dios habla en el silencio de nuestro corazón, y
nosotros escuchamos. Entonces hablamos a Dios desde la plenitud del corazón, y Dios
escucha. Nuestras palabras son inútiles a menos que vengan del fondo de nuestro corazón.
Silencio y amor

Cristo dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15,12). Tenemos necesidad de silencio para acoger estas palabras y ponerlas en práctica. Cuando estamos agitados einquietos, tenemos tantos argumentos y razones para no perdonar y no amar demasiado y con facilidad. Pero cuando mantenemos «nuestra alma en paz y en silencio», estas razones se desvanecen. Quizás evitamos a veces el silencio, prefiriendo en vez cualquier ruido, cualquier palabra o distracción, porque la paz interior es un asunto arriesgado: nos hace vacíos y pobres, disuelve la amargura y las rebeliones, y nos conduce al don de nosotros mismos. Silenciosos y pobres, nuestros corazones son conquistados por el Espíritu Santo, llenos de un amor incondicional. De manera humilde pero cierta, el silencio conduce a amar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .
Colgate la cruz en el cuello, te protegera de todo peligro, sera tu aliada en la tentacion y espantara todo mal.
Espacios dedicados a Dios.
-
-
-
-
-
-
-
-
VATICAN MUSEUMS 1/3Hace 7 años
-
